Sonrisas en el infierno

Relato publicado en la revista El Tot (1995)



SONRISAS EN EL INFIERNO


No podía más. Abandoné mi casa y me instalé aquí porque no soportaba otro día en la ciudad. Dejé todas mis cosas y me vine sin nada, sin una maldita maleta. Ni tan siquiera me llevé ropa para cambiarme, tampoco comida. Llegué sola, y únicamente podía llorar sobre mi pecho desnudo. No tenía abrigo ni ropas que recogieran las lágrimas que se me iban escapando.
Comencé a escribir en las paredes y en el suelo, sobre las baldosas: Es mejor no tenerle. Es mejor que le olvide. No dejé de escribir esas palabras hasta que llegó la noche al lugar donde me encontraba. Entonces me recosté contra una manta y me abrigué un poco con ella: no era suficiente. No lograba conseguir un poco de calor.
Por la ventana entraban rayos despistados de luna que se escondieron en seguida al ver que me levantaba. Los zumbidos penetrantes volvieron a mi cabeza para provocar unas lágrimas cargadas de dolor. En mi cerebro parecían afilarse cuchillos, parecía que se desgarraran todas mis ideas; tal vez mi inteligencia estuviera en plena decadencia, en plena ebullición de desastrosas conclusiones.
De todas formas conseguí dormirme. Por la mañana estaba rodeada de varias personas vestidas de un cegador blanco. Desde mi perspectiva, que era una perspectiva inferior dado que aún estaba tendida en el suelo envuelta en la manta, veía sus rostros engrandecidos, sus ojos interrogándose a sí mismos, sus frentes arrugadas en pliegues de mil preguntas. Me observaban, trataban de averiguar quien era yo, qué era yo, que había llegado tan intempestivamente. Y aunque pensé que alguno de ellos intentaría tocarme para captar mi temblor, nadie lo hizo. No pusieron ni uno sólo de sus dedos sobre mi piel, ni una sola de sus manos se acercó abierta para agarrarme del brazo y zarandearme recriminándome quién sabe qué. Yo estaba ahí, en el mismo lugar que la noche pasada, temiendo que me despojaran de la manta que ya me daba calor. Temía que me arrancaran bruscamente lo único que tenía. Si él ya no entraba en mis posesiones, no quería tener nada más; sólo aquella manta era suficiente para sobrevivir.

Las personas vestidas de blanco salieron de la habitación y me dejaron de nuevo sola. Estaba entonces más cómoda, mucho más relajada sin ningún músculo en tensión. Pasaban las horas pero en realidad eran días completos. Habían puesto a mi alcance un recipiente hondo con agua y una bandeja con comida iba renovándose de tanto en tanto; no llevaba cuentas de la frecuencia, no me interesaba lo más mínimo porque no le prestaba atención. Sólo bebía para no sentir ardor en mi garganta; la comida era prescindible.
A menudo pensaba en él, aunque no siempre porque la mente es inmensa y da cabida a miles de recuerdos y pensamientos. Cuando lo hacía no podía evitar sentir esos resquicios de odio que todos experimentamos al recuerdo desagradable de la separación. Era mi odio lo que me salvaba, lo que me mantenía atada a los sentimientos humanos; me mantenían como persona. Si no hubiera tenido un sólo pensamiento o sentimiento en contra suyo y todos mis actos hubieran estado dominados por la tranquilidad, no sería una persona, estoy segura. No olvidaba el daño y me revolvía contra él: ésa era la forma de irlo calmando, de mantenerme con los pies lo más cerca posible de la superficie de esta tierra.

Me trajeron un espejo y lo colocaron justo enfrente de donde yo me empeñaba en estar. Desde ahí podía verme perfectamente: sentada, con la espalda recostada en la pared; mis manos por encima del borde de la manta cubriéndome hasta el cuello. Tenia los ojos muy abiertos, bien redondos y brillantes, observándome desde mí misma, tratando de obtener alguna respuesta a los cientos de preguntas que se me ocurrían acerca de mi situación. ¿Había venido por mi propio pie? ¿Alguien me había forzado a venir? No recordaba absolutamente nada. Dudaba de mis circunstancias, no confiaba en mis propias respuestas. Y seguía mirando una y otra vez mi reflejo en aquella superficie clara. No parecía yo, no podía reconocerme por completo en aquel estado. Mis ojos seguían abiertos en una expresión interrogante, en una continua admiración. Volvían a mi mente más recuerdos en los que yo aparecía con muy buen aspecto, vestida con ropas de calidad e incluso maquillada y peinada por profesionales. Todo sonreía a mi vida. Cada objeto, cada persona me miraba sonriente, contentos de que yo estuviera dentro de su círculo de vida. No era molestia para nadie, al contrario; era requerida en muchos lugares, más de los que yo deseaba estar. Vivía en tiempos nada difíciles, agradables y llenos de algo que parecía aproximarse a la más deseada felicidad. Hasta que apareció él y mis esquemas se derrumbaron. Se hundió el cielo en mi cabeza y unos terremotos terribles de ansiedad asolaron mi corazón.

Volvieron a entrar las personas vestidas de blanco. No traían comida ni agua, sólo una gran aguja hipodérmica para que penetrara bajo la piel de mi brazo. Tenía que impedirles hacer aquello, ellos no eran nadie para interrumpir mis recuerdos que volvían traídos por mi imagen reflejada en el espejo. Así que escupí en sus rostros desagradables y me golpearon en la barbilla y en la boca, donde mis labios empezaron a latir borboteando sangre. Tuve que bajar la cabeza ante la evidencia: ellos eran más fuertes. La aguja entró e instantáneamente sentí un dolor que fue en aumento. Me inyectaban tranquilizantes, así que pronto dejé de notarlo. Dormí mucho tiempo, más tiempo seguido del que nunca lo había hecho. A pesar de que al despertar sentía todos los músculos agarrotados, me pareció que todo estaba más claro en mi cabeza, que estaba allí por cualquier razón menos por una razón que me llevara a él. Ya no tenía que clamar a su recuerdo para hacer más llevadero el día o para martirizarme con el dolor los días en que necesitaba sentirlo. No sé si fue lo que me inyectaron o sucedió espontáneamente, pero de todas formas así sucedía y era bastante agradable percibirme a mí misma completamente, sin fisuras de ninguna clase. Las ropas que hacía días habían traído para que me vistiera las utilicé con mucho gusto y me sentí mejor.
El problema se presentó cuando estuve dispuesta a pedir que me trasladaran a otro lugar. Se negaron rotundamente. No hubo forma de convencer a los que me visitaban de que debía salir de allí para recuperarme totalmente. Los informes indicaban que no estaba en condiciones y eran esos informes los que se erigían en dueños de mi propia persona.

Los rayos despistados de la luna que caían como mazas en mis noches eran la única verdadera compañía, los únicos amigos que tenía. Era en las noches cuando yo vivía realmente; el día sólo estaba lleno de ruidos en los pasillos y juegos en el jardín que divisaba desde la ventana. Y no es que hubiera mucha gente, pero era la suficiente para animarme a salir ahí afuera y mezclarme con ellos, compartir sus bocadillos, lanzar sus balones. Pero no podía hacerlo, sólo podía contemplarlos en la distancia con media sonrisa en mi cara, ni siquiera podía esbozar una sonrisa completa porque la mala alimentación y viejas heridas me habían producido llagas en la boca y era doloroso alzar los labios para mostrar al exterior que su visión me producía cierta felicidad. Así que me mantenía de pie ante la ventana con los pies descalzos y el pelo alborotado, con las manos apoyadas en el cristal.
Poca alegría era la que podía manifestarse en el lugar donde me encontraba, pero de todas formas trataba de sobrellevar mi mala suerte. Y a veces me volvía y dejaba de mirar afuera, era entonces cuando me encontraba con las pintadas que había hecho días antes en la pared. Las palabras me volvían a llevar a él, a su reiterado recuerdo, y tenía que rebelarme para evitar dejarme arrastrar de nuevo. Tenía que recuperar mi orgullo.
Apreté los puños y los alcé contra las palabras escritas en la pared que nadie se había molestado en borrar. Deseaba que llegara la hora de mi descanso, que todas las batallas que se libraban en mi interior fueran ganadas. Pero el encanto del éxito no estaba en la meta, sino en el transcurso de la lucha; es decir, buscaba disfrutar por el camino sintiendo el placer del riesgo de poder perderme a mí misma. Tal vez fuera utópico lo que me proponía, pero sólo la nobleza que representaba ya valía la pena. Y mi pensamiento era secreto porque no hubo nadie que se interesara por él. Pensaba y callaba; mis ideas se libraban así de inquisiciones. En el tiempo que duraron mis intentos por recuperarme no vinieron a traerme ni comida ni agua. Estaban intimidándome, obligándome a desistir: aún así no lo conseguirían.

Esos eran mis pensamientos en aquella época, bastante dignos pero de resultado inútil. Caí en una profunda depresión, enfermé primero de cuerpo y después de alma. La falta de alimento, bebida y de compañía era más poderosa que todo lo demás. Era necesaria la ayuda exterior, sola no podía hacerlo.
Volví a recluirme en la manta, sin las ropas con las que me había vestido. Desnutrida y pálida dormía todo el tiempo para olvidarme de dónde estaba y qué me ocurría. La arena del reloj de mi tiempo descendía cada vez con más rapidez, era evidente que no disponía de todos los minutos del mundo. Era terrible contemplar cómo mis manos se replegaban en sí mismas sin fuerza, cómo mis piernas se volvían cada vez más delgadas y blancas, débiles, incapaces de soportar mi peso.
Tuve que quedarme para descansar, y desde el suelo, aún cubierta por la manta, esbocé una pequeña sonrisa. Fue casi imperceptible, tal vez ni siquiera lo era pero yo la sentí así. Sonreí y me alegré de volver a ver los rayos de la luna que vinieron a visitarme. Después de todo aún valía la pena tratar de vivir: ellos venían para llevarme a otro lugar mejor. Vi mi sombra alzarse y seguí durmiendo hasta hoy en que vuelvo a ver a los rayos de la luna que, despistados, entran y salen de esta habitación.

6 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

...Un placer haberte descubierto.
Un saludo

Ro dijo...

Muchas imágenes, sentimientos y percepciones; un mundo interior que atormenta y que libra sus batallas en busca de respuestas, un personaje que podía describir a muchos que caminan "libremente" por la calle...

Abrazo teórico y sincero

Ro

Martikka dijo...

Gracias por tu visita, MªAngeles.

Ro: Bueno, es un personaje atormentado. ¡La ficción se alimenta de ellos! Abrazos.

manuel dijo...

maravilloso blog,sigue asi.un beso.
mi blog: www.miscanasyyo.blogspot.com

J. eMe. dijo...

Bufff. Espíritu y cuerpo atormentado, apasionante y desgarrador...


Mis besos.

antonio dijo...

que bien escribes
vuelvo para leerte mas
gracias