El Necronomicón

Relato publicado en la revista El Tot (1995), y en la sección de relatos de la web H-Horror (mayo, 2009)





EL NECRONOMICÓN


El libro de los muertos resplandece desde el atril donde ha sido colocado. Sus páginas amarillentas se mueven de un lado al otro para un lector invisible; se agitan inquietas sacudidas por el viento que atraviesa el cementerio. Sus tapas son de color pardo y están confeccionadas con piel curtida, piel humana trabajada por las manos del diablo. Las letras que forman su título están escritas con sangre datada de cientos de años que conserva aún ciertas características, ciertos glóbulos de maldad.

El cielo se encapota y la lluvia hace acto de presencia; es entonces cuando una página del libro es arrancada por el poderoso viento y, volando, va a parar al lado de una lápida gris que aguanta impertérrita el paso de los años. En el mármol de esa lápida puede distinguirse un nombre que no pertenece a este mundo; los caracteres no pertenecen a ningún alfabeto de la tierra. Y en la página azafranada las palabras son de color escarlata: el color de la sangre de los que las han escrito. Se mueven nerviosas y dicen así: ¡Ay, del que profane el Libro de los Muertos! ¡Ay, del que se adentre para siempre en el Libro del Averno!

El guarda del cementerio sale de su pequeña habitación intranquilo y enfermo; sabe que algo anda mal ahí afuera. Bajo su paraguas camina por entre las tumbas deseando que todo esté en orden; gritando que todo esté en orden, por favor. Y entonces la ve. Ve la hoja arrancada del libro de los difuntos y se asusta: Las gotas de lluvia resbalan sobre ella. Duda, vacila, pero al fin la coge y se dirige al norte del cementerio, en donde se ha levantado una niebla espesa y blanquecina.
La lluvia no cesa. La tarde está cargada de truenos y miedo. El guarda puede oír entre las tumbas el rumor de los cadáveres, puede oír que quieren abandonar su morada y celebrar. ¿Celebrar, qué? ¿Qué quieren hacer los que están enterrados hace ya mucho, mucho tiempo?

El libro de los muertos se mueve inquieto mientras el guarda se acerca con la hoja sujeta entre los dedos. El número de página está escrito en una esquina: LXVI. Ahora sólo tiene que buscar el número LXV en aquel libro colocado encima de un atril, impasible ante las inclemencias del tiempo. Siempre ha estado ahí; al atardecer, una misteriosa mano coloca el soporte y abre el libro. Nunca ha visto quien lo hace, pero tampoco quiere averiguarlo. Teme entrometerse en algo que seguramente no tiene que ver nada con él ni le incumbe, así que pone la página arrancada en el lugar que le corresponde y cierra el libro para que el viento no se la vuelva a llevar.

El guarda tiene ahora los dedos temblorosos, ásperos y húmedos después de tocar las páginas del libro. La neblina y sus ojos miopes no le dejan ver que los tiene manchados de rojo, pero se da cuenta de que la cubierta del misterioso libro tiene un relieve y se estremece: Tres números seis entrelazados encima de una cabeza de serpiente. Los mira de nuevo y ahora sabe que se trata del texto sagrado más importante de los egipcios, que se remonta a una lejana dinastía. Describe en sus ténebres páginas el viaje del alma que nunca muere; el viaje del alma inmortal. Si, es el Libro de los Muertos, la Biblia de los que ya no pertenecen a este mundo. Y ellos lo adoran, creen ciegamente en sus versos, en sus oraciones, y siguen fielmente sus mandatos.
Dando media vuelta, no se da cuenta de que el viento ha vuelto a abrir el Libro. Horas más tarde, cuando el astro que gobierna la noche dirija su luz hacia una de las páginas, el guarda podría leer claramente:

"Osiris se pregunta: ¿Cuánto tiempo he de vivir?
Y se responde: Millones y millones de años."


Camina sobre sus propios pasos incrustados en el lodoso suelo. Tiembla y tirita de frío, pues ha empezado a nevar. Pocos metros antes de llegar a su caseta se detiene y oye atemorizado cómo murmuran los finados bajo sus lechos, pronto cubiertos de blanco. Entonces se alzan las lápidas al cielo y los ataúdes caen de sus nichos derribando las losas que contienen sus nombres y las flores que sus familiares han depositado. La necrópolis se llena de cadáveres que avanzan hacia el Necronomicón. Uno de ellos se coloca tras el atril y empieza a leer en voz alta, como en una plegaria:

"Homenaje a tí, Osiris,
gobernador de los que se encuentran en el Amenti,
tú que haces renacer a los mortales,
bendícenos con tus poderosos brazos
y líbranos de tu indiferencia.
Tú que nos escuchas y nos hablas
con la fuerza del tumulto,
ayúdanos a conseguir nuestros deseos."


El guarda contempla absorto la misa negra allí oficiada y decide volver silenciosamente a la garita. No pretende ser descubierto; no tiene ningún interés en revelar su presencia. Una vez dentro, cierra bien la aldaba y trata de dormir evitando pensar en la ruda voz del satánico sacerdote.

A la mañana siguiente el cementerio aparece cubierto de nieve y el guarda se levanta aterido de frío.
-Ya es hora de volver a casa. -piensa mirando su nuevo reloj de bolsillo. -Pronto llegará Lucas.
En efecto, a las siete en punto el guarda de día llama a la puerta.
-Buenos días, Abel. Ya estoy aquí.
Éste último asiente, taciturno. Recoge sus cosas, se pone el abrigo y sale de la caseta.
-Voy a dejar este maldito trabajo. -murmura mientras camina por la senda nevada. -Voy a dejarlo. Y el viento helado azota su arrugado rostro.
Lucas corre tras él con un paquete y le alcanza antes de que atraviese las grandes puertas del cementerio.
-Feliz Navidad, Abel. Se me olvidaba darte mi regalo.
-¡Uhm, gracias, Lucas! –dice. Y se aleja a toda prisa del lugar.


Una vez en casa, Abel desenvuelve el paquete que Lucas le ha entregado. Se trata de un libro. La cubierta es de color pardo, y los tres seis entrelazados encima de una serpiente hacen que se desmaye.

Su esposa acaba de levantarse de la cama. Bosteza y se dirige a la desvencijada cocina para preparar el desayuno de su marido. -Ya no ha de tardar. -piensa. Más tarde se sienta en el sofá del salón lamentándose porque tendrá que calentar de nuevo la leche. De repente, se da cuenta de que hay un libro sobre la mesita del café y lo coge con cierta aprensión.
-¿De dónde habrá salido? -se pregunta extrañada. Y lo abre por la primera página:

"¿Queréis encontrar un corazón
que no tenga restos de sangre?
Sacrificad entonces el de los autores
del Necronomicón.
Es negro y no sufre como el de los humanos;
es pequeño y cruel y no es capaz de albergar
ni la más mínima compasión hacia nadie.
Es sanguinario y traidor; odioso, desalmado,
infame, vil,
y no merece sino sólo adoración
por parte de los habitantes
de los más hondos sepulcros."

-¡Dios del cielo! ¿Qué es todo esto? –exclama la mujer.
Un golpe de aire que no sabe de dónde ha podido salir, agita las hojas apergaminadas del libro hacia la derecha y hacia la izquierda. Cuando el movimiento se detiene en la página LXV puede ver una ilustración que muestra un montón de rostros humanos dentro de un recuadro. A un lado, el semblante serio y grave de su esposo la mira impotente. -Estoy encerrado.- parece decirle.

"... Y aquellos que entraron no podrán volver jamás,
porque en los espacios de nuestro mundo
existen tinieblas
que atrapan, que envuelven,
y obligan a permanecer en ellas para siempre.
Y allí conocen las peores situaciones que nunca
sus limitadas mentes hubieran imaginado..."