Así en el Cielo como en la Tierra



Relato finalista del Concurso Literario Internacional "Cada loco con su Tema".
México, 2013. Convocado por Grupo Editorial Benma. (Más de 1000 participantes)
Libro Cada loco con su tema
Cada loco con su tema. Grupo editorial Benma




Así en el Cielo como en la Tierra

El piramidión despedía un rayo azul que se disipaba entre las nubes que comenzaban a poblar la meseta. En aquella hora temprana, la actividad era frenética, y desde una faluka varada cerca de la Esfinge, el faraón observaba su potencia y luminosidad. Abandonando la espectacularidad del rayo, no pudo más que admirar al león del desierto, quizás por última vez: Sobresalía su cabeza orgullosa, se mantenía aún erguido su tocado, pero su boca ciega parecía pedir socorro sobre las aguas que lo cubrían, más peligrosas que las arenas que lo habían hecho hasta que llegó el diluvio; el castigo, lo llamaron algunos.


Todo eran falukas repletas y agua sobre la meseta antes arenosa; todo eran gritos y órdenes para trasladar objetos hasta las dos grandes dhahabeyas de velas ahora desplegadas. Ante todo debían preservarse los rollos de manuscritos científicos, las obras literarias, los estudios de los sabios, pero había sido una tarea difícil y hubo muy poco tiempo para ello. Quién sabe si la elección había sido la correcta…

El faraón elevó su rostro moreno de nuevo hacia el rayo azul que emitía su quejido a los cielos, su alarma, su dolor por la tierra perdida, y juntó sus manos en plegaria. No podían olvidarse de ellos: Habían activado el protocolo de emergencia tal y como rezaban los manuscritos primigenios.

En las crónicas escribió que fue difícil penetrar en los pozos oscuros de la Gran Pirámide donde el mecanismo debía iniciarse, y que se perdieron sin remedio tres vidas de obreros antes de llegar hasta él, pero era preciso ponerlo en marcha siguiendo las instrucciones, era preciso no perder tiempo, pues el nivel de las aguas subía y amenazaba cada vez más mientras las muertes se sucedían. El tiempo apremiaba.

En los ojos del faraón aparecieron las sombras de su incierto futuro en otro mundo, en otro lugar. En su mente acostumbrada a los asuntos terrenales, a las disposiciones políticas, no cabía la imaginación de un territorio nuevo donde vivir, donde refugiarse un tiempo incierto; un lugar donde quizás, morir, si ya no le fueran concedidos más días en aquel cuerpo.

Un rugido entre las nubes trajo la esperanza a su corazón: El carro llegaba. El carro irrumpía separando las nubes y mostrándose poderoso, con cascos de acero y ojos luminosos acoplándose al rayo de luz que emitía el piramidión.

El faraón sonrió: El Cielo y la Tierra ya estaban unidos. Y en el Carro de Ra, tal y como rezaban los manuscritos primigenios, todos serían salvos.

Marta Abelló

El inframundo

(Relato Finalista II Certamen de relatos de terror editorial Circulo Rojo-2010 de entre más de 800 participantes)
Publicado en el libro "32 motivos para no dormir". Editorial Círculo Rojo-



Esta es la historia que me contó mi abuelo Ming, quien estuvo en el Di Yu, el Inframundo. Me contó que fue enterrado vivo y que murió entre terribles dolores e insultos a sus familiares por haber permitido semejante afrenta. Él, el venerado anciano de nuestra estirpe, sufrió lo indecible por tratar de salir de su tumba; se retorció y empujó, pero fue inútil, pues el joven Wu Gao, el enterrador, era duro de oídos y no oyó sus gritos lanzados a la noche ni sus llantos abandonando su cordura.

El abuelo murió al fin porque a veces los dioses son clementes, pero los yaoguai, los demonios del averno, lo atraparon en su camino hacia la luz.

¿Por qué no salió a recibir su alma el buen dios, Dizan Wang? ¿Por qué no lo llevó al Paraíso?

Nadie tiene las respuestas, pero dejad que os cuente qué fue lo que relató mi abuelo Ming.

Sus ojos confirmaron que estaba en la prisión terrenal cuando tras abandonar el cementerio fue arrastrado hacia una caverna oculta bajo las raíces de un árbol seco, de tronco retorcido. Allí esperó a que otros demonios trajeran más hombres, otros paisanos que llegaban con los cuerpos putrefactos y las miradas extraviadas; algunos no sabiendo si estaban vivos o estaban muertos. Cuando se formó un grupo numeroso, uno de los demonios dio la orden de seguir y adentrarse en una gruta oscura como los pensamientos que mi abuelo tenía en ese momento, pues su corazón no presagiaba nada bueno. Y así, sin ver nada, sólo sintiendo la presencia de sus compañeros humanos delante y detrás de él, oyendo su silencio temeroso, sus respiraciones temblorosas, caminó entre plegarias olvidadas hacía tiempo ya.

Pronto encontraron una leve luz que les anunció un cambio de escenario, y así llegaron a un lugar donde unas plataformas accionadas por poleas los esperaban mientras los gritos de los demonios colocaban al grupo sobre ellas como el pastor cercaba a sus ovejas. Bajaron todos hacia las profundidades de la tierra, hacia la oscuridad, y mientras sentía bajo sus pies el traqueteo de la plataforma en descenso, mi abuelo comenzó a pensar que tal vez los llevaban a trabajar a las minas de cobre, y que, bendita ignorancia, su vida entera había sido un sueño del que había despertado ahora. Vida y muerte falsas: Tras el sueño regresaba la verdad. Y era ésta: Era un trabajador de las minas. Había soñado que era un señor feudal y que había sido enterrado vivo. Una pesadilla, al fin y al cabo; un mal sueño provocado por una indigestión. Quizás los últimos baozi estaban en mal estado…

Los delirios de mi abuelo cesaron cuando lo hizo también el movimiento de la plataforma. Ante todo el grupo apareció una gran verja custodiada por dos guardianes con cuerpo de hombre y cabezas de caballo y buey.

Pasaron entre ellos sin atreverse a mirarlos, no fuera a caerles alguna maldición lanzada desde sus ojos insanos, y entonces se encontraron con un laberinto de mazmorras malolientes en cuyo interior se retorcían seres que una vez fueron humanos. Mi abuelo lo supo porque sus lamentos hablaban de cosas terrenales, pero sus cuerpos hacía tiempo que habían dejado de serlo. No le pedí que me contara cómo eran esos seres porque oí en su voz el temor a verse convertido algún día en uno de ellos, por eso dejé que siguiera hablándome del nuevo guía que se unió al grupo de demonios, cuyo rostro estaba oculto por una máscara de dragón. Su voz le era familiar, pero nunca hubiera osado averiguar, nunca en aquel lugar. Las ínfulas de gran señor de mi abuelo desaparecían por momentos y yo sentía que su experiencia lo había llevado a comprender a los trabajadores de sus campos, siempre mal tratados, siempre mal alimentados.

Mi abuelo calló. Su rostro se apagó entre las sombras. Yo le dije: “Yé ye , sigue contando”. Él asintió, con un gesto vencido. Y su voz me habló así:

“Ascendimos por una estrecha gruta para alcanzar una rampa empedrada. Nuestros pies desnudos se topaban a cada paso con escarabajos que crujían aplastados a nuestro paso. Algunos de mis compañeros gritaban por no soportar el asco y enseguida éramos azotados por alguno de los demonios que nos rodeaban. Subimos un nivel, dos, tres, y válgame el cielo, nos detuvimos en el cuarto nivel: el número de la mala suerte. El número de la muerte. Ahí nos esperaban los chupadores de sangre, temibles seres de colmillos retorcidos que nos recibieron con una sonrisa. Eran los Kiang, que chupaban tu sangre de forma tan veloz que apenas te daba tiempo a emitir un suspiro mientras notabas la horrorosa calidez de sus labios sobre tu piel.”

“Recuerdo entonces que desperté sentado y rodeado de escarabajos muertos, rodeado de mis compañeros de ruta también, que bostezaban hambrientos y murmuraban sin comprender dónde estaban nuestros vigilantes. Nos hallábamos en una gran sala iluminada por antorchas, sin puerta alguna. Alguien comenzó a correr en torno al lugar, tratando de hallar una salida, pero pronto abandonó su búsqueda, pues del techo de la sala descendió una plataforma iluminada con diez seres en su interior. Alguien susurró: “Los diez jueces del infierno… ¡preparaos compañeros!” Y más aún cuando los demonios se hicieron presentes detrás de nosotros, extasiados ante la presencia majestuosa de los Diez, cuya presencia no inspiraba temor, sino veneración.”

“Los gritos de los demonios a nuestro alrededor removieron nuestros miedos más ocultos y alguno empezó a llorar mientras nos repartían en filas a la espera de ser atendidos, pues eran nuestros pecados los que esperaban una sentencia. Y un castigo.”

“Cuando las sentencias fueron dictadas, la mía también, fuimos conducidos hacia la gruta por donde aparecieron los demonios, negra como la muerte, repleta de olores nauseabundos y murciélagos que castigaban nuestros oídos y se agarraban de nuestros cabellos. La tortura terminó cuando salimos de allí y llegamos a una gran cueva con un lago de aguas hirvientes. Allí fueron lanzados los asesinos y los adúlteros entre grandes gritos de dolor, y su sufrimiento no terminaba porque no estaba entre los planes de los jueces la clemencia ni la muerte. Sufrirían así tiempo y tiempo y tiempo.”

“Vi decapitar a varios de mis compañeros, ladrones y violadores, y sus cabezas rodar hacia las fieras que esperaban atadas con cadenas a las rocas. Tuve que cerrar los ojos y presionar mis párpados para tratar de despertar. Ya lo había hecho una vez: Desperté de la muerte. ¿Por qué no otra vez?”

“Sólo quedaba yo para sufrir el castigo que correspondería a mis pecados. Muchos. Muchos pecados, hijo mío. Y delante de mí apareció Yama, el señor del infierno, con sus tres cabezas horripilantes y su lengua larga que se deslizó hasta acariciar mis pies.”



Mi abuelo fue enterrado vivo, murió, fue al Inframundo y regresó entre brumas y velos para explicarme lo que había vivido. Yo le escuché agarrado a mi almohada mientras le observaba sentado en una silla, dándome la espalda, hablando y hablando sin parar siendo su voz un susurro lleno de silbidos de serpiente.

-Ahora sirvo a Yama, pues mis pecados son tan grandes que igualan a los suyos. –dijo con voz cavernosa. –No visites mi tumba vacía, no ores por mi alma.

Esta es la historia de mi abuelo Ming, quien estuvo en el Di Yu, el Inframundo, después de haber sido enterrado vivo.



Marta Abelló

Mover el tiempo

Tratando de no perder la cordura
he de mover con fuerza el tiempo
empujándolo día a día
hacia el futuro,
hacia un satinado infinito de lunas
innumerables.
A veces
enciendo la mecha y el tiempo quema
sin pausas.

La rueda gira implacable
en una huida hacia adelante sin descanso;
pero la vacilación de la llama
me obliga a continuar,
a seguir empujando la rueda hasta el final.
No hay descanso.
Sólo lunas.
Y segundos por contar.



by Marta Abelló

Tras los sueños

Tras los sueños



Ya que las trampas abundan
observad los caminos,
tended cuerdas,
apilad piedras,
venced el miedo.
Cubrid con ramas las dudas.

Todo aquello que no entendáis
que no sepáis,
rompedlo en pedazos
para no forzar inútiles ruegos.

Tal vez no estéis convencidos
de lo que pensáis
de lo que creéis.
Os dije que las trampas abundan.
¿Recogisteis suficientes ramas?
¿Apilasteis suficientes piedras?

Tal vez no podáis asegurar
que mantendréis vuestros puños escondidos
que gritaréis por las injusticias
que dormiréis sin pesadillas.

Tal vez lloréis de nuevo,
a pesar de las ramas y las piedras
que vencieron las dudas,
que sortearon las trampas.

Saltad, entonces,
saltad al hueco vacío del camino
y mirad la esperanza
que os aguarda escondida
tras las trampas,
tras vuestros sueños.

by Marta Abelló

La melodía del universo

Poema que escribí para el prólogo del libro recopilatorio del II Torneo de Poesía Blog Los Caballeros de la Dama de Cristal.
Clic aquí para descargar el libro en PDF (descarga gratuita)


Este libro no es más que el sueño de más de treinta blogueros, más de treinta bitácoras que un día decidieron combatir con poemas por el amor de una Bella Dama, y, más tarde decidieron seguir luchando con sus versos para llegar a alzarse con el título que los honrará por toda la vida, Caballeros y Doncellas de la Dama de Cristal.


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La poesía es el eco
de la melodía del universo
en el corazón de los humanos.

Rabindranath Tagore

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Desde el Ganges hasta los hielos árticos
retumba un profundo eco,
conmueve un armonioso vibrar:

En una antigua cítara
resonando en el templo,

en el aullido de un lobo
entregado a la nívea y eterna luna

en los ojos de un recién nacido
de delicados pétalos nuevos

en la mano del mendigo
callosa, taciturna, obstinada

en el temblor de una hoja
que implora a la tormenta

en la cuerda desgajada de una guitarra
que se lamenta en ristras de canciones

en el límite agreste del acantilado
en la espuma de las olas
en la euforia de las mariposas
en el susurro de la brisa sobre un bosque dormido.

¿No has oído aún el eco del universo,
no has oído aún el melodioso pálpito?

Escucha entonces
el crujido de la tormenta
siente la lluvia en tus párpados,
abandónate a la magia
brinda con lágrimas y esperanzas
arráncate el corazón
y escribe sobre ese escalofrío
que recorre tu espalda.


Escucha la convulsión y el espanto,
el rugido del hambre;
también el fragor de la débil compasión.

Vocea en la cima de los montes
y grita tus miedos
penas
gozos
amores
deseos
el eco te devuelve la melodía
de la que habló el poeta.

Ahora tus sueños
están henchidos como una vela al viento.
Sujeta con una mano la pluma,
con la otra sostiene tu corazón.

Ahora eres el rey y el cantor.
La melodía del universo es tuya.


por Marta Abelló

Lluvia de piedras

Poesía ganadora del II Torneo de Poesía Blogs.


Lluvia de piedras

Desposeído de la tierra, despojado de luz,
cierro puertas, rompo espejos, y me adentro en este lodo
en que se ha transformado todo lo que era mío y amaba.

Olvidé que era humano y que este corazón débil y resquebrajado
no podía soportar súbitas fracturas.
Olvidé que la etérea confianza es efímera;
que los punzantes desgarros son eternos.

Y ahora arrojo monedas al pozo del jardín.
No hay retorno, sólo oscuridad.
Veo lejano el fondo y ni siquiera puedo hundirme del todo.

Se alarga la sombra que provoco.
Pocas palabras sé decir. Pocas pienso.
Viejos tiempos, lamentos, gritos solitarios que resbalan por todo lo que soy.
Como el agua por las paredes del pozo.
Como el moho que se desprende, impasible.

Tendré que olvidar las piedras
que caen del cielo en vez de lluvia.
Tendré que olvidar que mis sueños y mis deseos
se hundieron en un pozo cualquiera que un día, quizás, yo mismo cavé.

Y tras las monedas van mis torpes pasos.
La humedad y las piedras y la lluvia
se enfrentan a mis dedos agarrados al borde: Crispados, fútiles.

Caigo y caigo, como en sueño, como en hielo agrietado,
como en amanecer que llega.
Piedras, lluvia y un pozo infinito.

Como el moho que se desprende de las paredes, ajeno,
como el lodo que me cubre, corrompido,
como el espejo que rompí en pedazos, fragmentado,
resisto la lluvia de piedras,
pretendo el futuro y la tempestad.

 Marta Abelló

Mañana gris

Microrrelato publicado en el blog del programa de radio Sexto Continente de RTVE el 28/04/10.






El niño se detiene ante el amasijo de hierros retorcidos. Su madre se agacha y encuentra un cuaderno de tapas mohosas donde puede leer las crónicas de alguien que relata las imágenes del pasado: Primero fue la luz, como un segundo sol en plena noche; después, el hongo nuclear y los cadáveres: cientos, incontables cadáveres carbonizados. En las páginas húmedas, la mujer lee acerca de la lluvia radioactiva, de las manchas en la piel, las hemorragias, las lágrimas. Y el miedo. El cronista hablaba del miedo agazapado en su espejo cada vez que veía reflejado al fantasma que ahora era; hablaba de la destrucción y las cenizas a su alrededor. Desde su ventana veía el cielo gris, la ceniza gris y el viento gris. Veía grupos de sombras huir de las calles destruidas, del asfalto resquebrajado como ahora sus almas.

La mujer guardó las crónicas en su bolsa e hizo una señal a su hijo; después, silbó a su perro. Juntos caminaron hacia el mañana gris sabiendo un poco más del negro ayer.

Casa oscura

Casa oscura

Relato publicado en la antología del I Certamen Literario El arte de la Literatura-Relatos de Terror
Clic aquí para adquir el libro

Es una antología de 25 relatos de terror (mi relato fue seleccionado por votación popular de entre 203 relatos presentados.)




El viento aullaba sobre sus cabezas. Los niños trataban de refugiarse bajo sus capas y caminaban hombro con hombro tratando de atrapar algo de calor, tratando de no pensar en las alimañas que los observaban tras los oscuros guijarros, tras los espesos matojos de hierbas punzantes.
Las sombras informes se dividían y multiplicaban, susurraban en sus oídos palabras que nunca hubieran deseado oír; les pedían que siguieran la senda de piedras negras, allí donde se ocultaban los voraces insectos, los lagartos de la noche de ojos brillantes, irreales.

La niña vio al cuervo posado en un tocón y se detuvo. Su hermano lo hizo también, agarrando con fuerza su mano, sintiendo el leve temblor de sus dedos fríos. Con los ojos del animal clavados en ellos como agujas, siguieron hacia adelante mientras el crepúsculo también avanzaba como lo hacen las fieras, agazapado, alerta.
El niño miró hacia atrás, pero detrás solo estaba la nada, lo oscuro, por eso sus pasos arrastraron los de su hermana. Corre, corre…

Detrás de ellos, el aleteo del cuervo y los susurros de las alimañas; el murmullo del bosque y el canto del crepúsculo que moría. Delante de ellos, lo ignorado, quizás la muerte, quizás la salvación. Gretchen lloraba, aunque sus lágrimas se las llevaba el viento, como se llevaba las esperanzas de su hermano Hahn de encontrar una salida.
Las tinieblas llegaron y avanzaron a tientas, en silencio, temerosos de que una palabra las rasgara y cayera sobre ellos alguna maldición como aquellas de las que siempre hablaba su madre cuando acudía a su habitación. Les hablaba de alimañas y de casas oscuras donde los niños crecían con el miedo como compañero de juegos, les hablaba de niños que esperaban la llegada del monstruo agazapado dentro de su armario, de las garras que vivían de noche bajo sus camas. Su madre siempre les hablaba de ello después de que su padre hubiera marcado sus espaldas a fuego, después de que las lágrimas de dolor les habían abandonado, después de poner un poco de alcohol en sus heridas. Tal vez todo había sido un sueño, pensaba Gretchen mientras daba un paso más entre las sombras, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y podía ver que el bosque terminaba y llegaban a un claro.

Hahn y Gretchen se detuvieron ante la casa que acababan de encontrar. En su porche abierto, una mecedora acunada por el viento hacía crujir el suelo de madera. Sus moradores dormirían, seguro, pero no se negarían a recibir a dos niños perdidos. No podían negarse, pensaba Hahn mientras subía los escalones del porche y detenía su mirada en la mecedora.
Oyeron un aleteo tras sus espaldas y supieron que era el cuervo del tocón, el mismo que ahora se posaba en la espalda de la mecedora guiñando uno de sus ojos mientras la puerta de la casa se abría para ellos. Encontraron una sala iluminada por las brasas que aún quedaban en el fuego y deliciosos manjares que esperaban a sus manos deseosas, a sus estómagos hambrientos. Y mientras comían, las sombras de la casa danzaban en torno a ellos, murmuraban en su presencia; pero su hambre era más voraz, más que el misterio que les rodeaba. Las heridas de sus espaldas cicatrizaban, pero el vacío de sus estómagos nunca lo hacía. Mientras comían, no reparaban en los ruidos del sótano, en los pasos del ático. No reparaban en las huellas de las alimañas que empezaban a rodearles, atraídas por el olor de la comida que no eran los pasteles ni los asados, sino ellos mismos.

El cuervo alzó el vuelo y entró en la casa por un hueco de la ventana resquebrajada para posarse sobre un sillón deshilachado, allí donde descansaba una muñeca sin brazos. Miró a los niños que seguían comiendo, reconfortados por las escasas brasas que el viento que se coló por la chimenea avivó, impaciente por colarse, por observar también lo que había de suceder. Alguien gritó en el ático, y los niños se miraron, interrogantes. Con los estómagos saciados dejaron que las sombras los siguieran escaleras arriba. Allí sólo había cerrazón y tinieblas, quizás terror para otros, pero no para los niños, que llevaban el miedo impreso en sus espaldas y en sus corazones.

En el ático, dos mortajas: Madre y padre envueltos en lienzos ensangrentados.
Las alimañas que los habían seguido abrieron sus bocas, extasiadas ante la sangre y la muerte que no esperaban: Un bocado mejor que los niños, que volvieron a su banquete mientras las garras de las bestias en la oscuridad rasgaban, mordían, roían, animadas por el cuervo que habitaba las sombras de la casa oscura.

by Marta Abelló

Una noche en la casa Usher



Relato finalista de I Certamen de Microrrelatos de Terror Artgerust (Enero, 2010)
Publicado en la antología 100 microrrelatos de Terror. Homenaje a Poe. Gerüst Ediciones.
(Clic aquí para adquirir)






Booktrailer del relato:



Clica en el video y lee con la música de fondo:

Una noche en la casa Usher


El cuervo entró en la habitación revoloteando en torno al barril de amontillado. Picoteó la madera y abrió una brecha que expulsó el líquido, mancillando la alfombra de un color rojizo que se extendió como sangre sobre una herida. El corazón me latía temeroso cuando el cuervo salió por la ventana y las sombras llenaron de nuevo la habitación del sótano que el señor Usher había sido tan amable de ofrecerme aquella noche. No podía más que intentar dormir y esperar el amanecer, pero el maullido apagado de un gato me lo impedía, al igual que el susurro tembloroso de las cortinas que se mecían trayéndome unas palabras: Berenice…Berenice…Su fantasma de vestidos largos y ensangrentados se apareció al fin. Yo la esperaba, no podía más que esperar de una vez la llegada de mi gran amor de pálidos labios, quien volvía de la tumba para recordarme que había sido yo quien la había enterrado…viva.

by Marta Abelló



El juicio final

Relato que dio origen a mi novela Tilak el Sabio.




EL JUICIO FINAL


Esta historia comienza el día en que Tilak murió. En la cama del hospital de Yakarta su espíritu abandonó el cuerpo físico y se elevó hasta el techo de la habitación para deslizarse después hacia las ventanas abiertas, donde se fundiría con el aire limpio y fresco de la mañana. Tras un breve lapso de inconsciencia total se encontró caminando por verdes prados donde pastaban caballos blancos. Iba acompañado por un hombre de baja estatura ataviado con un extraño ropaje de telas brillantes y aterciopeladas que montaba en un unicornio.
Tilak andaba junto a él y no hablaba; sólo miraba perplejo todo lo que había a su alrededor. En un extremo del camino corría un riachuelo en el que saltaban pequeños peces anaranjados, y las flores que lo circundaban despedían un agradable aroma que le hizo sentir un poco más cómodo, menos tenso. Pronto llegaron a un palacio construido al borde del mar, en el acantilado más abrupto que había visto nunca. El enano, que era llamado Awatha, le explicó que aquella era la parte más recóndita de la Tierra, donde nadie que no fuera elegido podía llegar.
La entrada del palacio formaba un arco sostenido por dos grandes y pesadas columnas, y allí mismo, Awatha le entregó una piedra envuelta en un paño de cuero.
-Es el jade de la vida eterna, lo llamamos P´an- T´ao. Deberás ofrecerlo a los dioses en el Banquete de la Inmortalidad.
Tilak lo miró extrañado y le preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
-Ya entenderás más adelante. Y no olvides que aquí dentro -señaló el edificio- no debes preguntar, sólo responder. Recuérdalo: sólo responder.
-Responder, ¿a quién?
-Entra, amigo. Entra en el altar de Yama, el dios de la muerte y sabrás y conocerás.
Dicho esto, dio media vuelta a su cabalgadura y se alejó en dirección este, hacia las Montañas del Incienso, dónde le esperaba otro humano.
Tilak empujó la gran puerta hacia adentro y entró en el palacio. Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban repletas de bellos tapices. Fue avanzando mientras sus pasos resonaban por aquel vasto vestíbulo. Al llegar al fondo puso los pies en una alfombra de color rojo con la representación de la cábala en el centro y se abrieron unas puertas que le permitieron seguir su camino. Encontró entonces una sala de estrechas y puntiagudas ventanas en la que en su centro, sobre una mesa rectangular cubierta con lienzo blanco de algodón, se alzaba una balanza, una enorme balanza de oro y diamantes. No estaba inclinada hacia ningún costado; esperaba impaciente el próximo juicio que no tardaría en celebrarse. Y junto a ella, vio a tres hombres, aunque éste no sería su calificativo idóneo, puesto que sus rostros no tenían nada de humano. Eran amorfos, sin precisión alguna parecían extenderse hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. Eran rostros adimensionales que no podía dejar de mirar sin sorprenderse una y otra vez.
-Somos los Tres Raros y Sublimes. -dijeron al unísono con voces de idéntico tono e inflexión. -¿Qué has hecho de tu vida?
Tilak recordó que sólo debía responder y evitar su costumbre de contestar con otra pregunta para saciar su curiosidad o para disuadir al contrario.
-He vivido intensamente. -contestó sin titubeos.
-¿Te arrepientes de tus malas acciones?
-No considero que hayan habido verdaderas malas acciones en mi vida.
-¿Te consideras apto para ser elegido?
Inmediatamente, Tilak iba a preguntar -¿Elegido para qué?- pero se contuvo y contestó.
-Cualquiera puede ser apto.
Uno de los Tres Raros sonrió y miró al que tenía a su derecha. Éste último asintió.
-Naturalmente no sabes cómo va a ser tu vida a partir de ahora, pero, ¿crees que puedes mejorar ciertos aspectos si vives en un palacio como éste?
-No creo que la excesiva riqueza que gobierna este lugar sea idónea para expiar hipotéticas culpas.
-¿Hipotéticas? -preguntó el Raro del centro.
-No considero culpas los errores humanos.
En ese momento, Yama, el dios de la muerte, se hizo presente. Apareció al lado de la balanza junto a un monstruo de boca de cocodrilo y vientre de hipopótamo. La fiera abrió sus enormes fauces y con una profunda y grave voz dijo:
-Soy la Bestia Deforme, el devorador de almas, y espero ávido junto a la balanza del Juicio; espero sediento tu espíritu.
El dios levantó la mano derecha y le hizo callar. Era un ser imponente que llevaba una túnica blanca que despedía destellos de luz.
-Me hago llamar Yama y soy el dios de los que abandonan el mundo terrenal para morar en este lugar situado en los límites de la Tierra, donde convergen el Río del Declive con el Mar de los Deseos Profundos.

Tilak asintió con la cabeza, si bien no podía hacer otra cosa que escucharle atentamente, puesto que aquella voz era fascinante, merecedora de una total atención.
-Veo que tus respuestas han complacido a los Tres Raros y Sublimes, por lo que eres digno del Ojo de Mithras, el Dios de la Luz. Él te garantizará la felicidad en tu nueva vida.
Yama alargó su mano, transparente, y le entregó el Ojo, que era ovalado. La pupila que había en su centro estaba formada por cinco círculos concéntricos entre los cuales había grabada cuatro veces la letra Omega.
-Gracias, Señor.- Fue todo lo que se le ocurrió decir a Tilak.
Los Tres Raros decidieron que ya era la hora del Banquete.
-Pasemos al Salón. -dijeron, y el dios Yama desapareció.
Cuando Tilak llegó al Salón de la Inmortalidad, pudo verlo encabezando la gran mesa dispuesta con alimentos que jamás han existido ni existirán en el Mundo que Conocemos. Le hicieron sentarse en uno de los extremos de la mesa, justo enfrente de Yama. Los Tres Raros y Sublimes lo hicieron en el lado derecho.
Los platos no se vaciaban jamás. Como por arte de magia, en cuanto el último pedazo de comida iba a parar a las bocas de sus comensales, se volvían a llenar. Tilak empezó a hartarse y su estómago le ordenaba no ingerir más a riesgo de reventar.
-Lo siento, pero no puedo comer nada más. -dijo en tono de disculpa.
-Debes comer. -le reprendió uno de los Tres Raros. -No se puede despreciar la comida de los dioses.
-Pero... -se quejó. Y mirando de nuevo al plato pudo ver cómo se llenaba de algo parecido a gachas y miel.

De pronto se acordó de lo que le había dado Awatha. Metió la mano en el bolsillo y sacó la piedra.
-Debo ofreceros esto, mi señor.-dijo Tilak levantándose y dirigiéndose a Yama. Inclinó la cabeza y dejó al lado de su plato la piedra.
Los ojos del dios brillaron, y su túnica dejó de resplandecer.
-En verdad eres el Elegido, Tilak. Los últimos hombres que llegaron hasta aquí no me entregaron a P´an-T´ao, pues codiciaban su valor y con ello obtuvieron su terrible final. -sonrió ampliamente y continuó diciendo: -No habrá juicio para ti. Te sentarás a mi izquierda en el Trono y serás formado para ser el Cuarto Raro y Sublime.
-Gracias, Señor.- Sabía que no serviría ningún tipo de contradicción, así que se limitó a volver a su asiento tal y como le indicó Yama con un ademán.
Ahora tenía un objetivo claro, un sentido que darle a aquel otro mundo. Y sospechaba que no era fácil ser un Raro y Sublime, algo le decía que no era nada fácil. Pero lo intentaría. Tenía el resto de su segunda vida para comprobarlo.

by Marta Abelló