El diario de Stephen Harker




DIARIO DE STEPHEN HARKER
Transilvania. Año 2000

22:45

Me hallo en la oscuridad del desfiladero de Borgo. Mi coche ha volcado y aunque tengo algunas magulladuras creo que podré seguir el camino a pie. Hoy se cumple un siglo desde que mi antepasado Jonathan Harker visitara el castillo del conde Drácula para tratar con él la compra de unas propiedades en Inglaterra. Por esa razón, unida al vívido recuerdo de su diario que ha pasado de generación en generación, mis pasos son lentos, mis oídos se agudizan y mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, vigilan atentos cualquier movimiento de la maleza que me rodea.
La carretera está en muy mal estado, pero por suerte la luna me ilumina. Espero encontrar una casa antes de llegar al castillo, pues quiero informarme bien acerca de su morador. Se trata de Vlad Drakul, seguramente algún millonario excéntrico que ha adquirido la propiedad y ha adoptado el mismo nombre que el antiguo propietario. Sí, eso debe ser. Estamos en el año dos mil, ¡por favor! No he hecho este viaje hasta esta región europea para encontrarme en la misma situación que mi antepasado, así que seguiré caminando sin temor.

23:15

Acabo de llamar a la puerta de una casa pero nadie quiere abrirme. No entiendo la lengua que hablan, pero al nombrarles el castillo, han apagado las luces y me han dejado aquí fuera. Me parece increíble que la historia se repita, así que habrá que ver qué sucede allí.

23:35

La puerta del castillo está abierta de par en par, y mis pies se posan en una alfombra roja que parece nueva. Las luces de la entrada están encendidas y me adentro en uns sala donde una televisión de pantalla plana emite una película en blanco y negro. En una pequeña mesilla encuentro una bandeja con canapés y vino de la región que me resulta excelente al probarlo. Veo que el dueño de este lugar posee una nutrida colección de discos compactos y que posee un buen gusto artístico, pues me rodean cuadros –probablemente originales- de Van Gogh y Cézanne. No hay duda que el supuesto conde Drácula va a beneficiar a mi compañía de inmuebles con una suculenta compra.
Oigo música en el piso superior, pero no sé si subir o esperar a que alguien venga a recibirme. Este grandioso lugar necesita de mucho servicio para mantenerse en este estado, por lo que no creo que... Oigo pasos, alguien se acerca.

23:45

Después de dejar mi abrigo y mi maleta en manos de un servicial camarero, me hallo en el extremo de una suntuosa mesa esperando la llegada del conde. Ante mí, tengo el catálogo de las fincas que pienso mostrarle y espero que esta misma noche o a más tardar mañana, la operación quede zanjada. Me produce un extraño desasosiego el pensar que mi antepasado vivió aquí una experiencia sobrecogedora, pero debo repetirme que aquello ya pasó y que el conde Drácula, el vampiro, ya murió, y si bien es cierto que su leyenda continúa, yo no soy la persona más indicada para alarmarme y para salir corriendo de aquí sólo por el recuerdo de alguien así. La operación que mi compañía va a hacer con este otro conde me reportará unos cuantos millones de liras de comisión y no pienso echarlo todo a perder por dejar que mi imaginación corra sin freno.

00:00

El conde está junto a la chimenea ojeando el catálogo mientras le explico las bondades de cada finca. Es alto, de unos treinta años, con el cabello largo y negro recogido por detrás; adorna su cara un fino bigote que le hace parecer interesante y refinado. Me sonrío al haber pensado en él como un ser de la noche con colmillos afilados prestos a morderme el cuello y devorar mi alma.
Mientras él me pide unos instantes en silencio para mirar con detenimiento las propiedades que parecen interesarle más, me paseo por la habitación y me detengo a mirar unas pinturas en miniatura que están colgadas cerca del piano. El cristal que las cubre refleja como un espejo los muebles que hay detrás de mí, pero no hay ni rastro del reflejo del conde. Al volverme le veo ahí sentado, junto al fuego, pero en el cristal no apareció su imagen. ¡Por todos los Santos! Él me mira y me sonríe, y es entonces cuando veo sus colmillos finos y blancos, relucientes. Sé que estoy pálido y que no debo alarmarle, pero no puedo evitarlo, más aún cuando se acerca y me dice:

-Fueron años de intentarlo, pero logré atravesar el círculo y volví a ser el No-Muerto. El descender a los abismos fue lo mejor que podía pasarme, Stephen Harker, pues mi piel se alisó y mi edad retrocedió. ¡Mírame, sí, pues tengo tu misma edad! Yo, que vivo desde tiempos innombrables; yo, que gozé de la presencia de tu antepasado Jonathan Harker en este castillo; yo, que vivo por siempre, puedo acogerte en mi manto y ¡darte la vida eterna!.

00:30

No sé cómo pude salir del castillo ni cómo encontré mi coche, reparado, en la puerta. Conduje a más de ciento veinte por hora por el estrecho desfiladero sin pensar en que podía volcar en cualquier momento, pero ¡qué me importaba! La historia se repite, sí ¿y a quién decírselo?


(Foto by Chodaboy)

Relato solidario: La canción de Christian

Relato publicado en el libro "Atmósferas", iniciativa solidaria para recaudar fondos a beneficio de la Fundación Vicente Ferrer.






LA CANCIÓN DE CRISTIAN


Yo tengo un ángel, ¿sabéis? Por las noches viene a verme, canta bajito mientras cierro los ojos y me duermo envuelto en sus susurros. Cuando creo que no me mira, abro los ojos porque me gusta ver cómo despliega sus alas de algodón y pequeñas flores de manzanilla caen sobre nuestra habitación, como una lluvia fina de primavera. El ángel pasea por entre las camas de mis compañeros y nos canta hablándonos de la familia que un día tendremos.


Hace unos días mi ángel volvió a cantarme bajito, pero era una canción especial, y así supe que lo que sucedería sería bueno para mí. Os contaré que la señorita Jones me acompañó hasta la habitación de la puerta con el letrero azul. Me senté en la colchoneta y jugué un poco con los dados mientras un señor y una señora muy altos se acercaban a mí y me sonreían. La señora se puso a jugar conmigo, pero pronto se cansó y me dijo que tenía algo para mí: un gran estuche lleno de pinturas. El señor alto me dio un camión de bomberos, rojo como las marcas de Max cuando tuvo la escarlatina, y sentí cómo mi pecho se llenaba de mariposas mientras sostenía entre mis manos aquellos regalos tan geniales. Me moría por enseñárselos a Max, pero antes tuve que jugar un poco más con la señora y escuchar cómo me decía que ella ahora iba a ser mi mamá.
La señorita Jones me volvió a llevar junto a mis compañeros, pero antes de eso el señor que iba ser mi nuevo papá y la señora mamá me dieron un beso, y ese beso era como las caricias de mi ángel, suave y bueno.
Os diré que hoy es mi último día aquí, y que mañana tendré una habitación para mí solo. Me llevaré el camión de bomberos y el estuche que me regaló la señora mamá, quien me ha dicho que la llame sólo mamá, o mami, como prefiera yo. La señorita Jones me ha dicho que me porte bien, que me coma todo lo que me ponen el plato y que rece todas las noches mis oraciones. Eso es fácil para mí ahora que estoy tan contento.


Tras de mí queda la puerta del orfanato. Max llora y la señorita Jones retuerce el extremo de su delantal al verme salir. Con el pecho encogido desciendo los escalones y veo las sonrisas de papi y mami. Sé que mi ángel no abandonará a mis compañeros, que seguirá cantando sus canciones en sus oídos y seguirá desplegando sus alas de algodón. Y una noche, pronto, muy pronto, les cantará una canción especial y les dirá que ya tienen una familia. Sé que todo el dormitorio olerá a flores de manzanilla y a algo parecido a la felicidad.

Lluny de tu (Relato finalista)


Relato finalista en el VII Concurs de Narrativa Literària Mercè Rodoreda de Molins de Rei (1996) y publicado en el libro antológico del concurso.




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LLUNY DE TU


In absolute quiescence let me rest,
From all the world, from mine own self, apart;
I closer hold the ilimitable best,
Still as the final silence, with calm heart.
What need to strive or move?
It is enough to love.

Lytton Strachey


...Què poc m´hauria costat escriure´t, sí, però el primer que vaig pensar en rebre la teva segona carta i els teus retrets era que la nostra distància era bona, molt bona per tots dos. Si omplia el buit corria el perill de fer-te pensar que potser et trobava a faltar, que encara eres part important de la meva vida i això em feia por, molta por. Tenia por de mi, de la mesura de les meves paraules. No és tan fàcil correspondre als desitjos dels altres, com ja hauràs après; tot sembla reduïr-se a mers capricis quan no hi ha un veritable interés en aquesta satisfacció. I no era senzill, no, haver d´aturar les paraules que volia dir-te per calmar almenys en part la teva ansietat, la teva manca de notícies. Allò que hi ha de bon samarità en tots nosaltres lluitava per sortir a la superfície, lluitava per fer-me comprendre que tu em necessitaves, que havia de recordar els temps passats quan plegats érem feliços. Ho vàrem ser en realitat?



Potser no és fàcil per a tu el llegir-me d´aquesta manera, ho puc comprendre. Deus estar assegut amb la cigarreta entre els dits i un vas llarg sobre la taula, al costat de la meva carta. Et tremolen les mans? Et poses nerviós com la primera vegada en que vas rebre notícies meves i vas córrer a trucar-me? Vas pensar que hi havia quelcom d´amagat en les meves paraules; vas pensar que volia tornar amb tu, que et donava una segona oportunitat. No era així i ara tampoc: vull que això et quedi ben clar. I ni se t´acudeixi de trucar-me, pel que més vulguis. Has d´entendre que no vull parlar amb tu. No, no vull parlar amb tu i el que faig ara, el que escric, no és sinó una variant, una manera de que finalment m´entenguis, una manera de tornar-te el bé que tu em vas fer alguna vegada. Alguna vegada... Fa tant de temps!

No crec que ara sigui el millor moment per a recordar vells temps: els dies en que tu eres una altra persona, l´home que en realitat jo volia que fóssis. Si t´escric és perquè... no ho sé perquè, potser necessito desfogar-me i la teva carta d´aquest matí m´ha desvetllat aquests mots adormits sota el llençol de les meves mans. Saps que en sé una mica d´escriure històries fantàstiques, contes imaginaris, però que em costa d´expressar-me quan és a algú real a qui em dirigeixo, i aquest algú avui ets tu. Tu, de qui ja no recordo l´expressió ni la forma dels ulls. Com ho puc haver oblidat? Pot un oblidar-se d´allò del que un dia es va enamorar? Sembla ser que sí, i és tant dur que començo a sentir-me com si hagués fet quelcom d´imperdonable. Segurament pensaràs que sóc cruel al escriure´t tot el que penso, quasi sense embuts, però és que no ho puc fer d´una altra manera, així que hauràs d´acceptar-ho tot com vingui.
Em proposaves a la teva carta de quedar una nit, una sola nit en la que decidiriem definitivament si som l´un per l´altre o no. Què era això? Un ultimàtum? Des de quan et dediques a pensar en que hi ha encara una possibilitat?
Sé que és inútil fer-te preguntes perquè no m´arribaran les respostes. L´únic que puc fer és imaginar què diries, però me´n ric, d´això, perquè ho sé perfectament. I no creguis que m´excedeixo en la valoració dels teus pensaments perquè et conec massa bé, o al menys, et coneixia. Has vist com si que estic per tu? Encara que només sigui per uns moments sóc amb tu i et faig la companyia que dius tant necessites. El que encara no entenc és que visquis sol i no surtis mai. On han anat a parar les teves amiguetes i els teus col.legues de marxes nocturnes per la ciutat? És possible que t´hagin abandonat? Si és així pots comptar amb que la seva amistat no era més que un miratge, una il.lusió en la que vivieu tots plegats. Ara, quan tu et trobes baix d´ànims, aquest miratge s´esvaeix. Ho sento, ho sento per tu. Deu ser dur trobar-se en aquesta situació.

Dius que no pots viure sense mi, però si és del tot cert que no tens a ningú més la veritat és que no pots viure sense ningú, no només sense mi. No crec que sigui bo que posis excuses i que em retreguis el teu mal, que em facis sentir com la culpable, com la dolenta. Ja no recordes que vas ser tu qui va marxar de casa amb aquella inqualificable? Ara no em vinguis amb històries de penedits que prou vegades m´has explicat. No em facis treure del calaix la meva llàstima per tu, perquè no la necessites, i si és així arriscat i truca a algun dels amics que t´ha abandonat i recorda-li que encara ets viu, que encara et queda algún diner a la butxaca i pots convidar-lo a qualsevol festa. Suposo que em diries que tot això ha quedat enrera i que ja no t´omple, que ara desitges vetllades més tranquil.les amb mi, sempre amb mi. No em facis riure... No em facis recordar-te les vegades que em deixaves sola, les vegades en que em feies plorar com si res més al món fós possible. Plorar i plorar durant hores fins que tu tornaves, alegre i cansat. Et ficaves al llit i dormies fins ben entrat el dia.
Has vist com les paraules van omplint la carta que volies rebre? Ja no em sembla tan costós com al principi.
M´agradaria pensar que ets aquell en qui un dia vaig confiar plenament, aquell a qui li dedicava els meus versos i li confiava els meus somnis. Mai vas saber amb quina entrega ho feia, amb quins ànims. Jo escrivia i tot era per a tu, sense traves, però t´arribava i llavors mancava el sentit, perdia el seu significat per enfosquir-se entre les runes de la teva insensibilitat. De veritat que desitjaria que tornessis a mi éssent aquell que vas destruir. No trobes a faltar la part de tu que jo vaig estimar? Però clar, poc deu importar-te el que et digui respecte d´això. Mai no vas mostrar res més que indiferència quan et demanava, em queixava, em desfeia en llàgrimes pel mal que em feies. Per quina raó havies de canviar i tornar a ser qui eres quan et vaig conèixer? No, no en tenies cap de raó. Era més fàcil amagar-te sota la cuirassa d´home fort que t´havies fet, veritat?


M´he près una estona per descansar perquè oblido que has vingut fins a mi cercant consol, no preguntes.
I sí, tot era més fàcil quan les nostres mirades es trobaven i els nostres cossos responien, en això trobo que tens part de raó. Però pensa en el després.... Peròs, peròs i peròs, només trobo peròs en cada punt de la teva carta; tot t´ho he de qüestionar. Sento no poder-te dir el que vols llegir, el que alleujaria les teves nafres. Sento dir sento un i un altre cop. Sento sentir llàstima per tu quan no ho hauria de fer, quan crec que no t´ho mereixes. Ni tan sols sé perquè t´escric, ja t´ho he dit abans. Quan fa que no ens veiem? Mesos? Semblen anys per mi.
He conegut a un home. I torno a sentir l´efecte que et causaran aquestes paraules. Potser arribat aquest punt deixaràs de llegir i jo em sentiré millor. Potser trencaràs en petits bocins aquest paper i tot quedarà oblidat ja per sempre més. Sí, decidiràs oblidar-me i amb mi la meva carta. Oblidaràs tot i t´oblidaràs tu mateix també una mica. Però en el cas de que hagis decidit continuar llegint trobaràs que t´explico les excelències d´una persona nova en la meva vida, una persona que m´estima de veritat i em fa sentir com mai m´havia sentit. Una persona que tracta per tots els medis de veure´m feliç.
No valen la pena les comparances amb tu, i no cal que te l´imaginis, que comencis a pensar com és, què li agrada, com és de diferent la seva forma d´estimar. No cal que a la teva imatge mental d´ell se t´aparegui la figura d´un Narcís o d´un Adonis perquè no ho és. Saps que mai m´ha atret l´excessiva bellesa d´un home i no veig perquè hauria de canviar ara. No tractis tampoc de ferir-te amb pensaments que et portin fins a la cova de la gelosia perquè no hi ha cap raó. Tu i jo ja fa temps que hem deixat de ser nosaltres. O no? Encara ho dubtes? Et llegia i les teves paraules em corprenien pel lligam que m´atribuïes als teus sentiments, a la teva vida. Deies que m´estimaves com mai no ho havies fet. I com és això? M´estimes des de la distància? No em veus ni em sents però m´estimes, penses en mi, et mors per escoltar les paraules dels meus llavis, et mors perquè sense mi et trobes sol, tan sol que creus que si no fós perquè encara ets jove moriries aviat. Ho trobo un tant excessiu, morir per algú. Només els antics ho feien això, recordes? La princesa pàlida, el joglar encisat pels seus ulls, la lluna, la música, la poesia... Em dius que moriràs si no em tornes a veure, com els romàntics, com els veritables enamorats.
No puc deixar d´estar afalagada per tot el que he llegit. És un canvi tan gran el que sembla has fet que començo a pensar que tornes a ser el que eres en un principi. Si fós així...potser... Però no. Ja t´he dit que estic enamorada; no puc canviar els meus sentiments així com així. No puc tornar a pensar en que tu podries tornar a formar part important de la meva vida.

Aquest home del que t´he parlat... Aquest home és el més important per mi, ara per ara. Somio amb ell per les nits i el cor se m´atura de només pensar-hi. Els seus gestos m´esgarrifen l´ànima, i passen ràpids els minuts i els dies mentre em pregunto si em trucarà. I voldria saber que amaga al fons del seu cor, conèixer poc a poc tots els seus secrets fins que siguin els meus.
És tant difícil parlar-te d´això... Parlar-te a tu que d´això no t´agrada parlar. Tens por? Tens por de les respostes que et pugui donar el teu propi cor?

He somiat amb tu de vegades, sí. Potser els dos ens hem trobat en els mateixos somnis. Somiavem els dos en diferents llits, en diferents llocs, però erem junts; i de vegades aquests somnis eren tan reals que en despertar em semblava tenir-te al costat, que en obrir els ulls i estirar el braç podria sentir la teva olor, podria veure la teva cara. Havia somiat amb tu però tu no hi eres més a la meva vida, així que havia de tractar d´oblidar-te durant el dia encara que a la nit et tornés a somiar. Era dur per mi, saps? Quan vas marxar tot era difícil, tot era trist. Ara, si somio amb tu tot és diferent i ho atribueixo a purs records de l´inconscient. No, no li´n dono gaire d´importància, encara que potser els somnis són reals en un altre espai i en un altre temps.

Perquè no ho oblides tot plegat; m´oblides a mi? No m´agrada aquesta dependència que em mostres, que apareix de cop com un fantasma a la nit. Si m´oblides, tot et serà més fàcil; t´ho ben asseguro. Però com oblidar-me, em preguntaràs, si només de pensar en aquesta obligació ja em recordes de nou? T´entenc, sí, t´entenc perfectament perquè ja he passat per tot això. M´he aturat on m´havia d´aturar; m´esforçat en viure, en sobreviure; he arribat a un punt en el que l´únic pitjor és el record. Poc a poc tot va arribant a la calma.

Arribo a la calma i al perdó però no puc enviar-te aquesta carta. No puc. No és avui el moment ni l´hora; potser no ho serà mai. Crec que serà millor llençar-la al foc, que es cremin totes aquestes paraules, unes paraules que he escrit de cor, només per a tu, sense res més al meu pensament que tu. Tu, que ets l´arrel de l´home a qui estimo a la meva imaginació. Ets part de l´home a qui he conegut, a qui he redescobert ajuntant engrunes, detalls d´ací i d´allà, petits records, llunyanes imatges. Sí, he creat l´home ideal a partir de tot el que desitjava que fóssis i de la mica que eres. T´he fet a la mida: He tallat els defectes, he cossit les qualitats. Algú diria que és difícil enamorar-se de la perfecció si aquesta és imaginària, però qui és aquest que ho diu? Perquè no dóna la cara? Tothom té dret a estimar el que vulgui i jo estimo l´home perfecte que viu al meu pensament.
Si llegissis aquestes paraules veuries una sortida. Em diries que vingués amb tu perquè canviaries, perquè voldries ser exactament el que jo m´imagino. No veus que això no pot ser? Mai ningú no serà com jo vull que sigui; hi ha masses matissos, massa exigències, ara. No, ho sento però et diria que no. És més fàcil viure amb el desig, amb el somni de cada dia. Vull veure com creix l´amor per aquest ésser que he creat; vull imaginar històries que acabaran com jo vulgui: faré baralles, reconciliacions... Faré, en definitiva, un home perfecte que em dona l´amor perfecte, just el que vull, just el que necessito.
I vull necessitar la meva imaginació perquè ella em necessiti a mi; que no visquem l´una sense l´altra. Que es dibuixin nous camins cada dia i cada nit; que l´home sigui tendre i afectuós a cada moment, passi el que passi. Vull ser la deessa creadora de l´home ideal. Vull alçar-lo, vull llençar-lo al vol i que planegi per sobre tot el que desitjo. Que baixi quan li demano i descansi en els meus braços. Vull que ell imagini tots els romanços possibles i me´ls faci viure. Vull que estigui viu. Que sigui l´Home i l´Amant. Tot u. Tot per mi.
Escriuria milers de mots només pensant en ell, en tot el que em suggereix. Remouria cel i terra si conegués una possibilitat de trobar-lo físicament. Canviaria els ordres i els espais; aturaria el temps per aconseguir l´eternitat. Enrera quedarien els anys per començar de nou, amb ell, només amb ell que es part de tu. Un altre cop tu.
Sento no oblidar-te totalment; sento haver fet néixer de tu aquest home, però és així i em tranquilitza una mica perquè em fa pensar que té quelcom de real i veritable, que no és una total fantasia. Em sembla tan irreal de vegades... Sí, de vegades penso en que tot plegat és una bogeria, que mai el tindré, que mai podré tenir-lo entre els braços. No es tracta d´abandonar, però quan m´arriben els dubtes començo a pensar si no seria millor si m´adaptés a les circumstàncies actuals, si no seria millor cenyir-me a algú en concret i acceptar com sigui, acceptar-ho tot com vingui. Però de nou dubto i me´n recordo del que vaig sentir atrapada dins el dolor.
Perquè has hagut d´escriure´m i fer-me remoure tot? No tens prou amb les altres cartes que em vas enviar; amb tot el que ja m´has dit? Sembla ser que no, que t´agrada sacsar la meva consciència i el meu esperit.
No voldria queixar-me de nou i fer-te sentir culpable. No voldria ferir-te inútilment. I si ens veiem, què pot passar? Em promets una treva, un parèntesi en el que trobar-nos a nosaltres mateixos. Em promets repòs, que ens allunyem de tot, del món, dels problemes, de la terra, de tot allò que ens pot fer mal. És això possible? Creus de veritat que junts podem vèncer? No hi ha res per vèncer sinó nosaltres mateixos; la nostra por. Em resisteixo a creure que tens la voluntat necessària per a estimar-me com sempre he volgut. I si fós així, quant de temps duraria? Et veus amb cor d´estimar-me la resta de la teva vida tal i com vas prometre? És fàcil dir i parlar, opinar, raonar i assegurar, però és tan difícil convèncer...
I torno a pensar en els bocinets de tu que encara estimo; en els bocinets que he fet crèixer transformant-los en quelcom de gran valor. Lluny, molt lluny de tu em trobo en aquests moments en que torno a imaginar Aquell Home que ets tu i no ho ets alhora. No t´agradaria ser-ho de veritat? No t´agradaria ser l´objecte únic de la passió d´algú, objecte d´un feroç i salvatge enamorament?

Algú m´hauria d´haver parlat de la fi de l´amor per entendre els perquès que van sorgir. Hauria d´haver après a ofegar la ràbia i els plors; hauria d´haver après a no pensar-te, a no imaginar-te, a no crear-te de nou, a no fer-te a la meva mida. Ningú no em va ensenyar d´oblidar completament el que un dia va ser bo per mi. Ningú no em va ensenyar de perdonar totalment. Podria creure en deus que fossin benevolents i tractar d´assemblar-m´hi, però només puc fer-ho veritablement amb el que jo mateixa he creat. Puc disculpar els defectes que li poden sorgir al meu Ideal; puc defendre´l i justificar-lo. Ell es allò més valuós que tinc. És on vull anar a parar, es el meu fi, la meva vida.
Què és el que tens tu, quins són els teus objectius? Això és el que m´agradaria saber. Has creat alguna cosa? Tens quelcom que et regali els sentits, que et faci anar-te´n al llit satisfet, boig per recordar-ho? No pots tenir-me a mi, això ho has de descartar totalment i ara n´estic segura. Som massa diferents, volem coses massa llunyanes, massa dispars. Em pregunto si em sabries explicar el teu buit, si sabries donar forma al que et manca. No ets lliure, no, i jo tampoc; però la meva presó està feta de les reixes que jo mateixa he fet i aquí trobem la diferència. Les tempestes del meu cor són meves i jo les he fet, jo les puc transformar en bonança quan vulgui, mentre que tu... Ho sento però tu no has après encara dels teus errors, i no, no puc ser ja el que un dia vaig ser per tu. M´apropo cada vegada més a Aquell que he imaginat; m´hi apropo i m´hi endinso i m´hi enfonso. Nedo cada nit en els seus ulls i trobo refugi i calor entre els seus càlids i poderosos braços. Cavalco veloç al seu encontre i me´l trobo somrient allà al fons on el sol despunta i es desfà en vetes d´or. Me´l trobo i és meu del tot, sempre meu i ningú no me´l pot prendre per res del món. Mai més patiré i mai més ploraré la seva absència. Sempre amb mi. Sempre meu. Sempre nosaltres. Tots dos. Com abans. Com sempre ha estat. Com quan nosaltres gaudiem d´un mateix món, d´una mateixa vida. Nosaltres que vam ser nosaltres durant tant de temps... I torno a tu sense voler, sense adonar-me´n pràcticament. Podria estripar-ho tot i oblidar-ho. Podria estimar-te de nou i oblidar-me de la meva imaginació però no puc, ara és massa fort el pensament, m´arriba tan clar i tan precís!
Et trobo encara lluny, massa lluny com per a arriscar-me a perdre l´Home, l´Amant, aquell que un dia vas ser tu i que potser hi tornaràs. Potser. Algun dia. Però ara s´apropa ell i s´apropa a tota velocitat. Sembla que vol que vagi amb ell. És tan dolç el camí de la imaginació! Dolç com la mort quan arriba, quan és desitjada i cridada com aquest Home Ideal que m´obre les portes i m´acull. M´acull per sempre més...

Número dos (Relato finalista)


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*Relato finalista del
I CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTO BREVE del salón del Libro Hispanoamericano de Ciudad de México 2008 (1400 participantes, 95 finalistas)
Publicado en la antología "Voces con vida", febrero 2009. Palabras y Plumas editores, S.A. de C.V. México.
***Reedición de "Voces con Vida" en Agosto de 2012 por Benma Grupo Editorial.

Reseña del relato en la presentación en la Universidad Nacional de México.

*Relato publicado en la revista literaria Gotas de Tinta. Nº 2, abril de 2009.





NÚMERO DOS
por Marta Abelló Saura


El lápiz estaba mordisqueado por su extremo y Dawa lo partió en dos. Salió del aula vacía y caminó por las calles enlodadas y silenciosas, por entre las casas de madera y piedra, con un libro bajo el brazo. El cielo gris parecía querer derrumbarse de un momento a otro y el niño apresuró el paso, aunque sabía que nadie lo esperaba en casa, pues todos se habían marchado ya.


Las casas comenzaron a espaciarse y empezaron a llegar los primeros campos, abandonados, con unas sombras encima de ellos, cerca de los aperos de labranza. Pero no se detuvo. Su casa de adobe, pequeña y cálida lo esperaba.
Dawa fue llamado así por haber nacido el primer día de la semana, ya que su padre no tenía dinero suficiente para que los lamas le dieran un nombre adecuado. Así que sus otros hijos siguieron la tradición de llamarse como el nombre del día en que habían nacido. Nada de malo había en ello; Buda no castigaría a su familia por una cosa así. Pero les castigó por otra que nunca comprendieron.

Todo estaba revuelto, tal y como lo había encontrado la noche anterior, por eso recogió las ollas, los cuencos, la tetera. Dobló las mantas y limpió los excrementos de los gatos. Encendió un fuego delante de la puerta de su casa y preparó el té tal y como lo había visto hacer cientos de veces a su madre y a su abuela, con sal y restos de mantequilla de yak que encontró en una olla. Y sentado en el banco de piedra, sorbiendo su té en el cuenco de su hermano Migmar, pues el suyo estaba roto, pensó en las sombras que había visto sobre los campos abandonados, que eran las sombras de sus dueños, abatidos, muertos por los guardias que entraron en el pueblo y comenzaron a gritar y a golpear con las culatas de sus armas.
Al norte se oyó un disparo, en las montañas que veía desde su casa, y supo que algunos de aquellos guardias aún perseguían a los que habían conseguido huir.



El té se le estaba acabando y debía mirar en el escondite de su abuela, debajo de su lecho, dentro de una caja de latón: Ahí estaban. Los momos rellenos de verdura que guardaba para el sábado, el cumpleaños de su hija, y varias khabse, sus deliciosas galletas. Y ahí, sentado en la cama de su abuela, siguió oyendo los disparos, tratando de no pensar en las sombras de encima de los campos abandonados, en las calles por donde había pasado, para él desiertas porque había caminado mirando al frente sin querer ver las sombras que también había en ellas; sombras de mujeres boca abajo, con sus trenzas deshechas y sus faldas levantadas, impúdicas tras el paso de los guardias; las sombras del alcalde y sus hombres, que defendieron la ciudad y perdieron; las sombras cercanas a la escuela, sombras que eran Cicheng y Soi’nam, sus mejores amigos. Se había agachado y había tratado de despertarlos, pero dormían y dormían y ahí los había dejado, en la calle enlodada. El padre de Soi’nam sí había tenido dinero para pagarle un buen nombre. Y los lamas le dieron un pergamino con una hermosa caligrafía y le dijeron que Soi’nam significaba buena suerte; pero los lamas se habían equivocado, pues ésta lo había abandonado.

Dawa se levantó y entró en la escuela, en su clase, donde eran cinco alumnos y él era llamado número dos: Número dos, limpie la pizarra; número dos, recoja las tizas que el número cuatro ha lanzado por la ventana; número dos… En medio del silencio, extraño y opresor, Dawa abrió su pupitre y encontró su lápiz, mordisqueado desde aquella tarde en que dos guardias entraron en su clase y se llevaron al maestro Cering, cuyo nombre significa longevidad; pero ese nombre también estaba equivocado, pues lo encontraron después al lado de la fuente, y no bebía, pues estaba boca arriba y sus ojos estaban abiertos y muertos, como los de los perros del señor Lhagba.


Los ojos de Dawa dejaron escapar unas lágrimas, pero ya casi no le quedaban y por eso las detuvo con el dorso de la mano. Partió en dos el lápiz y lo volvió a dejar dentro de su pupitre, que aún continuaba siendo el pupitre del número dos. Y antes de salir del aula desierta, aún le pareció oír al maestro Cering diciéndole número dos, lea del capítulo treinta. Por esa razón se subió a la banqueta y cogió del estante el libro y se lo llevó a su casa de adobe, a las afueras del pueblo, dejando atrás todas aquellas sombras.
Había acabado los momos, pero dejó varias khabse para mañana, pues no sabía si su abuela volvería pronto para hacer más antes del sábado, que era el cumpleaños de su hija, que era su tía Zhulongcuo. Se hizo más té y vio las nubes que cubrían las montañas del norte, y supo que allí llovía.


Al este, el monasterio no dejaba escapar ningún cántico, pues los monjes habían huido. Él los había visto hablar con el alcalde y sus hombres, que los protegieron mientras corrían hacia el este.
Dawa entró en la casa y se sentó en su lecho, ahí donde había dejado el libro del maestro Cering, cuyo nombre significa longevidad. Lo colocó sobre sus piernas y buscó el capítulo treinta, donde lo había dejado cuando entraron los guardias.

La Sombra

Relato publicado en el libro "2001.Odisea Literaria", varios autores. Editorial Andrómeda. (2004)





LA SOMBRA


1. HERBERT VONDERHAGUEN


Habría muerto una y mil veces por defender mis teorías. Nada me intimidaba en aquellos instantes en los que captaba intensos los caminos del mal y de la muerte. Allí, en el inmenso sótano de mi mansión, se forjaban todos y cada uno de los inventos que una mano invisible me llevaba a realizar. Escribía fórmulas en los pergaminos de que disponía y seguidamente me lanzaba a la mezcla de los diversos componentes; recopilaba datos en los más vetustos libros de mi biblioteca, cotejaba informes de aquí y de allá, los interpretaba rápidamente gracias a la inteligencia con la que me hallaba dotado y entonces, en las noches elegidas por el destino, me sumía totalmente en los experimentos que enloquecían mi alma y llevaban a mi carácter a viajar por las más espesas y umbrías zonas de los misteriosos descubrimientos de la humanidad.

En aquella época vivía absolutamente aislado en la mansión familiar, en la zona más agreste y exuberante de la selva de Baviera. Tanto mi parentela como todo el servicio había decidido marchar del lugar, por esa razón tuve que emplear a Carl. ¡Pobre diablo!, pensé la primera vez que tropecé con su expresión indescriptible, sus ojos vacíos de sentimiento, sus manos rudas y desproporcionadas. A pesar de la repulsión que el desgraciado causaba decidí convencerlo para que dejara el servicio en las porquerizas de un rico hacendado de Meindanberg para servirme en mis propósitos y poner orden en la gran mansión en la que desde entonces habitaríamos los dos. Solos los dos, en mitad de todas las noches que nos esperaban; solos en el centro de la espiral de terror que se formaría en torno a nosotros.

El lado oscuro de la luna era el que veíamos todas las noches desde mi biblioteca en el torreón principal. Carl dormía en el camastro que el mismo se había fabricado mientras yo leía y leía con avidez para encontrar respuestas, para saber más y más acerca de aquello que me llevaría a ser el primer hombre que lograría vencer un mano a mano con la muerte. Sabía que tenía muchos años por delante todavía para encontrarme de frente su oscura figura y su temible guadaña, pero debía darme prisa si quería dejarlo todo en orden, todo a punto para mi partida en el momento preciso hacia el lugar que yo mismo estaba forjando en la fragua de mi imaginación. Estaba claro que no deseaba seguir viviendo en aquella remota región para cuando llegara el gran acontecimiento, por eso estudiaba de continuo los grandes libros del conocimiento, interpretaba mis propios sueños, invocaba a los seres más temibles del Báratro para que me ayudaran en mi loca búsqueda. Y sé que la región donde vivía se hallaba sumida en una espesa nube de miedo y temor; sabía de buen grado que los habitantes de los diversos pueblos estaban atemorizados, que sospechaban que yo tenía que ver con toda aquella oscuridad, con los bajos instintos que se desataban en muchas familias. Todo era oscuro como mi alma, enloquecida por encontrar, atormentada por el saber insatisfecho.

Algún lector inquieto se preguntará por qué mi sirviente Carl dormía en mi estudio en las noches en que yo estudiaba los saberes ocultos. La razón no era otra que necesitaba defensa en el caso de que se presentara alguna criatura no deseada; alguna de aquellas criaturas extrañas que sólo están en la imaginación de los escritores más imaginativos, de los artistas más soñadores. Yo no podía evitar el sentir temor ante la posibilidad de que se presentara de nuevo una situación como la que había vivido años atrás. Sí, yo mismo, Herbert Vonderhaguen, el hombre más temido de la región, me sentía asustado ante la sola idea de volver a ver cómo aparecía sin previo aviso y en plena oscuridad cualquiera de las temibles criaturas del Averno. ¿Por qué me visitaban? Se preguntarán. Bien, todo tenía relación con los saberes milenarios que yo iba acumulando. Pronto llegaría el día en que el secreto de la ubicación exacta de la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth sería descubierto.

Y entraríamos Carl y yo, y desafiaríamos al guarda con la contraseña que lo eliminaría; caminaríamos por las escarpadas grutas y llegaríamos a la morada de Byleth, el rey de la corte infernal, para presentarle nuestros respetos y nuestra más sincera admiración. Pero, claro está, todo ello sería sólo una engañifa, sólo un medio para introducirnos en su mundo infecto. Y gracias a las fórmulas y los encantamientos que habría descubierto y estudiado, aniquilaría para siempre el temido Infierno. ¡Sí! Herbert Vonderhaguen eliminaría, borraría todo rastro del lugar a dónde sólo los muertos podían llegar. Pero al parecer habían descubierto mis planes. Desde las profundidades de la tierra habían oído mis gritos de triunfo en cada revelación, en cada uno de mis descubrimientos; por eso enviaron a aquel monstruo extraño y maleable que apareció cuando mi estudio sólo estaba iluminado por los débiles rayos de la luna en una noche en que se predecía tormenta.

Apareció de improviso al lado del atril donde están abiertas las páginas de las Clavículas de Salomón, y pasó hoja tras hoja con aquellos dedos artríticos y oscuros como sus ojos. No decía palabra alguna pero su sola presencia infundía un miedo indescriptible, un miedo que nacía de lo más profundo de uno mismo, crecía por la espina dorsal y seguía su infausto recorrido hasta llegar al centro de la garganta, allí donde se forjaban o se ahogaban los gritos de terror. Por mi parte conseguí reprimir todo signo externo de temor, cosa que necesitó de toda mi fuerza de voluntad, de todo mi valor. La presencia de la criatura, cuya altura casi rozaba las vigas del techo, continuaba, y seguía pasando una a una de las páginas de aquel libro llegando a impacientarme de veras. La débil luz de la luna se esfumó y las nubes descargaron una buena tromba de agua sobre mis tierras; y mi habitación, que había quedado completamente a oscuras, se halló de repente iluminada por los ojos de la infernal criatura que pasaba páginas y páginas con una lentitud exasperante.

Pero de pronto habló, aunque sus palabras eran un jeroglífico, totalmente indescifrables pues hablaba la lengua Gywn, la lengua mezcla de todas las lenguas de la tierra, no traducida por ningún humano. Así pues, ¿qué me decía? No sé cómo, pero no tardé en comprender que me alertaba, que me aconsejaba abandonar mis estudios y elucubraciones acerca de la puerta del Averno. Entendí, aún no sé cómo, que si volvía a ser visitado no serían tan amables cómo en aquel momento, y que el temor que sentía inexplicablemente se transformaría en siglos y siglos de terror continuado en mi alma, atormentada para siempre en un túnel de espanto inhumano y cruel.
¿Qué debía hacer? ¿Abandonar tras años y años de estudio; tirar por la borda cada uno de mis descubrimientos? No, nunca: Herbert Vonderhaguen no se rendiría tan fácilmente sólo porque era amenazado; aunque amenazado terriblemente. Tenía que buscar un método infalible, una manera de no ser descubierto por las criaturas de los abismos insondables. Así que seguí con mis estudios, pero omitiendo, eso sí, mi alegría, mi entusiasmo con cada paso que daba en pos del saber infinito.

Lo primero que hice fue tener a Carl conmigo. Aquel patán nunca revelaría nada a nadie porque nada había allí que su escaso intelecto comprendiera. Él y su fuerza bruta y descomunal me servirían en el caso de que cualquiera quisiera atentar contra mí. Doté también de perros fieros las entradas a la mansión y a intervalos dejé sin comida a los prisioneros que tenía en las cámaras subterráneas. Tenía un plan pensando si llegaba el aciago día en que volviera a ser visitado.


2. KLAUS GÖEGEB

Bebo y bebo en la posada de Meindanberg.

Bebo y escribo sin descanso para olvidar de una vez por todas todo lo ocurrido aquel infausto día en que no debería haber despertado. Hubiera deseado que por algún sortilegio de cualquiera de las brujas que habían quemado ese mismo año, no hubiera salido el sol; hubiera preferido ser torturado por la Inquisición. Todo excepto haber vivido aquella terrible experiencia que ha marcado ahora ya para siempre mi existencia. Lamento, eso sí, no poder contar a mis nietos todo lo sucedido, ya que su juventud se vería arrancada de sus raíces. Pero de todos modos lo cuento aquí, y estas hojas serán guardadas en un sobre sellado hasta el día en que cumplan los cuarenta años de edad, fecha en que espero todo sea más claro que ahora, fecha en que espero que toda esta región alcance su verdadera forma tras estos años pasados en que el mal ha cubierto como una nube negra tanto a todos sus habitantes como a su hermoso paisaje.

Vivíamos todos bajo la influencia de la mansión Vonderhaguen. Hasta en las más alejadas cabañas se podía oler la influencia del hechizo del conde Herbert, el ser más perverso y abominable que he conocido jamás. Nadie, ni el peor de los diablos condenados al infierno podría comparársele ni medirse con él en maldad. Ahora bien, he de aclarar que esta percepción, que este conocimiento de la personalidad del conde la tengo ahora. Nadie, en todos aquellos años, podía sentir por él nada más que temor, y nadie por supuesto, se aventuraba a plantearle ni una sola queja en los consejos que se realizaban cada año en la capital. Nadie sabía porqué misteriosa razón el conde interfería en los sentimientos de los demás y los manipulaba a su antojo para provocar admiradores incondicionales de su figura y posición. Pero en el fondo sé que todos sabíamos que nada bueno estaba pasando, que su presencia no era sino una presencia indeseable, digna de la más sincera repulsión. El interior humano, gracias a Dios, está dotado de mecanismos de defensa que nada, ni por más sobrehumano que sea, puede arrebatar.

De todos modos a mi no me sirvió de nada el sospechar de las aviesas intenciones del conde. De nada me sirvió analizar su gesto y sus ademanes. Él se adelantaba siempre. Tenía la capacidad de tender trampas, y nadie era lo suficientemente rápido como para evitarlas. Sus ojos influían en el espíritu de aquel que los contemplaba; y digo contemplaba porque no dejaban en absoluto indiferentes, uno no podía mirarle a los ojos sin más: se quedaba clavado en su profundidad, en su misterioso brillo. Podría decirse que en sus extraños ojos residía su perversa alma.

Y entré al servicio de Herbert Vonderhaguen más por miedo que por verdadera voluntad. Su mirada se clavó en mi y pronto me encontré cocinando para él y para su esclavo. Al cabo de pocos días estaba convencido de que no saldría de aquella mansión jamás. Aquellos siniestros muros se me antojaron gruesos barrotes, y ni tan siquiera mi trabajo me sacaba de mi ensimismamiento, de mi –podría decirlo así- terror contenido. Si, en poco tiempo me vi contagiado por la siniestralidad que se respiraba en aquel tétrico ambiente. Pero no podía huir, no podía de ningún modo despedirme de allí sin tener que enfrentarme a los temibles ojos del conde. Debía permanecer en mi puesto aunque mi alma peligrara, aunque mis manos temblaran cada vez más frecuentemente. ¿Qué extraño poder poseía aquel hombre capaz de transmitir los más repulsivos sentimientos? Sospechaba que las noches que pasaba el conde en el torreón principal eran las mismas en que aullaban los lobos que habitaban en la profundidad del bosque.

Sospechaba que en aquel torreón algo malo se fraguaba, algo que escapaba a la razón humana, pues ya en una ocasión tuve la infausta oportunidad de divisar desde el ventanuco de mi aposento aquello que denominaré una sombra. Se divisaba tenuemente debido a los cortinajes de la biblioteca, pero lo vi, estoy seguro de ello. No es posible que se tratara de una simple visión imaginaria, pues las sensaciones que me provocó aún están vivas en mi.


3. HERBERT Vs KLAUS

El conde Herbert Vonderhaguen arrastró a Carl hacia el pasillo. Su cuerpo inerte presentaba grandes heridas provocadas por quién sabe qué extraño factor. Fue entonces cuando el cocinero, Klaus Göegeb, se acercó renqueante, y el conde, sin mediar palabra, sólo con su particular mirada, le ordenó que retirara de allí el cuerpo del sirviente. Después, se encerró en la biblioteca. Klaus se llevó a Carl cargándolo sobre sus hombros, y la sombra que sus cuerpos proyectaban en las paredes se extendía en formas caprichosas, un tanto irreales.
En el sótano, Klaus contemplaba el rostro quieto y pálido del sirviente, de aquel hombre que tenía los ojos cerrados y un fino hilo de sangre se había detenido en la comisura de sus labios. Podría preguntarse acerca de qué le habría ocurrido, pero era en vano. Su deber entonces era preparar su cuerpo, embalsamarlo como había hecho con otros tantos.

Cuando el sol estaba a punto de salir decidió dirigirse de nuevo a la biblioteca. El conde Herbert desearía tomar su caldo y tal vez se encontrara furioso por su tardanza, por su torpeza, por su negativa... negativa que nunca descubriría. En efecto, Klaus, que no había embalsamado a Carl, había pasado las horas a su lado, contemplando su rostro inerte y blanco que, inexplicablemente despertó. Y despertó de súbito, con un alarido terrible en su boca y chispas de odio en sus ojos, pues no había muerto. Y huyó, huyó del sótano ayudado por Klaus; huyó por entre los bosques para no volver más.
Klaus Göegeb subía pensativo e inquieto las escaleras que conducían a la biblioteca. No sabía qué podía encontrar allí; no sabía si allí le esperaba la muerte. Abrió la puerta y se encontró con el conde Herbert. Éste reía a carcajadas, pero su risa era una risa alienada, y su cuerpo se convulsionaba como si estuviera enfermo. Tras él, una puerta incandescente ofrecía el paso, pero podía intuirse que ahí dentro el mal acechaba.

Y el conde seguía riendo, pues había conseguido atraer la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth, la puerta que conducía al lugar que albergaba las más abominables criaturas que existen y existirán jamás. Pero Klaus, el entrometido Klaus, había desvelado antes de tiempo el milenario secreto; habíase entrometido en algo que no le incumbía, algo que iba a ser su perdición.
El conde Herbert Vonderhaguen blandió su puñal directo al corazón de Klaus Göegeb, pero una sombra, una sombra que surgió de la puerta incandescente, se cernió sobre él y lo atrajo a su interior. Klaus, aún presa de terribles temblores en su cuerpo, salió de la mansión y cabalgó veloz hacia la primera posada que encontró en Meindanberg. Allí comenzó a beber.

4. HERBERT VONDERHAGUEN
Envuelto en la tiniebla, bajo el peso estremecedor de una sombra inquietante, Herbert Vonderhaguen repite día tras día: In incerto sum (1).
La sombra ríe y se aleja. Se aleja y vuelve para cernirse de nuevo sobre el desfigurado rostro y el amorfo cuerpo de su última víctima.

5. KLAUS GÖEGEB
La sombra de la jarra de cerveza se alarga y se contrae sobre la mesa en la que está sentado Kaus Göegeb. Un Klaus Göegeb de pelo ahora cano que repite una y otra vez: Deo gratias.(2)


Notas:
(1)Estoy en la incertidumbre.
(2)Gracias a Dios

Malsana brisa

Relato publicado en el libro "Terror Cósmico". Libro Andrómeda. (2006) VV.AA
Crítica del libro en elkraken.




Malsana brisa

"...Y hay quienes se han atrevido a asomarse al otro lado del Velo, y a aceptarle a Él como guía, mas habrían dado muestras de mayor prudencia no aceptando trato alguno con Él; porque está en el libro de Thoth cuán terrible es el precio de una simple mirada. Y aquellos que entraren no podrán volver jamás, porque en los espacios infinitos que trascienden nuestro mundo existen formas tenebrosas que atrapan y envuelven. La Entidad que fluctúa en la noche, y la Malignidad capaz de desafiar al Signo Arquetípico, y la Horda que vigila el portal secreto de cada tumba y medra con lo que se forma en los moradores de ésta..., todos estos Horrores son inferiores al del que guarda el Umbral, al de ESE que guiará al temerario, más allá de todos los mundos, hasta el Abismo de los devoradores innominados. Porque Él es `UMR AT-TAWIL' , El Más Antiguo, nombre que el escriba traduce por EL DE LA VIDA PROLONGADA."
H.P.Lovecraft. "A través de las puertas de la llave de plata."



Cuentan las gentes que en aquel lugar soplaba una brisa extraña y malsana. Cuentan que cerraban los postigos de sus casas para evitar sentir sus efluvios; muchos cuentan que las cerraban para no enloquecer. Todos, al fin, marcharon, hartos de vivir en la oscuridad y en el miedo. Era mucho más sencillo abandonar aquellas tierras y probar suerte en otras donde los hombres y las mujeres respiraban hondo sin temores, donde trabajaban al aire libre y se bañaban en la playa agradeciendo las caricias del sol en su piel.

En aquel remoto lugar las gentes eran pálidas y de ojos grandes, pues sus pupilas habían crecido para aprovechar mejor la poca luz de que disponían en las casas. Decían que casi no tenían pelo y que las mujeres se habían vuelto estériles, pero eso en sí fue una bendición: ningún niño hubiera merecido nunca vivir sin salir de sus casas, y los desdichados padres tampoco merecían sufrir por si sus hijos se escapaban y se enfrentaban a aquel aire que se paseaba como amo y señor del lugar, un lugar que fue olvidado paulatinamente por el resto del mundo hasta que un día, sin más, alguien decidió que ni siquiera fuera incluido en los mapas de carreteras. Así, desde aquel día, el aislamiento fue total. Nadie se acercaría jamás a visitar a los hombres sin pelo y a las mujeres estériles; nadie vería cómo trabajaban haciendo túneles que comunicaban sus casas para no tener que salir al exterior.

En ocasiones, cuando se reunían en el hogar de alguno y pasaban largas veladas junto al exiguo fuego, hablaban de la escasez de víveres, de leña, de agua, pero sabían que nadie les solucionaría el problema, que nadie se ofrecería a salir al exterior, enfrentarse a aquel olor que emanaba del viento y dedicarse a sacar agua del pozo, talar árboles y cuidar de los huertos como si nada. Sabían que aquellos que lo habían intentado desde la llegada del meteorito, habían muerto presas de intensas fiebres y oscuras pesadillas. Y no era la muerte en sí lo que más pavor les provocaba a aquellas gentes sin pelo, estériles y famélicas, sino la fina brisa que surgía de aquel viento que se había instalado sobre el lugar donde tantos años habían vivido. Sabían que a causa de ella los hombres valientes se habían vuelto cobardes y violentos; las mujeres osadas, temerosas e histéricas. Era la brisa y lo sabían, por eso se encerraron y esperaron su desaparición, rezaron por ello y sus sueños más íntimos se redujeron a poder abrir la ventana y respirar el aire puro de una mañana limpia de vapores insanos.

Pero aunque esperaron día tras día, el viento, la brisa y el aire seguían ahí sin inmutarse, y los hombres decidieron excavar en uno de los sótanos donde encontraron agua para seguir sobreviviendo unos días más. Las despensas aún tenían alimentos en buen estado y si se moderaban, la espera podría alargarse hasta dos o incluso tres meses. Tal vez para entonces el aire que trajo consigo el meteorito ya se habría evaporado o marchado o se habría asentado en la tierra o se habría fundido con él mismo. Todos hacían conjeturas que nadie podía afirmar, pero estaba claro que eran prisioneros de algo intangible, invisible, y eso les infundía un temor hasta entonces desconocido.

Los cazadores se habían enfrentado con bestias temibles en el bosque, y aunque algunos fueron atacados y severamente heridos, siempre gustaron de contar sus gestas, pues su enemigo era alguien que todos conocían, que sabían qué era y de dónde procedía. Pero aquella vez, en cambio, nadie sabía a qué se enfrentaban exactamente. Y lo peor de todo fue que había sido su instinto quien les advirtió, su olfato fue el que puso en alerta a todos los sentidos de su cuerpo. Lo más duro fue controlar los nervios que se agitaban dentro de cada uno y les hacían sentirse extraños consigo mismos. Era como si aquella brisa que en una sola ocasión respiraron los hubiera transformado por completo; aunque ha de decirse que siempre trataron de guardar las formas y controlar sus instintos, aquellos ocultos instintos que nunca pensaron existían en sus mentes y en sus cuerpos.

Cada uno vivía asustado por el animal que se había despertado en su interior, y se contenía y se mordía los puños cuando en plena noche sus ojos se abrían y sus manos luchaban por abrir las ventanas y asomar la cabeza y dejar que su nariz captase en toda su esencia aquel extraño efluvio y se regocijase en su insano aroma. Luchaban por no aullar y sentir cómo su alma se alejaba y dejaba paso al espíritu que pretendía anidar en ellos. Y era ésa la cuestión que les preocupaba también, pues no sabían cómo ni porqué evitaban aquel contacto, aquel fundirse en la brisa que en el fondo de sus seres tanto deseaban. ¿Qué era lo que les impulsaba a actuar como lo hacían, siempre escondiéndose, privándose de la libertad, del sol? ¿Por qué aquellas noches insomnes acababan siempre con un gesto de resignación y de aceptación de sí mismos?

La respuesta la dio uno de aquellos hombres, uno de los que no tenían ya pelo en ninguna parte del cuerpo y su rostro era pálido como la muerte y sus ojos brillaban con negros destellos. Él, el de las manos huesudas y artríticas, fue quien dijo que el instinto humano prevalecería más allá de los tiempos, y que eso nada ni nadie podía cambiarlo, ni siquiera aquel meteorito que provenía de más allá de ellos, de más allá de esta tierra. Él decía que sabía que en la negrura de los espacios habitaba algo que iba a volver, que ya había estado aquí antes pero que ahora deseaba regresar y tal vez quedarse, pues tenía hambre de hombre, de la esencia que representa el hombre y su instinto. Era por eso que ellos, que todas aquellas gentes famélicas, pálidas, estériles y lampiñas no dejaban aflorar los bajos instintos animales que la brisa que había traído el meteorito les provocaba, aunque sólo la hubieran respirado una sola vez. Tal vez había sido gracias a eso, a que no habían seguido inspirando aquel ente, que podían controlarse en las noches de insomnio. Podían dar gracias, en efecto, pues de lo contrario las consecuencias hubieran sido terribles para todos.

Nadie quiso imaginarse qué terribles actos hubieran cometido, pero fue aquel hombre, el de manos artríticas y mirada brillante, quien les contó cómo podía hacer sido su vida si se hubieran dejado llevar por el efluvio venido del espacio, de lo negro, de lo vacío, de lo inmensurable, de lo infinito. Y aquella misma noche, todos los habitantes de aquel lugar sufrieron pavorosas pesadillas en las que se hundían en el lodo de la espiral de un agujero negro para aparecer después vagando durante eones en la negrura extraña que era el universo. No morían, para hacer más llevadera su pesadilla, sólo vagaban volátiles y en sus ojos habitaba la más horrible angustia jamás descrita.

A la mañana siguiente todos despertaron aliviados de ver sus conocidas paredes, su ya inexistente fuego y sus escasos alimentos. Todos y cada uno de ellos se aferraron a lo conocido para asegurarse de que tan sólo habían pasado una mala noche, pero en ningún momento, ni uno sólo de ellos, osó abrir una ventana para respirar el aire limpio y puro de la mañana, pues éste no existía y bien lo sabían. Aquel hombre que vivía entre ellos parecía que lo sabía todo y le gustaba demostrarlo hablando de nuevo y explicándoles sus teorías.

Contaba que aquel algo que habitaba en la negrura de los espacios ya conocía esta tierra, y la conocía de mucho antes, del tiempo en el que los hombres habitaban en las cavernas y aprendían a manejarse con el fuego y con la caza. A aquel algo lo llamaremos “lo oscuro” pues es uno con el vacío y el espacio. Así pues, lo oscuro, viendo que la tierra era buena para él y que el sol la calentaba y que el agua era abundante y la vegetación hermosa, se instaló a las orillas del río más largo, en un valle poblado de lotos y papiros. El río crecía y menguaba debido a la presencia de lo oscuro, y en ocasiones se formaron grandes zonas pantanosas donde él se bañaba. Disfrutaba con la presencia de cocodrilos, rinocerontes, hienas y babuinos, y dormía junto con los escorpiones y las serpientes.

Vivir así siempre no le satisfacía, así que decidió crear a un dios que gobernaría a los hombres y que los hombres lo adoraran a él y a sus sucesores. Le dio el nombre de Vulcano, por ser el dios del fuego que tanto necesitaban, y a él le siguió Sosis y después Saturno, Osiris, su hermano Tifón y finalmente Horus, hijo de Isis y Osiris. Después de los dioses decidió que reinaran los héroes en aquel lugar que los hebreos llamaron Mestraim, y después reinaron reyes humanos. Fueron treinta y tres mil años en los cuales lo oscuro presenció lo que hicieron todos ellos. Vio como construyeron templos y tumbas diseñadas según los astros, pues era de ahí de donde venía lo oscuro, aunque nunca nadie lo vio realmente. Si así lo hubieran hecho se hubieran dejado de construir aquellas obras y la tierra hubiera vuelto a estar desierta de hombres y de reyes.

Lo oscuro, que conocía su monstruosa esencia, decidió que construyeran un monumento especial para él, donde él moraría y observaría todo a su alrededor. Dio las órdenes precisas a los dioses más altos, los gigantes, y tuvo su morada con forma de león del desierto. A alguien se le ocurrió llamarlo “esfinge” y con ese nombre ha sido conocida siempre la morada de lo oscuro, de aquello que venía del espacio y se instaló durante treinta y tres mil años en aquellas tierras.
Aquellos dioses, los más altos, a quienes los humanos adoraban y admiraban por sus desproporcionadas y descomunales medidas, fueron los que levantaron las grandes estructuras que el mundo admira desde siempre. Fueron ellos los que desaparecieron después cuando lo oscuro exhaló su aliento por la boca de la esfinge y ya nunca más se ha construido como ellos lo hicieron en toda la historia de la humanidad.

Desaparecieron porque así estaba escrito, pero temieron por los hombres que respiraban el viento que surgía de aquella fabulosa estatua, pues toda su sabiduría se volvería contra ellos y la locura acabaría con su condición humana.
Alguien, tal vez el más osado de todos aquellos dioses, decidió enterrar la esfinge, y sucedió que como viera que la arena ahogaba su refugio, lo oscuro salió de ella y regresó al vacío, hacia el espacio más negro y misterioso. Vagó entre planetas y asteroides hasta que algo lo obligó a regresar y fue entonces cuando se fundió en una roca y se precipitó sobre unas tierras tranquilas con gentes tranquilas y vidas tranquilas que no adoraban a nada ni a nadie. Ya no era tiempo de veneración, y lo oscuro vio que no era bueno para él y que debía buscar otros lugares. Aún así, mientras descansaba, su respiración se volvía viento y brisa y aire que emponzoñaba el bosque y los huertos de unas hermosas casas. Lo oscuro sabía que los hombres de allí temían su presencia, pero estaba descansando y aún no era el tiempo propicio para partir...

Y de todo aquello había estado hablando el hombre de manos huesudas y artríticas cuya mirada no era ya tan brillante, más aún cuando no sabía qué contestar a aquellos que le preguntaron cuándo se marcharía aquel ser increíble. Él no lo sabía y se limitó a encogerse de hombros. Hombres y mujeres se miraron con verdadera desesperación, pues tal vez morirían allí encerrados en sus propias casas sin poder hacer nada.
Un ser que había morado durante treinta y tres mil años dentro de una estatua no parecía tener ningún tipo de prisa, así que alguien sugirió excavar un túnel que llegara hasta el pueblo más cercano y eso fue lo que hicieron. Hambrientos y sedientos trabajaron día y noche sin saber qué era lo que sucedía en el exterior. Cierto día en cierta hora alguien sugirió que si los cálculos eran correctos, tenían que haber llegado al lugar deseado. Así pues, excavaron todos con más ahínco ansiosos por ver el sol y respirar otra cosa que no fueran los vapores de la tierra.

Y allí estaba la luz del día y un cielo azul como jamás lo habían visto. Ni siquiera regresaron a por sus cosas, pues algo les decía que no debían hacerlo. La roca que había venido del espacio y del vacío se estaba descomponiendo lentamente, y sus partículas se convertían en un líquido viscoso que se filtraba en la tierra y hacía surgir extrañas plantas y flores nunca vistas. Lo oscuro, a quien le había llegado el momento, se expandió como el viento y se elevó hacia arriba dejando una leve brisa malsana que rodeó aquellas tierras durante tiempo y tiempo.

Y cuentan aquellas gentes que nunca más volvieron al lugar, pero que hubo uno que sí lo hizo, el hombre de las manos huesudas y artríticas que parecía saberlo todo sobre todo y sobre lo oscuro. Llegó hasta donde había estado el meteorito y se sentó en la posición del loto para invocar su presencia. Y desde un agujero negro donde flotaban miles de años de historia de hombres y de dioses, hubo algo que gritó y que se agitó desesperado, pues se hundía, se hundía, sí, en las arenas movedizas que formó el aire del tiempo en la tierra de los seres que vagan por el espacio. Su aliento que antaño fue una brisa poderosa, entonces fue sólo podredumbre, y nada ni nadie pudo hacer nada por evitar que desapareciera en sí mismo y se fundiera en la noche del eterno espacio, allí donde no hay viento, ni siquiera aire.

Y cuentan las gentes que en el lugar de la tierra donde discurre el río más largo, el día se hizo noche de repente y que el frío surgió de los vapores de la tierra. Y en los labios de piedra de una figura de león y cabeza humana, la llamada esfinge que atemorizaba a aquellos que la contemplaban, nació una sonrisa enigmática. Un repentino viento la había rescatado de las arenas y tenía plena libertad de dirigir su indescriptible mirada a los cielos y oler la brisa que surgía del espacio, una brisa, que no por malsana y aterradora, dejaba de ser buena para ella y para lo que pronto habría de regresar.

El Necronomicón

Relato publicado en la revista El Tot (1995), y en la sección de relatos de la web H-Horror (mayo, 2009)





EL NECRONOMICÓN


El libro de los muertos resplandece desde el atril donde ha sido colocado. Sus páginas amarillentas se mueven de un lado al otro para un lector invisible; se agitan inquietas sacudidas por el viento que atraviesa el cementerio. Sus tapas son de color pardo y están confeccionadas con piel curtida, piel humana trabajada por las manos del diablo. Las letras que forman su título están escritas con sangre datada de cientos de años que conserva aún ciertas características, ciertos glóbulos de maldad.

El cielo se encapota y la lluvia hace acto de presencia; es entonces cuando una página del libro es arrancada por el poderoso viento y, volando, va a parar al lado de una lápida gris que aguanta impertérrita el paso de los años. En el mármol de esa lápida puede distinguirse un nombre que no pertenece a este mundo; los caracteres no pertenecen a ningún alfabeto de la tierra. Y en la página azafranada las palabras son de color escarlata: el color de la sangre de los que las han escrito. Se mueven nerviosas y dicen así: ¡Ay, del que profane el Libro de los Muertos! ¡Ay, del que se adentre para siempre en el Libro del Averno!

El guarda del cementerio sale de su pequeña habitación intranquilo y enfermo; sabe que algo anda mal ahí afuera. Bajo su paraguas camina por entre las tumbas deseando que todo esté en orden; gritando que todo esté en orden, por favor. Y entonces la ve. Ve la hoja arrancada del libro de los difuntos y se asusta: Las gotas de lluvia resbalan sobre ella. Duda, vacila, pero al fin la coge y se dirige al norte del cementerio, en donde se ha levantado una niebla espesa y blanquecina.
La lluvia no cesa. La tarde está cargada de truenos y miedo. El guarda puede oír entre las tumbas el rumor de los cadáveres, puede oír que quieren abandonar su morada y celebrar. ¿Celebrar, qué? ¿Qué quieren hacer los que están enterrados hace ya mucho, mucho tiempo?

El libro de los muertos se mueve inquieto mientras el guarda se acerca con la hoja sujeta entre los dedos. El número de página está escrito en una esquina: LXVI. Ahora sólo tiene que buscar el número LXV en aquel libro colocado encima de un atril, impasible ante las inclemencias del tiempo. Siempre ha estado ahí; al atardecer, una misteriosa mano coloca el soporte y abre el libro. Nunca ha visto quien lo hace, pero tampoco quiere averiguarlo. Teme entrometerse en algo que seguramente no tiene que ver nada con él ni le incumbe, así que pone la página arrancada en el lugar que le corresponde y cierra el libro para que el viento no se la vuelva a llevar.

El guarda tiene ahora los dedos temblorosos, ásperos y húmedos después de tocar las páginas del libro. La neblina y sus ojos miopes no le dejan ver que los tiene manchados de rojo, pero se da cuenta de que la cubierta del misterioso libro tiene un relieve y se estremece: Tres números seis entrelazados encima de una cabeza de serpiente. Los mira de nuevo y ahora sabe que se trata del texto sagrado más importante de los egipcios, que se remonta a una lejana dinastía. Describe en sus ténebres páginas el viaje del alma que nunca muere; el viaje del alma inmortal. Si, es el Libro de los Muertos, la Biblia de los que ya no pertenecen a este mundo. Y ellos lo adoran, creen ciegamente en sus versos, en sus oraciones, y siguen fielmente sus mandatos.
Dando media vuelta, no se da cuenta de que el viento ha vuelto a abrir el Libro. Horas más tarde, cuando el astro que gobierna la noche dirija su luz hacia una de las páginas, el guarda podría leer claramente:

"Osiris se pregunta: ¿Cuánto tiempo he de vivir?
Y se responde: Millones y millones de años."


Camina sobre sus propios pasos incrustados en el lodoso suelo. Tiembla y tirita de frío, pues ha empezado a nevar. Pocos metros antes de llegar a su caseta se detiene y oye atemorizado cómo murmuran los finados bajo sus lechos, pronto cubiertos de blanco. Entonces se alzan las lápidas al cielo y los ataúdes caen de sus nichos derribando las losas que contienen sus nombres y las flores que sus familiares han depositado. La necrópolis se llena de cadáveres que avanzan hacia el Necronomicón. Uno de ellos se coloca tras el atril y empieza a leer en voz alta, como en una plegaria:

"Homenaje a tí, Osiris,
gobernador de los que se encuentran en el Amenti,
tú que haces renacer a los mortales,
bendícenos con tus poderosos brazos
y líbranos de tu indiferencia.
Tú que nos escuchas y nos hablas
con la fuerza del tumulto,
ayúdanos a conseguir nuestros deseos."


El guarda contempla absorto la misa negra allí oficiada y decide volver silenciosamente a la garita. No pretende ser descubierto; no tiene ningún interés en revelar su presencia. Una vez dentro, cierra bien la aldaba y trata de dormir evitando pensar en la ruda voz del satánico sacerdote.

A la mañana siguiente el cementerio aparece cubierto de nieve y el guarda se levanta aterido de frío.
-Ya es hora de volver a casa. -piensa mirando su nuevo reloj de bolsillo. -Pronto llegará Lucas.
En efecto, a las siete en punto el guarda de día llama a la puerta.
-Buenos días, Abel. Ya estoy aquí.
Éste último asiente, taciturno. Recoge sus cosas, se pone el abrigo y sale de la caseta.
-Voy a dejar este maldito trabajo. -murmura mientras camina por la senda nevada. -Voy a dejarlo. Y el viento helado azota su arrugado rostro.
Lucas corre tras él con un paquete y le alcanza antes de que atraviese las grandes puertas del cementerio.
-Feliz Navidad, Abel. Se me olvidaba darte mi regalo.
-¡Uhm, gracias, Lucas! –dice. Y se aleja a toda prisa del lugar.


Una vez en casa, Abel desenvuelve el paquete que Lucas le ha entregado. Se trata de un libro. La cubierta es de color pardo, y los tres seis entrelazados encima de una serpiente hacen que se desmaye.

Su esposa acaba de levantarse de la cama. Bosteza y se dirige a la desvencijada cocina para preparar el desayuno de su marido. -Ya no ha de tardar. -piensa. Más tarde se sienta en el sofá del salón lamentándose porque tendrá que calentar de nuevo la leche. De repente, se da cuenta de que hay un libro sobre la mesita del café y lo coge con cierta aprensión.
-¿De dónde habrá salido? -se pregunta extrañada. Y lo abre por la primera página:

"¿Queréis encontrar un corazón
que no tenga restos de sangre?
Sacrificad entonces el de los autores
del Necronomicón.
Es negro y no sufre como el de los humanos;
es pequeño y cruel y no es capaz de albergar
ni la más mínima compasión hacia nadie.
Es sanguinario y traidor; odioso, desalmado,
infame, vil,
y no merece sino sólo adoración
por parte de los habitantes
de los más hondos sepulcros."

-¡Dios del cielo! ¿Qué es todo esto? –exclama la mujer.
Un golpe de aire que no sabe de dónde ha podido salir, agita las hojas apergaminadas del libro hacia la derecha y hacia la izquierda. Cuando el movimiento se detiene en la página LXV puede ver una ilustración que muestra un montón de rostros humanos dentro de un recuadro. A un lado, el semblante serio y grave de su esposo la mira impotente. -Estoy encerrado.- parece decirle.

"... Y aquellos que entraron no podrán volver jamás,
porque en los espacios de nuestro mundo
existen tinieblas
que atrapan, que envuelven,
y obligan a permanecer en ellas para siempre.
Y allí conocen las peores situaciones que nunca
sus limitadas mentes hubieran imaginado..."