Caronte

Este es uno de mis primeros relatos de terror, al igual que El Necronomicón. Influencias de Poe en 1994.

Publicado en el fanzine H-Horror (julio, 2009)

Ejemplares a la venta aquí.

(fue publicado también en la revista El Tot en 1995 y en la revista Impactes, 1999)







CARONTE


Un buen día de Noviembre decidí visitar los lechos de muerte de mis amos. Habían transcurrido diez años desde sus repentinos fallecimientos y sentí el impulso de llevar unas flores a la señora y tal vez, porqué no, algún presente al señor. He de explicar que el panteón de la familia Hanlon se hallaba bajo su gran mansión, y se accedía a él por las escaleras situadas en un extremo del bello jardín antaño tan primorosamente cuidado por mí. Ahora las hermosas orquídeas y también mis excelentes plantaciones de rosales aparecían totalmente arruinadas. El césped había muerto en muchas zonas, y cientos de malas hierbas crecían sin control olvidando por completo el sentido del orden y del decoro.

La verja se hallaba abierta cuando quise entrar. Quizás alguien esperaba mi visita, quizás deseaban mi visita. Cerré aquella cancela llena de herrumbre con la mano libre. En la mano derecha llevaba el ramo para la tumba de mi señora; en el bolsillo izquierdo del pantalón, una herradura del viejo caballo del señor, su compañero de aventuras. La verdad es que aquella herradura se convirtió en mi amuleto de la suerte desde que el señor me la regaló, pero ahora ya no significaba nada para mí y quise devolvérsela con el mayor de mis respetos.
Las escaleras que conducían al panteón estaban resbaladizas y cubiertas de musgo.

Descendí los quince escalones y me topé con la puerta de roble que separaba el mundo de los vivos del mundo desierto y vacío de los que ya no están aquí. En la madera de la puerta aparecieron escritas unas letras de color escarlata. Primero una R, luego una O, luego una T... Letras escarlatas que aparecían en la puerta de roble sin ningún sentido para mí. Entonces fue cuando volví alarmado la cabeza hacia un lado, pues una respiración se hizo patente a mi izquierda y después de unos segundos desapareció. Cuando volví a fijar la vista de nuevo en la puerta de roble comprobé que las letras se habían unido formando una frase. Una pequeña frase de color escarlata oscuro:

¡No entres aquí!, decían las letras unidas, onduladas en curvas de terror.

Respiré hondo y pasé. Sólo quería dejar unas flores y una simple herradura en las tumbas de mis antiguos amos. Dejaría allí mis regalos, quizás haría algunas oraciones y después marcharía por dónde había venido. Sólo eso. Las palabras de la puerta tratando de intimidarme no hicieron sino reforzar el deseo de visitar a los Hanlon en su actual morada. El panteón estaba iluminado débilmente por unos pequeños ventanucos en el techo que daban justo al jardín, y varios débiles y oblicuos rayos de sol me indicaban el camino a seguir. Un intenso olor a humedad llegó hasta mí mientras me acercaba a las lujosas lápidas que decoraban imponentes aquel tenebroso lugar.

OLIVER A. HANLON
ROSE MARIE HANLON
R.I.P
"El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna,
y yo le resucitaré el último día."
(Jn, 6)

Ví los nombres de los señores y arrodillándome deposité mis humildes ofrendas. Después, recuerdo que oré durante unos minutos. Al ponerme en pie vi una enorme puerta al fondo; ni siquiera me había dado cuenta de que estaba allí. En mi camino fui encontrando más lápidas y hermosas tumbas con profusión de nombres de miembros de la familia Hanlon, pero no me detuve ante ellas; me dirigía raudo hacia aquella puerta que tanta atracción parecía tener sobre mi persona. Cuando la tuve a menos de un metro se abrió y seguí caminando hacia el interior. Las escaleras que tuve que usar parecían descender hacia lo más profundo de la tierra. En recodos de la pared habían colocado velas para iluminar mi angosto camino. Aquellos peldaños se retorcían sobre sí mismos y faltó poco para marearme. Sólo me sentía aliviado por no tener que bajar en la oscuridad.
Al término del descenso siguió una cuesta empinada. En lo alto se extendía una explanada repleta de vegetación. ­¡Qué lugar tan extraño! , pensé abriéndome paso entre unos arbustos secos que se me clavaron en los brazos al pasar. Vi un río que atravesaba aquella vegetación. Un río de aguas mansas, aunque a mi parecer, en algunas partes parecían cenagosas. ¿O se trataba de mi imaginación?

Me aproximé al agua y sentí un intenso calor, unas intensas ganas de sumergirme en ella. ¿Será peligroso? -No.- me dijo una voz interior. -Puede ser agradable un baño en esta cálida linfa.
Decidí despojarme de mis ropas y nadar un rato. Tal y como había previsto, el agua estaba tibia, a la temperatura ideal. Me sumergí varias veces y me propuse nadar hasta la otra orilla.
La distancia era mayor de la que había imaginado, y en la mitad del trayecto creí que me ahogaba. Con esfuerzo logré alcanzar la otra ribera, exhausto, casi sin respiración. Me estiré en la hierba fresca y traté de serenarme. Pasados unos minutos quise ver dónde estaba, y cuál fue mi decepción al encontrar que a unos dos metros paralelos a la orilla sólo había pared de roca que se extendía recta, sin ninguna cueva en su interior o alguna salida lo suficientemente grande para mí. Así que caminé aproximadamente un kilómetro a mi derecha y me encontré con que terminaba la tierra que pisaba dejando paso a un pequeño afluente del río. Unos cincuenta metros más allá continuaba el suelo firme. Volví al lugar a dónde llegué nadando y caminé el mismo trecho que antes, para encontrarme lo mismo que la vez anterior. La única solución para salir de allí era volver a cruzar el río a nado y regresar por dónde había entrado. Dormité un poco recostado contra aquella pared de roca sin que ningún sonido turbase mi sueño.

Ya un poco más descansado, me preparé para volver a la otra orilla, pero que desagradable sorpresa fue el poner un pie en el agua. ¡Estaba prácticamente hirviendo!
-Estoy atrapado.- pensé. La única esperanza era que bajase la temperatura del agua. Pero, ¿y si estando una vez dentro volvía a subir? Me escaldaría vivo en aquel río de aguas mansas y oscuras; moriría en aquella corriente subterránea que estaba en ebullición como las calderas del propio infierno. ¿Por qué hervía el agua? ¿Dónde me hallaba? Aquellas aguas tranquilas se fueron moviendo en lentas ondas; se acercaba una pequeña barca que venía directa hacia mí. Vi que estaba conducida por un hombre, y éste mismo fue quien pronuncio las siguientes palabras:
-Mi nombre es Caronte.¿Quieres pasar a la otra orilla?
­¡Sí! -respondí aliviado.-Si, por favor.
-Entonces tendrás que darme algo a cambio. -me dijo el barquero con voz grave y cavernosa.
-Mis ropas y mi dinero están en el otro lado. -le expliqué. -Cuando lleguemos allí podré pagarte.
-No. -negó rotundo él. -Cobro por adelantado. Son mis normas.
Contrariado le supliqué repetidas veces que comprendiera mi desesperada situación, pero no hubo forma de convencerlo hasta pasado un buen rato.

Aquel barquero llamado Caronte era en verdad un ser repulsivo. Tuve que dar gracias porque la penumbra no me permitió contemplarlo en toda su fealdad. Aún así, pude ver que tenía el pelo largo hasta la cintura, en parte recogido en trenzas, grasiento y lleno de algo -nunca sabré qué exactamente- que se movía poco a poco emitiendo pequeños crujidos. El rostro, aunque no lo pude distinguir claramente, estaba surcado por una gran cicatriz y se le veían algo así como cuatro -quizás más- verrugas en la nariz. Las manos eran peludas hasta la saciedad y andaba cubierto por una túnica escarlata que en la parte inferior estaba hecha jirones.
Por unos momentos, Caronte pareció pensar, meditar algo, hasta que dijo:
- De acuerdo. Sube a la barca.
-¿En serio? ¡No sabe cuánto se lo agradezco, señor! -exclamé. -En cuanto lleguemos le daré todo el dinero que lleve.¡Se lo prometo! -añadí.
Dijo algo en voz baja, algo que no entendí, pero no me importaba. Por fin lograría pasar a la otra orilla y volver a casa. Calculé que en el exterior debía estar anocheciendo y seguro que mi esposa me esperaría impaciente. Probablemente mi llegada sería recibida con una suculenta cena. ¡Dios! ¡Cuánto deseaba salir de allí! Cada vez que Caronte remaba para dar impulso a la barca me parecía una eternidad. Yo le miraba con impaciencia pero él seguía remando lentamente, muy lentamente. Parecía que conociera mi impaciencia por largarme de allí y se burlara de ella haciéndome esperar hasta lo indecible.
Cuando llegamos a la otra orilla vi en una enorme roca una inscripción en letras escarlatas; el mismo tipo de letras que encontré en la puerta de entrada al panteón:

RIO AQUERONTE

Cogí mis ropas esparcidas, me vestí y calcé y busqué en mi cartera para sacar unos billetes. Al entregárselos negó con la cabeza y le miré extrañado.
-El precio ha subido.-me dijo.-Ha subido mucho.
-¿Cuánto?
-El precio a mi gran amabilidad es tu alma. Ya no quiero monedas.¡Quiero tu alma!
Dí un paso atrás espantado. No podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero señor Corote... no comprendo...-dije confundiendo su nombre.
-Me llamo Caronte, desgraciado.­¡SOY CARONTE! -gritó- ­¡TRANSPORTO A LOS MUERTOS DE UNA ORILLA A LA OTRA!

­¡Yo no estoy muerto! -repliqué.
-Lo estarás. Tarde o temprano lo estarás. Y entonces tu alma me pertenecerá. Será toda mía. ¡Ja,ja,ja! Pertenecerás entonces a los más terribles infiernos donde vivo y te escaldarás cada día en las calderas que remueven los querubines de Lucifer. Estarás condenado a deambular por entre las grutas más oscuras repletas de crueles alimañas que se te abalanzaran sin piedad y te harán gritar. Y tu lamento se oirá por todo el Erebo sobrevolando éste río que describe nueve círculos en torno a la morada del Supremo.

Nunca estuve tan asustado como entonces. Mientras el barquero se reía, corrí tanto como mis piernas me permitieron, resbalando por la empinada cuesta, ahora terrible bajada, hasta alcanzar la escalera de caracol.
Subí lo más rápido posible y llegué a la gran puerta que me había conducido a aquel lugar tan espantoso, digno de una pesadilla. El panteón de los Hanlon lo atravesé como un rayo, pero en mi carrera tropecé con algo y caí de bruces. Al tratar de levantarme vi una calavera que me miraba sonriente; reía ¡Ja,ja,ja! con la risa cavernosa de Caronte.
Pude al fin alcanzar la salida y casi trepé por las escaleras que llevaban al jardín. Marché de la residencia cuando la luna despuntaba en lo alto en cuarto menguante.
Había permanecido allí un día entero.

Al llegar a casa y contar lo sucedido, mi esposa no me creyó. Ninguno de mis amigos me creyó tampoco, atribuyendo aquella experiencia a mi desbordada imaginación. Pero yo estoy completamente convencido de lo que me dijo aquel barquero de nombre Caronte; aquel remero del río Aqueronte: Cuando muera, mi alma le pertenecerá; por esa razón trabajo día y noche para hallar una solución. Estudio en mi laboratorio tratando de lograr una receta que no me permita caer en sus redes. Trato de hallar la inmortalidad. Si no lo logro tal vez me sucedan cosas horribles, pero si lo consigo... ¿Quién sabe lo que puede pasar?


Marta Abelló

4 comentarios:

*Sechat* dijo...

¡Enhorabuena! Como siempre un gran relato. Aún siendo uno de los primeros relatos de terror, se nota tu mano y tu estilo: describes los lugares de forma muy similar o al menos a mí me suelen dejar siempre sensaciones muy parecidas. Los personajes también los perfilas de manera muy definida en todos tus escritos.

Como siempre un placer leerte.

Ro dijo...

Un buen relato, Martikka, me gustan mucho estos temas aunque escriba poco sobre ellos. Lo que más he disfrutado es la carrera por alejarse del barquero...!¡ en verdad que mi corazón latía apresuradamente (victima de tu narrativa)y la ansiedad del protagonista, hasta pensé en dar una patada a la calavera que le hizo tropezar jejeje
Muchos abrazos y espero más y más de tus historias.

Ro

Christian Kanahuaty dijo...

Hola, gracias por la entrevista a Faulkner, y por los textos del blog. me gustaria contactarme contigo, soy de Cochabamba-bolivia, mi mail es christianjk782@gmail.com, quisiera preguntarte algunas cosas, platicar, y... bueno, mil gracias, mucha suerte y abrazos desde este lado del mudno.

Marta Abelló (martikka) dijo...

Sechat, claro está que el estilo siempre es el estilo aunque pasen los años. Hay caractéristicas de tono que nos pertenecen a cada uno.

Ro, siento tu apresurada carrera y el tropezón, pero era indispensable para salir de allí!

Christian, gracias por el comentario. Ya te escribí un correo.