El juicio final

Relato que dio origen a mi novela Tilak el Sabio.




EL JUICIO FINAL


Esta historia comienza el día en que Tilak murió. En la cama del hospital de Yakarta su espíritu abandonó el cuerpo físico y se elevó hasta el techo de la habitación para deslizarse después hacia las ventanas abiertas, donde se fundiría con el aire limpio y fresco de la mañana. Tras un breve lapso de inconsciencia total se encontró caminando por verdes prados donde pastaban caballos blancos. Iba acompañado por un hombre de baja estatura ataviado con un extraño ropaje de telas brillantes y aterciopeladas que montaba en un unicornio.
Tilak andaba junto a él y no hablaba; sólo miraba perplejo todo lo que había a su alrededor. En un extremo del camino corría un riachuelo en el que saltaban pequeños peces anaranjados, y las flores que lo circundaban despedían un agradable aroma que le hizo sentir un poco más cómodo, menos tenso. Pronto llegaron a un palacio construido al borde del mar, en el acantilado más abrupto que había visto nunca. El enano, que era llamado Awatha, le explicó que aquella era la parte más recóndita de la Tierra, donde nadie que no fuera elegido podía llegar.
La entrada del palacio formaba un arco sostenido por dos grandes y pesadas columnas, y allí mismo, Awatha le entregó una piedra envuelta en un paño de cuero.
-Es el jade de la vida eterna, lo llamamos P´an- T´ao. Deberás ofrecerlo a los dioses en el Banquete de la Inmortalidad.
Tilak lo miró extrañado y le preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
-Ya entenderás más adelante. Y no olvides que aquí dentro -señaló el edificio- no debes preguntar, sólo responder. Recuérdalo: sólo responder.
-Responder, ¿a quién?
-Entra, amigo. Entra en el altar de Yama, el dios de la muerte y sabrás y conocerás.
Dicho esto, dio media vuelta a su cabalgadura y se alejó en dirección este, hacia las Montañas del Incienso, dónde le esperaba otro humano.
Tilak empujó la gran puerta hacia adentro y entró en el palacio. Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban repletas de bellos tapices. Fue avanzando mientras sus pasos resonaban por aquel vasto vestíbulo. Al llegar al fondo puso los pies en una alfombra de color rojo con la representación de la cábala en el centro y se abrieron unas puertas que le permitieron seguir su camino. Encontró entonces una sala de estrechas y puntiagudas ventanas en la que en su centro, sobre una mesa rectangular cubierta con lienzo blanco de algodón, se alzaba una balanza, una enorme balanza de oro y diamantes. No estaba inclinada hacia ningún costado; esperaba impaciente el próximo juicio que no tardaría en celebrarse. Y junto a ella, vio a tres hombres, aunque éste no sería su calificativo idóneo, puesto que sus rostros no tenían nada de humano. Eran amorfos, sin precisión alguna parecían extenderse hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. Eran rostros adimensionales que no podía dejar de mirar sin sorprenderse una y otra vez.
-Somos los Tres Raros y Sublimes. -dijeron al unísono con voces de idéntico tono e inflexión. -¿Qué has hecho de tu vida?
Tilak recordó que sólo debía responder y evitar su costumbre de contestar con otra pregunta para saciar su curiosidad o para disuadir al contrario.
-He vivido intensamente. -contestó sin titubeos.
-¿Te arrepientes de tus malas acciones?
-No considero que hayan habido verdaderas malas acciones en mi vida.
-¿Te consideras apto para ser elegido?
Inmediatamente, Tilak iba a preguntar -¿Elegido para qué?- pero se contuvo y contestó.
-Cualquiera puede ser apto.
Uno de los Tres Raros sonrió y miró al que tenía a su derecha. Éste último asintió.
-Naturalmente no sabes cómo va a ser tu vida a partir de ahora, pero, ¿crees que puedes mejorar ciertos aspectos si vives en un palacio como éste?
-No creo que la excesiva riqueza que gobierna este lugar sea idónea para expiar hipotéticas culpas.
-¿Hipotéticas? -preguntó el Raro del centro.
-No considero culpas los errores humanos.
En ese momento, Yama, el dios de la muerte, se hizo presente. Apareció al lado de la balanza junto a un monstruo de boca de cocodrilo y vientre de hipopótamo. La fiera abrió sus enormes fauces y con una profunda y grave voz dijo:
-Soy la Bestia Deforme, el devorador de almas, y espero ávido junto a la balanza del Juicio; espero sediento tu espíritu.
El dios levantó la mano derecha y le hizo callar. Era un ser imponente que llevaba una túnica blanca que despedía destellos de luz.
-Me hago llamar Yama y soy el dios de los que abandonan el mundo terrenal para morar en este lugar situado en los límites de la Tierra, donde convergen el Río del Declive con el Mar de los Deseos Profundos.

Tilak asintió con la cabeza, si bien no podía hacer otra cosa que escucharle atentamente, puesto que aquella voz era fascinante, merecedora de una total atención.
-Veo que tus respuestas han complacido a los Tres Raros y Sublimes, por lo que eres digno del Ojo de Mithras, el Dios de la Luz. Él te garantizará la felicidad en tu nueva vida.
Yama alargó su mano, transparente, y le entregó el Ojo, que era ovalado. La pupila que había en su centro estaba formada por cinco círculos concéntricos entre los cuales había grabada cuatro veces la letra Omega.
-Gracias, Señor.- Fue todo lo que se le ocurrió decir a Tilak.
Los Tres Raros decidieron que ya era la hora del Banquete.
-Pasemos al Salón. -dijeron, y el dios Yama desapareció.
Cuando Tilak llegó al Salón de la Inmortalidad, pudo verlo encabezando la gran mesa dispuesta con alimentos que jamás han existido ni existirán en el Mundo que Conocemos. Le hicieron sentarse en uno de los extremos de la mesa, justo enfrente de Yama. Los Tres Raros y Sublimes lo hicieron en el lado derecho.
Los platos no se vaciaban jamás. Como por arte de magia, en cuanto el último pedazo de comida iba a parar a las bocas de sus comensales, se volvían a llenar. Tilak empezó a hartarse y su estómago le ordenaba no ingerir más a riesgo de reventar.
-Lo siento, pero no puedo comer nada más. -dijo en tono de disculpa.
-Debes comer. -le reprendió uno de los Tres Raros. -No se puede despreciar la comida de los dioses.
-Pero... -se quejó. Y mirando de nuevo al plato pudo ver cómo se llenaba de algo parecido a gachas y miel.

De pronto se acordó de lo que le había dado Awatha. Metió la mano en el bolsillo y sacó la piedra.
-Debo ofreceros esto, mi señor.-dijo Tilak levantándose y dirigiéndose a Yama. Inclinó la cabeza y dejó al lado de su plato la piedra.
Los ojos del dios brillaron, y su túnica dejó de resplandecer.
-En verdad eres el Elegido, Tilak. Los últimos hombres que llegaron hasta aquí no me entregaron a P´an-T´ao, pues codiciaban su valor y con ello obtuvieron su terrible final. -sonrió ampliamente y continuó diciendo: -No habrá juicio para ti. Te sentarás a mi izquierda en el Trono y serás formado para ser el Cuarto Raro y Sublime.
-Gracias, Señor.- Sabía que no serviría ningún tipo de contradicción, así que se limitó a volver a su asiento tal y como le indicó Yama con un ademán.
Ahora tenía un objetivo claro, un sentido que darle a aquel otro mundo. Y sospechaba que no era fácil ser un Raro y Sublime, algo le decía que no era nada fácil. Pero lo intentaría. Tenía el resto de su segunda vida para comprobarlo.

by Marta Abelló

Katie Whitman (relato finalista)


Relato finalista en el XI Premi Literari Mercè Rodoreda (2000) publicado en el libro Aquest capvespre de foc i de flames. Publicacions de l'Abadia de Montserrat.

Publicat a la web "Relats en català", diciembre 2009. Relat destacat a la web (des del 12-1-10 al 7-2-10).

(Para traducir el texto, pulsa en la barra traductora de Google que aparece en la parte superior.)



KATIE WHITMAN

S’amagava a la boscúria, com les feres i els renegats. Potser, amb sort, ja la donaven per morta. Era això el que esperava la Katie mentre feia foc a la cova i hi escalfava un tros de cansalada que encara li quedava a la bossa. S’hi estava bé, allà, al menys la pluja no li refredava els ossos i li envermellia el nas. L’ olor del seu sopar li semblava una beneficiosa i salutífera flaire, fins i tot molt millor que algunes de les herbes que ella havia fet servir tants cops per als seus malalts. Sempre havia procurat el millor per a tothom, però els poderosos no trobaren mai el moment de deixar-la en pau. Va passar mesos de persecucions i insults, de retrets i acusacions. Què tenia ella que veure amb l’ infern? Per què l’acusaven de bruixa si l’únic que havia fet en tota la seva vida era vetllar pels malalts, fins i tot confortar-los en les seves últimes hores de vida? Encara no entenia perquè era dolent saber d’herbes i espècies i conèixer-les, tenir traça amb les mans per preparar medecines.

El jaç de palla que s’havia preparat era prou còmode per abandonar-se als somnis, però el neguit que la burxava a dins encara no la deixava dormir com abans, com quan ningú havia jutjat la seva vida acusant-la de ritus contraris a la moral. Es girava cap a un costat i hi veia l’ amenaça de les onades trencant amb fúria contra el penya-segat; es tombava cap a l’altre cantó i es recordava damunt aquell ase, veient com la gent del carrer l’assenyalava amb el dit i se’n burlaven i se’n reia i li deia bruixa i mala dona i... Aquell maleït dia se sentia sola. Va ser el pitjor de tot. Enfrontar-se a aquells homes desdentegats amb somriures fastigosos, a aquelles dones grasses de pits caiguts i vestits esquinçats, a aquells nens embadalits, inconscients del que succeïa, estirant les faldilles de les seves germanes malicioses que els deixaven mirar a aquella noia bruta de cabells foscos, llargs i trenats que acompanyada de dos homes, l’agutzil i el nunci, intentava no plorar.

Tenia la part del darrera del seu vestit de sac tota esquinçada, i l’esquena nua plena de reguitzells sangosos que li coïen, però ella no abaixava la mirada, doncs l’ orgull la podia. Més de la meitat d’aquells que la cridaven havien millorat de les seves malalties gràcies a ella, i així li ho agraïen, acusant-la a les autoritats que només veien en ella dimonis i foscor. L’ acusaven de practicar la màgia i d’ invocar els esperits, fets ben llunyans a ella, fets ben falsos.
I aquells dos homes la conduïen cap al penya-segat. La prova de l’aigua seria irrefutable: Si la superava era una bruixa, doncs elles flotaven, mai s’ofegaven; vés quin absurd. I si s’ofegava, bé... el Senyor ja s’encarregaria de compensar els innocents. La Katie sabia nedar, però dubtava de resistir dins aquell mar embravit després de les fuetades a l’esquena i els crits i les escopinades. Mirava de reüll a l’ agutzil i hi veia en les ninetes dels seus ulls els udols d’ altres dones torturades fins a la sacietat. Havia sentit parlar de la Jane, a qui li van arrencar les ungles i de la Josephine, a qui cremaren enmig de la plaça perquè no confessava que era bruixa i que endevinava el futur. A la Catherine li trobaren una piga rodona al maluc i ja en va ser la prova irrefutable: filla del dimoni, de les ombres.

I ningú no havia mogut un dit per elles, ni amants ni marits ni parents. Què passava? Què havia canviat? A l’ Anne l’acusaren de matar nens per oferir-los en rituals. Per descomptat que la imaginació del tribunal era digna d’elogi: La Jane era llevadora i era normal que molts nadons es perdessin, que naixessin ja morts o que malauradament ho fessin dies després. Era la naturalesa, els nens més forts aixecaven el cap a la vida malgrat el part hagués estat difícil o la mare tingués poca llet o no hi hagués gaires aliments per dur-se a la boca. En canvi, altres nens ja naixien dèbils i neulits, i res ni ningú no podia fer res per evitar-ho. Tant de bo algun metge s’hagués dignat a donar-los una ullada, però ells només hi eren per a les classes riques i eren les dones com l’ Anne les qui havien d’atendre totes les inconveniències d’un mal part o d’un nen que no se’n sortia a l’hora de respirar.
I aquell matí que va sorgir amenaçant pluja la Katie, muntada sobre l’ase, les mans lligades a l’esquena plena de nafres, la suor al front, els ulls aguantant el plor, era conduïda cap a un penya-segat. Al cap hi brollaven els records com les fonts al riu Thampton. I allà hi eren els pares i la seva germana Faith, hi eren la casa vora el bosc i l’incendi que la deixà sola al món. Sort dels King, que la volgueren amb ells i la tractaren com una filla. Al seu cap hi havia encara la nena que un dia va ser que es fixava en com la senyora King sortia ben d’hora al bosc i hi triava les millors herbes per als seus preparats. Aviat la Katie va saber com aplicar els cataplasmes de ceba i mel, ben calentes sobre el pit per treure la tos, com preparar els ungüents per a les cremades. Poc a poc va aprendre les diferents propietats de les plantes medicinals i com tractar-les per treure’n el millor profit.

La mort dels King va ser com reviure la mort dels seus pares, i durant molts dies no va sortir de casa ni va menjar. Però poc a poc, refent-se, es va trobar com a propietària de les terres dels pares adoptius havent de tenir cura dels malalts que havien anat a aquella casa durant anys. Fins que aquell desgraciat va anar a denunciar-la, fins que va acusar-la davant l’agutzil de bruixa i tot per no haver cedit als favors immorals que pretenia. La Katie va fer-lo fora de casa seva de mala manera; estava espantada i tremolava davant la violència amb que la va tractar l’ Anthony, el fuster que era calb i duia una barba fastigosa de pèls blancs i durs com els dels eriçons. Va fer-lo fora de casa seva i ell va anar a l’agutzil per dir que ella era una bruixa i que havia intentat d’enverinar-lo. I que a la casa havia vist proves, com un gat negre que es passejava a la vora de pots de vidre amb herbes a dintre, herbes verinoses, segur. Aquella era una mala dona que mereixia la mort com totes les altres.

L’ agutzil cavalcava darrera la Katie en un castrat preciós i la mirava de reüll, el malparit. Ell havia anat a buscar-la a casa seva i ell havia estat qui li va portar el menjar a la cel•la. Ell també havia estat qui li va proposar de millorar la seva estança si era amable amb ell. La Katie, furiosa, cansada i atordida per tot el que li estava passant, patint pels animals que havia deixat a casa i no sabia qui cuidaria, va cridar el frare dominic que es passejava per les rajoles humides dels passadissos de la presó i li va demanar ajuda. Però el frare, que cohabitava amb una jueva conversa malgrat la conveniència de la neteja de sang, era un home insensible al dolor aliè. Ni tan sols quan l’agutzil va decidir no portar-li menjar ni aigua es va compadir d’ella. El dominic s’acostava a la reixa i hi donava una ullada; arronsava el nas com quan algú ensuma la gàbia d’un animal i es feia enrere. La Katie, sola i bruta com mai, seia al terra escàs de palla i fugia del seu present imaginant-se de nou el bosc i les pastures.

Dins la foscor que l’envoltava recordava els matins en que es llevava d’hora per munyir la seva vaca i recordava l’escalfor de la llet i la tebiesa del pa recent sortit del forn. Recordava quan algú trucava a la porta i li demanava alguna cosa pels furóncols, algun cataplasma per al mal de panxa o per les migranyes. Mai va dir que no a ningú, mai va fer res de dolent i ara era allà desprotegida i abandonada com una eina inservible. Encara era jove i es dolia de no haver trobat un marit tal i com sempre li havia dit la senyora King. Un marit que fos com el senyor King, és clar, que no desaparegués per les tabernes, que no descarregués el seu mal humor en unes costelles dolgudes, que no s’abandonés als encants d’altres dones... És que el senyor King era molt senyor King i es feia difícil trobar algú com ell, un home tant desitjós de fer sempre feliç a la seva dona, un home que només bevia a les celebracions i que mai, mai de la vida, se li hauria ocorregut deixar a la seva magnífica muller per una altra.

La Katie valorava molt l’exemple de la seva família adoptiva i de la seva pròpia ja desapareguda. I tenia por quan anava sola al bosc i hi trobava algun noi del poble que la mirava amb ulls estranys; tenia por quan anava a la taberna a buscar vi per a les seves receptes i veia com reien els barbuts, com s’acostaven a ella per dir-li inconveniències i aleshores sentia la pudor del seus alens sobre el rostre envermellit. A la Katie li agradava el fill del taverner, però ell quasi ni la veia perquè la Katie era la recollida dels King; la que deien que tenia poder a les mans i a qui l’havien vist parlar amb els animals i sortir fora de casa en les nits de lluna plena. Era l’ estranya, i la van tolerar fins la mort dels seus pares adoptius. Només fins llavors. El poble engolia les dones diferents com ella, el poble destrossava a les dones que intentaven ser independents dels homes i no els buscaven i no necessitaven d’ells per viure. Les dones com la Katie eren envejades per la seva personalitat i saviesa ancestral. L’ Església les temia i per això havia decidit combatre-les. Dins la cel•la, després d’un judici ple d’incorreccions i mentides, la Katie ja no tornaria a ser la mateixa. Havia de deixar pas a una altra si volia sobreviure. El frare dominic ja li ho va aconsellar: Confessa, confessa...

Però, què? Confessar que era una bruixa si no ho era? Al principi va estar decidida a fer-ho, però el seu cor encongit l’ avisà de que tal vegada no canviaria res. No tenia garanties de que la confessió li serviria per salvar la vida, per tant, callaria. No obriria la boca mai més. Fins que algú no la proclamés innocent cap paraula sortiria d’ella. Era arriscat però era el que volia fer i ja n’hi havia prou. En el fons del seu cor sabia que tenia totes les de perdre, però no volia acusar-se en fals, no volia deixar de ser ella mateixa. D’altra banda, havia sentit que la persistència en la no confessió quan algú era torturat, era favorable a aconseguir la absolució de la condemna a mort. Però, és que no n’hi havia prou amb tot el que li estaven fent passar: la detenció, el judici, la presó, que encara havia de suportar mals pitjors? Encara no comprenia quin mal havia fet.

Des de la seva cel•la sentia els plors d’altres presoners, i els crits també. Crits corprenedors quan eren conduïts a les cambres disposades per la Inquisició per tal que confessessin els seus delictes. Aviat ella hi seria en una d’aquelles cambres, potser. Encara no sabia quin càstig li corresponia. Al poble havia sentit dir que a alguns acusats els havien lligat a un bastidor i que després el botxí estirava les cordes mossegant la carn i estirant els membres d’ aquells desgraciats fins que confessaven. Havia sentit que alguns, malgrat el dolor, resistien. Potser, amb sort, a ella només li caldria portar la gramalleta, la roba que indicaria per sempre més el tipus de delicte pel qual havia estat condemnada. Havia de ser indigne, veure’s tota la vida sota el pes d’un dia en que algú va decidir que el seu comportament a la societat era dolent, però allò era millor que haver de suportar el dolor físic. La Katie temia el dolor, i més encara quan no tenia ningú, ni amic ni parent que li pogués facilitar herbes que ella sabia podien alleugerir el sofriment. Però ja! Ja n’hi havia prou d’imaginar-se sofriments! Esperaria amb calma i confiaria en la seva sort.

L’agutzil va ser qui la va acompanyar de nou i la va conduir a una sala freda i poc moblada. Va dir-li que la sentència del jutge era la flagel•lació, que no hi havia condemna a mort. En aquell moment la Katie va abandonar el seu mutisme, i la bondat del seu cor la va impulsar a dir gràcies a aquell home que plegava els papers i els ordenava i els tornava a plegar. Estava nerviós, i més encara quan se li va acostar, a la noia, i va posar un dit als seus llavis; més encara quan va acostar la mà a la cintura d’ella i s’hi va atansar tot el que va poder. La Katie, amb una forta empenta el va fer enrere. Ell hi tornà i ella també. Es barallaren fins que el frare dominic va entrar a la sala i va veure el rostre esquinçat de l’agutzil. “La bruixa...”,va dir aquell, “la bruixa m’ha atacat.” I ja hi van ser. Després de la flagel•lació hi hauria la prova de l’aigua. La Katie ni va tenir forces per explicar-se, doncs l’agutzil repetia un i un altre cop, amb ràbia, que l’havia enxampat a la cel•la invocant els esperits, i que un d’ ells, en forma de gat, se li va aparèixer i el va atacar salvatgement. La imaginació de l’home no tenia aturador i el frare va portar els papers al tribunal per tal d’arreglar-ho tot per a l’endemà.

Un endemà que va sorgir amenaçant pluja, poc amable amb la confusió de la Katie a qui van esquinçar l’esquena del seu vestit de sac per tal de que la pell quedés a la vista. Va ser conduïda amb la seva vergonya i la seva por als estables on jeien els cavalls i els ases, i van triar per ella un amb la mirada intel•ligent de qui se sap ple de paciència i resignació. Algú la va obligar a muntar-hi i li va lligar les mans a l’esquena. Llavors va ser quan el botxí, darrera d’ella, començà a assotar-la. El primer cop va ser sorprenent, tant dolorós com una cremada, i va tancar els ulls per tal d’evitar les llàgrimes. No volia sentir-se compadida per ningú; volia resistir tant com pogués. “Em dic Katie Whitman”, va dir a la multitud, “i sóc innocent”. La segona fuetada la va fer callar. La tercera li va ennuegar la gola. La noia acusada de bruixa sentia la sang escórrer-se per la suau pell de l’esquena exposada als morbosos ulls del poble àvid de càstigs exemplars. El notari comptava les fuetades i el nunci alçava la seva veu als oients, proclamant els pecats d’aquella dona que no era dona, que era bruixa.

Aviat arribaren al penya-segat. L’ escuma de les onades s’alçava pels aires i tornava a l’aigua, d’un blau fosc com el del cel. L’ agutzil i el nunci es miraren per confirmar el moment: era l’hora. El botxí va fer baixar a la noia de l’ase i aquest remugà, queixós. Pas a pas s’atansaren a la vora, al marge amenaçant, i la Katie va marejar-se amb l’alçada. El botxí duia un mocador negre a les mans i li va tapar els ulls. Mentre lligava el nus, s’atansà a l’orella de la noia murmurant alguna cosa. Però la Katie no el va sentir: Només veia aquella foscor del mocador negre, només podia sentir el soroll del mar trencant contra la terra. De cop i volta, la multitud va cridar, però per ella va ser un crit inútil, doncs ja volava, ja es sentia caure, ja l’aigua la cobria i el seu esperit de lluita li encenia els sentits: D’una revolada, entre braçades, es va treure el mocador dels ulls i va veure’s enfonsar-se, nedar en la direcció contrària a la superfície. Però... si sortia la condemnarien igualment. Era de bojos! Però no pensava morir. No, senyor.

Encara podia aguantar una estona la respiració, d’alguna cosa li valien anys de capbussar-se al riu Thampton. Buscava desesperadament algun passatge submarí per on escolar-se i passar a una altra zona on ningú no la veiés, algun recó que... Sí! Li semblava veure el passadís que formaven unes roques. S’ hi havia d’arriscar, i així, amb les últimes existències d’aire als seus pulmons, enfilà pel passadís i pujà cap a la superfície, a prop d’on havia estat llençada, però oculta gràcies a les grans roques que formaven aquell vast penya-segat. Havia d’esperar, però, a que es fes de nit abans de pujar i intentar d’ amagar-se. Vora seu hi havia una petita cova rere uns matolls, i allà, amb el vestit esquinçat per l’esquena, mullada, trista i nerviosa, va esperar fins que la lluna li indiqués el camí.

Va evitar el poble i s’endinsà al bosc. No es va trobar ningú ni ningú no la va trobar a ella. Vagarejà un dia i mig fins que no va poder més i es decidí a entrar en una granja. Des de la seva posició, rere els arbres, havia vist com els que semblaven pare, mare i fill marxaven en el seu carro; probablement al mercat. Com que l’aspecte del seu vehicle era ben atrotinat i les robes dels seus propietaris no eren res de l’altre món, ben segur que a la casa no hi quedaven criats. Així doncs, només havia de mirar la manera d’entrar-hi per fer-se amb provisions.
Encara quedaven brases enceses i encara que minsa, l’escalfor la reconfortà després de dues nits dormint al ras. Era una cuina ben agradable, aquella, però no volia entretenir-s’hi: li semblà sentir el galop proper d’un cavall. Per la finestra ho comprovà: capellans que s’acostaven! No tenia temps de sortir, així que agafà a corre-cuita un sac que hi havia sobre una cadira trencada i hi ficà el gran tros de formatge de cabra que hi havia sobre un prestatge i vàries llesques de cansalada que va trobar en un calaix. Unes passes s’acostaven i ressonaven com martells a la fusta del terra de l’entrada. La Katie va tenir el temps just de pujar les escales que conduïen a les golfes, amagar-se rere unes caixes i esperar.

Els homes van entrar i cridaren a l’amo de la casa, però ningú va dir aquesta boca és meva. I pel bé del Déu que predicaven, per la redempció dels homes de la terra, un d’ells va aprofitar les brases per encendre un drap brut. Va somriure, i l’altre també. Pel bé de Déu que predicaven van fer foc a aquella casa on els amos havien desobeït les ordres de l’Església; aquella casa on les flames amenaçaven a la Katie, amagada a les golfes agafada a un sac ple de formatge i cansalada, atordida pel fum que començava a entrar per la porta. Amb la mà tapant-se la boca va apropar-se a la finestra i els va veure marxar: Miraven enrere de tant en quan, somrients. I des d’allà no podia saltar o es trencaria les cames, així que va córrer tant com va poder escales avall i sortí de la casa en flames ofegada i amb la cara bruta, negra de sutge. Si l’haguessin vist aquells que l’havien acusat de bruixa segur que haurien dit que sortia de la visita als inferns que feia cada divendres de lluna plena, cada festa de Tots Sants, cada solstici. Els ignorants...

Tant de bo tingués poders màgics per a desfer-se d’aquells que disposaven i jutjaven les vides dels altres, la de tantes dones, la d’ella, i ara aquella pobra família que en tornar del mercat veurien com la seva casa era ara fustes cremades i cendres. Els esforços de tota una vida els veurien arrabassats per vés a saber quin delicte. Tal vegada se’ls jutjava per aprovisionar als jueus, per rebre a casa seva excomunicats, per qüestió de diners, per ser ells mateixos jueus encara que aquells no ho semblaven; per posseir llibres prohibits, per heretges i descreguts... No es limitaven a acusar i a jutjar, els poderosos d’aquell lloc: es recreaven en el dolor aliè i amenaçaven i feien a voluntat. Què passava al món?

I així, plena de sutge, cansada, amb les nafres a l’esquena, avergonyida dels homes, afamada, va arribar a la part més alta de la muntanya, i hi va trobar una cova i hi va fer foc. Arribaren les pluges i va haver de pensar què fer amb la seva vida. El formatge aviat es va acabar i quan va començar amb els últims trossos de cansalada va decidir sortir. Marxaria a les terres del Nord, on sempre havia sentit que les dones com ella, les dones que sabien d’herbes medicinals, eren ben rebudes. Això és el que havia sentit; però, i si no fos cert? Era plena de pors i no podia pensar amb calma. Tampoc podia quedar-se allà, en la cova amagada a la boscúria, veient com passaven els dies buits. No era una ermitana ni ho volia ser. S’enfrontaria al món com fos, encara que aquells dies que li havien tocat viure li semblaven de tant cruels, irreals. Desitjava, mentre revifava el foc, que algun dia cap dona s’hagués de veure com ella, rebutjada pels seus coneixements, acusada en va.

Desitjava que arribés el dia, en un futur, en què la dona donés a llum homes que no les pengessin per les seves creences, que no les maltractessin, que no les tanquessin a les cases obligant-les a estar només pels fills, impedint-les de parlar amb ningú que no fos el seu marit. La Katie desitjava que algun dia les dones fossin tractades igual que els homes, encara que era conscient de que ells no es deixarien prendre fàcilment el seu lloc privilegiat a les societats. La Katie només volia que se les respectés. Que es respectés el seu desig d’ aprendre, de fer i desfer. Desitjava que algun dia les dones fossin jutjades per dones, i que arribés el dia en que els homes no tornessin ebris de les tavernes per després descarregar tota la seva fúria en dona i en fills. Quantes vegades havia preparat emplastres per curar els blaus d’algunes veïnes, i quantes infusions havia fet prendre per tranquil•litzar els nervis i apaivagar la tristor que sobrevenia a aquelles dones turmentades? Per què la violència? Perquè aquella obscuritat al món? La Katie desitjava que anys, o potser segles després, tot això només fos somni, malson. Que a la història no hi figurés cap injustícia més; però, era això possible? Qui ho faria? I com?

Va apagar el foc amb sorra neta i va sortir a l’aire fresc del matí. Va respirar la confiança que li transmetien els arbres i va ensumar la ruta que havia d’emprendre, cap al Nord. Sempre hi hauria un lloc per ella, per les dones com ella que havien estat jutjades, maltractades, condemnades a mort. I si no existia, ella el crearia. Tenia tot el temps del món per intentar-ho.
Enfilà el sender fangós i s’atansà a la part més alta de la muntanya. Des d’ allà podia dominar tota la vall i caminar, així, amb la bellesa de la natura, se li feia menys feixuc. Un renec darrera seu l’ aturà. Allà, ben a prop d’ella, un ase amb la mirada intel•ligent de qui se sap ple de paciència i resignació la guaitava. S’acostà més a la noia i ella va poder veure els fardells plens i la pell esquinçada, amb sang seca pels voltants. Algú l’havia apallissat, però ell, que coneixia i sofria la violència dels homes, havia decidit fugir, i el seu olfacte de bèstia l’havia conduït a on hi era la trista noia que l’havia muntat dies enrere, la que va ser castigada com ell. L’ ase esbufegà i la noia va somriure. Ara tenia un company per anar al Nord. Agafà les regnes i el conduí cap al sender. “Em dic Katie Whitman”, va cridar la noia a l’aire carregat de fulles seques, a les pedres del camí. “Em dic Katie Whitman i sóc lliure.” L’ase va moure les orelles complagut i l’ aroma del bosc els va acompanyar fins arribar al seu destí.

Marta Abelló

Insomni (relato finalista)

Relato finalista del Premi Mercè Rodoreda(2002)
Publicado en el libro "Sota el signe de l'aigua i altres narracions."
Publicacions de l'Abadia de Montserrat.

Publicado en la web Relats en català, noviembre 2009.


Crítica del relato en el diario Avui:
Alguns textos finalistes mereixen un aguait especial. (...) El relat Insomni, de Marta Abelló, és creditor de paraules d'elogi. Gran amant de la lectura, l'autora escriu de forma curiosa i atractiva sobre la barbàrie a què pot arribar la condició humana quan la fatiga per l'insomni fa perdre el nord." Roger Bretau.

"Algunos textos finalistas merecen una atención especial. (...)El relato Insomni, de Marta Abelló, se hace crédito de palabras de elogio. Gran amante de la lectura, la autora escribe de forma curiosa y atractiva sobre la barbarie a qué puede llegar la condición humana cuando la fatiga por el insomnio hace perder el norte. Roger Bretau.




(Para traducir el texto, pulsar la barra traductora de Google -arriba-)

INSOMNI


Després de sopar un brou i les restes de conill del migdia, en Mingo es ficà al llit escoltant com queia la forta pluja. Cobert amb només un llençol, pregava al cel que no es malmetessin els sembrats, que no s’espatllés la fruita. La seva dona, la Cinta, ja feia estona que dormia com una soca i de tant en tant deixava anar esbufecs i forts roncs que ell tractava de portar amb resignació: després de tot feia quinze anys que dormia amb ella i des del primer dia que havia roncat. No era la primera nit d’insomni per culpa seva...

En Mingo va sospirar, va atansar-s’hi i li va estrènyer una mica el braç per veure si es tombava i callava una estona, però no hi havia manera. Entre la pluja i la Cinta estava vist que aquella nit no dormiria; però ho necessitava i bé que ho sabia ella, doncs a l’endemà havia de carregar la somera per dur al poble els pernils. Faria una pausa per fer un mos a la fonda de Cal Cisco, però segur que la seva esquena es ressentiria i la seva cama, la dreta, la que va ferir un caçador maldestre, li donaria una altra mala nit després d’anar tot el dia amunt i avall.
Amb gest de desesperació va acomodar el seu coixí, es tombà cap a l’esquerra i observà la dona, esbufegant com un cavall. A vegades li venien ganes d’escanyar-la; a més, aquells viatges els hauria de fer ella, grassa i forta com estava. Però, gosaria demanar-li?


La pluja tamborinava contra la finestra i també contra la teulada que aviat hauria de revisar. En Mingo sospirava mentre els sorolls el martiritzaven: Clinc, clinc, clinc... Buf! Buf! Ngrrrrr... Ngrrrr... Tintineig de pluja, esbufecs, roncs... Déu meu, Senyor, quina nit! L’home es delia per dormir una mica, per això es tombava cap a un costat i després cap a l’altre; es posava cap amunt i cap avall. El coixí l’ofegava i ja tornava a ser cap amunt. Es treia el llençol de sobre i es tornava a tapar. A tot això, la Cinta ni immutar-se. Tenia un son tan profund que era digna d’enveja. En Mingo es preguntava com podia dormir així a les nits si cada tarda es regalava unes migdiades de mil dimonis. Era mandrosa com ningú, però per sort feia un cap-i-pota com ningú en aquest món, sí senyor.

La imatge de la menja va obrir-li la gana, i com que no aconseguia dormir, va baixar a la cuina. Al rebost hi va trobar fuet i com que ja li va semblar bé, l’acompanyà amb un tros de pa morè una mica sec. La Cinta, seguint els seus mandrosos costums, no feia pa cada dia com a ell li hauria agradat. En fi! Clavà una forta queixalada al fuet i tallà el crostó per acompanyar-lo. I bé, un glop de vi del porró tampoc hi aniria malament, així que mos rere mos i glop rara glop, assegut vora la finestra, distret amb la tempesta, va acabar el fuet i el pa, però com que de vi encara en quedava, va continuar fent anar amunt i avall el porró. La beguda l’adormia; el feia somriure i l’adormia. Què bé... A la fi podria aclucar els ulls ni que fos una estona.

Un gran llamp espetegà com una bomba sobre la casa, però en Mingo quasi ni se n’adonà embriac com estava. Poc a poc, el seu cap va anar caient enrere i així el va trobar, amb la boca oberta, la seva dona.
La Cinta, que quasi ni es movia a les nits –el seu pes tampoc és que li deixés gaires llibertats de moviments-, havia obert els ulls enlluernada pel gran llamp que semblava haver caigut enmig de la cambra. Tot i l’ensurt, no va fer res més que atansar una mica el braç per sentir el cos del seu home, però ben aviat va adonar-se de que allà no hi havia ningú més que ella. De sobte, recordà el llamp que acabava de caure, i un mal pressentiment la va esgarrifar.

L’escala que conduïa al pis de sota estava a les fosques, i la dona, que tenia mala vista des de ben petita, va errar en el pas mentre baixava i ho va acabar fent rodolant. Dolguda, amb la camisa de dormir esquinçada i amb un peu que la feia gemegar de dolor, avançà a les palpentes el que quedava de passadís fins arribar a la cuina. Entre les ombres, endevinà la figura d’en Mingo, que s’estava a la cadira quiet, amb la boca oberta, com mirant fixament el sostre. La dona, vés a saber si confosa per no trobar al seu marit al seu costat essent l’hora que era o confosa pels cops que havia rebut en caure escales avall, va creure que en Mingo era mort, i sense atansar-s’hi per comprovar-ho –li horroritzava el fet de pensar en tocar la seva carn freda i veure les ninetes fixes dels seus ulls- va sortir com esperitada de la casa per demanar auxili als veïns.

Amb la tempesta en ple apogeu, amb les costelles dolgudes, un peu que començava a inflar-se i els seus cent trenta-cinc quilos a sobre, no era gens fàcil avançar. El Xato, el seu gos perdiguer que no hauria sortit de la seva caseta ni per tots els ossos del món, la va sentir queixar-se quan al ensopegar amb una branca oculta pel fang, va caure dins la sèquia, plena a vessar. Ja no la va sentir més.
Quan en Mingo, amb la boca seca i marejat, va despertar, el sol ja entrava per la finestra de la cuina. Havia d’afanyar-se, doncs tenia molt per fer. Però, i la Cinta? No hi era a la cuina i tampoc a la cambra de dalt, ni al galliner ni a les porqueres. Ma, noi! On s’haurà ficat? Renegava pel baix mentre anava carregant la somera de pernils. No podia perdre més temps buscant la dona, així que enfilà pel camí del poble seguit pel Xato, com sempre.

No havien caminat ni cent metres que el gos va aturar-se. Amb lladrucs curts i intermitents, assenyalà un tros de roba que surava a l’aigua de la sèquia: era el mocador vermell amb que la Cinta es lligava els cabells quan dormia. No podia ser. La Cinta, ofegada...? El cor li va fer un salt i davant seu van aparèixer enlluernants espurnes sobre un fons negre, un fons fosc i profund... En Mingo es va desmaiar, va caure de bocaterrosa sobre el fang. El Xato, assegut al seu costat, se’l mirava, fins que va decidir-se a llepar-li la galta. Aleshores l’amo va despertar sofrint terribles fiblades de dolor al cap i a les temples. S’incorporà, i en veure la somera mirant-lo amb ulls lleganyosos, va recordar que es feia tard. Va agafar les regnes de l’animal i emprengué la caminada deixant enrere el mocador vermell i el record de que la Cinta havia caigut a la sèquia.

En arribar a la fonda d’en Cesc, va lligar la somera i el gos vora l’ombra d’un dels dos pins i va descarregar tres dels quinze pernils que hi duia. Com sempre, enganxat rere la barra, hi era l’amo, mentre el seu fill netejava les quatre taules que hi havia.
-Ep, Mingo!
-Ep! –va respondre aquest, encara més parc en paraules que l’altre. Va posar sobre la barra el pernils i mentre el Cesc anava a buscar els diners a la cambra de dins, va demanar al fill, que fregava les taules com si li anés la vida, alguna cosa per aclarir la gola.
El noi no va dir ni que si ni que no, però passà rere la barra d’on va treure un got i l’omplí de vi, un vi fort, dels bons. En Mingo acompanyà la beguda amb una llesca amb pernil, i abans de fer la primera mossegada, s’obriren les portes del local i varen aparèixer dos guàrdies civils. En Cesc, que en aquell moment pagava la comanda del Mingo, va empassar saliva, doncs era la primera vegada que l’autoritat entrava a casa seva. Ma cagu´n..!, va exclamar-se per dins mentre el cor començava a colpejar-li el pit. Al magatzem tenia dues caixes plenes de tabac de contraban. Li cauria el pèl!

Però el guàrdies civils, que no van acceptar el cafè que se’ls va oferir, només volien avisar de que s’havia trobat el cos d’una dona encara no identificada. Semblava ser que l’havien mort a cops. Ma, noi!, exclamà en Cesc mentre el seu fill obria els ulls com taronges. En Mingo va fer un bon glop de vi i guaità de fit a fit els guàrdies sense dir res, observant els seus impecables uniformes. L’escalfor del vi a la seva gola li feia entrar una bona soneta. Havia dormit tant poc aquella nit per culpa dels roncs de gos de la Cinta! Cansat i emprenyat bevia, menjava i escoltava les preguntes que els guàrdies feien al Cesc fins que els va veure, per fi, marxar de la fonda.

Aleshores i de sobte, li va esdevenir mal de ventre. Mentre s’aguantava els pantalons i corria cap als lavabos podia percebre un estrany neguit que li pujava com un corc des de l’estomac fins a la gola. El cap li rodolava mentre era assegut a la tassa, ben marejat. Moments després, s’acomiadava amb un gest adust d’en Cisco i agafava les regnes de la somera per acabar de repartir els pernils que li quedaven. En Xato el seguia, però aquell dia no s’aturava als marges per olorar rastres de conills. No s’aturava perquè vigilava els ulls de l’ amo, uns ulls que li feien por.
La llum del sol minvava i s’anava perdent dins la tarda. Amb la feina feta i els budells regirats, en Mingo tornava a casa. Les seves passes lentes i feixugues travessaven el caminet folrat de les margarides que tant agradaven a la seva dona. Cintaaaa!, cridava com feia sempre en tornar al vespre. Cintaaa!, la cridava mentre deixava la seva bossa plena de monedes sobre la taula de la cuina. On carai t’has ficat?, va insistir. Silenci. Casa seva era un cau ple d’un fred silenci.

Va asseure’s a la cadira i s’adonà de que la taula no estava parada, de que cap olla bullia al foc. Aleshores van tornar les fiblades que li martellejaven les temples. Va tancar els ulls i un torrent de negres imatges aparegueren davant seu. Aquella dona que havien trobat... Havia pogut estar capaç de...? No! Va cridar a la solitària cambra. No! El Xato l’observava, inquiet. Gemegà una mica i l’amo, que avui estava estrany i no li havia donat de menjar, li clavà una puntada de peu que el va dur prop de la porta. L’animaló no va tenir esma de queixar-se, i sortí de la casa amb el cap baix i el cor confús. Mentrestant, en Mingo mirava per la finestra. Cercava a l’exterior allò que maldava per trobar, allò que era dintre seu, a la seva memòria.

Va tancar els ulls ben fort i aleshores, com un llampec, el record d’un mocador vermell surant a l’aigua esdevingué un punyal feridor. Reculà, tractant de no caure. S’agafà ben fort a la cadira i s’hi va asseure, esbufegant. Però, què he fet! Què he fet, déu del cel!
Tremolós, va pujar a la seva cambra, i vestit, sense sopar ni res, va tractar de dormir, oblidar, però no ho va poder fer. Tres nits més van passar, però tot i que els roncs de la Cinta ja no hi eren, els ulls d’en Mingo, envermellits, no es tancaven. Durant el dia vagava com una ànima en pena, quasi sense forces per donar el menjar als garrins. No trobava al Xato per enlloc... tampoc menjava. La terrible incertesa enganxada al pit li anava corcant l’esperit, i així, amb tants dies sense dormir, sense menjar, la vida li va anar fugint fins que algú el trobà arraulit vora el llit, pàl•lid de mort. A terra, en un full, hi havia escrites unes paraules, una confessió que el jutge va haver de considerar, doncs en Mingo s’inculpava de la mort de la seva dona.

Anys després, la meva feina em va dur al poble on van succeir aquests fets. Després de les gestions que havia de fer m’hi vaig aturar a la fonda d’un tal Cesc i vaig sentir que l’amo explicava la història d’en Mingo als parroquians, uns nouvinguts a aquell bell indret.
Mentre l’escoltava i feia glops d’aquell excel•lent vi, vaig trobar semblances en la meva pròpia vida, atès que els roncs de la meva segona esposa també m’havien desesperat en més d’una ocasió. Però el que em va colpir més va ser que la vaig conèixer a l’hospital, on jo em recuperava d’una lesió de menisc i ella m’explicava que algú l’havia trobat lluny de casa seva, prop del mar, bruta, ferida i sense memòria. Era potser la meva Joana, la Cinta de la història?
En realitat tant m’ era. Vaig sortir de la fonda i vaig conduir fins a un indret solitari. Queia la tarda i les ombres m’envoltaven mentre treia del maleter el cos sense vida de la Joana i el llençava a la sèquia d’aquell poble allunyat de casa nostra. Vaig veure com el seu cos s’enfonsava, després surava i emprenia el viatge fins al mar. Per fi, per fi podria dormir, per fi marxaria l’insomni que patia des de feia dos anys, des de que vaig conèixer a la Joana i m’hi vaig casar. La Joana, la grassa Joana, la mandrosa Joana que mai no parava de roncar a les nits.

Marta Abelló

Trepanación


Relato publicado en el fanzine Mundo Imaginario nº7, año 1995.

Publicado en la web de Libro Andrómeda.




TREPANACIÓN

Swim Al-Thabur se acostó en la esterilla y apoyó la cabeza en una piedra plana puesta ex-profeso para la operación. El médico le puso las manos en las sienes para asegurarse de que no se movía, alzó la mano derecha y cogió de una pequeña mesa que tenía al lado un trépano hecho de una aleación de cobre, plata y oro de la región. Posó el aparato en el cráneo del paciente, aquejado de epilepsia, y empezó a perforar. Operaba cuidadosamente a través del hueso frontal posterior, evitando dañar el músculo temporal.
El cráneo se abrió dejando al descubierto el cerebro. El dedo del cirujano se posó en él, sintiendo su pulsión. El aparato se hundió un poco más en la herida abierta provocando ligeras convulsiones en el paciente, que agarraba con fuerza el pedazo de madera que le habían dado para que descargara su dolor apretándolo, mordiéndolo si hacía falta.
Había cinco personas contemplando la operación, y ninguna de ellas pronunció una sola palabra en todo aquel tiempo. Se limitaban a observar con los brazos cruzados sobre el pecho y a mirar con semblante grave primero al médico y luego al paciente, a intervalos, según las expresiones que mostraran sus rostros cada vez que el trépano giraba sobre sí mismo y se iba hundiendo más y más, milímetro a milímetro.
Ambroise da Noca retiró el trépano y lo sumergió en la pila de agua fría que tenía al lado, ya que corría el peligro de calentarse en exceso a causa del continuo roce con el hueso. Luego volvió a horadar un poco más, extrayéndole gran cantidad de sangre y tejidos.
La operación transcurría dentro de los límites que cualquier hombre pudiera soportar. Por lo menos, el doctor da Noca evitó hacer demasiado ruido; evitó que se escuchara en exceso el terrible crujido del hueso al perforarse al contacto con aquella especie de berbiquí que giraba y giraba introduciéndose cada vez más en la mente de Al-Thabur. Éste permanecía en un estado de semiinconsciencia, y miraba hacia la cristalera que tenía enfrente.
Estaba oscuro, y podía ver con claridad la luna. Había oído decir que esas operaciones no debían llevarse a cabo en tiempo de luna llena, ya que durante ella el cerebro se agrandaba y se acercaba peligrosamente al cráneo... Podía tranquilizarse; estaba en cuarto menguante. Y las estrellas brillaban, y seguía notando como continuaba trabajando el mejor médico de la ciudad.
Había confiado en él para la cura de su enfermedad, la cual le atormentaba desde pequeño, agravada con terribles jaquecas. Como los medicamentos no parecían hacerle demasiado efecto, como a tantos otros enfermos como él, decidió al fin someterse a aquella delicada intervención que tantas veces había fracasado.

El cirujano retiró el trépano y se lo entregó a su ayudante para que lo limpiara y lo pusiera en agua hirviendo. Con unas pinzas hurgó en la masa encefálica y separó algunos fragmentos. Pudo hallar entonces lo que causaba aquellos fatales dolores de cabeza a Al-Thabur: Un escarabajo alado se movía inquieto nadando en aquella viscosidad roja, rodeado de larvas.
Da Noca se aproximó más para ver mejor aquello. ¿Cómo era posible? Con las mismas pinzas esterilizadas agarró el insecto y lo sacó de la cavidad para ponerlo en una bandeja que sostenía el ayudante; hizo también lo mismo con las larvas, una a una.
Los allí presentes habían dejado escapar un oh de asombro y se aproximaron todavía más al paciente, con evidentes muecas de repulsa y de disgusto. Da Noca les miró y se encogió de hombros. Inclinándose sobre el cráneo, cerró la herida y colocó un apósito.

Al-Thabur se estremeció, notó una pulsión continua y dolorosa en la cabeza, le temblaron las manos y los labios, le resbalaron unas pocas lágrimas por un costado del rostro, se le aceleró el corazón y un fino hilo de sangre empezó a resbalarle por la comisura derecha de los labios. Cerró los ojos y no los volvió a abrir jamás. Su cerebro, a partir de entonces, negó cualquier estímulo exterior y su cuerpo permaneció allí, tumbado en la esterilla de aquella habitación, inmóvil, hasta el momento en que alguien decidiera declararlo muerto y trasladarlo a un tanatorio.
La intervención parecía haberle sumido en un perenne estado cataléptico. ¿Tendría algo que ver el escarabajo con lo que le impulsaba a vivir; con su misma inteligencia y conocimientos ahora totalmente mermados? ¿Y cómo se había introducido aquel animalejo en su cerebro? ¿Por dónde había entrado?

Un mes después, Ambroise da Nuca firmó el fallecimiento de su paciente y se oficiaron sus funerales. En el sepulcro yacía su cuerpo inerme, frío, blanquecino. Y en aquella herida de su cabeza que ya se estaba cerrando, habían dejado olvidada una de aquellas pequeñas larvas que se encogía y estiraba navegando por el encéfalo de Al-Thabur.
Todavía había una esperanza para él.

Marta Abelló

La Sombra


Relato publicado en el libro "2001.Odisea Literaria", varios autores. Editorial Andrómeda. (2004)




LA SOMBRA



1. HERBERT VONDERHAGUEN


Habría muerto una y mil veces por defender mis teorías. Nada me intimidaba en aquellos instantes en los que captaba intensos los caminos del mal y de la muerte. Allí, en el inmenso sótano de mi mansión, se forjaban todos y cada uno de los inventos que una mano invisible me llevaba a realizar. Escribía fórmulas en los pergaminos que disponía y seguidamente me lanzaba a la mezcla de los diversos componentes; recopilaba datos en los más vetustos libros de mi biblioteca, cotejaba informes de aquí y de allá, los interpretaba rápidamente gracias a la inteligencia con la que me hallaba dotado y entonces, en las noches elegidas por el destino, me sumía totalmente en los experimentos que enloquecían mi alma y llevaban a mi carácter a viajar por las más espesas y umbrías zonas de los misteriosos descubrimientos de la humanidad.

En aquella época vivía absolutamente aislado en la mansión familiar, en la zona más agreste y exuberante de la selva de Baviera. Tanto mi parentela como todo el servicio había decidido marchar del lugar, por esa razón tuve que emplear a Carl. ¡Pobre diablo!, pensé la primera vez que tropecé con su expresión indescriptible, sus ojos vacíos de sentimiento, sus manos rudas y desproporcionadas. A pesar de la repulsión que el desgraciado causaba decidí convencerlo para que dejara el servicio en las porquerizas de un rico hacendado de Meindanberg para servirme en mis propósitos y poner orden en la gran mansión en la que desde entonces habitaríamos los dos. Solos los dos, en mitad de todas las noches que nos esperaban; solos en el centro de la espiral de terror que se formaría en torno a nosotros.

El lado oscuro de la luna era el que veíamos todas las noches desde mi biblioteca en el torreón principal. Carl dormía en el camastro que el mismo se había fabricado mientras yo leía y leía con avidez para encontrar respuestas, para saber más y más acerca de aquello que me llevaría a ser el primer hombre que lograría vencer un mano a mano con la muerte. Sabía que tenía muchos años por delante todavía para encontrarme de frente su oscura figura y su temible guadaña, pero debía darme prisa si quería dejarlo todo en orden, todo a punto para mi partida en el momento preciso hacia el lugar que yo mismo estaba forjando en la fragua de mi imaginación. Estaba claro que no deseaba seguir viviendo en aquella remota región para cuando llegara el gran acontecimiento, por eso estudiaba de continuo los grandes libros del conocimiento, interpretaba mis propios sueños, invocaba a los seres más temibles del Báratro para que me ayudaran en mi loca búsqueda. Y sé que la región donde vivía se hallaba sumida en una espesa nube de miedo y temor; sabía de buen grado que los habitantes de los diversos pueblos estaban atemorizados, que sospechaban que yo tenía que ver con toda aquella oscuridad, con los bajos instintos que se desataban en muchas familias. Todo era oscuro como mi alma, enloquecida por encontrar, atormentada por el saber insatisfecho.

Algún lector inquieto se preguntará por qué mi sirviente Carl dormía en mi estudio en las noches en que yo estudiaba los saberes ocultos. La razón no era otra que necesitaba defensa en el caso de que se presentara alguna criatura no deseada; alguna de aquellas criaturas extrañas que sólo están en la imaginación de los escritores más imaginativos, de los artistas más soñadores. Yo no podía evitar el sentir temor ante la posibilidad de que se presentara de nuevo una situación como la que había vivido años atrás. Sí, yo mismo, Herbert Vonderhaguen, el hombre más temido de la región, me sentía asustado ante la sola idea de volver a ver cómo aparecía sin previo aviso y en plena oscuridad cualquiera de las temibles criaturas del Averno. ¿Por qué me visitaban? Se preguntarán. Bien, todo tenía relación con los saberes milenarios que yo iba acumulando. Pronto llegaría el día en que el secreto de la ubicación exacta de la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth sería descubierto.

Y entraríamos Carl y yo, y desafiaríamos al guarda con la contraseña que lo eliminaría; caminaríamos por las escarpadas grutas y llegaríamos a la morada de Byleth, el rey de la corte infernal, para presentarle nuestros respetos y nuestra más sincera admiración. Pero, claro está, todo ello sería sólo una engañifa, sólo un medio para introducirnos en su mundo infecto. Y gracias a las fórmulas y los encantamientos que habría descubierto y estudiado, aniquilaría para siempre el temido Infierno. ¡Sí! Herbert Vonderhaguen eliminaría, borraría todo rastro del lugar a dónde sólo los muertos podían llegar. Pero al parecer habían descubierto mis planes. Desde las profundidades de la tierra habían oído mis gritos de triunfo en cada revelación, en cada uno de mis descubrimientos; por eso enviaron a aquel monstruo extraño y maleable que apareció cuando mi estudio sólo estaba iluminado por los débiles rayos de la luna en una noche en que se predecía tormenta.

Apareció de improviso al lado del atril donde están abiertas las páginas de las Clavículas de Salomón, y pasó hoja tras hoja con aquellos dedos artríticos y oscuros como sus ojos. No decía palabra alguna pero su sola presencia infundía un miedo indescriptible, un miedo que nacía de lo más profundo de uno mismo, crecía por la espina dorsal y seguía su infausto recorrido hasta llegar al centro de la garganta, allí donde se forjaban o se ahogaban los gritos de terror. Por mi parte conseguí reprimir todo signo externo de temor, cosa que necesitó de toda mi fuerza de voluntad, de todo mi valor. La presencia de la criatura, cuya altura casi rozaba las vigas del techo, continuaba, y seguía pasando una a una de las páginas de aquel libro llegando a impacientarme de veras. La débil luz de la luna se esfumó y las nubes descargaron una buena tromba de agua sobre mis tierras; y mi habitación, que había quedado completamente a oscuras, se halló de repente iluminada por los ojos de la infernal criatura que pasaba páginas y páginas con una lentitud exasperante.

Pero de pronto habló, aunque sus palabras eran un jeroglífico, totalmente indescifrables pues hablaba la lengua Gywn, la lengua mezcla de todas las lenguas de la tierra, no traducida por ningún humano. Así pues, ¿qué me decía? No sé cómo, pero no tardé en comprender que me alertaba, que me aconsejaba abandonar mis estudios y elucubraciones acerca de la puerta del Averno. Entendí, aún no sé cómo, que si volvía a ser visitado no serían tan amables cómo en aquel momento, y que el temor que sentía inexplicablemente se transformaría en siglos y siglos de terror continuado en mi alma, atormentada para siempre en un túnel de espanto inhumano y cruel.
¿Qué debía hacer? ¿Abandonar tras años y años de estudio; tirar por la borda cada uno de mis descubrimientos? No, nunca: Herbert Vonderhaguen no se rendiría tan fácilmente sólo porque era amenazado; aunque amenazado terriblemente. Tenía que buscar un método infalible, una manera de no ser descubierto por las criaturas de los abismos insondables. Así que seguí con mis estudios, pero omitiendo, eso sí, mi alegría, mi entusiasmo con cada paso que daba en pos del saber infinito.

Lo primero que hice fue tener a Carl conmigo. Aquel patán nunca revelaría nada a nadie porque nada había allí que su escaso intelecto comprendiera. Él y su fuerza bruta y descomunal me servirían en el caso de que cualquiera quisiera atentar contra mí. Doté también de perros fieros las entradas a la mansión y a intervalos dejé sin comida a los prisioneros que tenía en las cámaras subterráneas. Tenía un plan pensando si llegaba el aciago día en que volviera a ser visitado.


2. KLAUS GÖEGEB

Bebo y bebo en la posada de Meindanberg.

Bebo y escribo sin descanso para olvidar de una vez por todas todo lo ocurrido aquel infausto día en que no debería haber despertado. Hubiera deseado que por algún sortilegio de cualquiera de las brujas que habían quemado ese mismo año, no hubiera salido el sol; hubiera preferido ser torturado por la Inquisición. Todo excepto haber vivido aquella terrible experiencia que ha marcado ahora ya para siempre mi existencia. Lamento, eso sí, no poder contar a mis nietos todo lo sucedido, ya que su juventud se vería arrancada de sus raíces. Pero de todos modos lo cuento aquí, y estas hojas serán guardadas en un sobre sellado hasta el día en que cumplan los cuarenta años de edad, fecha en que espero todo sea más claro que ahora, fecha en que espero que toda esta región alcance su verdadera forma tras estos años pasados en que el mal ha cubierto como una nube negra tanto a todos sus habitantes como a su hermoso paisaje.

Vivíamos todos bajo la influencia de la mansión Vonderhaguen. Hasta en las más alejadas cabañas se podía oler la influencia del hechizo del conde Herbert, el ser más perverso y abominable que he conocido jamás. Nadie, ni el peor de los diablos condenados al infierno podría comparársele ni medirse con él en maldad. Ahora bien, he de aclarar que esta percepción, que este conocimiento de la personalidad del conde la tengo ahora. Nadie, en todos aquellos años, podía sentir por él nada más que temor, y nadie por supuesto, se aventuraba a plantearle ni una sola queja en los consejos que se realizaban cada año en la capital. Nadie sabía porqué misteriosa razón el conde interfería en los sentimientos de los demás y los manipulaba a su antojo para provocar admiradores incondicionales de su figura y posición. Pero en el fondo sé que todos sabíamos que nada bueno estaba pasando, que su presencia no era sino una presencia indeseable, digna de la más sincera repulsión. El interior humano, gracias a Dios, está dotado de mecanismos de defensa que nada, ni por más sobrehumano que sea, puede arrebatar.

De todos modos a mi no me sirvió de nada el sospechar de las aviesas intenciones del conde. De nada me sirvió analizar su gesto y sus ademanes. Él se adelantaba siempre. Tenía la capacidad de tender trampas, y nadie era lo suficientemente rápido como para evitarlas. Sus ojos influían en el espíritu de aquel que los contemplaba; y digo contemplaba porque no dejaban en absoluto indiferentes, uno no podía mirarle a los ojos sin más: se quedaba clavado en su profundidad, en su misterioso brillo. Podría decirse que en sus extraños ojos residía su perversa alma.

Y entré al servicio de Herbert Vonderhaguen más por miedo que por verdadera voluntad. Su mirada se clavó en mi y pronto me encontré cocinando para él y para su esclavo. Al cabo de pocos días estaba convencido de que no saldría de aquella mansión jamás. Aquellos siniestros muros se me antojaron gruesos barrotes, y ni tan siquiera mi trabajo me sacaba de mi ensimismamiento, de mi –podría decirlo así- terror contenido. Si, en poco tiempo me vi contagiado por la siniestralidad que se respiraba en aquel tétrico ambiente. Pero no podía huir, no podía de ningún modo despedirme de allí sin tener que enfrentarme a los temibles ojos del conde. Debía permanecer en mi puesto aunque mi alma peligrara, aunque mis manos temblaran cada vez más frecuentemente. ¿Qué extraño poder poseía aquel hombre capaz de transmitir los más repulsivos sentimientos? Sospechaba que las noches que pasaba el conde en el torreón principal eran las mismas en que aullaban los lobos que habitaban en la profundidad del bosque.

Sospechaba que en aquel torreón algo malo se fraguaba, algo que escapaba a la razón humana, pues ya en una ocasión tuve la infausta oportunidad de divisar desde el ventanuco de mi aposento aquello que denominaré una sombra. Se divisaba tenuemente debido a los cortinajes de la biblioteca, pero lo vi, estoy seguro de ello. No es posible que se tratara de una simple visión imaginaria, pues las sensaciones que me provocó aún están vivas en mi.


3. HERBERT Vs KLAUS

El conde Herbert Vonderhaguen arrastró a Carl hacia el pasillo. Su cuerpo inerte presentaba grandes heridas provocadas por quién sabe qué extraño factor. Fue entonces cuando el cocinero, Klaus Göegeb, se acercó renqueante, y el conde, sin mediar palabra, sólo con su particular mirada, le ordenó que retirara de allí el cuerpo del sirviente. Después, se encerró en la biblioteca. Klaus se llevó a Carl cargándolo sobre sus hombros, y la sombra que sus cuerpos proyectaban en las paredes se extendía en formas caprichosas, un tanto irreales.
En el sótano, Klaus contemplaba el rostro quieto y pálido del sirviente, de aquel hombre que tenía los ojos cerrados y un fino hilo de sangre se había detenido en la comisura de sus labios. Podría preguntarse acerca de qué le habría ocurrido, pero era en vano. Su deber entonces era preparar su cuerpo, embalsamarlo como había hecho con otros tantos.

Cuando el sol estaba a punto de salir decidió dirigirse de nuevo a la biblioteca. El conde Herbert desearía tomar su caldo y tal vez se encontrara furioso por su tardanza, por su torpeza, por su negativa... negativa que nunca descubriría. En efecto, Klaus, que no había embalsamado a Carl, había pasado las horas a su lado, contemplando su rostro inerte y blanco que, inexplicablemente despertó. Y despertó de súbito, con un alarido terrible en su boca y chispas de odio en sus ojos, pues no había muerto. Y huyó, huyó del sótano ayudado por Klaus; huyó por entre los bosques para no volver más.
Klaus Göegeb subía pensativo e inquieto las escaleras que conducían a la biblioteca. No sabía qué podía encontrar allí; no sabía si allí le esperaba la muerte. Abrió la puerta y se encontró con el conde Herbert. Éste reía a carcajadas, pero su risa era una risa alienada, y su cuerpo se convulsionaba como si estuviera enfermo. Tras él, una puerta incandescente ofrecía el paso, pero podía intuirse que ahí dentro el mal acechaba.

Y el conde seguía riendo, pues había conseguido atraer la puerta que conducía a la morada de Beelzebuth, la puerta que conducía al lugar que albergaba las más abominables criaturas que existen y existirán jamás. Pero Klaus, el entrometido Klaus, había desvelado antes de tiempo el milenario secreto; habíase entrometido en algo que no le incumbía, algo que iba a ser su perdición.
El conde Herbert Vonderhaguen blandió su puñal directo al corazón de Klaus Göegeb, pero una sombra, una sombra que surgió de la puerta incandescente, se cernió sobre él y lo atrajo a su interior. Klaus, aún presa de terribles temblores en su cuerpo, salió de la mansión y cabalgó veloz hacia la primera posada que encontró en Meindanberg. Allí comenzó a beber.

4. HERBERT VONDERHAGUEN
Envuelto en la tiniebla, bajo el peso estremecedor de una sombra inquietante, Herbert Vonderhaguen repite día tras día: In incerto sum (1).
La sombra ríe y se aleja. Se aleja y vuelve para cernirse de nuevo sobre el desfigurado rostro y el amorfo cuerpo de su última víctima.

5. KLAUS GÖEGEB
La sombra de la jarra de cerveza se alarga y se contrae sobre la mesa en la que está sentado Kaus Göegeb. Un Klaus Göegeb de pelo ahora cano que repite una y otra vez: Deo gratias.(2)
 
by Marta Abelló


Notas:
(1)Estoy en la incertidumbre.
(2)Gracias a Dios

La última carta

Relato publicado en 1995, revista El Tot.




LA ÚLTIMA CARTA

Supongamos que me decidiera a permanecer una temporada contigo. Tú lo encontrarías descabellado, seguro. A fin de cuentas, creo conocerte bastante bien. Aunque nunca he llegado a comprender esa obsesión tuya por no dejarte seducir por ideas ajenas, por mucho que éstas te agraden o por intrascendentes que éstas sean. Siempre has querido establecer unos límites muy precisos a tus experiencias, y con el paso del tiempo y la seguridad que con éste vamos adquiriendo de nosotros mismos, paradójicamente, tú has ido estrechando estos límites hasta convertirte en prisionera de ti misma. Tú lo sabes y ésta idea te desespera, pero no lo reconoces. Te lo negarás a ti misma mil veces, y atribuirás tus tribulaciones a cualquier problema pasajero sin importancia. Pero cada vez que abres los ojos y miras a tu alrededor, comprendes cuán atada estás a ti misma y lo poco que has vivido y lo rápido que pasa el tiempo.

Pobre Mario, seguro que él no sabía lo que le esperaba cuando te conoció. No podía ni imaginar tu forma absurda de comportarte con él, tus continuos reproches y falta de comprensión, y eso que según tú, sólo pretendías poner una cierta barrera entre su atrayente personalidad y tus reticencias particulares.
Sé que a ésta altura de tu vida te preguntarás porqué quiero quedarme, porqué querer estar contigo ahora que dices no necesitar a nadie. Ni tan sólo yo sé la respuesta; últimamente me comporto irracionalmente, siguiendo la senda de mis primeros impulsos sin pensar nada más. No mido las consecuencias de mis actos y esto, tal vez, pueda acarrearme algún problema, pero, ¿y qué? ¿No son, acaso, mucho más importantes que los tuyos?
No, no nos pongamos límites ahora a nosotros también. Vendré pronto y hablaremos. Confiemos en nuestra vieja amistad. Además, creo que hay oportunidades en la vida que uno no debería dejar pasar, y tú y yo estamos predestinados a volvernos a encontrar, lo quieras o no.

Podría ser que hoy, a pesar del mal tiempo, intuyeras mi carta. ¿Acaso lo ves improbable? No tiene nada de malo que yo vaticine tus pensamientos, después de todo compartimos mucho más que una simple amistad, y ahora no puedes negarte a recibirme como si nada hubiera ocurrido. Debiste pensar antes lo que estabas haciendo, en que barrizal te estabas metiendo. Porque estar conmigo es adentrarse en el más espeso de los lodos; es imbuirse en el más profundo de los pantanos, en las más cenagosas arenas movedizas, esas que atraen y ahogan lentamente, segundo a segundo, hasta cubrir por completo la vida de la pobre víctima que se les ha acercado, atraída.
Supongo que deberías hacer un esfuerzo y tratar de leerme con más atención. Sé que ahora estarás distraída sosteniendo entre tus manos este papel, mirando por la ventana, dispersando tus ideas sin centrarte en ningún pensamiento concreto. Deberías sorprenderme y leerme de seguido como si yo fuera lo único que te importa de verdad. Yo o mi carta, puedes elegir. Y aunque la segunda sea parte de mí, en cierta manera puedes ponerle un coto y aislarla dándole el sentido que le quieras dar. Pero no te alejes de mí; no quiero que tus pensamientos divaguen en exceso llegando a un punto tan lejano que se olviden de mi existencia. Nunca deberías haberme despedido, haberme echado de tu casa de aquella manera, porque ese es un error que puedes pagar muy caro, ¿lo sabías?
Los errores se pagan caros porque es la única manera de aprender a no volver a cometerlos. Y tu error fue dejarme abandonado a la deriva de mi desbaratada personalidad. Tu equivocación fue desamparar mi atormentado corazón con tus gritos y tus recriminaciones. Pude aguantarlo en aquel momento en que cogía una bolsa de viaje y la llenaba con las pocas cosas que tenía en tu casa. Era horrible oír tus gritos detrás de mí y no poder decirte que te estabas equivocando conmigo; la tristeza me oprimía la garganta y no pude articular palabra. Pero ahora he tenido suficiente tiempo para recapacitar, para poder pensar en todo aquello que quise decirte y no me atreví. Ahora atiéndeme: has de decidir definitivamente. Yo o mi ausencia. Y espero que elijas la primera opción, porque ahora Mario no puede interponerse entre nosotros, no puede influir en tu decisión.
Ahora sólo quedan dos alternativas. Una es la que te devolverá la vida, la ilusión que mi devoción puede proporcionarte; la otra es el ocaso en el que culminarán todas nuestras noches juntos. Pero el asunto no quedará ahí si eliges esta segunda opción. No estoy dispuesto a renunciar tan fácilmente, y pienso luchar por lo que considero mío.
Sí, pienso volver a verte, pero creo que quizás deba aplazar la inmediatez que requiere mi impulso pues podría ser arriesgado; tal vez deba dejar pasar más tiempo, al menos hasta que sepa que la policía ha retirado la vigilancia alrededor de tu casa. Parece que están protegiéndote. ¿De mí? ¿Es de mí de quien quieres defenderte?
Esa idea no me gusta nada. Más bien me pone furioso y enerva mi carácter irascible, febril. No deseo que haya ningún tipo de muro entre nosotros, y menos aún ese muro infranqueable que ofrece la fuerza pública. No quiero enfrentarme a ellos. No quiero que estén rodeando tu casa flanqueando tu valla con esos perros terribles.

De veras que mi vida ha cambiado mucho desde que te conocí y sigo creyendo firmemente que deberíamos estar juntos y no volvernos a separar jamás; bajo ningún concepto. Juntos otra vez hasta que la muerte nos separe.
Pero antes de ir a verte he de acabar esta carta y con ella abolir muchos malos recuerdos que me agobian hasta lo indecible. Tuviste parte de culpa en ellos, lo sabes perfectamente, y por eso tratas de alejarte cada vez más. Odio tu manera de pensar en cuanto a mí. ¿Tú me querías, no es cierto? Y no creo que todo fuera falso, pues nunca nadie pudo manipular mis sentimientos de tal forma que ni yo mismo pudiera darme cuenta del daño que se me estaba causando.

Y cuando vuelva, volveremos a ser los de antes, aunque te niegues y me cierres la puerta. Aunque grites y supliques que te deje en paz. Ni siquiera podrás avisar a la policía porque ya hará días que habrán abandonado la vigilancia de tu casa y yo habré cortado los cables telefónicos. No tendrás escapatoria. El bosque de pinos que rodea tu casa será perfecto para la noche en que yo llegue. Sólo la luna en lo más alto de las montañas iluminará el camino, y nadie, absolutamente nadie, se dará cuenta de mi llegada. Sólo el susurro del viento entre el follaje será testigo de ello. Caminaré pisando las hojas muertas observando las madrigueras que construimos el año pasado para las ardillas. Tan felices los dos...
Y Mario tan ingenuo en cuanto a tu fidelidad. Confiaba en ti, pero le traicionaste. Lo mejor de todo fue cuando nos deshicimos de él. No me puedes negar que la idea fue tuya. -¡Todo sería tan fácil si Mario no existiera! -decías una y otra vez. Y lo hicimos, no lo olvides jamás. Lo hicimos juntos. Tú le preparaste aquel té con un poderoso somnífero mientras yo traía su coche hasta el porche. Lo sentamos allí, y conduje hasta una de las curvas de la montaña mientras tú esperabas impaciente en casa. Salí del coche, le coloqué a él en el asiento del conductor y empujé para que el vehículo saliera de la carretera y entrara en el reducido arcén que la separaba del abismo. No tuve que hacer mucha fuerza para que se precipitara hacia abajo, rodando sobre sí mismo una y otra vez, hasta que paró de dar vueltas y se detuvo entre dos grandes rocas. Quedó totalmente destrozado.
Te lo conté en cuanto volví de nuevo a la casa. Y tú, aunque trates de eludir la verdad, te alegraste de su muerte.

Pero a pesar de todo lo que hice por ti me abandonaste dejándome naufragar en este mar de contradicciones que soy ahora. Me han diagnosticado neurosis obsesiva, y tengo una marcada tendencia hacia las perversiones. He estudiado bien mi enfermedad y puedo decirte que mi frustración parte de la insatisfacción, la que tú me proporcionas descaradamente. El neurótico, se halla ligado a un determinado período de su vida pasada durante el cual se sentía feliz. Se limita regularmente a evitar el contacto con la realidad y protegerse de cualquier encuentro con ella. Desea cambiar esa realidad, para sustituirla por otra más conforme a sus deseos.

Ésta será mi última carta, y pretendo decirte que me esperes, pues pronto estaré ahí. No sé la hora, ni el día, ni en que preciso momento llegaré, pero será muy pronto, y espero que me recibas con una sonrisa. De esa manera sería capaz de olvidar la terrible tortura que te había preparado por haberme traicionado. Con este final confío avisarte de lo que te espera si no me tratas amablemente, si no me recibes como merezco. Has de saber que todo tiene solución: tus miedos, mi mal carácter, todo. Todo menos la muerte.

Pasado

Relato publicado en el nº2 de la revista literaria de Santiago de Chile Absenta (septiembre, 2009)




PASADO

Él vuelve a casa y deja las llaves al lado del teléfono. La puerta se ha cerrado detrás de él impulsada por la corriente que circula por la escalera del edificio. Hoy hace mucho viento y tiene un fuerte dolor de cabeza. Acaba de darse cuenta de que aún carga con la maleta y la arroja con cierto desdén sobre el sofá del salón.
Todavía están los mismos horribles cuadros y las estanterías polvorientas con raras esculturas chinas. Siempre las detestó, pero formaban parte de ella, tanto como las alfombras y los muebles antiguos. Nunca acabó de gustarle su forma de decorar la casa; tampoco que tuviera esa manía de ordenar en fila las botellas de perfume del cuarto de baño. Pero de todas formas la ama, por eso ha vuelto. Y aunque han pasado dos años está seguro de que ella le espera, impaciente, enfadada tal vez, pero ansiosa por volver a sentirlo en sus brazos.

No sabe si sorprenderla preparando la cena o invitándola a cenar fuera. En el frigorífico hay suficiente comida para los dos; también hay vino y un pedazo de pastel. -Prepararé algo, quiero que recuerde mis cenas improvisadas.
Mira su reloj y ve que es pronto, no son más que las siete, así que esperará un par de horas. Vuelve al salón y desde allí mira hacia el fondo del pasillo: ahí. Ahí es donde espera dormir esta noche. No cree que ella le ponga ninguna traba. Y si lo hace, esperará a mañana. Comprenderá que su repentina llegada le ha trastocado un poco las costumbres.
Y la cama ya no es la misma que compartieron, tampoco el armario de espejos. Seguramente quiso borrar los recuerdos, pero estos siempre flotan como molestos insectos en el aire y nunca acaban de marcharse por completo. Ella lo sabe, está seguro; sabe que algún día tenía que volver. Y ese día es hoy, precisamente hoy que hace dos años desde que se fue dejándola de pie con sus lágrimas, atormentándose con sus propias súplicas. Estaba enamorada de él, por eso sabe que lo recibirá bien. Sus sentimientos seguirán intactos porque eran verdaderos, no importa el tiempo ni la distancia, tampoco otras personas. Importan ellos dos y el ahora.
Se tumba en el sofá y con el mando a distancia conecta la cadena de música: las notas firmes e impacientes de Beethoven van oscilando por el salón hasta hacerle dormir. Ha hecho un largo viaje hasta allí y cansado, entre sueños inverosímiles, piensa la posibilidad de que ella vuelva antes de las nueve. ¿Y si viene acompañada? No, no creo. Nunca me haría esto. ¿Y por qué no? ¿Acaso no ha podido rehacer su vida? Tal vez sea mejor que me vaya, que me aleje rápido de aquí.

Nervioso por esos pensamientos, se desvela completamente y se levanta del lugar donde dijo que se marchaba, que estaba cansado de vivir siempre con la misma persona y hacer siempre las mismas cosas. Le dijo que se marchaba porque quería experiencias, aventuras sorprendentes. Quería cosas que ella no le podía dar, o que él no quería que ella se esforzara en dar. En definitiva, le dijo que no la amaba lo suficiente. Que otro hombre ocuparía su lugar. Pronto. Seguro. Le dijo que era estupenda y que se merecía algo mejor. Le dijo que se marchaba mañana mismo y que no tratara de retenerle, que sus lágrimas no servirían de nada, que la decisión estaba tomada de hacía ya tiempo. Ella no abrió la boca ni un solo instante, lo recordaba perfectamente. Ni una sola palabra se escapó de sus labios, bien apretados para sostener el llanto. Lo único que hizo fue quedarse allí sentada mirando fijamente no sabía bien qué.

La puerta se abre y un tintineo de llaves se deja oír en el vestíbulo. Él, de pie sobre la alfombra, se queda de piedra al verla tan diferente, con otro peinado, otra expresión cansada en el rostro. Ella se sorprende al encontrar a alguien en su apartamento y sale deprisa, con el corazón apresurado en su pecho. Corre a pedir ayuda a algún vecino. Quiere avisar a la policía, a quien sea, ya que en su casa hay un hombre, alguien que la asusta. Alguien que la ha mirado con ojos expectantes, suplicantes, ligeramente húmedos. Mientras baja las escaleras hacia el piso inferior recuerda que le ha parecido ver que aquel hombre tenía los brazos extendidos hacia ella, en lo que parecía la espera de un abrazo de reencuentro.

Más tarde, desde su balcón, puede verlo con los agentes. Está maniatado, vencido, y aunque la distancia es considerable entre ellos dos, un lazo invisible, un lazo que ella no comprende, se extiende en el aire y les une las miradas.
Los ojos del hombre aún suplicantes bajan la guardia y se hunden en sí mismos cuando le hacen entrar en el furgón policial. Ella trata de despegarse esos ojos, esa mirada, de sus propios ojos, de su propia mirada, pero le es imposible y por la noche cuando ningún ruido molesta su sueño, recuerda. Y sabe que si se hubiera fundido en el abrazo que le había ofrecido aquel hombre, hubiera vuelto un pasado que había olvidado por completo.

Caronte

Este es uno de mis primeros relatos de terror, al igual que El Necronomicón. Influencias de Poe en 1994.

Publicado en el fanzine H-Horror (julio, 2009)

Ejemplares a la venta aquí.

(fue publicado también en la revista El Tot en 1995 y en la revista Impactes, 1999)







CARONTE


Un buen día de Noviembre decidí visitar los lechos de muerte de mis amos. Habían transcurrido diez años desde sus repentinos fallecimientos y sentí el impulso de llevar unas flores a la señora y tal vez, porqué no, algún presente al señor. He de explicar que el panteón de la familia Hanlon se hallaba bajo su gran mansión, y se accedía a él por las escaleras situadas en un extremo del bello jardín antaño tan primorosamente cuidado por mí. Ahora las hermosas orquídeas y también mis excelentes plantaciones de rosales aparecían totalmente arruinadas. El césped había muerto en muchas zonas, y cientos de malas hierbas crecían sin control olvidando por completo el sentido del orden y del decoro.

La verja se hallaba abierta cuando quise entrar. Quizás alguien esperaba mi visita, quizás deseaban mi visita. Cerré aquella cancela llena de herrumbre con la mano libre. En la mano derecha llevaba el ramo para la tumba de mi señora; en el bolsillo izquierdo del pantalón, una herradura del viejo caballo del señor, su compañero de aventuras. La verdad es que aquella herradura se convirtió en mi amuleto de la suerte desde que el señor me la regaló, pero ahora ya no significaba nada para mí y quise devolvérsela con el mayor de mis respetos.
Las escaleras que conducían al panteón estaban resbaladizas y cubiertas de musgo.

Descendí los quince escalones y me topé con la puerta de roble que separaba el mundo de los vivos del mundo desierto y vacío de los que ya no están aquí. En la madera de la puerta aparecieron escritas unas letras de color escarlata. Primero una R, luego una O, luego una T... Letras escarlatas que aparecían en la puerta de roble sin ningún sentido para mí. Entonces fue cuando volví alarmado la cabeza hacia un lado, pues una respiración se hizo patente a mi izquierda y después de unos segundos desapareció. Cuando volví a fijar la vista de nuevo en la puerta de roble comprobé que las letras se habían unido formando una frase. Una pequeña frase de color escarlata oscuro:

¡No entres aquí!, decían las letras unidas, onduladas en curvas de terror.

Respiré hondo y pasé. Sólo quería dejar unas flores y una simple herradura en las tumbas de mis antiguos amos. Dejaría allí mis regalos, quizás haría algunas oraciones y después marcharía por dónde había venido. Sólo eso. Las palabras de la puerta tratando de intimidarme no hicieron sino reforzar el deseo de visitar a los Hanlon en su actual morada. El panteón estaba iluminado débilmente por unos pequeños ventanucos en el techo que daban justo al jardín, y varios débiles y oblicuos rayos de sol me indicaban el camino a seguir. Un intenso olor a humedad llegó hasta mí mientras me acercaba a las lujosas lápidas que decoraban imponentes aquel tenebroso lugar.

OLIVER A. HANLON
ROSE MARIE HANLON
R.I.P
"El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna,
y yo le resucitaré el último día."
(Jn, 6)

Ví los nombres de los señores y arrodillándome deposité mis humildes ofrendas. Después, recuerdo que oré durante unos minutos. Al ponerme en pie vi una enorme puerta al fondo; ni siquiera me había dado cuenta de que estaba allí. En mi camino fui encontrando más lápidas y hermosas tumbas con profusión de nombres de miembros de la familia Hanlon, pero no me detuve ante ellas; me dirigía raudo hacia aquella puerta que tanta atracción parecía tener sobre mi persona. Cuando la tuve a menos de un metro se abrió y seguí caminando hacia el interior. Las escaleras que tuve que usar parecían descender hacia lo más profundo de la tierra. En recodos de la pared habían colocado velas para iluminar mi angosto camino. Aquellos peldaños se retorcían sobre sí mismos y faltó poco para marearme. Sólo me sentía aliviado por no tener que bajar en la oscuridad.
Al término del descenso siguió una cuesta empinada. En lo alto se extendía una explanada repleta de vegetación. ­¡Qué lugar tan extraño! , pensé abriéndome paso entre unos arbustos secos que se me clavaron en los brazos al pasar. Vi un río que atravesaba aquella vegetación. Un río de aguas mansas, aunque a mi parecer, en algunas partes parecían cenagosas. ¿O se trataba de mi imaginación?

Me aproximé al agua y sentí un intenso calor, unas intensas ganas de sumergirme en ella. ¿Será peligroso? -No.- me dijo una voz interior. -Puede ser agradable un baño en esta cálida linfa.
Decidí despojarme de mis ropas y nadar un rato. Tal y como había previsto, el agua estaba tibia, a la temperatura ideal. Me sumergí varias veces y me propuse nadar hasta la otra orilla.
La distancia era mayor de la que había imaginado, y en la mitad del trayecto creí que me ahogaba. Con esfuerzo logré alcanzar la otra ribera, exhausto, casi sin respiración. Me estiré en la hierba fresca y traté de serenarme. Pasados unos minutos quise ver dónde estaba, y cuál fue mi decepción al encontrar que a unos dos metros paralelos a la orilla sólo había pared de roca que se extendía recta, sin ninguna cueva en su interior o alguna salida lo suficientemente grande para mí. Así que caminé aproximadamente un kilómetro a mi derecha y me encontré con que terminaba la tierra que pisaba dejando paso a un pequeño afluente del río. Unos cincuenta metros más allá continuaba el suelo firme. Volví al lugar a dónde llegué nadando y caminé el mismo trecho que antes, para encontrarme lo mismo que la vez anterior. La única solución para salir de allí era volver a cruzar el río a nado y regresar por dónde había entrado. Dormité un poco recostado contra aquella pared de roca sin que ningún sonido turbase mi sueño.

Ya un poco más descansado, me preparé para volver a la otra orilla, pero que desagradable sorpresa fue el poner un pie en el agua. ¡Estaba prácticamente hirviendo!
-Estoy atrapado.- pensé. La única esperanza era que bajase la temperatura del agua. Pero, ¿y si estando una vez dentro volvía a subir? Me escaldaría vivo en aquel río de aguas mansas y oscuras; moriría en aquella corriente subterránea que estaba en ebullición como las calderas del propio infierno. ¿Por qué hervía el agua? ¿Dónde me hallaba? Aquellas aguas tranquilas se fueron moviendo en lentas ondas; se acercaba una pequeña barca que venía directa hacia mí. Vi que estaba conducida por un hombre, y éste mismo fue quien pronuncio las siguientes palabras:
-Mi nombre es Caronte.¿Quieres pasar a la otra orilla?
­¡Sí! -respondí aliviado.-Si, por favor.
-Entonces tendrás que darme algo a cambio. -me dijo el barquero con voz grave y cavernosa.
-Mis ropas y mi dinero están en el otro lado. -le expliqué. -Cuando lleguemos allí podré pagarte.
-No. -negó rotundo él. -Cobro por adelantado. Son mis normas.
Contrariado le supliqué repetidas veces que comprendiera mi desesperada situación, pero no hubo forma de convencerlo hasta pasado un buen rato.

Aquel barquero llamado Caronte era en verdad un ser repulsivo. Tuve que dar gracias porque la penumbra no me permitió contemplarlo en toda su fealdad. Aún así, pude ver que tenía el pelo largo hasta la cintura, en parte recogido en trenzas, grasiento y lleno de algo -nunca sabré qué exactamente- que se movía poco a poco emitiendo pequeños crujidos. El rostro, aunque no lo pude distinguir claramente, estaba surcado por una gran cicatriz y se le veían algo así como cuatro -quizás más- verrugas en la nariz. Las manos eran peludas hasta la saciedad y andaba cubierto por una túnica escarlata que en la parte inferior estaba hecha jirones.
Por unos momentos, Caronte pareció pensar, meditar algo, hasta que dijo:
- De acuerdo. Sube a la barca.
-¿En serio? ¡No sabe cuánto se lo agradezco, señor! -exclamé. -En cuanto lleguemos le daré todo el dinero que lleve.¡Se lo prometo! -añadí.
Dijo algo en voz baja, algo que no entendí, pero no me importaba. Por fin lograría pasar a la otra orilla y volver a casa. Calculé que en el exterior debía estar anocheciendo y seguro que mi esposa me esperaría impaciente. Probablemente mi llegada sería recibida con una suculenta cena. ¡Dios! ¡Cuánto deseaba salir de allí! Cada vez que Caronte remaba para dar impulso a la barca me parecía una eternidad. Yo le miraba con impaciencia pero él seguía remando lentamente, muy lentamente. Parecía que conociera mi impaciencia por largarme de allí y se burlara de ella haciéndome esperar hasta lo indecible.
Cuando llegamos a la otra orilla vi en una enorme roca una inscripción en letras escarlatas; el mismo tipo de letras que encontré en la puerta de entrada al panteón:

RIO AQUERONTE

Cogí mis ropas esparcidas, me vestí y calcé y busqué en mi cartera para sacar unos billetes. Al entregárselos negó con la cabeza y le miré extrañado.
-El precio ha subido.-me dijo.-Ha subido mucho.
-¿Cuánto?
-El precio a mi gran amabilidad es tu alma. Ya no quiero monedas.¡Quiero tu alma!
Dí un paso atrás espantado. No podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero señor Corote... no comprendo...-dije confundiendo su nombre.
-Me llamo Caronte, desgraciado.­¡SOY CARONTE! -gritó- ­¡TRANSPORTO A LOS MUERTOS DE UNA ORILLA A LA OTRA!

­¡Yo no estoy muerto! -repliqué.
-Lo estarás. Tarde o temprano lo estarás. Y entonces tu alma me pertenecerá. Será toda mía. ¡Ja,ja,ja! Pertenecerás entonces a los más terribles infiernos donde vivo y te escaldarás cada día en las calderas que remueven los querubines de Lucifer. Estarás condenado a deambular por entre las grutas más oscuras repletas de crueles alimañas que se te abalanzaran sin piedad y te harán gritar. Y tu lamento se oirá por todo el Erebo sobrevolando éste río que describe nueve círculos en torno a la morada del Supremo.

Nunca estuve tan asustado como entonces. Mientras el barquero se reía, corrí tanto como mis piernas me permitieron, resbalando por la empinada cuesta, ahora terrible bajada, hasta alcanzar la escalera de caracol.
Subí lo más rápido posible y llegué a la gran puerta que me había conducido a aquel lugar tan espantoso, digno de una pesadilla. El panteón de los Hanlon lo atravesé como un rayo, pero en mi carrera tropecé con algo y caí de bruces. Al tratar de levantarme vi una calavera que me miraba sonriente; reía ¡Ja,ja,ja! con la risa cavernosa de Caronte.
Pude al fin alcanzar la salida y casi trepé por las escaleras que llevaban al jardín. Marché de la residencia cuando la luna despuntaba en lo alto en cuarto menguante.
Había permanecido allí un día entero.

Al llegar a casa y contar lo sucedido, mi esposa no me creyó. Ninguno de mis amigos me creyó tampoco, atribuyendo aquella experiencia a mi desbordada imaginación. Pero yo estoy completamente convencido de lo que me dijo aquel barquero de nombre Caronte; aquel remero del río Aqueronte: Cuando muera, mi alma le pertenecerá; por esa razón trabajo día y noche para hallar una solución. Estudio en mi laboratorio tratando de lograr una receta que no me permita caer en sus redes. Trato de hallar la inmortalidad. Si no lo logro tal vez me sucedan cosas horribles, pero si lo consigo... ¿Quién sabe lo que puede pasar?


Marta Abelló