Guantes para el frío




GUANTES PARA EL FRÍO.

Vi dos guantes, uno para cada mano; y aunque sólo una de ellas le funcionaba correctamente, nunca olvidaba hacer sentir a la otra que todavía podía servir para algo. Eran dos guantes de terciopelo negro con el puño ribeteado en piel, también negra. Eran flexibles y agradables al tacto.

Caminando por la acera derecha de una de las calles menos transitadas de Londres, una silueta oscura se recortaba entre la espesa niebla. Sus manos enguantadas estaban dentro de los bolsillos del grueso abrigo, largo, negro, impecable, de corte perfecto. El sombrero le oscurecía casi todo el rostro, y podía casi adivinarse un cutis pálido, joven, sin apenas barba.
Deseé poder verle los ojos, poder conocerle mejor a través de su mirada, pero no fue posible.
A pesar del frío, sus pasos eran lentos, y parecía no tener ninguna prisa. Seguramente nadie le esperaba ni él acudía tampoco a ninguna cita. Yo, en su lugar, hubiera entrado lo más pronto posible en un cálido pub donde tomar un té caliente. Los relojes daban las cinco en la ciudad. El té de las cinco.
Muchas damas se reunían a esa hora en sus confortables salones. Recibían a sus amigas o a sus amantes; a veces eran sus propios maridos los que acudían a tomar el té si el trabajo no les había entretenido demasiado.

Él seguía caminando hundido en la niebla, cabizbajo, con una leve sonrisa asomando a su rostro. En sentido contrario se acercaba una joven que andaba muy apresurada. Él la detuvo.
-Por favor, ¿Carlton Street?
-No sabría decirle, señor. No llevo muchos días en la ciudad.
Iba a añadir algo más pero una mano enguantada se lo impidió.
Él la apretó contra su pecho fundiéndola en un fuerte abrazo que nada tenía de pasional.

Dos horas después, en un sórdido apartamento donde no entraba ningún tipo de luz, una mujer joven trataba de desatarse de una silla que cojeaba de una pata.
El hombre que la había llevado hasta allí estaba sentado a los pies de la cama. No tenía ningún tipo de ropa que le cubriera, tan sólo unos guantes negros impedían ver sus manos.
Pude ver cómo se las frotaba, cómo sonreía ampliamente. Entonces, contemplé perfectamente su rostro, que como había visto horas antes, era joven, de piel muy fina, casi transparente. Tenía los ojos bastante separados, y las cejas, que eran rubias como su pelo, casi imperceptibles. No debía sobrepasar los cuarenta años.
Ella se agitaba tratando de deshacer sus ligaduras. Él seguía sentado, sin ropa, frotándose las manos y sonriendo. Ella gritó; vi cómo su boca se abría y un potente chorro de voz se escapó de su garganta.
La noche era incipiente y ninguna de las farolas de la estrecha calle iluminaba el apartamento; la lámpara del techo irradiaba más luz de la habitual. La franja blanca mezclada con las partículas de polvo que flotaban dentro, se derramaba en el suelo de la habitación formando regueros de luminosidad que se unían una vez llegaban a los pies desnudos de él, que había dejado de frotarse las manos porque ya no tenía frío. Sus dedos habían entrado ya en calor; ahora, ahora podría hacerlos funcionar. Movió rítmicamente los de la mano derecha como si tecleara en el aire un piano y comprobó que estaba en forma. Después, apretó el puño, tan fuertemente que sintió cómo se clavaban sus uñas en la palma de la mano; y volvió a sonreír, siendo su gesto tan desagradable que provocó un nuevo y fuerte grito en la chica.
Al lado del hombre había varios manuscritos cuyos títulos fue repasando lentamente.
-Son mis novelas, chica. Novelas que escribí hace mucho tiempo.
Ella no hizo sino volver a quejarse, moverse de un lado a otro tratando de que la cuerda que la aprisionaba se aflojara. No valía la pena gritar de nuevo porque él le había dicho que nadie vivía en ese edificio y su voz no sería sino llevada por el gélido aire que de tanto en tanto entraba por la ventana. Ella le creía cuando él le explicaba eso. No gritó, pero la vi llorar, con un llanto que no he visto jamás en rostro alguno.
Él se levantó y le mostró una de sus obras cuyo título era Guantes para el frío.
-¿Sabes por qué la titulé así?
Ella no respondió nada, sólo lloraba y pedía en su interior que él no se le acercara más.
-¿Sabes por qué? -volvió a preguntar, impaciente por recibir alguna respuesta.
-No. -fue lo único que ella acertó a decir, sin apenas voz y entre sollozos.
-Bien, yo te lo diré.


En un oscuro y solitario apartamento del edificio más oculto por la niebla, un hombre escribía bajo la tenue luz de un flexo. La pluma que sostenía su mano derecha se detuvo por unos instantes y reposó sobre la mesa. Había escrito la palabra fin al pie del último párrafo de todas aquellas hojas. Había acabado otra historia, y ahora debía darla a conocer a otra chica. Esa tarde saldría a pasear por el puente y se llevaría a su apartamento a quien mejor le pareciera.
Le vi impaciente por rodear con sus brazos a una nueva oyente; impaciente por explicarle el porqué del nuevo título que se le había ocurrido; impaciente por que le contemplara desnudo frotándose las manos con aquellos guantes nuevos que se había comprado. Los últimos habían quedado inservibles.



Imagen: Óleo de Gabriel González Ledesma.

Capítulo 1 de Como un Dios


Como un dios está editada en la editorial Bubok. Puede comprarse o acceder a la descarga gratuita.
Como un dios tiene blog propio.

Aquí tenéis el primer capítulo como muestra.




CAPÍTULO I. De cómo llegó la peste y cómo conocí a Clarisa de Habsburgo.


La Peste Negra avanzaba desde Génova dónde había sido introducida por un barco que venía de Crimea; se extendía por la Provenza y el Languedoc, por la península Ibérica y después por el resto de Europa para llegar más tarde también hasta mis tierras. Cuántos de mis vasallos caerían presos de fuertes fiebres y desagradables vómitos muriendo a los pocos días en brazos de la terrible enfermedad. De ella hablaría Bocaccio en el Decamerón, y los cronistas de la época pondrían de manifiesto toda aquella angustia vivida, porque nadie sabía cómo atajar el asunto y ni las hierbas, los remedios caseros ni tampoco las recetas de los médicos más sabios proporcionaban demasiado consuelo o esperanza. A mediados de aquel aciago año de 1.348 me llegaron noticias de que en París habían muerto cincuenta mil personas, de que en Hamburgo o en Magdeburgo la mortandad superaba el veinticinco por ciento de la población. ¡Qué horrible aniquilación! En toda Europa moría un hombre de cada tres, y las calles de las ciudades eran vertiginosos ríos de llanto y dolor. Tanto el vulgo como las clases más acomodadas tenían el miedo bien aposentado en sus espíritus, y en cuánto alguien cercano sufría de alguna úlcera o alguna hinchazón que se manifestara bajo las axilas o en las ingles, se alejaban de él, ya fuera amigo, vecino o cercano familiar.

En aquella época vivía absolutamente aislado en mi castillo situado en la zona más agreste de la selva de Baviera. Tanto mi parentela como la mayoría de los sirvientes habían decidido marchar del lugar, y me vi obligado a solicitar que algunos de los hijos de los campesinos que vivían en las tierras circundantes entraran a mi servicio. Quiso la casualidad que de camino a uno de mis viajes a Deggendorf tropezara con un mozo que parecía perdido. ¡Pobre diablo!, pensé la primera vez que tropecé con su expresión indescriptible, sus ojos vacíos de sentimiento, sus manos rudas y desproporcionadas. A pesar de su aspecto desarrapado me conmovió su estado, y más aún al saber de su desgracia particular que lo dejaba solo y abandonado en un mundo nada amable. El cólera había asolado toda la familia de Karl, y cómo único superviviente se veía obligado a mendigar y a tratar de buscar algún trabajo que le proporcionara comida y techo. La bondad que existe en mi corazón vio que aquel muchacho bien podía serme de ayuda, y por esa razón y por alguna otra que podría relacionarse con la piedad cristiana decidí convencerlo para que viniera al castillo y trabajara para mí. Poco a poco fue convirtiéndose en nada menos que imprescindible en mi vida, pues no sólo sabía dedicarse a las más variadas tareas sino que además pasó enseguida a llevar el mando en muchos de los trabajos que le eran encomendados sabiendo dirigir con acierto a otros que aceptaban sin replicar sus órdenes. Me fue de mucha ayuda también en cuánto a alimentar y procurar que no escapase ni uno sólo de mis prisioneros. Terribles eran, sí, aquellos tiempos en los que tuve que ejercer la justicia por mi cuenta, aún siendo joven y con una mente loca por descubrir y saber acerca de los misterios del mundo donde me tocó vivir. Todo era en ocasiones extraño y lleno de bruma; las tinieblas del mundo, inmensas. Por suerte, mi fortuna me confería un estado privilegiado, una posición ventajosa ante muchos.

Gracias a mi madre y a la complejidad de los árboles genealógicos con sus diferentes ramas, mi sangre tiene una pequeña parte de la sangre del propio rey Eduardo III, que en 1.337 había emprendido la guerra de los Cien Años. Recuerdo cuántas fueron las ocasiones en que su hijo, el llamado Príncipe Negro con quien había compartido estudios en Inglaterra, vino a visitarme. Cenábamos los dos en la sala principal, cocinando y sirviéndonos las viandas uno de los prisioneros que había sobrevivido a la humedad y a los castigos, un prisionero que supo resistir la adversidad, el quizás infortunio de haber entrado en mis tierras. Herbert era un individuo influenciable que, atemorizado por mis amenazas de torturas improbables a las que no era dado mi carácter, había accedido de buen grado a formar parte de mi servidumbre. Al parecer había servido durante largos años en casa de algún noble de la corte de Hungría, y gracias a él y a Karl mi hogar iba alcanzando un mejor aspecto, pudiendo atender a mis huéspedes cómo se merecían. Sobre todo podía regocijarme con el buen hacer de Herbert en los fogones, pues sus manos se convirtieron en oro para mí y también, cómo no, para mis ocasionales invitados.

El príncipe Eduardo comía con fruición, con la complacencia de quien sabía apreciar la buena carne de caza y el buen vino. Ambos compartíamos tanto nuestra afición por las ciencias ocultas como por las obras clásicas de los poetas europeos, y en cuánto nuestros apetitos se hallaban saciados subíamos por la estrecha escalera que conducía a mi estudio. Sus caballeros ya estaban en los aposentos de las habitaciones del piso inferior siendo atendidos convenientemente, y seguro ya dormían cuando Eduardo quedaba maravillado por la profusión de códices, pergaminos, manuscritos originales, legajos y cientos y cientos de apuntes y escritos que yo poseía. Muchas veces leíamos durante horas, e incluso en alguna ocasión nos sorprendió el sol asomando por los ventanales, tal era nuestra curiosidad y ensimismamiento. Otras veces bajábamos al sótano y se sorprendía por los objetos que allí se podían encontrar, muchos de los cuales serían considerados mágicos, casi sobrenaturales; herejes, incluso. Eduardo fue el único de mis escasos invitados por aquella época que tuvo la fortuna de contemplar mi laboratorio y la soberana belleza de Clarisa. Y mientras recorríamos los pasadizos subterráneos y subíamos los empinados escalones que llevaban a la estancia donde ella moraba, le expliqué cómo llegué a encontrarla y cómo sus hermosos cabellos eran ya míos para siempre.

Fue una tarde en que salí a pasear bajo el sol que calentaba mis tierras. La espesura del bosque era sumamente cautivadora y podía apreciarse la llegada del invierno, inminente. Las hojas de los álamos negros se agitaban levemente por el viento suave que se levantó mientras iba adentrándome cada vez más ensimismado en mis pensamientos. Sin darme cuenta me acercaba a la leprosería que alzaba sus muros en la zona más oculta del boscaje, y la proximidad de aquellos desgraciados me producía tal desasosiego que ni siquiera me llegué hasta el lugar donde me había propuesto para emprender enseguida el regreso tomando un sendero para atajar camino. Un riachuelo de escaso caudal serpenteaba bajo el puente por el que yo vadeaba, y pájaros extraños cantaban sus canciones encaramados a las ramas de los árboles de tupidas hojas caducas. En cuánto mis pies abandonaron el contacto con la piedra del pequeño puente se toparon de nuevo con la hojarasca que alfombraba aquella espesura, y al percatarme de que mi paseo se había prolongado más de lo previsto apresuré mis pasos, aunque pronto me detuve ante lo que se presentó como una de las más bellas apariciones: Clarisa de Habsburgo. Cómo no reconocer a la hija pequeña del archiduque de Austria con sus largas trenzas doradas, su nariz pecosa y sus maneras distinguidas aún cuando se hallaba en el suelo, medio tumbada en la hojarasca y gimiendo de dolor. Al parecer su caballo se había encabritado por un motivo que desconocía y la había dejado allí abandonada. Esperaba y esperaba que alguien viniera a por ella pero nadie lo hizo. La cacería de la que tomaba parte seguramente se habría alejado hacia otras tierras sin haberse percatado aún de su ausencia. Naturalmente, me ofrecí a llevarla hasta mi castillo donde podría curarse de su pie malherido, descansar y ser mi invitada hasta que el mensaje que enviásemos a su palacio nos trajera en breves días la despedida. Clarisa aceptó fácilmente la proposición pues no tenía más opciones que permanecer esperando sola en aquella umbría zona del bosque o poder disfrutar de mis agasajos y atenciones. Mis brazos sostuvieron su cuerpo durante todo el camino y mis ojos no cesaban en su empeño de fijar la mirada en su rostro fino y terso. Sus manos, que se asían a mi cuello, tenían el tacto que deben tener las alas de los ángeles, suaves y delicadas. No había nada más en aquel momento que no fuera ella. Ni tan sólo sentía el viento en mi cara; sólo estaba ella, y estaba en mis brazos. Sus suspiros y su aliento eran mi propio aliento y mis mismos suspiros de torpe enamorado. Si me preguntaba acerca de lo que fuese yo balbuceaba como una criatura y fijaba la mirada al frente sin ver apenas nada que el propio recuerdo de su imagen, esculpida ya para siempre en mi memoria. Ella me recordaba, pues en una ocasión y con motivo de una boda real, nuestras miradas se cruzaron saltando la barrera que suponían los nobles congregados en la catedral de Friburgo.

Y esa misma noche cenamos los dos rodeados de la luz de las velas, acompañados por el sonido de fondo de la tormenta que se presentó sin previo aviso. Nuestra conversación era amigable y distendida, y ella parecía ir cayendo bajo el influjo de mis palabras y mi buena educación. También parecía haber olvidado su pie herido, pues mis masajes y friegas con hierbas iban dando el resultado previsto. Antes de acompañarla a la que sería su estancia contemplamos la lluvia, y nunca, salvo a partir de entonces, había tenido la ocasión de admirar el fenómeno de la naturaleza más prodigioso y fascinante. Al lado de aquella mujer que por entonces contaba dieciséis años, la inclemencia del tiempo se me antojaba sublime, poderosa como sentía la fuerza en mis manos ansiosas por acariciar aquel rostro que podía contemplar de soslayo, disimuladamente. Percibía su respirar moderado, la frescura de su piel tersa, aromática, que ahora me hace recordar la ocasión en que el obispo de Praga abrió el sepulcro de Alberto de Bohemia, y de allí se desprendía un aroma tan intenso y reconfortante que los que asistieron no necesitaron comer durante tres días. Podrá parecer extraña esta comparación, pero los caminos del amor y de la muerte siempre me han parecido muy próximos y afines.
Mi invitada se había ataviado con uno de los vestidos que mi hermana Elisabetta había dejado en sus armarios, y le quedaba tan a la medida que parecía hecho justo para ella. No sé cómo describir su talle, el corpiño que elevaba sus senos, su esbelto cuello, la cascada de cabellos sueltos que le cubrían la espalda. La locura del amor que me embargaba provocó la idea de no enviar ningún tipo de mensaje a su palacio: Clarisa sería para mí; la quería siempre conmigo. Llegado el momento en que ella sospechase en demasía por la falta de noticias o de criados enviados en su busca ya pensaría en algo. Aún tenía algunos días a mi favor, días en los que intentaría conquistarla para que cuando aquel engaño se descubriera el lazo del amor la atara a mí haciéndole olvidar la vida que había llevado hasta el momento, no deseando nada más que mi compañía, mis atenciones; en definitiva, todo mi amor.

Por aquel tiempo sólo me centraba en mis estudios bien de madrugada, pues el resto de la jornada era para ella, para nuestros paseos y conversaciones. Repuesto enseguida su tobillo pudo volver a cabalgar, y en una ocasión en que regresó más tarde de lo habitual me encontré de cara con el miedo a perderla. Tal vez por entonces ya recelara de la tardanza en recibir noticias de los suyos, pero ella nada decía y en las tardes en que el tiempo comenzó a desmejorar empezó a interesarse por mis libros. He de decir que mi biblioteca estaba surtida por los mejores volúmenes, muchos de ellos proporcionados por monjes de los monasterios de la región, y ella, al parecer gran devota del placer de la lectura, quedó encantada con la sola contemplación de todo aquel saber almacenado por mi familia durante mucho tiempo. Abrumada por la abundancia tuvo que pedirme consejo, por eso puse en sus manos lo que me pareció conveniente a su gusto y condición, y creo que estuve bien acertado al abrirle los ojos hacia el Gilgamesch-Epos de Babilonia, la novela de amor más antigua de la humanidad; los poemas epigramáticos, amorosos y de tipo religioso del poeta Walther von der Vogelweide o las composiciones de trovadores provenzales. Pero pronto se cansó de ellos y comenzó a estar intranquila. Había pasado casi un mes desde su llegada y la sospecha se había convertido en certeza al descubrir desde su ventana cómo Karl movía la cabeza en sentido negativo al ser preguntado por caballeros de los Habsburgo. Trató de escapar, cómo no, pero yo la detuve en las escaleras. La detuve con mis propias manos que aferraban sus brazos temblorosos. En cuánto pasó un tiempo prudencial la dejé marchar, pero entonces fue Karl quien la atrapó bajo los álamos, en la sombra de una tarde oscura y fría en que volvió a mí acalorada, enojada, gritándome, escandalizándose por lo que yo estaba haciendo con ella. Me acusó de tirano y de raptor; me juró que pagaría muy cara aquella afrenta, aquel desprecio a su libertad. No tuve más opción que encerrarla un tiempo en su habitación, convertirla en otra prisionera de mi castillo.

Cuando el príncipe Eduardo puso los pies en la alcoba de Clarisa quedó inmóvil, detenido en el umbral, admirado por la silueta recortándose en el ventanal repleto de luna y de noche: bellas las dos como ella, que no avanzó hacia nosotros; ni siquiera se acercó al príncipe. La recuerdo junto a la ventana, de pie y ligeramente inclinada su figura; su cuerpo manjar de dioses vuelto hacia la noche serena. En aquel preciso instante entraba una doncella llevando la cena de mi amada y el príncipe y yo decidimos regresar al salón principal. Él contaba por entonces dieciocho años, y su juventud, aunque ya marcada por las luchas, las calamidades del mundo y la guerra que había iniciado su padre, quedó también señalada por el sello del amor y de la belleza. Pese a que aún era demasiado honesto como para ser mi adversario, yo no olvidaba que él ya había obtenido la victoria de Crécy hacía dos años y cómo no, podía ganar otra en el corazón de Clarisa. Pero confié en él, y aquel firme pensamiento me ayudó a superar los incipientes celos por alguien más joven y seguramente con más belleza física de la que yo poseía en aquella época. Aunque quien me conoció en el tiempo del que hablo podría haber dicho que mi porte era elegante, y mis modales gallardos y corteses. De todas formas él pronto marcharía para estar presente en la ceremonia que celebraría su padre con motivo de la fundación de la orden de la Jarretera, la primera orden de caballería inglesa. Así pues, mis veinte años, mi fortuna y mi cultura bien podían haber sido objeto de cualquier buena mujer casadera, pero no fue así. El aislamiento que me impuse tras la marcha de mi familia y mi escasa vida social fueron una barrera que impidió el paso a la compañía femenina, lo reconozco, pero nunca me arrepentí del período que hubo de transcurrir hasta la llegada de Clarisa. Y aunque los primeros momentos fueron difíciles, ahora puedo decir que la providencia estuvo de mi parte, los astros conjuntados; la luna, seguramente, en cuarto creciente. Todo lo que se emprendiese en aquellos momentos estaba predestinado a funcionar, a madurar, acrecentarse en su desarrollo. Y así fue. Los primeros titubeos, los problemas que se cernían sobre nosotros, dieron finalmente paso a mi objetivo de conseguir su amor. Pero pasó mucho tiempo antes de conseguirlo.

Siete de abril

Relato publicado en la revista El Tot, 1995.




SIETE DE ABRIL

La lluvia intensa produjo el apagón. Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada y no había nadie en las calles; sólo la luz de una cabina de teléfonos permanecía encendida iluminando unos metros a su alrededor. Un automóvil circulaba a toda velocidad por la segunda avenida del poblado cuando de repente, un animal se cruzó en la vía haciendo que el coche se precipitara hacia la acera, volcando y chocando contra la esquina.

La mañana aparecía soleada y calurosa cuando Lydia despertó de su inconsciencia. Se frotó la dolorida cabeza y vio sangre en sus manos. A su lado, su marido estaba inmóvil echado sobre el volante. Ella le apoyó la cabeza sobre el asiento y, viendo que no obtenía respuesta alguna a sus llamadas, salió del coche pensando en buscar ayuda. Vio en primer lugar la cabina de teléfonos, entró en ella y decidió llamar a una ambulancia.

Levantó el auricular, echó unas monedas y trató de marcar el número correcto: las manos le temblaban.
Era extraño no oír ninguna señal en la línea, así que volvió a marcar varias veces sin éxito. A través del cristal podía ver a varias personas circulando por la avenida y quiso llamarles, pero no logró abrir las portezuelas: parecían herméticamente cerradas. La gente que había visto pasaba prácticamente por su lado.
-¡Ayúdenme! -gritó golpeando con los puños los cristales. -¡No puedo salir!
Nadie pareció darse cuenta de su presencia, ni tampoco del coche volcado contra la esquina. Pronto desaparecieron por una de las esquinas de la calle.

Lydia no cesó de golpear los cristales una y otra vez, hasta que exhausta, se fijó en el auricular que ahora colgaba ondulante casi rozando el suelo. Lo cogió con furia y lo lanzó fuertemente hacia uno de los vidrios. Al caer de nuevo, lo recogió y volvió a golpear llena de rabia.
Las lágrimas asomaban a sus ojos al comprender que todo esfuerzo era inútil; parecía estar atrapada sin remedio en una maldita cabina de teléfonos. Vencida, se sentó en el suelo y volvió a llorar, pero ésta vez con más fuerza. El rimmel manchaba el contorno de sus ojos y el pelo le caía alborotado por la cara.
¡Bip, bip! El reloj digital de su muñeca le indicó que eran las doce del mediodía, hora en que una gran cantidad de personas empezó a agruparse a su alrededor. Alrededor de la cabina. Entonces sintió que renacía su esperanza e hizo gestos a todos aquellos que la observaban.
-¡Estoy atrapada! ­¡Ayúdenme! -gritaba.
Varios niños hablaban entre ellos señalándola. Podía oír cómo sus madres les decían:
-¡Cuidado! ¡No os acerquéis demasiado!
Lydia volvió a pedir auxilio pero ninguna de aquellas personas parecía tener intenciones de ayudarla. Más bien, se les adivinaba en los ojos un interés especial por ella, como un animal del zoo ante la visita de unos estudiantes.
Miró a su derecha. ¡Su coche había desaparecido de la acera! ¡No quedaba ni un solo rastro de él!
La impresión fue tan fuerte que se desmayó cayendo al suelo sobre un costado hasta que el ruido que hizo el teléfono la despertó. Se incorporó con esfuerzo y aturdida, miró el auricular tirado en el suelo. El cable estaba roto, y sin embargo, el teléfono sonaba. Se lo colocó por instinto en el oído.
-Diga...
-Swelpetofg anchegyz eggow.
-¿Quéee? ­¡No le entiendo! -exclamó. -¡Sáqueme de aquí, estoy encerrada!
-Henkelpfagger spotkh.
-Pero...¿qué dice? ­¡Hable claro! -gritó.

La voz metálica que había estado escuchando, cesó, y al momento, el auricular emitió un sonido largo y continuo. Habían colgado. Transcurridos unos segundos, el suelo de aluminio se abrió bajo sus pies haciendo que cayese irremediablemente en un abismo profundo y oscuro.

********

El agua del río se veía cristalina atravesando el prado resplandeciente de verdor. El sol brillaba en lo alto y ni una sola nube amenazaba en la distancia.
Lydia contemplaba admirada este paisaje cuando vio detrás de unos abedules una gran cabaña de madera con grandes postigos abiertos. En las ventanas había cortinas blancas y de la chimenea salía un ligero humo blanquecino. El jardín estaba repleto de flores y se distinguía parte del arco de un pozo en la parte de atrás. Se acercó con sigilo y entró.
Una gran mesa rectangular se hallaba preparada como para un festín, y once personas de pie la miraban sonriendo.
-¡Bienvenida! -le dijo un hombre de pelo gris. -Siéntate, por favor.

Lydia se sentó en un extremo de la mesa.
-Como estrenado miembro de la familia te concedemos el honor de presidir en esta ocasión nuestra mesa. Ya somos doce, hermana, y hemos de dar gracias con esta comida por poder vivir en este paraíso. Hoy, como cada siete de abril, lo celebramos y recibimos nuevos hermanos.- Hizo una pausa y añadió:
-Ahora desearíamos que sirvieses las copas con nuestro vino de fraternidad. -invitó muy amablemente.
Y ella sonrió al ver por la ventana cómo su esposo se acercaba tímidamente a la casa.

**********

Una noche tempestuosa de un siete de abril hubo un apagón general, sólo permaneciendo encendido el fluorescente de una antigua cabina de teléfonos. Por la avenida circulaba un automóvil, cuando de repente, algo se cruzó en su camino haciendo que volcara dando varias vueltas de campana. Minutos más tarde, un joven salía del coche accidentado con intención de llamar por teléfono para pedir auxilio.

Era otro miembro a añadir a la familia de... LA CABINA.

El vagabundo

Relato publicado en la revista El Tot (1995)





EL VAGABUNDO


El día de su cumpleaños, Vincent se acercó sigilosamente a la puerta trasera y, asegurándose de que nadie le veía, entró en el cine. La sala aún despedía el calor de los últimos espectadores y se sintió mucho mejor. Ni siquiera la oscuridad le atemorizó. Fue arrastrando su bolsa de deporte por el suelo enmoquetado mientras se dirigía hacia las butacas superiores. Siempre a tientas, pues su vista no era ya muy buena. Se acomodó en uno de los aterciopelados asientos y puso en el de al lado su viejo e inseparable macuto. Abrió la cremallera y sacó una hamburguesa grasienta y una petaca llena de bourbon.
-Hoy pasarás la noche caliente, Vincent. -se dijo sonriendo y masticando complacido lo que sería su cena de hoy.



Miraba a su alrededor sintiéndose un poco pequeño y un poco intruso entre tantas filas y filas de butacas vacías y solitarias. Se encontraba intruso y solo, aunque prefería eso a verse abandonado otra noche más en una esquina; a sentirse de nuevo mendigo y a soportar la nevada que asolaba esos días la ciudad. Al acabar la hamburguesa, bebió un buen trago y pensó: -Sería fantástico si pudiese ver ahora una buena película. Sí, señor, sería un buen regalo de cumpleaños.
Ese día nadie le había felicitado ni obsequiado con nada porque nadie tenía para hacerlo. Vivía solo desde que tenía uso de razón y no recordaba haber dormido nunca en una casa; siempre lo había hecho en chabolas, cabinas de camión abandonadas, o el siempre socorrido vestíbulo del metro. Nadie le esperaría hoy con alguna fiesta sorpresa, ni nadie le prepararía ninguna magnífica tarta con su nombre escrito en finos hilos de chocolate. Pero él era feliz a pesar de todo. Por lo menos, pensaba, estaba vivo, y siempre tenía algo que llevarse a la boca.
-¡Caramba, se me olvidaba! -exclamó en voz alta. Y sacó de su bolsa un pedazo de pastel de almendras que estaba envuelto en papel de aluminio; lo había conseguido en la parte de atrás de un restaurante, allí donde depositaban todos los desperdicios que nadie quería y eran aprovechables. Lo desenvolvió y le colocó encima una cerilla que encendió. Ya tenía tarta de aniversario, no podía quejarse. Entonces, cerró los ojos, pidió un deseo y sopló la triste vela que acababa de improvisar. Después de disfrutar del delicioso dulce, lo regó todo con más bourbon, quizás demasiado, ya que después de arroparse bien con su abrigo, se quedó completamente dormido.

***

-¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí, negro asqueroso? -gritó el acomodador acercándose. -¡Fuera de aquí!
Vincent se despertó sobresaltado. Cogió su bolsa y apretándola contra sí, se levantó del asiento.
-No hacía nada malo, señor. -se defendió. -Sólo pretendía pasar la noche a cubierto. Yo no...
El acomodador sacó un revólver del 33 y le apuntó en la sien.
-Fuera, he dicho. No queremos basura en este local.
Vincent le miró a los ojos y pudo ver todo el odio del mundo condensado en aquellas pupilas azules. Fue entonces cuando empezó a reírse; una y otra vez, sin pausa: ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja! Y un disparo, un sólo disparo de aquel revólver acabó con su vida haciéndole caer de bruces sobre el pasillo, encima de su inseparable bolsa de deportes con sus pocas pertenencias.
Barton, el acomodador, volvió a las taquillas para ordenar unos papeles. Cuando terminó, volvió a leer unos titulares del periódico que le habían enfurecido horas antes:

"Un reciente estudio confirma la superioridad de la raza negra sobre la demás."

Lanzó el diario a la estufa de carbón que ardía a su lado y masculló por lo bajo:
-Hoy en día no se dicen más que tonterías.
Las sirenas de la policía se acercaban despertando la oscura mañana, y se estremeció al oírlas. Volvió al patio de butacas y horrorizado comprobó que Vincent ya no estaba allí.