Malsana brisa

Relato publicado en el libro "Terror Cósmico". Libro Andrómeda. (2006) VV.AA
Crítica del libro en elkraken.




Malsana brisa

"...Y hay quienes se han atrevido a asomarse al otro lado del Velo, y a aceptarle a Él como guía, mas habrían dado muestras de mayor prudencia no aceptando trato alguno con Él; porque está en el libro de Thoth cuán terrible es el precio de una simple mirada. Y aquellos que entraren no podrán volver jamás, porque en los espacios infinitos que trascienden nuestro mundo existen formas tenebrosas que atrapan y envuelven. La Entidad que fluctúa en la noche, y la Malignidad capaz de desafiar al Signo Arquetípico, y la Horda que vigila el portal secreto de cada tumba y medra con lo que se forma en los moradores de ésta..., todos estos Horrores son inferiores al del que guarda el Umbral, al de ESE que guiará al temerario, más allá de todos los mundos, hasta el Abismo de los devoradores innominados. Porque Él es `UMR AT-TAWIL' , El Más Antiguo, nombre que el escriba traduce por EL DE LA VIDA PROLONGADA."
H.P.Lovecraft. "A través de las puertas de la llave de plata."



Cuentan las gentes que en aquel lugar soplaba una brisa extraña y malsana. Cuentan que cerraban los postigos de sus casas para evitar sentir sus efluvios; muchos cuentan que las cerraban para no enloquecer. Todos, al fin, marcharon, hartos de vivir en la oscuridad y en el miedo. Era mucho más sencillo abandonar aquellas tierras y probar suerte en otras donde los hombres y las mujeres respiraban hondo sin temores, donde trabajaban al aire libre y se bañaban en la playa agradeciendo las caricias del sol en su piel.

En aquel remoto lugar las gentes eran pálidas y de ojos grandes, pues sus pupilas habían crecido para aprovechar mejor la poca luz de que disponían en las casas. Decían que casi no tenían pelo y que las mujeres se habían vuelto estériles, pero eso en sí fue una bendición: ningún niño hubiera merecido nunca vivir sin salir de sus casas, y los desdichados padres tampoco merecían sufrir por si sus hijos se escapaban y se enfrentaban a aquel aire que se paseaba como amo y señor del lugar, un lugar que fue olvidado paulatinamente por el resto del mundo hasta que un día, sin más, alguien decidió que ni siquiera fuera incluido en los mapas de carreteras. Así, desde aquel día, el aislamiento fue total. Nadie se acercaría jamás a visitar a los hombres sin pelo y a las mujeres estériles; nadie vería cómo trabajaban haciendo túneles que comunicaban sus casas para no tener que salir al exterior.

En ocasiones, cuando se reunían en el hogar de alguno y pasaban largas veladas junto al exiguo fuego, hablaban de la escasez de víveres, de leña, de agua, pero sabían que nadie les solucionaría el problema, que nadie se ofrecería a salir al exterior, enfrentarse a aquel olor que emanaba del viento y dedicarse a sacar agua del pozo, talar árboles y cuidar de los huertos como si nada. Sabían que aquellos que lo habían intentado desde la llegada del meteorito, habían muerto presas de intensas fiebres y oscuras pesadillas. Y no era la muerte en sí lo que más pavor les provocaba a aquellas gentes sin pelo, estériles y famélicas, sino la fina brisa que surgía de aquel viento que se había instalado sobre el lugar donde tantos años habían vivido. Sabían que a causa de ella los hombres valientes se habían vuelto cobardes y violentos; las mujeres osadas, temerosas e histéricas. Era la brisa y lo sabían, por eso se encerraron y esperaron su desaparición, rezaron por ello y sus sueños más íntimos se redujeron a poder abrir la ventana y respirar el aire puro de una mañana limpia de vapores insanos.

Pero aunque esperaron día tras día, el viento, la brisa y el aire seguían ahí sin inmutarse, y los hombres decidieron excavar en uno de los sótanos donde encontraron agua para seguir sobreviviendo unos días más. Las despensas aún tenían alimentos en buen estado y si se moderaban, la espera podría alargarse hasta dos o incluso tres meses. Tal vez para entonces el aire que trajo consigo el meteorito ya se habría evaporado o marchado o se habría asentado en la tierra o se habría fundido con él mismo. Todos hacían conjeturas que nadie podía afirmar, pero estaba claro que eran prisioneros de algo intangible, invisible, y eso les infundía un temor hasta entonces desconocido.

Los cazadores se habían enfrentado con bestias temibles en el bosque, y aunque algunos fueron atacados y severamente heridos, siempre gustaron de contar sus gestas, pues su enemigo era alguien que todos conocían, que sabían qué era y de dónde procedía. Pero aquella vez, en cambio, nadie sabía a qué se enfrentaban exactamente. Y lo peor de todo fue que había sido su instinto quien les advirtió, su olfato fue el que puso en alerta a todos los sentidos de su cuerpo. Lo más duro fue controlar los nervios que se agitaban dentro de cada uno y les hacían sentirse extraños consigo mismos. Era como si aquella brisa que en una sola ocasión respiraron los hubiera transformado por completo; aunque ha de decirse que siempre trataron de guardar las formas y controlar sus instintos, aquellos ocultos instintos que nunca pensaron existían en sus mentes y en sus cuerpos.

Cada uno vivía asustado por el animal que se había despertado en su interior, y se contenía y se mordía los puños cuando en plena noche sus ojos se abrían y sus manos luchaban por abrir las ventanas y asomar la cabeza y dejar que su nariz captase en toda su esencia aquel extraño efluvio y se regocijase en su insano aroma. Luchaban por no aullar y sentir cómo su alma se alejaba y dejaba paso al espíritu que pretendía anidar en ellos. Y era ésa la cuestión que les preocupaba también, pues no sabían cómo ni porqué evitaban aquel contacto, aquel fundirse en la brisa que en el fondo de sus seres tanto deseaban. ¿Qué era lo que les impulsaba a actuar como lo hacían, siempre escondiéndose, privándose de la libertad, del sol? ¿Por qué aquellas noches insomnes acababan siempre con un gesto de resignación y de aceptación de sí mismos?

La respuesta la dio uno de aquellos hombres, uno de los que no tenían ya pelo en ninguna parte del cuerpo y su rostro era pálido como la muerte y sus ojos brillaban con negros destellos. Él, el de las manos huesudas y artríticas, fue quien dijo que el instinto humano prevalecería más allá de los tiempos, y que eso nada ni nadie podía cambiarlo, ni siquiera aquel meteorito que provenía de más allá de ellos, de más allá de esta tierra. Él decía que sabía que en la negrura de los espacios habitaba algo que iba a volver, que ya había estado aquí antes pero que ahora deseaba regresar y tal vez quedarse, pues tenía hambre de hombre, de la esencia que representa el hombre y su instinto. Era por eso que ellos, que todas aquellas gentes famélicas, pálidas, estériles y lampiñas no dejaban aflorar los bajos instintos animales que la brisa que había traído el meteorito les provocaba, aunque sólo la hubieran respirado una sola vez. Tal vez había sido gracias a eso, a que no habían seguido inspirando aquel ente, que podían controlarse en las noches de insomnio. Podían dar gracias, en efecto, pues de lo contrario las consecuencias hubieran sido terribles para todos.

Nadie quiso imaginarse qué terribles actos hubieran cometido, pero fue aquel hombre, el de manos artríticas y mirada brillante, quien les contó cómo podía hacer sido su vida si se hubieran dejado llevar por el efluvio venido del espacio, de lo negro, de lo vacío, de lo inmensurable, de lo infinito. Y aquella misma noche, todos los habitantes de aquel lugar sufrieron pavorosas pesadillas en las que se hundían en el lodo de la espiral de un agujero negro para aparecer después vagando durante eones en la negrura extraña que era el universo. No morían, para hacer más llevadera su pesadilla, sólo vagaban volátiles y en sus ojos habitaba la más horrible angustia jamás descrita.

A la mañana siguiente todos despertaron aliviados de ver sus conocidas paredes, su ya inexistente fuego y sus escasos alimentos. Todos y cada uno de ellos se aferraron a lo conocido para asegurarse de que tan sólo habían pasado una mala noche, pero en ningún momento, ni uno sólo de ellos, osó abrir una ventana para respirar el aire limpio y puro de la mañana, pues éste no existía y bien lo sabían. Aquel hombre que vivía entre ellos parecía que lo sabía todo y le gustaba demostrarlo hablando de nuevo y explicándoles sus teorías.

Contaba que aquel algo que habitaba en la negrura de los espacios ya conocía esta tierra, y la conocía de mucho antes, del tiempo en el que los hombres habitaban en las cavernas y aprendían a manejarse con el fuego y con la caza. A aquel algo lo llamaremos “lo oscuro” pues es uno con el vacío y el espacio. Así pues, lo oscuro, viendo que la tierra era buena para él y que el sol la calentaba y que el agua era abundante y la vegetación hermosa, se instaló a las orillas del río más largo, en un valle poblado de lotos y papiros. El río crecía y menguaba debido a la presencia de lo oscuro, y en ocasiones se formaron grandes zonas pantanosas donde él se bañaba. Disfrutaba con la presencia de cocodrilos, rinocerontes, hienas y babuinos, y dormía junto con los escorpiones y las serpientes.

Vivir así siempre no le satisfacía, así que decidió crear a un dios que gobernaría a los hombres y que los hombres lo adoraran a él y a sus sucesores. Le dio el nombre de Vulcano, por ser el dios del fuego que tanto necesitaban, y a él le siguió Sosis y después Saturno, Osiris, su hermano Tifón y finalmente Horus, hijo de Isis y Osiris. Después de los dioses decidió que reinaran los héroes en aquel lugar que los hebreos llamaron Mestraim, y después reinaron reyes humanos. Fueron treinta y tres mil años en los cuales lo oscuro presenció lo que hicieron todos ellos. Vio como construyeron templos y tumbas diseñadas según los astros, pues era de ahí de donde venía lo oscuro, aunque nunca nadie lo vio realmente. Si así lo hubieran hecho se hubieran dejado de construir aquellas obras y la tierra hubiera vuelto a estar desierta de hombres y de reyes.

Lo oscuro, que conocía su monstruosa esencia, decidió que construyeran un monumento especial para él, donde él moraría y observaría todo a su alrededor. Dio las órdenes precisas a los dioses más altos, los gigantes, y tuvo su morada con forma de león del desierto. A alguien se le ocurrió llamarlo “esfinge” y con ese nombre ha sido conocida siempre la morada de lo oscuro, de aquello que venía del espacio y se instaló durante treinta y tres mil años en aquellas tierras.
Aquellos dioses, los más altos, a quienes los humanos adoraban y admiraban por sus desproporcionadas y descomunales medidas, fueron los que levantaron las grandes estructuras que el mundo admira desde siempre. Fueron ellos los que desaparecieron después cuando lo oscuro exhaló su aliento por la boca de la esfinge y ya nunca más se ha construido como ellos lo hicieron en toda la historia de la humanidad.

Desaparecieron porque así estaba escrito, pero temieron por los hombres que respiraban el viento que surgía de aquella fabulosa estatua, pues toda su sabiduría se volvería contra ellos y la locura acabaría con su condición humana.
Alguien, tal vez el más osado de todos aquellos dioses, decidió enterrar la esfinge, y sucedió que como viera que la arena ahogaba su refugio, lo oscuro salió de ella y regresó al vacío, hacia el espacio más negro y misterioso. Vagó entre planetas y asteroides hasta que algo lo obligó a regresar y fue entonces cuando se fundió en una roca y se precipitó sobre unas tierras tranquilas con gentes tranquilas y vidas tranquilas que no adoraban a nada ni a nadie. Ya no era tiempo de veneración, y lo oscuro vio que no era bueno para él y que debía buscar otros lugares. Aún así, mientras descansaba, su respiración se volvía viento y brisa y aire que emponzoñaba el bosque y los huertos de unas hermosas casas. Lo oscuro sabía que los hombres de allí temían su presencia, pero estaba descansando y aún no era el tiempo propicio para partir...

Y de todo aquello había estado hablando el hombre de manos huesudas y artríticas cuya mirada no era ya tan brillante, más aún cuando no sabía qué contestar a aquellos que le preguntaron cuándo se marcharía aquel ser increíble. Él no lo sabía y se limitó a encogerse de hombros. Hombres y mujeres se miraron con verdadera desesperación, pues tal vez morirían allí encerrados en sus propias casas sin poder hacer nada.
Un ser que había morado durante treinta y tres mil años dentro de una estatua no parecía tener ningún tipo de prisa, así que alguien sugirió excavar un túnel que llegara hasta el pueblo más cercano y eso fue lo que hicieron. Hambrientos y sedientos trabajaron día y noche sin saber qué era lo que sucedía en el exterior. Cierto día en cierta hora alguien sugirió que si los cálculos eran correctos, tenían que haber llegado al lugar deseado. Así pues, excavaron todos con más ahínco ansiosos por ver el sol y respirar otra cosa que no fueran los vapores de la tierra.

Y allí estaba la luz del día y un cielo azul como jamás lo habían visto. Ni siquiera regresaron a por sus cosas, pues algo les decía que no debían hacerlo. La roca que había venido del espacio y del vacío se estaba descomponiendo lentamente, y sus partículas se convertían en un líquido viscoso que se filtraba en la tierra y hacía surgir extrañas plantas y flores nunca vistas. Lo oscuro, a quien le había llegado el momento, se expandió como el viento y se elevó hacia arriba dejando una leve brisa malsana que rodeó aquellas tierras durante tiempo y tiempo.

Y cuentan aquellas gentes que nunca más volvieron al lugar, pero que hubo uno que sí lo hizo, el hombre de las manos huesudas y artríticas que parecía saberlo todo sobre todo y sobre lo oscuro. Llegó hasta donde había estado el meteorito y se sentó en la posición del loto para invocar su presencia. Y desde un agujero negro donde flotaban miles de años de historia de hombres y de dioses, hubo algo que gritó y que se agitó desesperado, pues se hundía, se hundía, sí, en las arenas movedizas que formó el aire del tiempo en la tierra de los seres que vagan por el espacio. Su aliento que antaño fue una brisa poderosa, entonces fue sólo podredumbre, y nada ni nadie pudo hacer nada por evitar que desapareciera en sí mismo y se fundiera en la noche del eterno espacio, allí donde no hay viento, ni siquiera aire.

Y cuentan las gentes que en el lugar de la tierra donde discurre el río más largo, el día se hizo noche de repente y que el frío surgió de los vapores de la tierra. Y en los labios de piedra de una figura de león y cabeza humana, la llamada esfinge que atemorizaba a aquellos que la contemplaban, nació una sonrisa enigmática. Un repentino viento la había rescatado de las arenas y tenía plena libertad de dirigir su indescriptible mirada a los cielos y oler la brisa que surgía del espacio, una brisa, que no por malsana y aterradora, dejaba de ser buena para ella y para lo que pronto habría de regresar.

6 comentarios:

Halatriste dijo...

Bueno al final todos escaparon del aire malsano, quizás solamente quería comprender la esencia humana, y para ello se tuvo que tragar un hombre. Quizás si el sacrificio, se hubiese hecho antes las tinieblas se hubieranido también antes.

Un saludo

Martikka dijo...

Gracias por tu comentario Halatriste. Quizás sí, o quizás no!

*Sechat* dijo...

Ahora apenas tengo tiempo de leer esto, pero quería darte las gracias porque a través de tu blog he podido conocer Lulu y bubok. Tus libros parecen realmente fabulosos. ¡Enhorabuena!

Yo estoy aún en fase de edición y estoy teniendo ciertos problemas con el lomo, pero bueno... espero solventarlos. En fin te leo y te sigo.

*Sechat* dijo...

Interesante... No sé si clasificarlo como mitológico, épico, un cuento maravilloso, una leyenda... Sólo sé que me ha encantado y por cierto... Muuuuuuuuuuuuuuchas gracias por añadirme entre tus blogs. No me esperaba tener un seguidor más. GRACIAS.

Martikka dijo...

Me alegro mucho de que te haya gustado, Sechat. Podría clasificarse como una leyenda futurista.
¡Un saludo!

XiViRiFlÁuTiC dijo...

Que bueno no? me ha gustado bastante martikka!! gracias!!