El juicio final

Relato que dio origen a mi novela Tilak el Sabio.




EL JUICIO FINAL


Esta historia comienza el día en que Tilak murió. En la cama del hospital de Yakarta su espíritu abandonó el cuerpo físico y se elevó hasta el techo de la habitación para deslizarse después hacia las ventanas abiertas, donde se fundiría con el aire limpio y fresco de la mañana. Tras un breve lapso de inconsciencia total se encontró caminando por verdes prados donde pastaban caballos blancos. Iba acompañado por un hombre de baja estatura ataviado con un extraño ropaje de telas brillantes y aterciopeladas que montaba en un unicornio.
Tilak andaba junto a él y no hablaba; sólo miraba perplejo todo lo que había a su alrededor. En un extremo del camino corría un riachuelo en el que saltaban pequeños peces anaranjados, y las flores que lo circundaban despedían un agradable aroma que le hizo sentir un poco más cómodo, menos tenso. Pronto llegaron a un palacio construido al borde del mar, en el acantilado más abrupto que había visto nunca. El enano, que era llamado Awatha, le explicó que aquella era la parte más recóndita de la Tierra, donde nadie que no fuera elegido podía llegar.
La entrada del palacio formaba un arco sostenido por dos grandes y pesadas columnas, y allí mismo, Awatha le entregó una piedra envuelta en un paño de cuero.
-Es el jade de la vida eterna, lo llamamos P´an- T´ao. Deberás ofrecerlo a los dioses en el Banquete de la Inmortalidad.
Tilak lo miró extrañado y le preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
-Ya entenderás más adelante. Y no olvides que aquí dentro -señaló el edificio- no debes preguntar, sólo responder. Recuérdalo: sólo responder.
-Responder, ¿a quién?
-Entra, amigo. Entra en el altar de Yama, el dios de la muerte y sabrás y conocerás.
Dicho esto, dio media vuelta a su cabalgadura y se alejó en dirección este, hacia las Montañas del Incienso, dónde le esperaba otro humano.
Tilak empujó la gran puerta hacia adentro y entró en el palacio. Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban repletas de bellos tapices. Fue avanzando mientras sus pasos resonaban por aquel vasto vestíbulo. Al llegar al fondo puso los pies en una alfombra de color rojo con la representación de la cábala en el centro y se abrieron unas puertas que le permitieron seguir su camino. Encontró entonces una sala de estrechas y puntiagudas ventanas en la que en su centro, sobre una mesa rectangular cubierta con lienzo blanco de algodón, se alzaba una balanza, una enorme balanza de oro y diamantes. No estaba inclinada hacia ningún costado; esperaba impaciente el próximo juicio que no tardaría en celebrarse. Y junto a ella, vio a tres hombres, aunque éste no sería su calificativo idóneo, puesto que sus rostros no tenían nada de humano. Eran amorfos, sin precisión alguna parecían extenderse hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. Eran rostros adimensionales que no podía dejar de mirar sin sorprenderse una y otra vez.
-Somos los Tres Raros y Sublimes. -dijeron al unísono con voces de idéntico tono e inflexión. -¿Qué has hecho de tu vida?
Tilak recordó que sólo debía responder y evitar su costumbre de contestar con otra pregunta para saciar su curiosidad o para disuadir al contrario.
-He vivido intensamente. -contestó sin titubeos.
-¿Te arrepientes de tus malas acciones?
-No considero que hayan habido verdaderas malas acciones en mi vida.
-¿Te consideras apto para ser elegido?
Inmediatamente, Tilak iba a preguntar -¿Elegido para qué?- pero se contuvo y contestó.
-Cualquiera puede ser apto.
Uno de los Tres Raros sonrió y miró al que tenía a su derecha. Éste último asintió.
-Naturalmente no sabes cómo va a ser tu vida a partir de ahora, pero, ¿crees que puedes mejorar ciertos aspectos si vives en un palacio como éste?
-No creo que la excesiva riqueza que gobierna este lugar sea idónea para expiar hipotéticas culpas.
-¿Hipotéticas? -preguntó el Raro del centro.
-No considero culpas los errores humanos.
En ese momento, Yama, el dios de la muerte, se hizo presente. Apareció al lado de la balanza junto a un monstruo de boca de cocodrilo y vientre de hipopótamo. La fiera abrió sus enormes fauces y con una profunda y grave voz dijo:
-Soy la Bestia Deforme, el devorador de almas, y espero ávido junto a la balanza del Juicio; espero sediento tu espíritu.
El dios levantó la mano derecha y le hizo callar. Era un ser imponente que llevaba una túnica blanca que despedía destellos de luz.
-Me hago llamar Yama y soy el dios de los que abandonan el mundo terrenal para morar en este lugar situado en los límites de la Tierra, donde convergen el Río del Declive con el Mar de los Deseos Profundos.

Tilak asintió con la cabeza, si bien no podía hacer otra cosa que escucharle atentamente, puesto que aquella voz era fascinante, merecedora de una total atención.
-Veo que tus respuestas han complacido a los Tres Raros y Sublimes, por lo que eres digno del Ojo de Mithras, el Dios de la Luz. Él te garantizará la felicidad en tu nueva vida.
Yama alargó su mano, transparente, y le entregó el Ojo, que era ovalado. La pupila que había en su centro estaba formada por cinco círculos concéntricos entre los cuales había grabada cuatro veces la letra Omega.
-Gracias, Señor.- Fue todo lo que se le ocurrió decir a Tilak.
Los Tres Raros decidieron que ya era la hora del Banquete.
-Pasemos al Salón. -dijeron, y el dios Yama desapareció.
Cuando Tilak llegó al Salón de la Inmortalidad, pudo verlo encabezando la gran mesa dispuesta con alimentos que jamás han existido ni existirán en el Mundo que Conocemos. Le hicieron sentarse en uno de los extremos de la mesa, justo enfrente de Yama. Los Tres Raros y Sublimes lo hicieron en el lado derecho.
Los platos no se vaciaban jamás. Como por arte de magia, en cuanto el último pedazo de comida iba a parar a las bocas de sus comensales, se volvían a llenar. Tilak empezó a hartarse y su estómago le ordenaba no ingerir más a riesgo de reventar.
-Lo siento, pero no puedo comer nada más. -dijo en tono de disculpa.
-Debes comer. -le reprendió uno de los Tres Raros. -No se puede despreciar la comida de los dioses.
-Pero... -se quejó. Y mirando de nuevo al plato pudo ver cómo se llenaba de algo parecido a gachas y miel.

De pronto se acordó de lo que le había dado Awatha. Metió la mano en el bolsillo y sacó la piedra.
-Debo ofreceros esto, mi señor.-dijo Tilak levantándose y dirigiéndose a Yama. Inclinó la cabeza y dejó al lado de su plato la piedra.
Los ojos del dios brillaron, y su túnica dejó de resplandecer.
-En verdad eres el Elegido, Tilak. Los últimos hombres que llegaron hasta aquí no me entregaron a P´an-T´ao, pues codiciaban su valor y con ello obtuvieron su terrible final. -sonrió ampliamente y continuó diciendo: -No habrá juicio para ti. Te sentarás a mi izquierda en el Trono y serás formado para ser el Cuarto Raro y Sublime.
-Gracias, Señor.- Sabía que no serviría ningún tipo de contradicción, así que se limitó a volver a su asiento tal y como le indicó Yama con un ademán.
Ahora tenía un objetivo claro, un sentido que darle a aquel otro mundo. Y sospechaba que no era fácil ser un Raro y Sublime, algo le decía que no era nada fácil. Pero lo intentaría. Tenía el resto de su segunda vida para comprobarlo.

by Marta Abelló

4 comentarios:

rober dijo...

Difícil tema resuelto con muy buen texto. Un placer visitar tus letras,
rober

Marta Abelló dijo...

Gracias por tu amable visita y comentario, Rober. Un saludo.

Javier Pellicer dijo...

Ayy!!! No me perdono que aún no haya leído Tilak el Sabio!!! Tengo que encontrar un huequecito ya mismo.
Marta, Felices Fiestas. A ver si el 2010 es aún mejor. Besos!!!

Martín dijo...

Buenísimo! Siempre me parece dificil escribir cuentos terroríficos en tan pocas líneas. Te felicito!