Guantes para el frío




GUANTES PARA EL FRÍO.

Vi dos guantes, uno para cada mano; y aunque sólo una de ellas le funcionaba correctamente, nunca olvidaba hacer sentir a la otra que todavía podía servir para algo. Eran dos guantes de terciopelo negro con el puño ribeteado en piel, también negra. Eran flexibles y agradables al tacto.

Caminando por la acera derecha de una de las calles menos transitadas de Londres, una silueta oscura se recortaba entre la espesa niebla. Sus manos enguantadas estaban dentro de los bolsillos del grueso abrigo, largo, negro, impecable, de corte perfecto. El sombrero le oscurecía casi todo el rostro, y podía casi adivinarse un cutis pálido, joven, sin apenas barba.
Deseé poder verle los ojos, poder conocerle mejor a través de su mirada, pero no fue posible.
A pesar del frío, sus pasos eran lentos, y parecía no tener ninguna prisa. Seguramente nadie le esperaba ni él acudía tampoco a ninguna cita. Yo, en su lugar, hubiera entrado lo más pronto posible en un cálido pub donde tomar un té caliente. Los relojes daban las cinco en la ciudad. El té de las cinco.
Muchas damas se reunían a esa hora en sus confortables salones. Recibían a sus amigas o a sus amantes; a veces eran sus propios maridos los que acudían a tomar el té si el trabajo no les había entretenido demasiado.

Él seguía caminando hundido en la niebla, cabizbajo, con una leve sonrisa asomando a su rostro. En sentido contrario se acercaba una joven que andaba muy apresurada. Él la detuvo.
-Por favor, ¿Carlton Street?
-No sabría decirle, señor. No llevo muchos días en la ciudad.
Iba a añadir algo más pero una mano enguantada se lo impidió.
Él la apretó contra su pecho fundiéndola en un fuerte abrazo que nada tenía de pasional.

Dos horas después, en un sórdido apartamento donde no entraba ningún tipo de luz, una mujer joven trataba de desatarse de una silla que cojeaba de una pata.
El hombre que la había llevado hasta allí estaba sentado a los pies de la cama. No tenía ningún tipo de ropa que le cubriera, tan sólo unos guantes negros impedían ver sus manos.
Pude ver cómo se las frotaba, cómo sonreía ampliamente. Entonces, contemplé perfectamente su rostro, que como había visto horas antes, era joven, de piel muy fina, casi transparente. Tenía los ojos bastante separados, y las cejas, que eran rubias como su pelo, casi imperceptibles. No debía sobrepasar los cuarenta años.
Ella se agitaba tratando de deshacer sus ligaduras. Él seguía sentado, sin ropa, frotándose las manos y sonriendo. Ella gritó; vi cómo su boca se abría y un potente chorro de voz se escapó de su garganta.
La noche era incipiente y ninguna de las farolas de la estrecha calle iluminaba el apartamento; la lámpara del techo irradiaba más luz de la habitual. La franja blanca mezclada con las partículas de polvo que flotaban dentro, se derramaba en el suelo de la habitación formando regueros de luminosidad que se unían una vez llegaban a los pies desnudos de él, que había dejado de frotarse las manos porque ya no tenía frío. Sus dedos habían entrado ya en calor; ahora, ahora podría hacerlos funcionar. Movió rítmicamente los de la mano derecha como si tecleara en el aire un piano y comprobó que estaba en forma. Después, apretó el puño, tan fuertemente que sintió cómo se clavaban sus uñas en la palma de la mano; y volvió a sonreír, siendo su gesto tan desagradable que provocó un nuevo y fuerte grito en la chica.
Al lado del hombre había varios manuscritos cuyos títulos fue repasando lentamente.
-Son mis novelas, chica. Novelas que escribí hace mucho tiempo.
Ella no hizo sino volver a quejarse, moverse de un lado a otro tratando de que la cuerda que la aprisionaba se aflojara. No valía la pena gritar de nuevo porque él le había dicho que nadie vivía en ese edificio y su voz no sería sino llevada por el gélido aire que de tanto en tanto entraba por la ventana. Ella le creía cuando él le explicaba eso. No gritó, pero la vi llorar, con un llanto que no he visto jamás en rostro alguno.
Él se levantó y le mostró una de sus obras cuyo título era Guantes para el frío.
-¿Sabes por qué la titulé así?
Ella no respondió nada, sólo lloraba y pedía en su interior que él no se le acercara más.
-¿Sabes por qué? -volvió a preguntar, impaciente por recibir alguna respuesta.
-No. -fue lo único que ella acertó a decir, sin apenas voz y entre sollozos.
-Bien, yo te lo diré.


En un oscuro y solitario apartamento del edificio más oculto por la niebla, un hombre escribía bajo la tenue luz de un flexo. La pluma que sostenía su mano derecha se detuvo por unos instantes y reposó sobre la mesa. Había escrito la palabra fin al pie del último párrafo de todas aquellas hojas. Había acabado otra historia, y ahora debía darla a conocer a otra chica. Esa tarde saldría a pasear por el puente y se llevaría a su apartamento a quien mejor le pareciera.
Le vi impaciente por rodear con sus brazos a una nueva oyente; impaciente por explicarle el porqué del nuevo título que se le había ocurrido; impaciente por que le contemplara desnudo frotándose las manos con aquellos guantes nuevos que se había comprado. Los últimos habían quedado inservibles.



Imagen: Óleo de Gabriel González Ledesma.

8 comentarios:

Javier Pellicer dijo...

En mi blog te espera un reconocimiento. Creo que ya lo has recibido en tu otro blog, así que te lo mando a éste para no repetir.

Un abrazo!!

Martikka dijo...

Muchas gracias, Javier!

Rosa dijo...

Este Blog, no lo conocía. No estoy muy segura, pero creo que nó.
De nuevo felicitarte por el Blog... es una "pasada" que dirían mis hijas. El rlat extraordinario.

Besos

TitoCarlos dijo...

Los de el Tot se habrán quedado paralizados.
Muy buen relato.

^^Reborn_Of_Darkness^^ dijo...

hay esos tes de londres...
la hora para sacarles el cuero a los amigos y finjir q todo esta bien...

seguire leyendo me quede cuando la joven esta atada a la silla tratando de desatarse...

Martikka dijo...

Gracias Rosa, me alegro de que haya gustado.

Tito Carlos, paralizados, no sé...:)

Reborn, espero que te guste el final cuando lo retomes. ¡Un saludo!

Lola Mariné dijo...

¡Vaya! Los escritores semos peligrosos, jajaja....

Muy buen relato, Martikka.

Anónimo dijo...
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