Dos copas de vino

Relato publicado en el blog Tallando Lápiz (14-4-09) y en la revista El Tot (1995)






DOS COPAS DE VINO


El vino se inclinaba en la copa cuando ella la llevaba a sus labios recién pintados; saboreaba la calidez de la boca y se deslizaba garganta abajo en un descenso prolongado, tibio. La copa entonces vacía descansó en la mesa, ataviada con mantel blanco y cubertería de plata.
¿Qué hora era? El reloj de pared decía las diez, pero para la mujer que estaba sentada a la mesa parecía ser muy tarde en la madrugada. El cansancio, la pena y el hastío la llenaban, y volvía a llenar su copa de vino para intentar detener el tiempo en los destellos del cristal bañado por la intensa luz de la lámpara del techo. Le molestaba el resplandor, por eso encendió unas velas y se quedó así, con aquel tímido halo de claridad, esperando de nuevo.

Podía oir cada crujido de la casa, cada uno de los ratones que se movían en el sótano, cada golpear de las ramas en las ventanas. Podía sentir su corazón latiendo nervioso, cada temblor de su piel, cada uno de los miedos que presentía e imaginaba. Podía oler la cena en el horno, seguramente enfriándose; oler el afrutado aroma que despedía el vino que bebía, la fragancia del perfume que ese día estrenaba. Podía tocar la fina superfície de la copa que se llevaba una y otra vez a los labios, manchando el borde del poco carmín que le quedaba. Podía tocar aquel mantel bordado a mano que sólo ponía en ocasiones especiales; tocar sus lágrimas con sus dedos, detenerlas y saborearlas después en un gesto vano y extraño.
Su perro dormitaba en el sofá, cálidamente flanqueado por dos grandes cojines que casi lo ocultaban de la vista de cualquiera. ¿Qué clase de sueños ocuparían su noche? ¿Serían sueños tranquilos o sueños nerviosos como los que tenía ella últimamente? No podía pensar con claridad. No podía ponerse en el lugar de nadie. Estaba tan sola, o se sentía tan sola que el mero hecho de la simpatía, de la conexión con otros sentimientos la alejaba demasiado de sí misma, y eso la asustaba. Volvió a llenar su copa. Pronto debería ir a por otra botella si quería que todo estuviera a punto para cuando él llegara. Tal vez se había retrasado el vuelo, o tal vez llegara de un momento a otro, cuando menos lo esperara. Su peinado... Fue al baño y delante del espejo se retocó el flequillo, los rizos que le adornaban la cara; quizás debiera maquillarse un poco más... El rimmel ennegrecía sus pestañas cuando le pareció oir la llave en la cerradura. Con el corazón hecho un nudo enderezó la espalda que había inclinado para verse mejor y guardó su neceser en el armario para apresurarse hacia la entrada.
Nada. Sólo había sido su imaginación. Volvió a la elegante mesa y volvió a llenar su copa en un gesto tan usado que hasta le cansó el repetirlo. Empezaba a sentirse mareada; la verdad era que no había comido nada desde bien pronto en la mañana. Recordaba que había ido al gimnasio y había batido su propio record de abdominales; había hecho la compra y a partir de entonces todo estuvo dirigido a aquella cena, a aquella cita que tanto ansiaba. Encadenada a la copa bebía y bebía, comenzaba otra botella y volvía a beber mientras el tiempo recorría su camino en línea recta, sin detenerse un instante para complacerla. Comenzaba a dudar de que vendría, de que alegraría aquella sala oscura, aquellas manos dormidas agarradas a aquella copa de vino. Llegaron las once y las doce. A la una entró en la cama, perdida entre los sollozos que le provocaban la pena y el alcohol.


El vino se inclinaba en la copa cuando él la llevaba a sus labios gruesos, sensuales; saboreaba la calidez de la boca y se deslizaba garganta abajo en un descenso prolongado, tibio. La copa entonces vacía descansó en la mesa, una mesa para dos en un restaurante lleno a rebosar de comensales que llenaban con sus charlas el local de decoración ostentosa. Los gestos de sus manos eran pausados y amables; a veces, casi sin darse cuenta, rozaban las manos de la mujer que se sentaba enfrente, bella y lánguida. Él casi acariciaba su copa cuando volvía a llevársela a los labios. Su infidelidad le excitaba los ánimos, le exaltaba el interior, le producía un intenso gozo mezclado con el nerviosismo propio de quien transgrede las normas, los preceptos del matrimonio.
Un violinista liberaba de su instrumento notas bellas y sugerentes, sumamente placenteras, mientras los camareros parecían danzar en torno a las mesas, sirviendo platos y fuentes repletas de exquisitas formas y olores. Todo era bello, susceptible de guardar en la memoria para siempre, tal y como guardan las aves el recuerdo de su primer vuelo, su primer contacto con el aire fresco de la mañana. Todo era allí y ahora, sin importar nada más. Su copa de vino se vaciaba una y otra vez con la ligereza propia de lo que se considera a sí mismo parte integrante e integrada. El sutil reflejo de los colores en el cristal se podía mezclar con el brillo de su mirada feliz, con un trasfondo, eso sí, de remordimiento, de inquietud por lo que a su mujer refería. Pero qué importaba ahora... Levantó su copa y bebió del vino que le ofrecía, despreocupado.

5 comentarios:

Ananda Nilayan dijo...

Qué buen relato!!! Me dejó un sabor agridulce. Quién no ha pasado un día así para irse a la cama convertida en tragedia??? pero se fortalecerá y brindará por su nueva etapa... o no??? Abrazos.

Azu dijo...

Hola Martikka!

Si supieras lo familiar que me resultó la historia...
Me dio escalofríos. Es realmente impactante, tan real en estos días.

Un abrazo!

Ro dijo...

Martikka:
insisto, "Dos copas de vino", es mi favorito, aunque reconozco en ti una escritora actual que conecta con los lectores, y otros trabajos tuyos son muy creativos, este es como el vino de las dos copas, suave a la entrada y con taninos que perduran en ese regusto amargo y perdurable... Gracias por la oportunidad de publicarlo en mi Blog "Tallando Lápiz".
Abrazo apretado
Ro

Martikka dijo...

Ananda, es un relato agridulce, con el poso de un vino amargo en los labios, el que deja el desamor. Y claro que sí, la mañana siguiente, ¡será una mañana nueva!

Azu, seguramente muchas mujeres se verán reflejadas ahí donde incidí, en la soledad y el desamor. Pero el verse reflejado puede ser útil para darse cuenta de una situación que no va a ninguna parte.

Ro, amiga, fue un honor publicar en tu estupendo blog. Si quieres más cositas, ¡sólo tienes que pedirme!

J. eMe. dijo...

Siempre hay un nuevo amanecer, siempre, por mucha amargura que nos deje la noche anterior, por mucho que nuestra vida quiera trastocar el camino, siempre amanece...


Llévate mis besos.