Más allá del límite


Relato publicado en el libro "Sociedades Secretas" Antologia de varios autores. Claudio Landete, editor. (1995) y publicado en la web: "http://www.libroandromeda.com/mas_alla.htm">Más allá del límite"
Crítica del libro AQUÍ.




MÁS ALLÁ DEL LÍMITE.


Allí los amaneceres eran sombríos, las noches melancólicas. Detrás de los álamos que rodeaban la casa se asomaba un abrupto acantilado en donde las olas golpeaban furiosas contra las rocas; tal vez trataban de alcanzarle a él, al líder, al que con sus palabras y sus escogidos gestos atraía más y más gente. Y era gente de todo tipo, pero todos con una característica en común: la desesperación desembocante en un fanatismo exagerado.

Por los túneles subterráneos que se habían excavado en la parte trasera de la gran finca circulaban varios hombres en fila cargando rifles y cajas de municiones. Llevaban largas túnicas negras con capuchones a las espaldas y sus cabezas estaban totalmente afeitadas. Afuera, el campanario de la iglesia dio las ocho y las mujeres que estaban sentadas en un banco del patio enredadas con sus oraciones se levantaron y se dirigieron como sonámbulas en plena noche al templo recién construido. Era la hora del culto, y cada segundo que pasaba les acercaba más y más al anunciado apocalipsis. Mientras arrastraban los pies calzados con gastadas sandalias de esparto, sus sombras se perdían entre los últimos rayos de la tarde. Los hombres dejaron sus tareas en las profundidades y siguieron los pasos de las mujeres.



"... Ya no tendrán hambre ni sed; ya no les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjuagará toda lágrima de sus ojos..."

Así hablaba el Gran Maestro Abraham II, como se hacía llamar. Oficiaba la ceremonia de la tarde, justo antes de la cena, y todos los fieles arrodillados en el suelo y con las cabezas postradas, oraban y cantaban a la vez los salmos que les había enseñado. Él les guiaba, conducía todos y cada uno de sus pensamientos y los transportaba a los niveles superiores de conciencia que pretendían alcanzar para sentirse realizados. Y era un líder, amado y odiado; perseguido por algunos y venerado por muchos. A pesar de todo, sólo era un hombre, aunque un hombre idolatrado, y eso era lo que verdaderamente le importaba. Lo demás sólo eran circunstancias que rodeaban su vida, reducida al templo que él mismo se había erigido. Pero todo era falso; no hacía sino sugestionar a sus fieles, hacerles falsas promesas. Les inculcaba sentimientos de liberación y les atemorizaba con la proximidad del Juicio. Sabía cómo crear ambientes propicios en sus ceremonias, sabía como hablarles y amonestar sus fallos. Entonces era cuando veía en los ojos de aquellos hombres y mujeres el miedo, el terror a su ira. Porque nadie debía abandonarle, nadie podía renunciar a lo que él ofrecía. Nadie podía tampoco escapar, porque eran demasiado fuertes y bien cimentados los muros que los separaban de la sociedad, demasiado altas las vallas electrificadas que circundaban la finca, demasiados los perros fieros... Nadie podía escapar de la trampa en que se había metido, voluntariamente o no.

La personalidad del líder era fuerte y siempre estaba apoyada por dos de los llamados Primeros Sacerdotes: hombres rudos, de torsos anchos y brazos poderosos, expertos en artes marciales bien entrenados para evitar cualquier rebeldía. También conducían los Ritos, los temidos ritos que tanto odiaba Marcus... Había ingresado en la secta impulsado por su propia confusión espiritual, y ahora que empezaba a reaccionar, a darse cuenta de que ése no era el camino adecuado, se veía encerrado, sin posibilidad alguna de salir. Y no podía sobrellevar el estado en que quedaba su alma tras los Ritos. Comenzaba a temer verdaderamente las largas sesiones en las que el Gran Maestro congregaba a diez miembros -él siempre estaba entre esos diez- y eran sentados en la mesa del Círculo Místico. Pretendían, unidos todos de las manos y guiados por los sacerdortes, comunicarse con espíritus que les llevarían a otros siglos, pasados y futuros, donde las divinidades se les revelarían y así podrían participar de lleno en su sabiduría. Fumaban hachís y bebían preparados extraños con sustancias excitantes. Al alcanzar el máximo estado de euforia y confusión mental era cuando entraban en escena las víctimas: animales que tenían que sacrificar para ofrecer después en el altar mayor. Abrir sus carnes, degollar sus miembros, desangrar sus vísceras, comer sus cerebros, eso era lo que tenían que hacer para alcanzar la sabiduría y protección divinas.

Ahora Marcus debía dejar de pensar en todo eso y centrarse en la ceremonia. Y mientras se enjugaba con el dorso de la mano el sudor que le caía por la frente, el Gran Maestro seguía hablando del final de los tiempos, un final que profetizaba muy cercano.

"Porque llegarán tiempos mejores para los elegidos. Y aunque hayáis bebido de todos los vinos de maldad y hayáis comido de los manjares del vicio, no se os tendrá en cuenta. Porque serán ciento cuarenta y cuatro mil sellados y nosotros estamos entre ellos. Y veremos una tierra nueva, repleta de oro y de riquezas, llena a rebosar de seda y piedras preciosas; una tierra de aromas perfectos, de ambientes claros y sin nubes donde no existen los esclavos y sólo hay bondad. Veremos árboles de Vida y de Ciencia allí donde la Muerte ha sido desterrada y las murallas son puras alas de ángel."

"Y ¡ay! de los que me abandonen. ¡Ay! de los que se atrevan a desafiarme. Porque entonces serán pocos vuestros lamentos, serán escasas vuestras súplicas. Y todo el que no me siga, el que no siga mis palabras, las palabras de iluminación, será atormentado con fuego y azufre, y la humareda de su tormento se elevará por los siglos de los siglos... El Señor no olvida vuestras iniquidades. ¡Y yo, como su enviado, tampoco!"

Los rostros de los adeptos estaban petrificados, inmóviles todos, con la expresión dirigida hacia él. Y siguieron absortos e impotentes ante sus palabras hasta que unas mujeres empezaron a llorar y le gritaban que nunca le abandonarían, que irían allá donde él las llevase. El Gran Maestro sonreía satisfecho. Lo iba consiguiendo. Poco a poco iba convenciendo a todos, y pronto anunciaría la llegada del final de los tiempos.

Fueron pasando días con sus noches, y los sectarios seguían cumpliendo órdenes. Continuaba el almacenamiento de armas y el sometimiento sexual de las mujeres, que una a una iban pasando por las habitaciones del Maestro, satisfaciendo sus instintos, sometiéndose a su estricta voluntad, una voluntad que creían divina, mientras perdían a pasos acelerados cada rasgo de su personalidad. Y el sol desapareció. Se esfumó en medio de una clara mañana y sólo dejó oscuridad. En realidad no era más que un eclipse pasajero, pero Él dijo haber recibido la señal: el final estaba aquí. Sólo veinticuatro horas después, el Caos arrebataría el mundo.
Con gestos solemnes convocó a todos para oficiar el último Rito. Comunicó que el Señor pedía un sacrificio especial si querían salvarse: A cambio de la vida de seis, se salvarían sesenta de ellos. ¿Y quién serían esos seis?
Los nombres de todos fueron escritos en pequeños papeles y depositados en una caja de metal. La suerte y la mano del líder fueron descubriendo uno a uno los elegidos, que al irlos llamando les indicaba que debían colocarse en fila a la izquierda del altar. Tenían los hombros tensos, los ojos hundidos y húmedos, las manos sudorosas; los oídos, atentos a las indicaciones del Maestro, rendidos ante lo que a él se le ocurriera hacer. Y aunque todos los que estaban allí congregados estaban bajo los efectos de las drogas que se suministraban diariamente, algo podían percibir, algo que les decía que debían luchar por una nueva vida, no dejarse llevar por los gritos de un loco que almacenaba cientos de dólares en aquel refugio libre de impuestos. Pero se marchó la cordura que había aparecido tan sólo un momento, nadie la pudo atrapar.

Los que iban a ser sacrificados se dirigieron al patio acompañados de los sacerdotes. Marcus, que era el más joven, salió de la fila y corrió, corrió todo lo que pudo hacia la parte trasera de la casa, hacia el acantilado de olas coléricas.
-¡Dejadle! -gritó el Maestro. -¡No vayáis tras él!- Y mantuvo en sus labios una siniestra sonrisa mientras decía: -No ha entendido. Ha oído pero no ha entendido que su ruina está cerca, y si piensa que así escapará a la furia del Señor va equivocado. Muy equivocado... ¡Prosigamos!

Los maderos estaban ya preparados, los clavos también. El sol despedía brillos sobre las frentes sudorosas de los elegidos, que entre alaridos de dolor, lloros y súplicas iban siendo crucificados. El resto de las personas que tenían que presenciar aquel horror estaban arrodilladas hincando sus rodillas huesudas en la arena del patio, balbuceando plegarias. El Gran Maestro alzaba sus gordezuelos brazos al cielo anaranjado y arrugaba su nariz y torcía la boca en una mueca desagradable mientras creía que su poder estaba renovándose por momentos. Aspiraba omnipotencia e incluso lloraba de emoción. Era sólo un loco, pero un loco seguido por muchos.
Cualquiera podía captar ese día el olor del holocausto, del sacrificio mezclado con la brisa salada que traía el mar. Podían oirse los gritos escandalosos de las gaviotas que iban y venían. Podían verse perfectamente los hilillos de sangre que resbalaban del centro de aquellas manos perforadas hacia las muñecas, la sangre acumulada en las plantas de los pies, las pupilas dilatadas, las bocas abiertas, las túnicas convertidas en sudarios. Cuando el sol hacía intentos de ocultarse para no tener que contemplar la macabra ceremonia, alzaron los crucifijos y los cuerpos sacrificados se mostraron ante los ojos de los hombres como nuevos Cristos, como últimas ofrendas al dios que les salvaría de morir en aquella tierra injusta.

A pesar de que todos tenían el estómago revuelto, los miembros adormecidos y la cabeza a punto de estallar, pasaron una noche tranquila. El Maestro no llamó a ninguna mujer, nadie oyó tampoco cómo sonaba una y otra vez el teléfono para él, llamadas de traficantes y de proveedores. Nadie fue molestado en plena noche ni atemorizado por los sacerdotes. Marcus también durmió descansado. Había corrido hasta el límite del despeñadero y su cabeza descontrolada por la marihuana mezclada con cocaína hizo que él mismo decidiera su suerte, que fue morir atrapado en una de las vallas electrificadas. No se acordaba de que existían: sus ansias de escapar y la fe de recuperarse no fueron suficientes porque su cerebro no funcionaba. Él había muerto, pero desde donde estaba, con toda la paz de que disponía, pensaba contemplar la función final.

Sesenta fueron las oraciones, una de cada miembro de la comunidad. Sesenta fueron las cerillas que se emplearon para provocar el incendio en el altar mayor, y sesenta los hombres dispuestos a morir. El Santuario iba llenándose de llamas y de humo procedentes de la ira de Dios mientras los alaridos de dolor iban en aumento. Nadie había escapado en el último momento porque todos creían fervientemente en que así tendrían la vida eterna asegurada. Ahora sufrían, sí, pero más tarde vendría el gozo imperecedero. Dejaron que sus cuerpos fueran consumiéndose y que el fuego fuera destruyendo su templo.
Las nubes que se habían estado cerniendo sobre aquel lugar apartado parecían vestir de luto por ellos. Y descargaron su llanto sobre la casa y sobre la arena del patio delantero donde se iba dispersando entre los regueros de agua la sangre de los sacrificados el día anterior. El incendio se apagó dando paso a una intensa humareda que se iba elevando hacia el oscuro firmamento, llevándose las almas de todos los que en el fondo de su ser, aún sin saberlo, se habían arrepentido o habían reconocido su fallo. Por el contrario, un fuerte viento que empezó a impulsar de nuevo las olas contra las rocas del acantilado, alzó los siniestros pensamientos del líder que aún se sostenían en la atmósfera del lugar y los empujó hacia el centro de un tornado que pronto se formaría en aquella región. Allí se desintegrarían, serían hechos trizas, tal y como él había hecho con sus seguidores. No podía obtener ningún perdón, había traspasado los límites.