La Sombra

Relato publicado en el libro "2001.Odisea Literaria", varios autores. Editorial Andrómeda. (2004)





LA SOMBRA


1. HERBERT VONDERHAGUEN


Habría muerto una y mil veces por defender mis teorías. Nada me intimidaba en aquellos instantes en los que captaba intensos los caminos del mal y de la muerte. Allí, en el inmenso sótano de mi mansión, se forjaban todos y cada uno de los inventos que una mano invisible me llevaba a realizar. Escribía fórmulas en los pergaminos de que disponía y seguidamente me lanzaba a la mezcla de los diversos componentes; recopilaba datos en los más vetustos libros de mi biblioteca, cotejaba informes de aquí y de allá, los interpretaba rápidamente gracias a la inteligencia con la que me hallaba dotado y entonces, en las noches elegidas por el destino, me sumía totalmente en los experimentos que enloquecían mi alma y llevaban a mi carácter a viajar por las más espesas y umbrías zonas de los misteriosos descubrimientos de la humanidad.

En aquella época vivía absolutamente aislado en la mansión familiar, en la zona más agreste y exuberante de la selva de Baviera. Tanto mi parentela como todo el servicio había decidido marchar del lugar, por esa razón tuve que emplear a Carl. ¡Pobre diablo!, pensé la primera vez que tropecé con su expresión indescriptible, sus ojos vacíos de sentimiento, sus manos rudas y desproporcionadas. A pesar de la repulsión que el desgraciado causaba decidí convencerlo para que dejara el servicio en las porquerizas de un rico hacendado de Meindanberg para servirme en mis propósitos y poner orden en la gran mansión en la que desde entonces habitaríamos los dos. Solos los dos, en mitad de todas las noches que nos esperaban; solos en el centro de la espiral de terror que se formaría en torno a nosotros.

El lado oscuro de la luna era el que veíamos todas las noches desde mi biblioteca en el torreón principal. Carl dormía en el camastro que el mismo se había fabricado mientras yo leía y leía con avidez para encontrar respuestas, para saber más y más acerca de aquello que me llevaría a ser el primer hombre que lograría vencer un mano a mano con la muerte. Sabía que tenía muchos años por delante todavía para encontrarme de frente su oscura figura y su temible guadaña, pero debía darme prisa si quería dejarlo todo en orden, todo a punto para mi partida en el momento preciso hacia el lugar que yo mismo estaba forjando en la fragua de mi imaginación. Estaba claro que no deseaba seguir viviendo en aquella remota región para cuando llegara el gran acontecimiento, por eso estudiaba de continuo los grandes libros del conocimiento, interpretaba mis propios sueños, invocaba a los seres más temibles del Báratro para que me ayudaran en mi loca búsqueda. Y sé que la región donde vivía se hallaba sumida en una espesa nube de miedo y temor; sabía de buen grado que los habitantes de los diversos pueblos estaban atemorizados, que sospechaban que yo tenía que ver con toda aquella oscuridad, con los bajos instintos que se desataban en muchas familias. Todo era oscuro como mi alma, enloquecida por encontrar, atormentada por el saber insatisfecho.

Algún lector inquieto se preguntará por qué mi sirviente Carl dormía en mi estudio en las noches en que yo estudiaba los saberes ocultos. La razón no era otra que necesitaba defensa en el caso de que se presentara alguna criatura no deseada; alguna de aquellas criaturas extrañas que sólo están en la imaginación de los escritores más imaginativos, de los artistas más soñadores. Yo no podía evitar el sentir temor ante la posibilidad de que se presentara de nuevo una situación como la que había vivido años atrás. Sí, yo mismo, Herbert Vonderhaguen, el hombre más temido de la región, me sentía asustado ante la sola idea de volver a ver cómo aparecía sin previo aviso y en plena oscuridad cualquiera de las temibles criaturas del Averno. ¿Por qué me visitaban? Se preguntarán. Bien, todo tenía relación con los saberes milenarios que yo iba acumulando. Pronto llegaría el día en que el secreto de la ubicación exacta de la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth sería descubierto.

Y entraríamos Carl y yo, y desafiaríamos al guarda con la contraseña que lo eliminaría; caminaríamos por las escarpadas grutas y llegaríamos a la morada de Byleth, el rey de la corte infernal, para presentarle nuestros respetos y nuestra más sincera admiración. Pero, claro está, todo ello sería sólo una engañifa, sólo un medio para introducirnos en su mundo infecto. Y gracias a las fórmulas y los encantamientos que habría descubierto y estudiado, aniquilaría para siempre el temido Infierno. ¡Sí! Herbert Vonderhaguen eliminaría, borraría todo rastro del lugar a dónde sólo los muertos podían llegar. Pero al parecer habían descubierto mis planes. Desde las profundidades de la tierra habían oído mis gritos de triunfo en cada revelación, en cada uno de mis descubrimientos; por eso enviaron a aquel monstruo extraño y maleable que apareció cuando mi estudio sólo estaba iluminado por los débiles rayos de la luna en una noche en que se predecía tormenta.

Apareció de improviso al lado del atril donde están abiertas las páginas de las Clavículas de Salomón, y pasó hoja tras hoja con aquellos dedos artríticos y oscuros como sus ojos. No decía palabra alguna pero su sola presencia infundía un miedo indescriptible, un miedo que nacía de lo más profundo de uno mismo, crecía por la espina dorsal y seguía su infausto recorrido hasta llegar al centro de la garganta, allí donde se forjaban o se ahogaban los gritos de terror. Por mi parte conseguí reprimir todo signo externo de temor, cosa que necesitó de toda mi fuerza de voluntad, de todo mi valor. La presencia de la criatura, cuya altura casi rozaba las vigas del techo, continuaba, y seguía pasando una a una de las páginas de aquel libro llegando a impacientarme de veras. La débil luz de la luna se esfumó y las nubes descargaron una buena tromba de agua sobre mis tierras; y mi habitación, que había quedado completamente a oscuras, se halló de repente iluminada por los ojos de la infernal criatura que pasaba páginas y páginas con una lentitud exasperante.

Pero de pronto habló, aunque sus palabras eran un jeroglífico, totalmente indescifrables pues hablaba la lengua Gywn, la lengua mezcla de todas las lenguas de la tierra, no traducida por ningún humano. Así pues, ¿qué me decía? No sé cómo, pero no tardé en comprender que me alertaba, que me aconsejaba abandonar mis estudios y elucubraciones acerca de la puerta del Averno. Entendí, aún no sé cómo, que si volvía a ser visitado no serían tan amables cómo en aquel momento, y que el temor que sentía inexplicablemente se transformaría en siglos y siglos de terror continuado en mi alma, atormentada para siempre en un túnel de espanto inhumano y cruel.
¿Qué debía hacer? ¿Abandonar tras años y años de estudio; tirar por la borda cada uno de mis descubrimientos? No, nunca: Herbert Vonderhaguen no se rendiría tan fácilmente sólo porque era amenazado; aunque amenazado terriblemente. Tenía que buscar un método infalible, una manera de no ser descubierto por las criaturas de los abismos insondables. Así que seguí con mis estudios, pero omitiendo, eso sí, mi alegría, mi entusiasmo con cada paso que daba en pos del saber infinito.

Lo primero que hice fue tener a Carl conmigo. Aquel patán nunca revelaría nada a nadie porque nada había allí que su escaso intelecto comprendiera. Él y su fuerza bruta y descomunal me servirían en el caso de que cualquiera quisiera atentar contra mí. Doté también de perros fieros las entradas a la mansión y a intervalos dejé sin comida a los prisioneros que tenía en las cámaras subterráneas. Tenía un plan pensando si llegaba el aciago día en que volviera a ser visitado.


2. KLAUS GÖEGEB

Bebo y bebo en la posada de Meindanberg.

Bebo y escribo sin descanso para olvidar de una vez por todas todo lo ocurrido aquel infausto día en que no debería haber despertado. Hubiera deseado que por algún sortilegio de cualquiera de las brujas que habían quemado ese mismo año, no hubiera salido el sol; hubiera preferido ser torturado por la Inquisición. Todo excepto haber vivido aquella terrible experiencia que ha marcado ahora ya para siempre mi existencia. Lamento, eso sí, no poder contar a mis nietos todo lo sucedido, ya que su juventud se vería arrancada de sus raíces. Pero de todos modos lo cuento aquí, y estas hojas serán guardadas en un sobre sellado hasta el día en que cumplan los cuarenta años de edad, fecha en que espero todo sea más claro que ahora, fecha en que espero que toda esta región alcance su verdadera forma tras estos años pasados en que el mal ha cubierto como una nube negra tanto a todos sus habitantes como a su hermoso paisaje.

Vivíamos todos bajo la influencia de la mansión Vonderhaguen. Hasta en las más alejadas cabañas se podía oler la influencia del hechizo del conde Herbert, el ser más perverso y abominable que he conocido jamás. Nadie, ni el peor de los diablos condenados al infierno podría comparársele ni medirse con él en maldad. Ahora bien, he de aclarar que esta percepción, que este conocimiento de la personalidad del conde la tengo ahora. Nadie, en todos aquellos años, podía sentir por él nada más que temor, y nadie por supuesto, se aventuraba a plantearle ni una sola queja en los consejos que se realizaban cada año en la capital. Nadie sabía porqué misteriosa razón el conde interfería en los sentimientos de los demás y los manipulaba a su antojo para provocar admiradores incondicionales de su figura y posición. Pero en el fondo sé que todos sabíamos que nada bueno estaba pasando, que su presencia no era sino una presencia indeseable, digna de la más sincera repulsión. El interior humano, gracias a Dios, está dotado de mecanismos de defensa que nada, ni por más sobrehumano que sea, puede arrebatar.

De todos modos a mi no me sirvió de nada el sospechar de las aviesas intenciones del conde. De nada me sirvió analizar su gesto y sus ademanes. Él se adelantaba siempre. Tenía la capacidad de tender trampas, y nadie era lo suficientemente rápido como para evitarlas. Sus ojos influían en el espíritu de aquel que los contemplaba; y digo contemplaba porque no dejaban en absoluto indiferentes, uno no podía mirarle a los ojos sin más: se quedaba clavado en su profundidad, en su misterioso brillo. Podría decirse que en sus extraños ojos residía su perversa alma.

Y entré al servicio de Herbert Vonderhaguen más por miedo que por verdadera voluntad. Su mirada se clavó en mi y pronto me encontré cocinando para él y para su esclavo. Al cabo de pocos días estaba convencido de que no saldría de aquella mansión jamás. Aquellos siniestros muros se me antojaron gruesos barrotes, y ni tan siquiera mi trabajo me sacaba de mi ensimismamiento, de mi –podría decirlo así- terror contenido. Si, en poco tiempo me vi contagiado por la siniestralidad que se respiraba en aquel tétrico ambiente. Pero no podía huir, no podía de ningún modo despedirme de allí sin tener que enfrentarme a los temibles ojos del conde. Debía permanecer en mi puesto aunque mi alma peligrara, aunque mis manos temblaran cada vez más frecuentemente. ¿Qué extraño poder poseía aquel hombre capaz de transmitir los más repulsivos sentimientos? Sospechaba que las noches que pasaba el conde en el torreón principal eran las mismas en que aullaban los lobos que habitaban en la profundidad del bosque.

Sospechaba que en aquel torreón algo malo se fraguaba, algo que escapaba a la razón humana, pues ya en una ocasión tuve la infausta oportunidad de divisar desde el ventanuco de mi aposento aquello que denominaré una sombra. Se divisaba tenuemente debido a los cortinajes de la biblioteca, pero lo vi, estoy seguro de ello. No es posible que se tratara de una simple visión imaginaria, pues las sensaciones que me provocó aún están vivas en mi.


3. HERBERT Vs KLAUS

El conde Herbert Vonderhaguen arrastró a Carl hacia el pasillo. Su cuerpo inerte presentaba grandes heridas provocadas por quién sabe qué extraño factor. Fue entonces cuando el cocinero, Klaus Göegeb, se acercó renqueante, y el conde, sin mediar palabra, sólo con su particular mirada, le ordenó que retirara de allí el cuerpo del sirviente. Después, se encerró en la biblioteca. Klaus se llevó a Carl cargándolo sobre sus hombros, y la sombra que sus cuerpos proyectaban en las paredes se extendía en formas caprichosas, un tanto irreales.
En el sótano, Klaus contemplaba el rostro quieto y pálido del sirviente, de aquel hombre que tenía los ojos cerrados y un fino hilo de sangre se había detenido en la comisura de sus labios. Podría preguntarse acerca de qué le habría ocurrido, pero era en vano. Su deber entonces era preparar su cuerpo, embalsamarlo como había hecho con otros tantos.

Cuando el sol estaba a punto de salir decidió dirigirse de nuevo a la biblioteca. El conde Herbert desearía tomar su caldo y tal vez se encontrara furioso por su tardanza, por su torpeza, por su negativa... negativa que nunca descubriría. En efecto, Klaus, que no había embalsamado a Carl, había pasado las horas a su lado, contemplando su rostro inerte y blanco que, inexplicablemente despertó. Y despertó de súbito, con un alarido terrible en su boca y chispas de odio en sus ojos, pues no había muerto. Y huyó, huyó del sótano ayudado por Klaus; huyó por entre los bosques para no volver más.
Klaus Göegeb subía pensativo e inquieto las escaleras que conducían a la biblioteca. No sabía qué podía encontrar allí; no sabía si allí le esperaba la muerte. Abrió la puerta y se encontró con el conde Herbert. Éste reía a carcajadas, pero su risa era una risa alienada, y su cuerpo se convulsionaba como si estuviera enfermo. Tras él, una puerta incandescente ofrecía el paso, pero podía intuirse que ahí dentro el mal acechaba.

Y el conde seguía riendo, pues había conseguido atraer la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth, la puerta que conducía al lugar que albergaba las más abominables criaturas que existen y existirán jamás. Pero Klaus, el entrometido Klaus, había desvelado antes de tiempo el milenario secreto; habíase entrometido en algo que no le incumbía, algo que iba a ser su perdición.
El conde Herbert Vonderhaguen blandió su puñal directo al corazón de Klaus Göegeb, pero una sombra, una sombra que surgió de la puerta incandescente, se cernió sobre él y lo atrajo a su interior. Klaus, aún presa de terribles temblores en su cuerpo, salió de la mansión y cabalgó veloz hacia la primera posada que encontró en Meindanberg. Allí comenzó a beber.

4. HERBERT VONDERHAGUEN
Envuelto en la tiniebla, bajo el peso estremecedor de una sombra inquietante, Herbert Vonderhaguen repite día tras día: In incerto sum (1).
La sombra ríe y se aleja. Se aleja y vuelve para cernirse de nuevo sobre el desfigurado rostro y el amorfo cuerpo de su última víctima.

5. KLAUS GÖEGEB
La sombra de la jarra de cerveza se alarga y se contrae sobre la mesa en la que está sentado Kaus Göegeb. Un Klaus Göegeb de pelo ahora cano que repite una y otra vez: Deo gratias.(2)


Notas:
(1)Estoy en la incertidumbre.
(2)Gracias a Dios

Malsana brisa

Relato publicado en el libro "Terror Cósmico". Libro Andrómeda. (2006) VV.AA
Crítica del libro en elkraken.




Malsana brisa

"...Y hay quienes se han atrevido a asomarse al otro lado del Velo, y a aceptarle a Él como guía, mas habrían dado muestras de mayor prudencia no aceptando trato alguno con Él; porque está en el libro de Thoth cuán terrible es el precio de una simple mirada. Y aquellos que entraren no podrán volver jamás, porque en los espacios infinitos que trascienden nuestro mundo existen formas tenebrosas que atrapan y envuelven. La Entidad que fluctúa en la noche, y la Malignidad capaz de desafiar al Signo Arquetípico, y la Horda que vigila el portal secreto de cada tumba y medra con lo que se forma en los moradores de ésta..., todos estos Horrores son inferiores al del que guarda el Umbral, al de ESE que guiará al temerario, más allá de todos los mundos, hasta el Abismo de los devoradores innominados. Porque Él es `UMR AT-TAWIL' , El Más Antiguo, nombre que el escriba traduce por EL DE LA VIDA PROLONGADA."
H.P.Lovecraft. "A través de las puertas de la llave de plata."



Cuentan las gentes que en aquel lugar soplaba una brisa extraña y malsana. Cuentan que cerraban los postigos de sus casas para evitar sentir sus efluvios; muchos cuentan que las cerraban para no enloquecer. Todos, al fin, marcharon, hartos de vivir en la oscuridad y en el miedo. Era mucho más sencillo abandonar aquellas tierras y probar suerte en otras donde los hombres y las mujeres respiraban hondo sin temores, donde trabajaban al aire libre y se bañaban en la playa agradeciendo las caricias del sol en su piel.

En aquel remoto lugar las gentes eran pálidas y de ojos grandes, pues sus pupilas habían crecido para aprovechar mejor la poca luz de que disponían en las casas. Decían que casi no tenían pelo y que las mujeres se habían vuelto estériles, pero eso en sí fue una bendición: ningún niño hubiera merecido nunca vivir sin salir de sus casas, y los desdichados padres tampoco merecían sufrir por si sus hijos se escapaban y se enfrentaban a aquel aire que se paseaba como amo y señor del lugar, un lugar que fue olvidado paulatinamente por el resto del mundo hasta que un día, sin más, alguien decidió que ni siquiera fuera incluido en los mapas de carreteras. Así, desde aquel día, el aislamiento fue total. Nadie se acercaría jamás a visitar a los hombres sin pelo y a las mujeres estériles; nadie vería cómo trabajaban haciendo túneles que comunicaban sus casas para no tener que salir al exterior.

En ocasiones, cuando se reunían en el hogar de alguno y pasaban largas veladas junto al exiguo fuego, hablaban de la escasez de víveres, de leña, de agua, pero sabían que nadie les solucionaría el problema, que nadie se ofrecería a salir al exterior, enfrentarse a aquel olor que emanaba del viento y dedicarse a sacar agua del pozo, talar árboles y cuidar de los huertos como si nada. Sabían que aquellos que lo habían intentado desde la llegada del meteorito, habían muerto presas de intensas fiebres y oscuras pesadillas. Y no era la muerte en sí lo que más pavor les provocaba a aquellas gentes sin pelo, estériles y famélicas, sino la fina brisa que surgía de aquel viento que se había instalado sobre el lugar donde tantos años habían vivido. Sabían que a causa de ella los hombres valientes se habían vuelto cobardes y violentos; las mujeres osadas, temerosas e histéricas. Era la brisa y lo sabían, por eso se encerraron y esperaron su desaparición, rezaron por ello y sus sueños más íntimos se redujeron a poder abrir la ventana y respirar el aire puro de una mañana limpia de vapores insanos.

Pero aunque esperaron día tras día, el viento, la brisa y el aire seguían ahí sin inmutarse, y los hombres decidieron excavar en uno de los sótanos donde encontraron agua para seguir sobreviviendo unos días más. Las despensas aún tenían alimentos en buen estado y si se moderaban, la espera podría alargarse hasta dos o incluso tres meses. Tal vez para entonces el aire que trajo consigo el meteorito ya se habría evaporado o marchado o se habría asentado en la tierra o se habría fundido con él mismo. Todos hacían conjeturas que nadie podía afirmar, pero estaba claro que eran prisioneros de algo intangible, invisible, y eso les infundía un temor hasta entonces desconocido.

Los cazadores se habían enfrentado con bestias temibles en el bosque, y aunque algunos fueron atacados y severamente heridos, siempre gustaron de contar sus gestas, pues su enemigo era alguien que todos conocían, que sabían qué era y de dónde procedía. Pero aquella vez, en cambio, nadie sabía a qué se enfrentaban exactamente. Y lo peor de todo fue que había sido su instinto quien les advirtió, su olfato fue el que puso en alerta a todos los sentidos de su cuerpo. Lo más duro fue controlar los nervios que se agitaban dentro de cada uno y les hacían sentirse extraños consigo mismos. Era como si aquella brisa que en una sola ocasión respiraron los hubiera transformado por completo; aunque ha de decirse que siempre trataron de guardar las formas y controlar sus instintos, aquellos ocultos instintos que nunca pensaron existían en sus mentes y en sus cuerpos.

Cada uno vivía asustado por el animal que se había despertado en su interior, y se contenía y se mordía los puños cuando en plena noche sus ojos se abrían y sus manos luchaban por abrir las ventanas y asomar la cabeza y dejar que su nariz captase en toda su esencia aquel extraño efluvio y se regocijase en su insano aroma. Luchaban por no aullar y sentir cómo su alma se alejaba y dejaba paso al espíritu que pretendía anidar en ellos. Y era ésa la cuestión que les preocupaba también, pues no sabían cómo ni porqué evitaban aquel contacto, aquel fundirse en la brisa que en el fondo de sus seres tanto deseaban. ¿Qué era lo que les impulsaba a actuar como lo hacían, siempre escondiéndose, privándose de la libertad, del sol? ¿Por qué aquellas noches insomnes acababan siempre con un gesto de resignación y de aceptación de sí mismos?

La respuesta la dio uno de aquellos hombres, uno de los que no tenían ya pelo en ninguna parte del cuerpo y su rostro era pálido como la muerte y sus ojos brillaban con negros destellos. Él, el de las manos huesudas y artríticas, fue quien dijo que el instinto humano prevalecería más allá de los tiempos, y que eso nada ni nadie podía cambiarlo, ni siquiera aquel meteorito que provenía de más allá de ellos, de más allá de esta tierra. Él decía que sabía que en la negrura de los espacios habitaba algo que iba a volver, que ya había estado aquí antes pero que ahora deseaba regresar y tal vez quedarse, pues tenía hambre de hombre, de la esencia que representa el hombre y su instinto. Era por eso que ellos, que todas aquellas gentes famélicas, pálidas, estériles y lampiñas no dejaban aflorar los bajos instintos animales que la brisa que había traído el meteorito les provocaba, aunque sólo la hubieran respirado una sola vez. Tal vez había sido gracias a eso, a que no habían seguido inspirando aquel ente, que podían controlarse en las noches de insomnio. Podían dar gracias, en efecto, pues de lo contrario las consecuencias hubieran sido terribles para todos.

Nadie quiso imaginarse qué terribles actos hubieran cometido, pero fue aquel hombre, el de manos artríticas y mirada brillante, quien les contó cómo podía hacer sido su vida si se hubieran dejado llevar por el efluvio venido del espacio, de lo negro, de lo vacío, de lo inmensurable, de lo infinito. Y aquella misma noche, todos los habitantes de aquel lugar sufrieron pavorosas pesadillas en las que se hundían en el lodo de la espiral de un agujero negro para aparecer después vagando durante eones en la negrura extraña que era el universo. No morían, para hacer más llevadera su pesadilla, sólo vagaban volátiles y en sus ojos habitaba la más horrible angustia jamás descrita.

A la mañana siguiente todos despertaron aliviados de ver sus conocidas paredes, su ya inexistente fuego y sus escasos alimentos. Todos y cada uno de ellos se aferraron a lo conocido para asegurarse de que tan sólo habían pasado una mala noche, pero en ningún momento, ni uno sólo de ellos, osó abrir una ventana para respirar el aire limpio y puro de la mañana, pues éste no existía y bien lo sabían. Aquel hombre que vivía entre ellos parecía que lo sabía todo y le gustaba demostrarlo hablando de nuevo y explicándoles sus teorías.

Contaba que aquel algo que habitaba en la negrura de los espacios ya conocía esta tierra, y la conocía de mucho antes, del tiempo en el que los hombres habitaban en las cavernas y aprendían a manejarse con el fuego y con la caza. A aquel algo lo llamaremos “lo oscuro” pues es uno con el vacío y el espacio. Así pues, lo oscuro, viendo que la tierra era buena para él y que el sol la calentaba y que el agua era abundante y la vegetación hermosa, se instaló a las orillas del río más largo, en un valle poblado de lotos y papiros. El río crecía y menguaba debido a la presencia de lo oscuro, y en ocasiones se formaron grandes zonas pantanosas donde él se bañaba. Disfrutaba con la presencia de cocodrilos, rinocerontes, hienas y babuinos, y dormía junto con los escorpiones y las serpientes.

Vivir así siempre no le satisfacía, así que decidió crear a un dios que gobernaría a los hombres y que los hombres lo adoraran a él y a sus sucesores. Le dio el nombre de Vulcano, por ser el dios del fuego que tanto necesitaban, y a él le siguió Sosis y después Saturno, Osiris, su hermano Tifón y finalmente Horus, hijo de Isis y Osiris. Después de los dioses decidió que reinaran los héroes en aquel lugar que los hebreos llamaron Mestraim, y después reinaron reyes humanos. Fueron treinta y tres mil años en los cuales lo oscuro presenció lo que hicieron todos ellos. Vio como construyeron templos y tumbas diseñadas según los astros, pues era de ahí de donde venía lo oscuro, aunque nunca nadie lo vio realmente. Si así lo hubieran hecho se hubieran dejado de construir aquellas obras y la tierra hubiera vuelto a estar desierta de hombres y de reyes.

Lo oscuro, que conocía su monstruosa esencia, decidió que construyeran un monumento especial para él, donde él moraría y observaría todo a su alrededor. Dio las órdenes precisas a los dioses más altos, los gigantes, y tuvo su morada con forma de león del desierto. A alguien se le ocurrió llamarlo “esfinge” y con ese nombre ha sido conocida siempre la morada de lo oscuro, de aquello que venía del espacio y se instaló durante treinta y tres mil años en aquellas tierras.
Aquellos dioses, los más altos, a quienes los humanos adoraban y admiraban por sus desproporcionadas y descomunales medidas, fueron los que levantaron las grandes estructuras que el mundo admira desde siempre. Fueron ellos los que desaparecieron después cuando lo oscuro exhaló su aliento por la boca de la esfinge y ya nunca más se ha construido como ellos lo hicieron en toda la historia de la humanidad.

Desaparecieron porque así estaba escrito, pero temieron por los hombres que respiraban el viento que surgía de aquella fabulosa estatua, pues toda su sabiduría se volvería contra ellos y la locura acabaría con su condición humana.
Alguien, tal vez el más osado de todos aquellos dioses, decidió enterrar la esfinge, y sucedió que como viera que la arena ahogaba su refugio, lo oscuro salió de ella y regresó al vacío, hacia el espacio más negro y misterioso. Vagó entre planetas y asteroides hasta que algo lo obligó a regresar y fue entonces cuando se fundió en una roca y se precipitó sobre unas tierras tranquilas con gentes tranquilas y vidas tranquilas que no adoraban a nada ni a nadie. Ya no era tiempo de veneración, y lo oscuro vio que no era bueno para él y que debía buscar otros lugares. Aún así, mientras descansaba, su respiración se volvía viento y brisa y aire que emponzoñaba el bosque y los huertos de unas hermosas casas. Lo oscuro sabía que los hombres de allí temían su presencia, pero estaba descansando y aún no era el tiempo propicio para partir...

Y de todo aquello había estado hablando el hombre de manos huesudas y artríticas cuya mirada no era ya tan brillante, más aún cuando no sabía qué contestar a aquellos que le preguntaron cuándo se marcharía aquel ser increíble. Él no lo sabía y se limitó a encogerse de hombros. Hombres y mujeres se miraron con verdadera desesperación, pues tal vez morirían allí encerrados en sus propias casas sin poder hacer nada.
Un ser que había morado durante treinta y tres mil años dentro de una estatua no parecía tener ningún tipo de prisa, así que alguien sugirió excavar un túnel que llegara hasta el pueblo más cercano y eso fue lo que hicieron. Hambrientos y sedientos trabajaron día y noche sin saber qué era lo que sucedía en el exterior. Cierto día en cierta hora alguien sugirió que si los cálculos eran correctos, tenían que haber llegado al lugar deseado. Así pues, excavaron todos con más ahínco ansiosos por ver el sol y respirar otra cosa que no fueran los vapores de la tierra.

Y allí estaba la luz del día y un cielo azul como jamás lo habían visto. Ni siquiera regresaron a por sus cosas, pues algo les decía que no debían hacerlo. La roca que había venido del espacio y del vacío se estaba descomponiendo lentamente, y sus partículas se convertían en un líquido viscoso que se filtraba en la tierra y hacía surgir extrañas plantas y flores nunca vistas. Lo oscuro, a quien le había llegado el momento, se expandió como el viento y se elevó hacia arriba dejando una leve brisa malsana que rodeó aquellas tierras durante tiempo y tiempo.

Y cuentan aquellas gentes que nunca más volvieron al lugar, pero que hubo uno que sí lo hizo, el hombre de las manos huesudas y artríticas que parecía saberlo todo sobre todo y sobre lo oscuro. Llegó hasta donde había estado el meteorito y se sentó en la posición del loto para invocar su presencia. Y desde un agujero negro donde flotaban miles de años de historia de hombres y de dioses, hubo algo que gritó y que se agitó desesperado, pues se hundía, se hundía, sí, en las arenas movedizas que formó el aire del tiempo en la tierra de los seres que vagan por el espacio. Su aliento que antaño fue una brisa poderosa, entonces fue sólo podredumbre, y nada ni nadie pudo hacer nada por evitar que desapareciera en sí mismo y se fundiera en la noche del eterno espacio, allí donde no hay viento, ni siquiera aire.

Y cuentan las gentes que en el lugar de la tierra donde discurre el río más largo, el día se hizo noche de repente y que el frío surgió de los vapores de la tierra. Y en los labios de piedra de una figura de león y cabeza humana, la llamada esfinge que atemorizaba a aquellos que la contemplaban, nació una sonrisa enigmática. Un repentino viento la había rescatado de las arenas y tenía plena libertad de dirigir su indescriptible mirada a los cielos y oler la brisa que surgía del espacio, una brisa, que no por malsana y aterradora, dejaba de ser buena para ella y para lo que pronto habría de regresar.