Trepanación


Relato publicado en el fanzine Mundo Imaginario nº7, año 1995.

Publicado en la web de Libro Andrómeda.




TREPANACIÓN

Swim Al-Thabur se acostó en la esterilla y apoyó la cabeza en una piedra plana puesta ex-profeso para la operación. El médico le puso las manos en las sienes para asegurarse de que no se movía, alzó la mano derecha y cogió de una pequeña mesa que tenía al lado un trépano hecho de una aleación de cobre, plata y oro de la región. Posó el aparato en el cráneo del paciente, aquejado de epilepsia, y empezó a perforar. Operaba cuidadosamente a través del hueso frontal posterior, evitando dañar el músculo temporal.
El cráneo se abrió dejando al descubierto el cerebro. El dedo del cirujano se posó en él, sintiendo su pulsión. El aparato se hundió un poco más en la herida abierta provocando ligeras convulsiones en el paciente, que agarraba con fuerza el pedazo de madera que le habían dado para que descargara su dolor apretándolo, mordiéndolo si hacía falta.
Había cinco personas contemplando la operación, y ninguna de ellas pronunció una sola palabra en todo aquel tiempo. Se limitaban a observar con los brazos cruzados sobre el pecho y a mirar con semblante grave primero al médico y luego al paciente, a intervalos, según las expresiones que mostraran sus rostros cada vez que el trépano giraba sobre sí mismo y se iba hundiendo más y más, milímetro a milímetro.
Ambroise da Noca retiró el trépano y lo sumergió en la pila de agua fría que tenía al lado, ya que corría el peligro de calentarse en exceso a causa del continuo roce con el hueso. Luego volvió a horadar un poco más, extrayéndole gran cantidad de sangre y tejidos.
La operación transcurría dentro de los límites que cualquier hombre pudiera soportar. Por lo menos, el doctor da Noca evitó hacer demasiado ruido; evitó que se escuchara en exceso el terrible crujido del hueso al perforarse al contacto con aquella especie de berbiquí que giraba y giraba introduciéndose cada vez más en la mente de Al-Thabur. Éste permanecía en un estado de semiinconsciencia, y miraba hacia la cristalera que tenía enfrente.
Estaba oscuro, y podía ver con claridad la luna. Había oído decir que esas operaciones no debían llevarse a cabo en tiempo de luna llena, ya que durante ella el cerebro se agrandaba y se acercaba peligrosamente al cráneo... Podía tranquilizarse; estaba en cuarto menguante. Y las estrellas brillaban, y seguía notando como continuaba trabajando el mejor médico de la ciudad.
Había confiado en él para la cura de su enfermedad, la cual le atormentaba desde pequeño, agravada con terribles jaquecas. Como los medicamentos no parecían hacerle demasiado efecto, como a tantos otros enfermos como él, decidió al fin someterse a aquella delicada intervención que tantas veces había fracasado.

El cirujano retiró el trépano y se lo entregó a su ayudante para que lo limpiara y lo pusiera en agua hirviendo. Con unas pinzas hurgó en la masa encefálica y separó algunos fragmentos. Pudo hallar entonces lo que causaba aquellos fatales dolores de cabeza a Al-Thabur: Un escarabajo alado se movía inquieto nadando en aquella viscosidad roja, rodeado de larvas.
Da Noca se aproximó más para ver mejor aquello. ¿Cómo era posible? Con las mismas pinzas esterilizadas agarró el insecto y lo sacó de la cavidad para ponerlo en una bandeja que sostenía el ayudante; hizo también lo mismo con las larvas, una a una.
Los allí presentes habían dejado escapar un oh de asombro y se aproximaron todavía más al paciente, con evidentes muecas de repulsa y de disgusto. Da Noca les miró y se encogió de hombros. Inclinándose sobre el cráneo, cerró la herida y colocó un apósito.

Al-Thabur se estremeció, notó una pulsión continua y dolorosa en la cabeza, le temblaron las manos y los labios, le resbalaron unas pocas lágrimas por un costado del rostro, se le aceleró el corazón y un fino hilo de sangre empezó a resbalarle por la comisura derecha de los labios. Cerró los ojos y no los volvió a abrir jamás. Su cerebro, a partir de entonces, negó cualquier estímulo exterior y su cuerpo permaneció allí, tumbado en la esterilla de aquella habitación, inmóvil, hasta el momento en que alguien decidiera declararlo muerto y trasladarlo a un tanatorio.
La intervención parecía haberle sumido en un perenne estado cataléptico. ¿Tendría algo que ver el escarabajo con lo que le impulsaba a vivir; con su misma inteligencia y conocimientos ahora totalmente mermados? ¿Y cómo se había introducido aquel animalejo en su cerebro? ¿Por dónde había entrado?

Un mes después, Ambroise da Nuca firmó el fallecimiento de su paciente y se oficiaron sus funerales. En el sepulcro yacía su cuerpo inerme, frío, blanquecino. Y en aquella herida de su cabeza que ya se estaba cerrando, habían dejado olvidada una de aquellas pequeñas larvas que se encogía y estiraba navegando por el encéfalo de Al-Thabur.
Todavía había una esperanza para él.

Marta Abelló

2 comentarios:

*Sechat* dijo...

Me ha resultado increible: bien contado y con un final abierto. Siempre me ha atraído la técnica de la trepanación que usaban los egipcios y este texto me lo tomo, con tu permiso, como un regalo. Un abrazo.

Marta Abelló (martikka) dijo...

Sechat, a mí también me atraía esa técnica, por eso sentí la inclinación de escribir un relato acerca del tema. Gracias por tu visita y tu comentario. ¡Besos!