A la luz de la luna

Relato publicado en la revista El Tot (1995) y en la revista Impactes (año 1998).
Radiado en el programa Cuento Contigo de M-80 el 7-4-1996 (con la música de fondo de Pink Floyd: Brain Damage/Eclipse.)

Este relato, años después, tuvo un remake, un relato titulado "La sombra", publicado en la antología de relatos "2001. Odisea Literaria. VV.AA. 2004. La sombra.

En el 2009 ha sido publicado en la web H-Horror (septiembre-2009).




A LA LUZ DE LA LUNA

Aquella noche de agosto me encontraba entre las espesas tinieblas de la mansión Vonderhaguen. El calor era denso, y las paredes oprimían. En el salón principal había luz y entré: una neblina cubría el ambiente. Al asomarme por una de las ventanas ví allá en lo alto a la luna gris, observando. Y como si de una premonición se tratara, tuve la certeza de que me observaba con atención desde lo alto de la tormenta que acechaba aquella vieja mansión de la colina. El bosque que rodeaba la finca se agitaba de un lado para otro en un continuo vaivén, al igual que todos los matorrales y arbustos del descuidado jardín que, de vez en cuando, volaban hacia el norte arrancados por el fuerte viento.


Aquella vivienda del siglo pasado era colosal, y tenía tres torreones que coronaban su magnificencia. Aunque todo su esplendor aparecía sombrío a los ojos de cualquier oportuno visitante, puesto que siempre -aunque fuera claro día- carecía de luz, de una luminosidad que le diera el aspecto acogedor que cualquiera busca en una casa.
Y yo me hallaba en el salón, que estaba vacío, completamente desocupado sin un sólo objeto que paliara en mí aquella sensación de soledad. Tuve que salir de allí temeroso, volviendo sobre mis pasos hacia el vestíbulo. Me dirigí entonces a la planta superior, ascendiendo por los peldaños de aquella desvencijada escalera que crujían bajo las plantas de mis pies. Encontré otro distribuidor con tres puertas cerradas para descubrir lo que había en ellas. Abrí la de la derecha y ví un cuarto de baño. Cerré. Abrí la segunda puerta y entré en una habitación muy poco lujosa para lo que correspondía en aquella mansión. Sólo había un viejo camastro y un armario que la curiosidad me empujó a ver lo que contenía, pero únicamente hallé un abrigo con las mangas raídas por las polillas, y en uno de sus bolsillos encontré un papel que recuerdo metí en la bolsa de viaje que llevaba colgada al hombro.



Abandoné esa habitación y me dirigí a la última puerta que me quedaba por abrir en aquella planta, la cual me condujo a las habitaciones del conde Herbert Vonderhaguen: Suntuosos aposentos antaño bellamente iluminados, sobrecargados con profusión de alfombras, muebles y espesos cortinajes, ahora reposaban en la oscuridad de la noche. Me adentré en ellos viendo a través de la cristalera cómo dos nubes ocultaban a la luna mi presencia en el lugar, y volví a sentir temor a ser descubierto.
De pronto, desaparecieron las nubes, y la luna salió y volvió a atisbar desde lo alto. Y en un segundo, toda su claridad se concentró en el lecho del conde, y pude ver ¡oh, cielos! la horrible muerte del noble aristocrático.


Salí a toda prisa de la mansión Vonderhaguen, y desde el jardín miré a la luna; en el cenit de la tormenta, dominante en todo aquel caos, parecía reirse de mí.
Los caballos de mi carruaje estaban inquietos y levantaban una y otra vez las patas, agitaban también sus cabezas, sus crines, y no cesaban de relinchar.
A la primera sacudida de las riendas salimos a toda velocidad del lugar, descendiendo por las curvas de la escarpada y agreste colina.

A la mitad del camino me percaté de que había olvidado el equipaje en el vestíbulo de la mansión. Sentí rabia y me tildé de estúpido, pero no tenía otra alternativa: Había demasiadas cosas de valor en una de mis maletas, y debía regresar a por ellas, a pesar del miedo que atenazaba mi alma. A pesar de que la sola idea de volver a pisar aquel lugar me sobrecogía.
Los caballos se negaron a dar media vuelta. Daban coces y protestaban, pero al fin logré que volvieran a recorrer el camino de hacía unos instantes.
En una de las innumerables curvas se divisaba perfectamente la mansión, tan lóbrega, con los picos de sus torres elevándose hacia el cielo. Ví una luz encendida que correspondía a las habitaciones del conde, y me pregunté de qué misteriosa lámpara emanaría aquella claridad. ¿Se trataría tal vez del espíritu errante del noble que se paseaba de un lado al otro de la habitación, vagando por entre los restos de su maldito recuerdo? Pero no tenía porqué preocuparme, sólo entraría en el hall y allí mismo, encontraría mi equipaje y marcharía lo más rápido posible.

Dejé nuevamente la calesa aparcada en el patio, delante de la puerta principal, y antes de entrar dí una vuelta por los alrededores. De nuevo la luna proyectaba sus siniestros rayos sobre mí, haciendo que mi sombra se alargara y encogiera entre los secos zarzales que rodeaban la edificación. Comenzó entonces a llover fuertemente y las gruesas gotas que caían sobre mi cabeza hicieron que me refugiara dentro de la mansión.



Y fue allí, en el vestíbulo, cuando pude fijar mi atención en los lienzos que lo decoraban, que aunque escasamente iluminados, tenían tanta fuerza en su expresión que me sentí atraído hacia ellos y los examiné detenidamente. Una de las obras, enmarcada con arabescos de oro, reproducía un típico paisaje lugareño en la estación invernal. No era nada inusual ni extraña esta pintura, no. Las que me impresionaron fueron las otras dos, que plasmaban la más categórica depravación humana. ¿Quién podía haber pintado aquellos cuadros? ¿Qué mente retorcida era capaz de dibujar aquellas formas extravagantes, sinuosas, de pesadilla infame?

No sé si sabré describir fielmente lo que advertí en aquellas representaciones; cómo describir los pensamientos de quien podía pintar al óleo los sentimientos más crueles y mundanos de la especie. El caso es, que sólo el recordar esas imágenes me pone a temblar; me desasosiega la frialdad conque fueron concebidas.

Bien podría cortar en este punto el hilo de la narración. Sé que podría hacerlo y librar así al posible lector de las angustias de aquel momento de mi vida, pero me piden que no me detenga, que escriba cuánto sé. Además, mi conciencia solicita liberarse por medio de la pluma de ese recuerdo que tanta carga emocional contiene.
La insensibilidad de aquellos cuadros se reflejaba en la profundidad de sus sombras, en el relieve que el rostro desencajado del conde mostraba al espectador. Los azules se mezclaban con los negros azabaches, y los grises mates translucían una ruda violencia en torno a aquel único rostro tosco, de expresión fiera, de mirada cruel.

En el momento en que mis dedos se disponían a tocar una de las obras, un relámpago ensordecedor me sobresaltó. El rayo cegó por unos momentos mis sentidos, y en cuanto se restablecieron, el semblante del conde había cambiado, tanto de posición como de perspectiva. Ahora los lienzos no mostraban ya un par de secuencias de lo que debía haber sido el sufrimiento del noble con su cara en primer plano, sino que se podía distinguir claramente cómo tenía un sable alzado en una mano y en la otra, sonriendo con una risa depravada y feroz, sostenía una copa de vino. Y era rojo, como toda la sangre que se podía ver en el cuadro de al lado, en una mórbida escena de horror que me dejó helado.

La obra de la izquierda situaba al conde en su implacable intención de suicidarse, y la de la derecha, plasmaba la secuencia del momento crucial de su muerte; el instante en que tumbado en su lecho seccionaba su propia cabeza con el arma homicida.
Me quedé anonadado con aquella visión tan inaudita, y creo que balbuceé algunas palabras, seguramente sin sentido, mientras me acercaba un poco más para captar aún mejor el sentido de aquellas siniestras obras.
Una idea loca me vino a la cabeza, y decidí volver a la habitación del conde que hacía unos minutos había visto con luz.
Allí, cuál no fue mi sorpresa al encontrarme que el cadáver mutilado y la horrible escena que la rodeaba habían desaparecido como por arte de magia. Me froté los ojos y me dije que aquello era imposible; era materialmente y racionalmente imposible que Herbert Vonderhaguen hubiera desaparecido. Entonces pensé si no me hallaría yo bajo los efectos de alguna droga que hubiera tomado por equivocación, y todas las cosas horrorosas que había visto hasta el momento no serían resultado de un estado delirante, en parte inconsciente, pero delirante al fin y al cabo.

Deseché esa idea por considerarla absurda, y me concentré en la posibilidad de que hubiera bebido algo inoportuno en la posada del pueblo, Meindanberg. Había estado allí por la tarde, charlando con un tal Klaus Göegeb que me instaba a beber una y otra cerveza. Pero no me emborraché, estoy seguro. Aunque quizás Göegeb puso algo en mi jarra, algún fármaco que produciera alucinaciones como las que tal vez estaba sufriendo yo aquella noche. Sin embargo, la idea no me convenció, pues todo había sido tan vívido, tan real e incluso tangible para mis sentidos... Cómo podía plantearme que lo que acababa de ver en el intervalo de unas pocas horas era totalmente fruto de la imaginación o del desvarío.

Y en los aposentos del conde todo estaba en calma. Nada turbaba el reposo de aquel ambiente. Pero de pronto, se levantó niebla en la habitación. Una niebla espesa y fría que traía consigo una luz, un espectro: el alma en pena del conde. Alarmado por aquella siniestra visión bajé al piso inferior, agarré mi equipaje con toda la rapidez que me fue posible y salí como una estampida de la mansión.
No he querido pensar más acerca de quien pudo pintar aquellos cuadros; tal vez lo hiciera la mano invisible del diablo o quizás fuera un rayo de aquella luna que tanto me enfurecía. Quizás enloquecí de tal modo que ví horror en dónde sólo había tinta, tela; y un fantasma en dónde sólo habían brumas.

Ahora quiero olvidar, y acabo de liberar mi mente explicándolo todo y no tengo nada más que añadir. Sé que esta declaración puede ser utilizada en mi contra; y, probablemente, alguien dirá que aparte de ladrón soy un loco, un pobre loco asesino, pero no es cierto. Estoy seguro de lo que ví y no creo, repito, que todo fuera un delirio sin más. Reconozco que pude haber cometido el crimen, es cierto. Pero,¿sólo yo? No olviden a la luna que, llena, dominaba el firmamento...

Las semillas de Abu-Simbel

Relato homenaje a Lovecraft (2002)




LAS SEMILLAS DE ABU-SIMBEL

Encontré el diario de Al-Kashim escondido entre las ropas de su cama. Acababa de asistir a su concurrido entierro y su esposa me había dado permiso para entrar en su habitación y llevarme algún objeto que me recordara a mi amigo. Asha no puso ningún reparo a que me llevara aquel cuaderno de tapas oscuras escrito en inglés, una lengua que ella, por supuesto, no entendía. Acepté su té de despedida y cogí un tren que me llevó hasta Abu-Simbel.



De allí me dirigí caminando hacia las arenas que rodeaban el gran templo de Ramsés II. El sol caía con fuerza sobre mi cabeza, pero eso, claro estaba, no iba a detenerme. Había pasado años trabajando con Al-Kashim: cavando en las catacumbas, en los yacimientos de Sakkara. Mi cuerpo estaba hecho para vivir bajo el sol del desierto, y los músculos de mis brazos para cavar en la tierra. Mis pensamientos, en tantos años de búsquedas y encuentros, se hallaban entrenados para encontrar algo especial, algo que sólo Al-Kashim sabía dónde estaba y de lo que nunca había querido hablarme. Después de espiarlo muchas noches durante meses, descubrí que mi compañero, siempre después de su frugal cena, escribía en un diario. Mi sexto sentido me indicó que ahí estaba lo que yo buscaba.

Tuve acceso a aquellos papeles, pero con tan mala fortuna que cuando mis ojos los vieron no comprendieron nada, pues Al-Kashim escribía en la lengua de los infieles. Fueron meses de unirme a los extranjeros para aprender aquel idioma, y cuando estuve preparado, no dudé en involucrar en un terrible accidente mortal a mi compañero para hacerme con su diario y averiguar de qué trataba su misterioso hallazgo. Estaba seguro de que se trataba de un lugar repleto de riquezas que él iba extrayendo poco a poco, pues en numerosas ocasiones supe que regresaba tarde a casa y que había comprado ropas nuevas a sus hijos y a su esposa y que había adquirido unas tierras muy cerca de su casa. Me llamarán codicioso, pero los años de duro trabajo unido al haber pasado necesidades en mi niñez, habían forjado así mi carácter.

Así pues, me dirigí a cavar justo en el punto que indicaba Al-Kashim, en un lugar que no nombraré. Llevaba un día entero sin comer apenas, trabajando sin cesar, cuando apareció ante mi vista un objeto en forma de triángulo, de color azul brillante, que ya entre mis manos vi que se abría como si de una caja se tratara. En su interior había unas semillas y una inscripción en árabe antiguo que me indicaba comerlas. Desconcertado, pues hubiera preferido encontrar algo bien diferente, me las llevé a la boca. ¡Que Alá me perdone por aquella insensatez! Pues cuando aquellas semillas atravesaron mi garganta, mi mente delirante me llevó a viajar por un pozo sombrío que me absorbió como arenas movedizas.

Y en él, para mi horror, hallé todas las criaturas deformes que existen y existirán jamás; criaturas muertas y no-muertas, vampiros de la noche, pájaros extraños que cantaban junto a enormes seres de voces infames que penetraban en mis oídos haciéndolos estallar. Traté de expulsar las semillas de mi vientre, pero ya se habían instalado en él y crecían y me hablaban. Se trataba de un sonido susurrante y sinuoso como el de las serpientes que me hacía olvidar las infames voces de aquellos enormes seres que tenía ante mí, sentados sobre gelatinosas masas ondulantes. Las voces de las semillas, pues, se instalaron en mi cabeza y me obligaron a avanzar, a postrarme ante aquellas criaturas y adorarlas escribiendo en el suelo signos que horrorizarían a muchos. Un vampiro sobrevoló mi cabeza derramando sobre mi rostro agua hirviendo, pero nada sentí, pues ahora soy UMHR-AL-TAKWL, El Que Vive Por Siempre en los Abismos.

Esas extrañas flores

Relato publicado en la revista El Tot (1996), revista Impactes (1996), y publicado en el blog Escritores en la Sombra (julio,2009)





ESAS EXTRAÑAS FLORES


Siempre que pasaba junto a aquella casa el corazón le latía más aprisa de lo normal. Se sentía incómodo, desasosegado, nervioso, aunque no entendía muy bien el porqué. La casa de la vieja Ma no era una casa típica del cine de misterio: lúgubre, con pequeñas ventanas oscuras llenas de barrotes oxidados y amenazantes; repletas de polvo y muebles vetustos en su interior. No. Era simplemente una casa de dos plantas de principios de siglo que tenía la fachada desgastada por los azotes del tiempo.
A la entrada poseía un jardín, pequeño y muy cuidado, en el que destacaban unas flores raras circundando la cerca.




En el interior de la vivienda, que era de techos altos y abovedados, había tres dormitorios amplios, uno con baño incorporado; un gran salón con el suelo de madera cubierto en parte por dos alfombras persas de seda, y una cocina totalmente restaurada con muebles modernos y funcionales: la única pieza de la casa en la que Job se había sentido cómodo las pocas veces que había estado.

Fue esa tarde en que iba en dirección a la biblioteca del pueblo, cuando se percató de que las flores que se ceñían a la cerca y crecían descontroladas, no pertenecían a ninguna clase que él conociera; como estudiante de biología, se quedaba perplejo ante esa variedad extraña, de hojas angostas y flores muy numerosas de color azul. Las matas eran pegajosas, y la base de aquellos pétalos de forma sinuosa era blanca; el centro de las flores, negro. Eran muy hermosas, pero raras; más que raras, insólitas. Y se decidió a preguntar a la vieja Ma de dónde provenían.



Job empujó la cerca y en seguida sus pies se posaron sobre el césped fresco y recién cortado. Fue atravesando el jardín contemplando los pequeños setos tallados en diversas y caprichosas formas, las madreselvas y las enredaderas que se aferraban a las vallas laterales que marcaban las lindes del terreno.
Al llegar a la puerta, maciza, de color oscuro, golpeó con los nudillos y respiró profundamente. Pudo oír una voz grave que le dijo desde el interior:

-Adelante, la puerta está abierta...
Él giró el pomo y atravesó el umbral. Se quedó allí, de pie, sobre una alfombra de lana, y miró a la joven que estaba sentada en el amplio vestíbulo, en la mecedora de la vieja Ma, una reliquia del siglo pasado.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Soy Sophie, una amiga de Ma. -respondió ella haciendo que la mecedora se balanceara. -Y tú, ¿quién eres?
-Me llamo Job, y quería hablar con Ma.
-Ella no está, volverá más tarde. -explicó- Si quieres puedes esperarla.
-¿Sabes si tardará mucho?
-No, no lo creo. Depende del tiempo...
-¿Del tiempo? -se extrañó él, que ahora miraba a la chica fijamente.
Sophie era una muchacha de facciones vulgares, y sólo destacaba de su persona la espesa cabellera negra salpicada por algunas canas.
-Si prefieres sentarte, puedes pasar al salón.- le dijo ella, amablemente, sin dejar de balancear la mecedora.
Job abandonó el vestíbulo y la joven cerró los ojos; parecía que iba a sumirse en un profundo sueño. Él abrió entonces la puerta que conducía al salón repleto de antigüedades y porcelanas valiosas, en el que destacaba unos cuadros que llevaban la firma de Caroline Ma Sophie. Una de aquellas pinturas siempre estremecía al chico en las pocas ocasiones que tenía de verla. En realidad, sólo había visitado aquella casa en cinco ocasiones, y sólo en dos había estado en el salón. Ésta era, por tanto, la tercera vez que un escalofrío recorría su espina dorsal contemplando aquel extraño cuadro que parecía poseer movimiento. La pintura representaba la casa donde él se encontraba. Se veía la fachada principal y el jardín delantero, éste último poblado de arbustos, dos árboles frutales y decenas de flores; todas extrañas.
La primera vez que vio ese cuadro, el jardín aparecía casi desierto, predominando el terreno arenoso, yermo y desértico, sólo poblado por pequeñas florecillas blancas sobre el descolorido césped. La segunda vez pudo ver las flores más grandes de lo normal, siendo el césped más frondoso y verde; ahora veía cómo su altura llegaba a tapar casi media fachada, y su espesura hacia difícil el acceso a la casa. Los árboles eran de troncos inmensos y sus grandes hojas cubrían las ventanas de la planta baja. ¿Cómo era posible? Un cuadro no tiene vida, no tiene posibilidad de manejarse a su antojo y variar su contenido sin tener en cuenta la voluntad del pintor. Tampoco tenía mucho sentido que la vieja Ma tuviera varios cuadros de su casa con jardines diferentes, y los fuera cambiando a temporadas. No, no era muy lógico, pero...

Desconcertado se sentó en una butaca, de espaldas al lienzo. En la televisión emitían un programa de debate enormemente aburrido y decidió que era mejor no verlo. De pronto, se acordó de aquella chica, de Sophie. Se levantó y se dirigió al vestíbulo, hallándolo vacío.
-Se ha marchado. -se dijo- ¡Qué extraño! Y suspirando, extrañado por la tardanza de la vieja, volvió al salón y conectó el equipo de música. El CD del compositor de jazz Ornette Coleman empezó a sonar dispersando las notas de la canción 'Beauty is a rare thing' mientras él, sin darse cuenta, se adormecía con el aroma que emanaban las flores; aquel desconocido aroma que se colaba por la ventana abierta del salón.

Tras un extraño sueño, Job despertó y miró a su alrededor, incorporándose perezoso en el asiento. Vió que todavía estaba en casa de Ma. El reloj de cuco dió las doce.
-¡Cielos, qué tarde es!
Se levantó y corrió hacia el vestíbulo para salir, pero encontró la puerta cerrada y no la pudo abrir. Fue entonces cuando sintió una presencia detrás suyo y se volvió: Una anciana de pelo gris recogido en un moño se limpiaba las manos en el delantal que llevaba. Era de corta estatura y su rostro estaba surcado de arrugas; sus ojos estaban rodeados de profundas ojeras violetas.
-¿Te quedarás a cenar, verdad Job?
-¡Ma! -exclamó. -Bueno, yo... La verdad es que es muy tarde, me quedé dormido y... Sophie me dijo que la esperara en el salón. -explicaba confuso.
-¿Sophie?
-Sí. La chica que estaba aquí esta tarde, sentada en la mecedora. Me dijo que era su amiga y que...-
-No sé de que me estás hablando, chico. ­¡Vamos a la cocina! ¡Nos espera una buena cena!

Job trató de negarse, pero no pudo. Aquel suculento olor que sentía podía más que sus deseos de irse a casa. ¿O era el aroma, ahora húmedo, de las flores del jardín, el que le obligaba a quedarse?

Delante de dos buenos platos de pasta, Job le explicaba detalles de la gente del pueblo, pequeños cotilleos que la vieja quería saber. Al preguntarle acerca de las flores de la entrada, la vieja respondió.
-No ha de extrañarte que la especie de esas flores no esté en ninguno de tus libros. Las he creado yo, con mis propias manos.
-¿En serio? Tal vez debería comunicárselo a mi profesor, Ma. Él podría conseguirle una exclusiva sobre la producción de esas flores y tal vez sería el comienzo de un buen negocio, ¿no cree?
-Ni hablar. Además, no me hace falta dinero.
-No se trata sólo del dinero, Ma, creo que...
-Ni hablar, he dicho. No insistas. Y ahora será mejor que te tomes el postre.- dijo acercándole una bandeja con plátanos recién fritos y cubiertos de miel.

Cuando el reloj dió la una y media, Job se levantó de su silla y acabó de un trago su vaso de vino.
-Una cena exquisita. Pero ahora he de irme; mañana he de madrugar.
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-He de ir a la universidad, Ma...
-Ya. -dijo ella sonriendo. -Me temo que no, hijo.
-¿Cómo dice? ¿Por qué no? -preguntó, sorprendido por esas palabras.
-Me temo que es imposible, hijo; el jardín está muy crecido.

Job miró por la ventana. Un gigantesco pétalo azul y blanco ocupaba todo el cristal, y a duras penas pudo entrever como todo el jardín estaba repleto de flores gigantescas de anchos y poderosos tallos que prohibían el paso a cualquiera. El espacio que quedaba entre tallo y tallo era el que ocuparía un fino hilo de seda.
No podía salir. Nadie hubiera podido hacerlo tampoco.

Preso del pánico, corrió al salón con un mal presentimiento. El cuadro que tanto temor le inspiraba era ahora todo una flor: Ahora no había casa, ni jardín, ni arbustos ni nada. Sólo había una flor pintada en acuarela que ocupaba todo el lienzo, ocultando casi por completo aquella firma: Caroline Ma Sophie. Esa gran flor, cuyo centro de negro carbón parecía un ojo que miraba al chico, parecía amenazar con salirse del marco tal era su voluminosidad. Job balbuceó señalando el lienzo; no podía articular palabra. La vieja habló en su lugar:
-Si, han crecido mucho mis flores, y la lástima es que hasta el próximo mes no vendrá el jardinero. -le explicó- Tendrás que quedarte aquí, hijo, y hacerme compañía. Últimamente estoy muy sola...

Un mes... En ese tiempo aquella flor podía invadir el salón; quizás muchas más lo hicieran también en el exterior, envolviendo y enterrando el lugar. Y tal vez podía esperar que el aroma intenso y febril de aquellas extrañas flores, le llevaran a un sueño profundo, muy intenso, que le hiciera olvidar, al menos por un momento, que moriría en la casa de la vieja Ma.