Atardecer

Relato publicado en el año 1995 (revista El Tot)
Más adelante, traducido, fue el germen de mi novela Ombres al jardí, Boira als camps.




ATARDECER

"Has muerto" -escribe ella-. "Has muerto y me has dejado este desgarro y esta casa vacía donde vivíamos juntos. Estoy buscando recuerdos, y lo hago entre tus ropas y en tus cajones. Abro armarios y cierro las persianas de nuestra habitación para que nadie me vea llorar. No quiero que nadie se asome a esa ventana ni llame a la puerta para consolar. No hay nada que calmar. Ya no hay gritos ni temblores, no necesito que me preparen bebidas calientes. No necesito ni quiero animarme, sólo deseo vivir un poco con cada una de tus cosas, en todos esos materiales que te han sobrevivido.
Estoy tratando de llegar a ti: sostengo entre mis manos el libro que tantas veces leíste con las frases que tantas veces subrayaste, los pensamientos que tanto amaste. Lo pondré en la cabecera de nuestra cama y antes de soñar contigo de nuevo leeré algunos pasajes; se convertirá en mi libro sagrado y me recrearé en esas palabras tal y como tu lo hiciste cada noche. Cada noche... cada mañana contigo. Cada atardecer junto a las playas iluminadas por nuestros sentimientos que se ahogaron sorprendidos por la marea.
Nada volverá a ser como antes. Nada más interesante que hacer.
Aún así, trato de sobrevivir, de no pensar en algo que me acecha inevitablemente: ir junto a ti. Podría intentar hacer poemas al amanecer, hablar en sueños con mis propios sueños. Escribir poemas, sí, sobre tu recuerdo.

Quiero viajar sin tormenta, sin importar el modo, encontrando bellos paisajes. Quiero gritar a los cielos mi dolor y que desciendan los ángeles para enjugar mi llanto; quiero que me traigan todos tus mensajes.
No es posible sobreponerme, las olas no se calman con la llegada de la mañana, sólo con la llegada de una nueva ola. Pero mi mar está ya tan seco... ya no hay agua ni peces ni plancton: ni un sólo ser vivo lo habita. Mi mar interior ha sido drenado, lo vaciaste tú sin saberlo, sin darte cuenta de que me quitabas la vida. Tal vez no creías tener tanta importancia en mí, pero ya ves, sólo vivo de ti, por eso procuraré no perder la memoria, que es tu memoria.

Volvía yo de los pantanos cuando te conocí: ahora vuelvo irremediablemente a ellos.

Esta casa es muy grande y muchos son los sirvientes atentos que se desviven por mi bienestar. Los techos son muy altos y me da vértigo asomarme a cualquier balcón. Voy a irme, voy a irme de aquí. Viviré de cualquier modo.
Nunca te escribí cartas, no hizo falta. Por eso te pido que disculpes si no sé expresarme bien: tal vez deberías leerme con el corazón, ése que falló y te separó de mí.

Si necesitas algo, llámame. Despiértame por las noches convertido en brisa, en alga enredada a mi pelo. Acosa mi tranquila vida, agita de nuevo mi alma. Y por si acaso te solicito, quédate cerca; no vayas a irte demasiado lejos, no te despegues en exceso de este mundo que te acogió durante años.
Y si decides marcharte definitivamente, ya sea porque no deseas volver, ya sea porque te ves obligado a ello, llévame contigo, por favor. No puedo quedarme sola, temo todas las noches que vendrán, los días que me esperarán.

Todo mi amor se deshace en pequeñas partículas, en minúsculos fragmentos; se diluye en el centro de la espiral que se ha formado a mi alrededor: muere y a la vez aumenta en mi interior. Todo está aquí, dejaste olvidadas muchas cosas de las que no puedo encargarme, es demasiado trabajo, demasiado esfuerzo para quien no puede sobreponerse al dolor.
La música es lo único que a veces me reconforta, pero siempre hay alguna nota, algún arpegio, algún crescendo que me emociona al reflejarse tu recuerdo, al inevitable regreso de tus palabras en las letras de las canciones.
Me pierdo, no puedo olvidarme de ello. La luz se filtra del cielo a través de la ventana y no tiene color. Se desliza por el borde de la alfombra y se detiene a mis pies, iluminando por unos instantes mi corazón derrumbado, mi desgracia.

Siento sobre mi rostro los aromas de un fresco perfume. ¿Eres tú? ¿Has venido a buscarme?
Día a día oigo tu voz pero aún así no se detiene el dolor. Aquí estoy sentada esperándote. Van incrementando las lágrimas y va disminuyendo la cordura. Siempre juntos, dijiste, y ahora no puedo asumir el cambio. Traicionaste sin querer la confianza que deposité en ti, mis esperanzas de futuro; traicionaste nuestro pacto. Aunque no creas que te guardo rencor, no. Perdono todas tus ofensas y también este monumental desplante a mi alma.

No vendrán más primaveras ni los árboles henchidos de gozo ahuyentarán con su vaivén el calor de nuestros paseos. Todo es oscuro aquí, nada hay en este mundo que vuelva a florecer. Si la memoria fallara, si se quedara estática, inmóvil por los siglos de los siglos... El camino es un poco más empinado al repetirse en mis sueños una y otra vez tu imagen. Tus labios me despiertan en los momentos que logro dormir para susurrarme que estás ahí, recordándome que me amas, que siempre estarás junto a mí. Es una tortura mayor de la que puedo soportar. Sin fuerzas camino por la habitación pero en seguida me canso y vuelvo a sentarme, a mirar por la ventana. Si ladeo la cabeza y dirijo la vista a los jardines veo las orquídeas que plantaste. Alguien las cuida y siguen tan bellas como siempre. Te alegrará saberlo. Muchos se ocupan de que tus negocios sigan en marcha y de que a mí no me falte de nada; creo que el patrimonio aumenta considerablemente a medida que pasan los meses. El dinero sobrevivió a tu muerte; se reproduce con inquietante facilidad y llama a mi puerta tratando de atraer mi atención sin conseguirlo. Ya he dicho que no necesito nada, que se cuiden ellos de esos asuntos, yo me ocupo sólo de ti, el creador de todo esto, de esta enorme mansión en la que vivo, el creador de un imperio. Tú, el culpable, el causante de mi amor, el generador de tormentas de pasión.
Ojos de océano, ¿cómo podré saber si lees lo que estoy escribiendo? Cabellos de príncipe, ¿cuándo podré volver a acariciarlos?”

***
Ella ya no escribe. Cerró con llave su casa y camina por el sendero de álamos negros que lleva al cementerio. Puede ir divisando las altas copas de los cipreses sobrepasando los muros, los grupos de gente enlutada que se detienen bajo el pórtico despidiéndose entre ellos después de haber despedido a quien ya está bajo tierra. Cree reconocer algunos rostros, algunas siluetas, y sigue caminando hacia allí cada vez más aprisa. Le apremia una intensa necesidad, una imperiosa fuerza; los ojos le brillan cuando sus pasos se detienen bajo el arco de la puerta del cementerio donde ya no hay nadie. Todos marcharon y dejaron atrás el dolor: la vida sigue.
Corre entre los mármoles grabados y las lápidas decoradas de flores. Lee nombres y no encuentra el que busca; ya no recuerda dónde dejaron el cuerpo de su amor. Nombres y más nombres, fechas, epitafios y extrañas inscripciones, claves sólo conocidas por algunos para no ser descubiertas por otros. No encuentra, no está, no puede ser.
Su vestido es largo y ha de recogérselo con las dos manos para no caer. Un repentino soplo de aire se lleva su sombrero, que rueda hasta uno de los mármoles más bellos, uno en el que cada día hay orquídeas nuevas. Se arrodilla y lee el nombre tantas veces repetido, soñado, acariciado, susurrado y amado. Pasa sus dedos por el relieve que forman las letras y sus lágrimas van cayendo suavemente sobre los pétalos de las flores en una pequeña cascada de sentimientos.
Tras la lápida se alza un lamento llegando hasta sus oídos. Descubre asombrada que allí, sobre un lecho de orquídeas ya marchitas, está el cuerpo del perro fiel de su esposo. Los ojos están en blanco, las extremidades sin fuerza. Acaba de morir junto a su amo después de días sin hacer otra cosa que velar su tumba. Ella no lo ha echado en falta, ha estado demasiado ocupada con sus pensamientos para hacer nada más. Pensó que alguien se ocuparía del animal. Nunca hubiera podido creer en esa maravillosa muestra de afecto, de pura veneración por quien lo alimentaba y lo sentaba a sus pies junto al fuego.
Y llora por él, por los dos, y se arrodilla de nuevo para acariciar el relieve que forman las letras del nombre amado en un gesto solemne, en un último gesto.
El sol alarga su sombra y la une a la de los cipreses oscilantes ante la llegada de la tarde.

7 comentarios:

Andrea dijo...

Qué magnífico relato Marta, me ha conmovido hasta lo más profundo, enhorabuena, de verdad, un gran abrazo.

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

muy muy bueno, felicitaciones...

Marta Abelló (martikka) dijo...

Gracias por leerlo, Andrea. Si conmueve, es que mi intención ha llegado al lector.

Abrazos.

Otra vez... Gracias por tu visita y tu comentario. Me alegro de que te haya gustado. ¡Saludos!

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

vino por mas y no hay, espero tus noticas...

*Sechat* dijo...

Al leer cosas como ésta me reprochó a mí misma el no venir más a menudo a mecerme en tus letras. Hermoso y muy lírico. Me he emocionado profundamente. ¡Enhorabuena!

Ro dijo...

Martikka, este post me ha hecho llorar, me ha enlazado el alma al sentimiento de pérdida del ser amado.
Que intenso puede ser el amor de mujer...que mundo tan complejo y tantas veces incomprendido.

Abrazos por este post y por ser Martikka mi amiga.

Ro

Marta Abelló (martikka) dijo...

Sechat, qué mejor premio que emocione, de veras. Gracias por tu comentario.

Ro, amiga, te digo lo mismo que a Sechat. Es maravilloso ver que llega al corazón y hace reflexionar. Besos.