miércoles 4 de noviembre de 2009

La Sombra

Relato publicado en el libro "2001.Odisea Literaria", varios autores. Editorial Andrómeda. (2004)



LA SOMBRA Por Marta Abelló Saura
Reservados todos los derechos


1. HERBERT VONDERHAGUEN


Habría muerto una y mil veces por defender mis teorías. Nada me intimidaba en aquellos instantes en los que captaba intensos los caminos del mal y de la muerte. Allí, en el inmenso sótano de mi mansión, se forjaban todos y cada uno de los inventos que una mano invisible me llevaba a realizar. Escribía fórmulas en los pergaminos de que disponía y seguidamente me lanzaba a la mezcla de los diversos componentes; recopilaba datos en los más vetustos libros de mi biblioteca, cotejaba informes de aquí y de allá, los interpretaba rápidamente gracias a la inteligencia con la que me hallaba dotado y entonces, en las noches elegidas por el destino, me sumía totalmente en los experimentos que enloquecían mi alma y llevaban a mi carácter a viajar por las más espesas y umbrías zonas de los misteriosos descubrimientos de la humanidad.

En aquella época vivía absolutamente aislado en la mansión familiar, en la zona más agreste y exuberante de la selva de Baviera. Tanto mi parentela como todo el servicio había decidido marchar del lugar, por esa razón tuve que emplear a Carl. ¡Pobre diablo!, pensé la primera vez que tropecé con su expresión indescriptible, sus ojos vacíos de sentimiento, sus manos rudas y desproporcionadas. A pesar de la repulsión que el desgraciado causaba decidí convencerlo para que dejara el servicio en las porquerizas de un rico hacendado de Meindanberg para servirme en mis propósitos y poner orden en la gran mansión en la que desde entonces habitaríamos los dos. Solos los dos, en mitad de todas las noches que nos esperaban; solos en el centro de la espiral de terror que se formaría en torno a nosotros.

El lado oscuro de la luna era el que veíamos todas las noches desde mi biblioteca en el torreón principal. Carl dormía en el camastro que el mismo se había fabricado mientras yo leía y leía con avidez para encontrar respuestas, para saber más y más acerca de aquello que me llevaría a ser el primer hombre que lograría vencer un mano a mano con la muerte. Sabía que tenía muchos años por delante todavía para encontrarme de frente su oscura figura y su temible guadaña, pero debía darme prisa si quería dejarlo todo en orden, todo a punto para mi partida en el momento preciso hacia el lugar que yo mismo estaba forjando en la fragua de mi imaginación. Estaba claro que no deseaba seguir viviendo en aquella remota región para cuando llegara el gran acontecimiento, por eso estudiaba de continuo los grandes libros del conocimiento, interpretaba mis propios sueños, invocaba a los seres más temibles del Báratro para que me ayudaran en mi loca búsqueda. Y sé que la región donde vivía se hallaba sumida en una espesa nube de miedo y temor; sabía de buen grado que los habitantes de los diversos pueblos estaban atemorizados, que sospechaban que yo tenía que ver con toda aquella oscuridad, con los bajos instintos que se desataban en muchas familias. Todo era oscuro como mi alma, enloquecida por encontrar, atormentada por el saber insatisfecho.

Algún lector inquieto se preguntará por qué mi sirviente Carl dormía en mi estudio en las noches en que yo estudiaba los saberes ocultos. La razón no era otra que necesitaba defensa en el caso de que se presentara alguna criatura no deseada; alguna de aquellas criaturas extrañas que sólo están en la imaginación de los escritores más imaginativos, de los artistas más soñadores. Yo no podía evitar el sentir temor ante la posibilidad de que se presentara de nuevo una situación como la que había vivido años atrás. Sí, yo mismo, Herbert Vonderhaguen, el hombre más temido de la región, me sentía asustado ante la sola idea de volver a ver cómo aparecía sin previo aviso y en plena oscuridad cualquiera de las temibles criaturas del Averno. ¿Por qué me visitaban? Se preguntarán. Bien, todo tenía relación con los saberes milenarios que yo iba acumulando. Pronto llegaría el día en que el secreto de la ubicación exacta de la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth sería descubierto.

Y entraríamos Carl y yo, y desafiaríamos al guarda con la contraseña que lo eliminaría; caminaríamos por las escarpadas grutas y llegaríamos a la morada de Byleth, el rey de la corte infernal, para presentarle nuestros respetos y nuestra más sincera admiración. Pero, claro está, todo ello sería sólo una engañifa, sólo un medio para introducirnos en su mundo infecto. Y gracias a las fórmulas y los encantamientos que habría descubierto y estudiado, aniquilaría para siempre el temido Infierno. ¡Sí! Herbert Vonderhaguen eliminaría, borraría todo rastro del lugar a dónde sólo los muertos podían llegar. Pero al parecer habían descubierto mis planes. Desde las profundidades de la tierra habían oído mis gritos de triunfo en cada revelación, en cada uno de mis descubrimientos; por eso enviaron a aquel monstruo extraño y maleable que apareció cuando mi estudio sólo estaba iluminado por los débiles rayos de la luna en una noche en que se predecía tormenta.

Apareció de improviso al lado del atril donde están abiertas las páginas de las Clavículas de Salomón, y pasó hoja tras hoja con aquellos dedos artríticos y oscuros como sus ojos. No decía palabra alguna pero su sola presencia infundía un miedo indescriptible, un miedo que nacía de lo más profundo de uno mismo, crecía por la espina dorsal y seguía su infausto recorrido hasta llegar al centro de la garganta, allí donde se forjaban o se ahogaban los gritos de terror. Por mi parte conseguí reprimir todo signo externo de temor, cosa que necesitó de toda mi fuerza de voluntad, de todo mi valor. La presencia de la criatura, cuya altura casi rozaba las vigas del techo, continuaba, y seguía pasando una a una de las páginas de aquel libro llegando a impacientarme de veras. La débil luz de la luna se esfumó y las nubes descargaron una buena tromba de agua sobre mis tierras; y mi habitación, que había quedado completamente a oscuras, se halló de repente iluminada por los ojos de la infernal criatura que pasaba páginas y páginas con una lentitud exasperante.

Pero de pronto habló, aunque sus palabras eran un jeroglífico, totalmente indescifrables pues hablaba la lengua Gywn, la lengua mezcla de todas las lenguas de la tierra, no traducida por ningún humano. Así pues, ¿qué me decía? No sé cómo, pero no tardé en comprender que me alertaba, que me aconsejaba abandonar mis estudios y elucubraciones acerca de la puerta del Averno. Entendí, aún no sé cómo, que si volvía a ser visitado no serían tan amables cómo en aquel momento, y que el temor que sentía inexplicablemente se transformaría en siglos y siglos de terror continuado en mi alma, atormentada para siempre en un túnel de espanto inhumano y cruel.
¿Qué debía hacer? ¿Abandonar tras años y años de estudio; tirar por la borda cada uno de mis descubrimientos? No, nunca: Herbert Vonderhaguen no se rendiría tan fácilmente sólo porque era amenazado; aunque amenazado terriblemente. Tenía que buscar un método infalible, una manera de no ser descubierto por las criaturas de los abismos insondables. Así que seguí con mis estudios, pero omitiendo, eso sí, mi alegría, mi entusiasmo con cada paso que daba en pos del saber infinito.

Lo primero que hice fue tener a Carl conmigo. Aquel patán nunca revelaría nada a nadie porque nada había allí que su escaso intelecto comprendiera. Él y su fuerza bruta y descomunal me servirían en el caso de que cualquiera quisiera atentar contra mí. Doté también de perros fieros las entradas a la mansión y a intervalos dejé sin comida a los prisioneros que tenía en las cámaras subterráneas. Tenía un plan pensando si llegaba el aciago día en que volviera a ser visitado.


2. KLAUS GÖEGEB

Bebo y bebo en la posada de Meindanberg.

Bebo y escribo sin descanso para olvidar de una vez por todas todo lo ocurrido aquel infausto día en que no debería haber despertado. Hubiera deseado que por algún sortilegio de cualquiera de las brujas que habían quemado ese mismo año, no hubiera salido el sol; hubiera preferido ser torturado por la Inquisición. Todo excepto haber vivido aquella terrible experiencia que ha marcado ahora ya para siempre mi existencia. Lamento, eso sí, no poder contar a mis nietos todo lo sucedido, ya que su juventud se vería arrancada de sus raíces. Pero de todos modos lo cuento aquí, y estas hojas serán guardadas en un sobre sellado hasta el día en que cumplan los cuarenta años de edad, fecha en que espero todo sea más claro que ahora, fecha en que espero que toda esta región alcance su verdadera forma tras estos años pasados en que el mal ha cubierto como una nube negra tanto a todos sus habitantes como a su hermoso paisaje.

Vivíamos todos bajo la influencia de la mansión Vonderhaguen. Hasta en las más alejadas cabañas se podía oler la influencia del hechizo del conde Herbert, el ser más perverso y abominable que he conocido jamás. Nadie, ni el peor de los diablos condenados al infierno podría comparársele ni medirse con él en maldad. Ahora bien, he de aclarar que esta percepción, que este conocimiento de la personalidad del conde la tengo ahora. Nadie, en todos aquellos años, podía sentir por él nada más que temor, y nadie por supuesto, se aventuraba a plantearle ni una sola queja en los consejos que se realizaban cada año en la capital. Nadie sabía porqué misteriosa razón el conde interfería en los sentimientos de los demás y los manipulaba a su antojo para provocar admiradores incondicionales de su figura y posición. Pero en el fondo sé que todos sabíamos que nada bueno estaba pasando, que su presencia no era sino una presencia indeseable, digna de la más sincera repulsión. El interior humano, gracias a Dios, está dotado de mecanismos de defensa que nada, ni por más sobrehumano que sea, puede arrebatar.

De todos modos a mi no me sirvió de nada el sospechar de las aviesas intenciones del conde. De nada me sirvió analizar su gesto y sus ademanes. Él se adelantaba siempre. Tenía la capacidad de tender trampas, y nadie era lo suficientemente rápido como para evitarlas. Sus ojos influían en el espíritu de aquel que los contemplaba; y digo contemplaba porque no dejaban en absoluto indiferentes, uno no podía mirarle a los ojos sin más: se quedaba clavado en su profundidad, en su misterioso brillo. Podría decirse que en sus extraños ojos residía su perversa alma.

Y entré al servicio de Herbert Vonderhaguen más por miedo que por verdadera voluntad. Su mirada se clavó en mi y pronto me encontré cocinando para él y para su esclavo. Al cabo de pocos días estaba convencido de que no saldría de aquella mansión jamás. Aquellos siniestros muros se me antojaron gruesos barrotes, y ni tan siquiera mi trabajo me sacaba de mi ensimismamiento, de mi –podría decirlo así- terror contenido. Si, en poco tiempo me vi contagiado por la siniestralidad que se respiraba en aquel tétrico ambiente. Pero no podía huir, no podía de ningún modo despedirme de allí sin tener que enfrentarme a los temibles ojos del conde. Debía permanecer en mi puesto aunque mi alma peligrara, aunque mis manos temblaran cada vez más frecuentemente. ¿Qué extraño poder poseía aquel hombre capaz de transmitir los más repulsivos sentimientos? Sospechaba que las noches que pasaba el conde en el torreón principal eran las mismas en que aullaban los lobos que habitaban en la profundidad del bosque.

Sospechaba que en aquel torreón algo malo se fraguaba, algo que escapaba a la razón humana, pues ya en una ocasión tuve la infausta oportunidad de divisar desde el ventanuco de mi aposento aquello que denominaré una sombra. Se divisaba tenuemente debido a los cortinajes de la biblioteca, pero lo vi, estoy seguro de ello. No es posible que se tratara de una simple visión imaginaria, pues las sensaciones que me provocó aún están vivas en mi.


3. HERBERT Vs KLAUS

El conde Herbert Vonderhaguen arrastró a Carl hacia el pasillo. Su cuerpo inerte presentaba grandes heridas provocadas por quién sabe qué extraño factor. Fue entonces cuando el cocinero, Klaus Göegeb, se acercó renqueante, y el conde, sin mediar palabra, sólo con su particular mirada, le ordenó que retirara de allí el cuerpo del sirviente. Después, se encerró en la biblioteca. Klaus se llevó a Carl cargándolo sobre sus hombros, y la sombra que sus cuerpos proyectaban en las paredes se extendía en formas caprichosas, un tanto irreales.
En el sótano, Klaus contemplaba el rostro quieto y pálido del sirviente, de aquel hombre que tenía los ojos cerrados y un fino hilo de sangre se había detenido en la comisura de sus labios. Podría preguntarse acerca de qué le habría ocurrido, pero era en vano. Su deber entonces era preparar su cuerpo, embalsamarlo como había hecho con otros tantos.

Cuando el sol estaba a punto de salir decidió dirigirse de nuevo a la biblioteca. El conde Herbert desearía tomar su caldo y tal vez se encontrara furioso por su tardanza, por su torpeza, por su negativa... negativa que nunca descubriría. En efecto, Klaus, que no había embalsamado a Carl, había pasado las horas a su lado, contemplando su rostro inerte y blanco que, inexplicablemente despertó. Y despertó de súbito, con un alarido terrible en su boca y chispas de odio en sus ojos, pues no había muerto. Y huyó, huyó del sótano ayudado por Klaus; huyó por entre los bosques para no volver más.
Klaus Göegeb subía pensativo e inquieto las escaleras que conducían a la biblioteca. No sabía qué podía encontrar allí; no sabía si allí le esperaba la muerte. Abrió la puerta y se encontró con el conde Herbert. Éste reía a carcajadas, pero su risa era una risa alienada, y su cuerpo se convulsionaba como si estuviera enfermo. Tras él, una puerta incandescente ofrecía el paso, pero podía intuirse que ahí dentro el mal acechaba.

Y el conde seguía riendo, pues había conseguido atraer la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth, la puerta que conducía al lugar que albergaba las más abominables criaturas que existen y existirán jamás. Pero Klaus, el entrometido Klaus, había desvelado antes de tiempo el milenario secreto; habíase entrometido en algo que no le incumbía, algo que iba a ser su perdición.
El conde Herbert Vonderhaguen blandió su puñal directo al corazón de Klaus Göegeb, pero una sombra, una sombra que surgió de la puerta incandescente, se cernió sobre él y lo atrajo a su interior. Klaus, aún presa de terribles temblores en su cuerpo, salió de la mansión y cabalgó veloz hacia la primera posada que encontró en Meindanberg. Allí comenzó a beber.

4. HERBERT VONDERHAGUEN
Envuelto en la tiniebla, bajo el peso estremecedor de una sombra inquietante, Herbert Vonderhaguen repite día tras día: In incerto sum (1).
La sombra ríe y se aleja. Se aleja y vuelve para cernirse de nuevo sobre el desfigurado rostro y el amorfo cuerpo de su última víctima.

5. KLAUS GÖEGEB
La sombra de la jarra de cerveza se alarga y se contrae sobre la mesa en la que está sentado Kaus Göegeb. Un Klaus Göegeb de pelo ahora cano que repite una y otra vez: Deo gratias.(2)


Notas:
(1)Estoy en la incertidumbre.
(2)Gracias a Dios

miércoles 14 de octubre de 2009

Concurso de Microrrelato La Nave Fue y Volvio 2: Los zapatos - 0534

Concurso de Microrrelato La Nave Fue y Volvio 2: Los zapatos - 0534

martes 13 de octubre de 2009

La última carta

Relato publicado en 1995, revista El Tot.



LA ÚLTIMA CARTA


Supongamos que me decidiera a permanecer una temporada contigo. Tú lo encontrarías descabellado, seguro. A fin de cuentas, creo conocerte bastante bien. Aunque nunca he llegado a comprender esa obsesión tuya por no dejarte seducir por ideas ajenas, por mucho que éstas te agraden o por intrascendentes que éstas sean. Siempre has querido establecer unos límites muy precisos a tus experiencias, y con el paso del tiempo y la seguridad que con éste vamos adquiriendo de nosotros mismos, paradójicamente, tú has ido estrechando estos límites hasta convertirte en prisionera de ti misma. Tú lo sabes y ésta idea te desespera, pero no lo reconoces. Te lo negarás a ti misma mil veces, y atribuirás tus tribulaciones a cualquier problema pasajero sin importancia. Pero cada vez que abres los ojos y miras a tu alrededor, comprendes cuán atada estás a ti misma y lo poco que has vivido y lo rápido que pasa el tiempo.

Pobre Mario, seguro que él no sabía lo que le esperaba cuando te conoció. No podía ni imaginar tu forma absurda de comportarte con él, tus continuos reproches y falta de comprensión, y eso que según tú, sólo pretendías poner una cierta barrera entre su atrayente personalidad y tus reticencias particulares.
Sé que a ésta altura de tu vida te preguntarás porqué quiero quedarme, porqué querer estar contigo ahora que dices no necesitar a nadie. Ni tan sólo yo sé la respuesta; últimamente me comporto irracionalmente, siguiendo la senda de mis primeros impulsos sin pensar nada más. No mido las consecuencias de mis actos y esto, tal vez, pueda acarrearme algún problema, pero, ¿y qué? ¿No son, acaso, mucho más importantes que los tuyos?
No, no nos pongamos límites ahora a nosotros también. Vendré pronto y hablaremos. Confiemos en nuestra vieja amistad. Además, creo que hay oportunidades en la vida que uno no debería dejar pasar, y tú y yo estamos predestinados a volvernos a encontrar, lo quieras o no.

Podría ser que hoy, a pesar del mal tiempo, intuyeras mi carta. ¿Acaso lo ves improbable? No tiene nada de malo que yo vaticine tus pensamientos, después de todo compartimos mucho más que una simple amistad, y ahora no puedes negarte a recibirme como si nada hubiera ocurrido. Debiste pensar antes lo que estabas haciendo, en que barrizal te estabas metiendo. Porque estar conmigo es adentrarse en el más espeso de los lodos; es imbuirse en el más profundo de los pantanos, en las más cenagosas arenas movedizas, esas que atraen y ahogan lentamente, segundo a segundo, hasta cubrir por completo la vida de la pobre víctima que se les ha acercado, atraída.
Supongo que deberías hacer un esfuerzo y tratar de leerme con más atención. Sé que ahora estarás distraída sosteniendo entre tus manos este papel, mirando por la ventana, dispersando tus ideas sin centrarte en ningún pensamiento concreto. Deberías sorprenderme y leerme de seguido como si yo fuera lo único que te importa de verdad. Yo o mi carta, puedes elegir. Y aunque la segunda sea parte de mí, en cierta manera puedes ponerle un coto y aislarla dándole el sentido que le quieras dar. Pero no te alejes de mí; no quiero que tus pensamientos divaguen en exceso llegando a un punto tan lejano que se olviden de mi existencia. Nunca deberías haberme despedido, haberme echado de tu casa de aquella manera, porque ese es un error que puedes pagar muy caro, ¿lo sabías?
Los errores se pagan caros porque es la única manera de aprender a no volver a cometerlos. Y tu error fue dejarme abandonado a la deriva de mi desbaratada personalidad. Tu equivocación fue desamparar mi atormentado corazón con tus gritos y tus recriminaciones. Pude aguantarlo en aquel momento en que cogía una bolsa de viaje y la llenaba con las pocas cosas que tenía en tu casa. Era horrible oír tus gritos detrás de mí y no poder decirte que te estabas equivocando conmigo; la tristeza me oprimía la garganta y no pude articular palabra. Pero ahora he tenido suficiente tiempo para recapacitar, para poder pensar en todo aquello que quise decirte y no me atreví. Ahora atiéndeme: has de decidir definitivamente. Yo o mi ausencia. Y espero que elijas la primera opción, porque ahora Mario no puede interponerse entre nosotros, no puede influir en tu decisión.
Ahora sólo quedan dos alternativas. Una es la que te devolverá la vida, la ilusión que mi devoción puede proporcionarte; la otra es el ocaso en el que culminarán todas nuestras noches juntos. Pero el asunto no quedará ahí si eliges esta segunda opción. No estoy dispuesto a renunciar tan fácilmente, y pienso luchar por lo que considero mío.
Sí, pienso volver a verte, pero creo que quizás deba aplazar la inmediatez que requiere mi impulso pues podría ser arriesgado; tal vez deba dejar pasar más tiempo, al menos hasta que sepa que la policía ha retirado la vigilancia alrededor de tu casa. Parece que están protegiéndote. ¿De mí? ¿Es de mí de quien quieres defenderte?
Esa idea no me gusta nada. Más bien me pone furioso y enerva mi carácter irascible, febril. No deseo que haya ningún tipo de muro entre nosotros, y menos aún ese muro infranqueable que ofrece la fuerza pública. No quiero enfrentarme a ellos. No quiero que estén rodeando tu casa flanqueando tu valla con esos perros terribles.

De veras que mi vida ha cambiado mucho desde que te conocí y sigo creyendo firmemente que deberíamos estar juntos y no volvernos a separar jamás; bajo ningún concepto. Juntos otra vez hasta que la muerte nos separe.
Pero antes de ir a verte he de acabar esta carta y con ella abolir muchos malos recuerdos que me agobian hasta lo indecible. Tuviste parte de culpa en ellos, lo sabes perfectamente, y por eso tratas de alejarte cada vez más. Odio tu manera de pensar en cuanto a mí. ¿Tú me querías, no es cierto? Y no creo que todo fuera falso, pues nunca nadie pudo manipular mis sentimientos de tal forma que ni yo mismo pudiera darme cuenta del daño que se me estaba causando.

Y cuando vuelva, volveremos a ser los de antes, aunque te niegues y me cierres la puerta. Aunque grites y supliques que te deje en paz. Ni siquiera podrás avisar a la policía porque ya hará días que habrán abandonado la vigilancia de tu casa y yo habré cortado los cables telefónicos. No tendrás escapatoria. El bosque de pinos que rodea tu casa será perfecto para la noche en que yo llegue. Sólo la luna en lo más alto de las montañas iluminará el camino, y nadie, absolutamente nadie, se dará cuenta de mi llegada. Sólo el susurro del viento entre el follaje será testigo de ello. Caminaré pisando las hojas muertas observando las madrigueras que construimos el año pasado para las ardillas. Tan felices los dos...
Y Mario tan ingenuo en cuanto a tu fidelidad. Confiaba en ti, pero le traicionaste. Lo mejor de todo fue cuando nos deshicimos de él. No me puedes negar que la idea fue tuya. -¡Todo sería tan fácil si Mario no existiera! -decías una y otra vez. Y lo hicimos, no lo olvides jamás. Lo hicimos juntos. Tú le preparaste aquel té con un poderoso somnífero mientras yo traía su coche hasta el porche. Lo sentamos allí, y conduje hasta una de las curvas de la montaña mientras tú esperabas impaciente en casa. Salí del coche, le coloqué a él en el asiento del conductor y empujé para que el vehículo saliera de la carretera y entrara en el reducido arcén que la separaba del abismo. No tuve que hacer mucha fuerza para que se precipitara hacia abajo, rodando sobre sí mismo una y otra vez, hasta que paró de dar vueltas y se detuvo entre dos grandes rocas. Quedó totalmente destrozado.
Te lo conté en cuanto volví de nuevo a la casa. Y tú, aunque trates de eludir la verdad, te alegraste de su muerte.

Pero a pesar de todo lo que hice por ti me abandonaste dejándome naufragar en este mar de contradicciones que soy ahora. Me han diagnosticado neurosis obsesiva, y tengo una marcada tendencia hacia las perversiones. He estudiado bien mi enfermedad y puedo decirte que mi frustración parte de la insatisfacción, la que tú me proporcionas descaradamente. El neurótico, se halla ligado a un determinado período de su vida pasada durante el cual se sentía feliz. Se limita regularmente a evitar el contacto con la realidad y protegerse de cualquier encuentro con ella. Desea cambiar esa realidad, para sustituirla por otra más conforme a sus deseos.

Ésta será mi última carta, y pretendo decirte que me esperes, pues pronto estaré ahí. No sé la hora, ni el día, ni en que preciso momento llegaré, pero será muy pronto, y espero que me recibas con una sonrisa. De esa manera sería capaz de olvidar la terrible tortura que te había preparado por haberme traicionado. Con este final confío avisarte de lo que te espera si no me tratas amablemente, si no me recibes como merezco. Has de saber que todo tiene solución: tus miedos, mi mal carácter, todo. Todo menos la muerte.

lunes 14 de septiembre de 2009

Pasado

Relato publicado en el nº2 de la revista literaria Absenta(septiembre, 2009)


PASADO



Él vuelve a casa y deja las llaves al lado del teléfono. La puerta se ha cerrado detrás de él impulsada por la corriente que circula por la escalera del edificio. Hoy hace mucho viento y tiene un fuerte dolor de cabeza. Acaba de darse cuenta de que aún carga con la maleta y la arroja con cierto desdén sobre el sofá del salón.
Todavía están los mismos horribles cuadros y las estanterías polvorientas con raras esculturas chinas. Siempre las detestó, pero formaban parte de ella, tanto como las alfombras y los muebles antiguos. Nunca acabó de gustarle su forma de decorar la casa; tampoco que tuviera esa manía de ordenar en fila las botellas de perfume del cuarto de baño. Pero de todas formas la ama, por eso ha vuelto. Y aunque han pasado dos años está seguro de que ella le espera, impaciente, enfadada tal vez, pero ansiosa por volver a sentirlo en sus brazos.
No sabe si sorprenderla preparando la cena o invitándola a cenar fuera. En el frigorífico hay suficiente comida para los dos; también hay vino y un pedazo de pastel. -Prepararé algo, quiero que recuerde mis cenas improvisadas.
Mira su reloj y ve que es pronto, no son más que las siete, así que esperará un par de horas. Vuelve al salón y desde allí mira hacia el fondo del pasillo: ahí. Ahí es donde espera dormir esta noche. No cree que ella le ponga ninguna traba. Y si lo hace, esperará a mañana. Comprenderá que su repentina llegada le ha trastocado un poco las costumbres.
Y la cama ya no es la misma que compartieron, tampoco el armario de espejos. Seguramente quiso borrar los recuerdos, pero estos siempre flotan como molestos insectos en el aire y nunca acaban de marcharse por completo. Ella lo sabe, está seguro; sabe que algún día tenía que volver. Y ese día es hoy, precisamente hoy que hace dos años desde que se fue dejándola de pie con sus lágrimas, atormentándose con sus propias súplicas. Estaba enamorada de él, por eso sabe que lo recibirá bien. Sus sentimientos seguirán intactos porque eran verdaderos, no importa el tiempo ni la distancia, tampoco otras personas. Importan ellos dos y el ahora.
Se tumba en el sofá y con el mando a distancia conecta la cadena de música: las notas firmes e impacientes de Beethoven van oscilando por el salón hasta hacerle dormir. Ha hecho un largo viaje hasta allí y cansado, entre sueños inverosímiles, piensa la posibilidad de que ella vuelva antes de las nueve. ¿Y si viene acompañada? No, no creo. Nunca me haría esto. ¿Y por qué no? ¿Acaso no ha podido rehacer su vida? Tal vez sea mejor que me vaya, que me aleje rápido de aquí.

Nervioso por esos pensamientos, se desvela completamente y se levanta del lugar donde dijo que se marchaba, que estaba cansado de vivir siempre con la misma persona y hacer siempre las mismas cosas. Le dijo que se marchaba porque quería experiencias, aventuras sorprendentes. Quería cosas que ella no le podía dar, o que él no quería que ella se esforzara en dar. En definitiva, le dijo que no la amaba lo suficiente. Que otro hombre ocuparía su lugar. Pronto. Seguro. Le dijo que era estupenda y que se merecía algo mejor. Le dijo que se marchaba mañana mismo y que no tratara de retenerle, que sus lágrimas no servirían de nada, que la decisión estaba tomada de hacía ya tiempo. Ella no abrió la boca ni un solo instante, lo recordaba perfectamente. Ni una sola palabra se escapó de sus labios, bien apretados para sostener el llanto. Lo único que hizo fue quedarse allí sentada mirando fijamente no sabía bien qué.

La puerta se abre y un tintineo de llaves se deja oír en el vestíbulo. Él, de pie sobre la alfombra, se queda de piedra al verla tan diferente, con otro peinado, otra expresión cansada en el rostro. Ella se sorprende al encontrar a alguien en su apartamento y sale deprisa, con el corazón apresurado en su pecho. Corre a pedir ayuda a algún vecino. Quiere avisar a la policía, a quien sea, ya que en su casa hay un hombre, alguien que la asusta. Alguien que la ha mirado con ojos expectantes, suplicantes, ligeramente húmedos. Mientras baja las escaleras hacia el piso inferior recuerda que le ha parecido ver que aquel hombre tenía los brazos extendidos hacia ella, en lo que parecía la espera de un abrazo de reencuentro.

Más tarde, desde su balcón, puede verlo con los agentes. Está maniatado, vencido, y aunque la distancia es considerable entre ellos dos, un lazo invisible, un lazo que ella no comprende, se extiende en el aire y les une las miradas.
Los ojos del hombre aún suplicantes bajan la guardia y se hunden en sí mismos cuando le hacen entrar en el furgón policial. Ella trata de despegarse esos ojos, esa mirada, de sus propios ojos, de su propia mirada, pero le es imposible y por la noche cuando ningún ruido molesta su sueño, recuerda. Y sabe que si se hubiera fundido en el abrazo que le había ofrecido aquel hombre, hubiera vuelto un pasado que había olvidado por completo.

lunes 31 de agosto de 2009

Caronte

Este es uno de mis primeros relatos de terror, al igual que El Necronomicón. Influencias de Poe en 1994.

Publicado en el fanzine H-Horror (julio, 2009)

Ejemplares a la venta aquí.

(fue publicado también en la revista El Tot en 1995 y en la revista Impactes, 1999)



CARONTE


Un buen día de Noviembre decidí visitar los lechos de muerte de mis amos. Habían transcurrido diez años desde sus repentinos fallecimientos y sentí el impulso de llevar unas flores a la señora y tal vez, porqué no, algún presente al señor. He de explicar que el panteón de la familia Hanlon se hallaba bajo su gran mansión, y se accedía a él por las escaleras situadas en un extremo del bello jardín antaño tan primorosamente cuidado por mí. Ahora las hermosas orquídeas y también mis excelentes plantaciones de rosales aparecían totalmente arruinadas. El césped había muerto en muchas zonas, y cientos de malas hierbas crecían sin control olvidando por completo el sentido del orden y del decoro.

La verja se hallaba abierta cuando quise entrar. Quizás alguien esperaba mi visita, quizás deseaban mi visita. Cerré aquella cancela llena de herrumbre con la mano libre. En la mano derecha llevaba el ramo para la tumba de mi señora; en el bolsillo izquierdo del pantalón, una herradura del viejo caballo del señor, su compañero de aventuras. La verdad es que aquella herradura se convirtió en mi amuleto de la suerte desde que el señor me la regaló, pero ahora ya no significaba nada para mí y quise devolvérsela con el mayor de mis respetos.
Las escaleras que conducían al panteón estaban resbaladizas y cubiertas de musgo.

Descendí los quince escalones y me topé con la puerta de roble que separaba el mundo de los vivos del mundo desierto y vacío de los que ya no están aquí. En la madera de la puerta aparecieron escritas unas letras de color escarlata. Primero una R, luego una O, luego una T... Letras escarlatas que aparecían en la puerta de roble sin ningún sentido para mí. Entonces fue cuando volví alarmado la cabeza hacia un lado, pues una respiración se hizo patente a mi izquierda y después de unos segundos desapareció. Cuando volví a fijar la vista de nuevo en la puerta de roble comprobé que las letras se habían unido formando una frase. Una pequeña frase de color escarlata oscuro:

¡No entres aquí!, decían las letras unidas, onduladas en curvas de terror.

Respiré hondo y pasé. Sólo quería dejar unas flores y una simple herradura en las tumbas de mis antiguos amos. Dejaría allí mis regalos, quizás haría algunas oraciones y después marcharía por dónde había venido. Sólo eso. Las palabras de la puerta tratando de intimidarme no hicieron sino reforzar el deseo de visitar a los Hanlon en su actual morada. El panteón estaba iluminado débilmente por unos pequeños ventanucos en el techo que daban justo al jardín, y varios débiles y oblicuos rayos de sol me indicaban el camino a seguir. Un intenso olor a humedad llegó hasta mí mientras me acercaba a las lujosas lápidas que decoraban imponentes aquel tenebroso lugar.

OLIVER A. HANLON
ROSE MARIE HANLON
R.I.P
"El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna,
y yo le resucitaré el último día."
(Jn, 6)

Ví los nombres de los señores y arrodillándome deposité mis humildes ofrendas. Después, recuerdo que oré durante unos minutos. Al ponerme en pie vi una enorme puerta al fondo; ni siquiera me había dado cuenta de que estaba allí. En mi camino fui encontrando más lápidas y hermosas tumbas con profusión de nombres de miembros de la familia Hanlon, pero no me detuve ante ellas; me dirigía raudo hacia aquella puerta que tanta atracción parecía tener sobre mi persona. Cuando la tuve a menos de un metro se abrió y seguí caminando hacia el interior. Las escaleras que tuve que usar parecían descender hacia lo más profundo de la tierra. En recodos de la pared habían colocado velas para iluminar mi angosto camino. Aquellos peldaños se retorcían sobre sí mismos y faltó poco para marearme. Sólo me sentía aliviado por no tener que bajar en la oscuridad.
Al término del descenso siguió una cuesta empinada. En lo alto se extendía una explanada repleta de vegetación. ­¡Qué lugar tan extraño! , pensé abriéndome paso entre unos arbustos secos que se me clavaron en los brazos al pasar. Vi un río que atravesaba aquella vegetación. Un río de aguas mansas, aunque a mi parecer, en algunas partes parecían cenagosas. ¿O se trataba de mi imaginación?

Me aproximé al agua y sentí un intenso calor, unas intensas ganas de sumergirme en ella. ¿Será peligroso? -No.- me dijo una voz interior. -Puede ser agradable un baño en esta cálida linfa.
Decidí despojarme de mis ropas y nadar un rato. Tal y como había previsto, el agua estaba tibia, a la temperatura ideal. Me sumergí varias veces y me propuse nadar hasta la otra orilla.
La distancia era mayor de la que había imaginado, y en la mitad del trayecto creí que me ahogaba. Con esfuerzo logré alcanzar la otra ribera, exhausto, casi sin respiración. Me estiré en la hierba fresca y traté de serenarme. Pasados unos minutos quise ver dónde estaba, y cuál fue mi decepción al encontrar que a unos dos metros paralelos a la orilla sólo había pared de roca que se extendía recta, sin ninguna cueva en su interior o alguna salida lo suficientemente grande para mí. Así que caminé aproximadamente un kilómetro a mi derecha y me encontré con que terminaba la tierra que pisaba dejando paso a un pequeño afluente del río. Unos cincuenta metros más allá continuaba el suelo firme. Volví al lugar a dónde llegué nadando y caminé el mismo trecho que antes, para encontrarme lo mismo que la vez anterior. La única solución para salir de allí era volver a cruzar el río a nado y regresar por dónde había entrado. Dormité un poco recostado contra aquella pared de roca sin que ningún sonido turbase mi sueño.

Ya un poco más descansado, me preparé para volver a la otra orilla, pero que desagradable sorpresa fue el poner un pie en el agua. ¡Estaba prácticamente hirviendo!
-Estoy atrapado.- pensé. La única esperanza era que bajase la temperatura del agua. Pero, ¿y si estando una vez dentro volvía a subir? Me escaldaría vivo en aquel río de aguas mansas y oscuras; moriría en aquella corriente subterránea que estaba en ebullición como las calderas del propio infierno. ¿Por qué hervía el agua? ¿Dónde me hallaba? Aquellas aguas tranquilas se fueron moviendo en lentas ondas; se acercaba una pequeña barca que venía directa hacia mí. Vi que estaba conducida por un hombre, y éste mismo fue quien pronuncio las siguientes palabras:
-Mi nombre es Caronte.¿Quieres pasar a la otra orilla?
­¡Sí! -respondí aliviado.-Si, por favor.
-Entonces tendrás que darme algo a cambio. -me dijo el barquero con voz grave y cavernosa.
-Mis ropas y mi dinero están en el otro lado. -le expliqué. -Cuando lleguemos allí podré pagarte.
-No. -negó rotundo él. -Cobro por adelantado. Son mis normas.
Contrariado le supliqué repetidas veces que comprendiera mi desesperada situación, pero no hubo forma de convencerlo hasta pasado un buen rato.

Aquel barquero llamado Caronte era en verdad un ser repulsivo. Tuve que dar gracias porque la penumbra no me permitió contemplarlo en toda su fealdad. Aún así, pude ver que tenía el pelo largo hasta la cintura, en parte recogido en trenzas, grasiento y lleno de algo -nunca sabré qué exactamente- que se movía poco a poco emitiendo pequeños crujidos. El rostro, aunque no lo pude distinguir claramente, estaba surcado por una gran cicatriz y se le veían algo así como cuatro -quizás más- verrugas en la nariz. Las manos eran peludas hasta la saciedad y andaba cubierto por una túnica escarlata que en la parte inferior estaba hecha jirones.
Por unos momentos, Caronte pareció pensar, meditar algo, hasta que dijo:
- De acuerdo. Sube a la barca.
-¿En serio? ¡No sabe cuánto se lo agradezco, señor! -exclamé. -En cuanto lleguemos le daré todo el dinero que lleve.¡Se lo prometo! -añadí.
Dijo algo en voz baja, algo que no entendí, pero no me importaba. Por fin lograría pasar a la otra orilla y volver a casa. Calculé que en el exterior debía estar anocheciendo y seguro que mi esposa me esperaría impaciente. Probablemente mi llegada sería recibida con una suculenta cena. ¡Dios! ¡Cuánto deseaba salir de allí! Cada vez que Caronte remaba para dar impulso a la barca me parecía una eternidad. Yo le miraba con impaciencia pero él seguía remando lentamente, muy lentamente. Parecía que conociera mi impaciencia por largarme de allí y se burlara de ella haciéndome esperar hasta lo indecible.
Cuando llegamos a la otra orilla vi en una enorme roca una inscripción en letras escarlatas; el mismo tipo de letras que encontré en la puerta de entrada al panteón:

RIO AQUERONTE

Cogí mis ropas esparcidas, me vestí y calcé y busqué en mi cartera para sacar unos billetes. Al entregárselos negó con la cabeza y le miré extrañado.
-El precio ha subido.-me dijo.-Ha subido mucho.
-¿Cuánto?
-El precio a mi gran amabilidad es tu alma. Ya no quiero monedas.¡Quiero tu alma!
Dí un paso atrás espantado. No podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero señor Corote... no comprendo...-dije confundiendo su nombre.
-Me llamo Caronte, desgraciado.­¡SOY CARONTE! -gritó- ­¡TRANSPORTO A LOS MUERTOS DE UNA ORILLA A LA OTRA!

­¡Yo no estoy muerto! -repliqué.
-Lo estarás. Tarde o temprano lo estarás. Y entonces tu alma me pertenecerá. Será toda mía. ¡Ja,ja,ja! Pertenecerás entonces a los más terribles infiernos donde vivo y te escaldarás cada día en las calderas que remueven los querubines de Lucifer. Estarás condenado a deambular por entre las grutas más oscuras repletas de crueles alimañas que se te abalanzaran sin piedad y te harán gritar. Y tu lamento se oirá por todo el Erebo sobrevolando éste río que describe nueve círculos en torno a la morada del Supremo.

Nunca estuve tan asustado como entonces. Mientras el barquero se reía, corrí tanto como mis piernas me permitieron, resbalando por la empinada cuesta, ahora terrible bajada, hasta alcanzar la escalera de caracol.
Subí lo más rápido posible y llegué a la gran puerta que me había conducido a aquel lugar tan espantoso, digno de una pesadilla. El panteón de los Hanlon lo atravesé como un rayo, pero en mi carrera tropecé con algo y caí de bruces. Al tratar de levantarme vi una calavera que me miraba sonriente; reía ¡Ja,ja,ja! con la risa cavernosa de Caronte.
Pude al fin alcanzar la salida y casi trepé por las escaleras que llevaban al jardín. Marché de la residencia cuando la luna despuntaba en lo alto en cuarto menguante.
Había permanecido allí un día entero.

Al llegar a casa y contar lo sucedido, mi esposa no me creyó. Ninguno de mis amigos me creyó tampoco, atribuyendo aquella experiencia a mi desbordada imaginación. Pero yo estoy completamente convencido de lo que me dijo aquel barquero de nombre Caronte; aquel remero del río Aqueronte: Cuando muera, mi alma le pertenecerá; por esa razón trabajo día y noche para hallar una solución. Estudio en mi laboratorio tratando de lograr una receta que no me permita caer en sus redes. Trato de hallar la inmortalidad. Si no lo logro tal vez me sucedan cosas horribles, pero si lo consigo... ¿Quién sabe lo que puede pasar?