Inri





INRI


Suaves tonalidades de rojo se abren paso entre la tarde. Él, desde su perspectiva, puede ver cómo se oscurecen los techos de las casas más altas de la ciudad. Es desde la mañana que está ahí colgado, desde la hora en que la profecía empezó a cumplirse.
Le es difícil respirar, teniendo que elevar el cuerpo a cada inspiración, sintiendo cómo intensas punzadas de dolor nacen una y otra vez de sus pies clavados uno sobre otro en el madero, impidiéndole mover las rodillas.
Fríos clavos de hierro atraviesan sus muñecas, y cada una de sus inspiraciones, cada uno de sus movimientos hacia arriba en busca de aire fresco, le producen un dolor lacerante en las articulaciones de los brazos, tan horrible que siente que se va a desmayar.
La cabeza, inclinada hacia la derecha, está coronada con espinas entrelazadas que se clavan en la suave y sudorosa piel de la frente.
Paulatinamente, finos hilos de sangre se le escurren desde las sienes para resbalar por los pómulos; las gotas caen como mazas sobre su pecho desnudo y herido. El largo y lacio cabello oscuro va recogiendo el copioso sudor que mana de su cuello y de su frente para evitar que la sal que contiene le irrite aún más las heridas.

Él gime al sentir ahora más intenso el dolor en su espalda. La madera tosca y sin pulir roza las magulladuras provocadas por el látigo en su lento y agónico ascenso hasta el monte. Aún suenan en sus oídos las injurias de los que allí le han amarrado, pero no le importa demasiado lo que hayan dicho: tarde o temprano se darán cuenta de su error.

Han colocado sobre su cabeza una inscripción tallada en una tabla rugosa y desigual. Una de las palabras que contiene destaca sobre las otras: Rey. Es rey pero está crucificado, condenado a morir en medio de terribles calambres musculares.
De nuevo la tortura al respirar. Cuando hubiera tenido que ser un acto involuntario, está siendo algo forzado, un doloroso trance antes de llegar al final.
Los músculos de los brazos se le agarrotan y sigue manando sangre de las heridas de las muñecas, y se va haciendo cada vez más oscura. Una de las piernas la tiene paralizada, inmóvil y muy tensa; da la impresión que de un momento a otro vaya a moverse espasmódicamente y sin control. Eso le asusta, pues sabe que si mueve más de lo justo cualquiera de sus miembros, el dolor aumentará. Y mucho.
Mueve la boca en un raro gesto porque la musculatura de la cara parece que vaya a quedarse rígida también y vuelve a gemir, sin atreverse a sacar al exterior el alarido que exprese todo lo que siente.
Es el cansancio. Una fatiga enorme es la que le cae en esas horas encima de los hombros. Que cesara de una vez el dolor, eso es lo que podría traerle uno de sus deseos.

Cerca de la hora sexta se eclipsa el sol, la oscuridad cubre todo el lugar y un fuerte grito, un canto al fin, puede oírse desde lo alto de la montaña. La muerte se ha llegado hasta el que tuvo la osadía de llamarse Rey. Un rey torturado como los que cometen injusticias, golpeado como los animales que se escapan del rebaño. Insultado como las rameras, crucificado como los ladrones. El Rey de los judíos.

El escritor de escritores

Relato publicado en el blog Tallando Lápiz (México), abril 2008.





EL ESCRITOR DE ESCRITORES.


Él es el escritor de escritores, el creador de universos, vidas, proyectos e ilusiones. Él surge de un mundo en el que él mismo es imaginado, y ahora, en su madurez, concibe nuevos mundos que a su vez le imaginarán a él.
Proyecta la Tierra, los mares y los cielos; la naturaleza entera. Insufla aire en cada ser viviente que germina de sus ideas y les da poder para manejarse a su antojo, para pasearse y vivir por el suelo que ha creado. Ha visto que es bueno y continúa imaginando.
Crea cada retazo de historia: desde los episodios en las más remotas de las cavernas, pasando por las batallas más sangrientas, más simples, más aburridas; provoca batallas cualquiera en los campos más alejados, los más remotos, abruptos o cercanos a las ciudades. Organiza múltiples expediciones, descubrimientos y construcciones; los reinados más crueles, los más benignos y los menos destacados. Por sus manos pasan infinidad de asesinatos, matrimonios, separaciones y amores fustrados. Le crecen sabios y multiplica simples mortales para hacerlos hombres ilustres, ambiciosos, despechados, felices, trabajadores, vagos y criminales.

Firma millones de acuerdos, paces, tratados, sentencias de muerte y constituciones. Provoca crisis monetarias, pestes, las más terribles enfermedades, muertes crueles, hambre, desecaciones y polución.

Escribe sobre cada uno de los hombres que ha creado y les inventa historias y cientos de sucesos para agitar sus vidas y hacer así más completa su propia creación. Cada hecho que engendra es uno más en su libro, que es el Libro de los Libros, el que recoge todas las historias posibles, todos los personajes imaginables, todos los libros que han podido escribir esos personajes con cada uno de los relatos posibles.


Representa todas las obras, pinta todos los cuadros; ha dibujado cada paisaje que él mismo ha ideado. Delinea proyectos, es el arquitecto de los arquitectos, el constructor de todas las construcciones posibles, el mago de los magos.

Y lo observa todo desde su escritorio, el que está situado en mi imaginación. Y yo le veo creando, inclinado sobre millones de hojas de papel escritas con tinta indeleble, perpetuando su obra, volcado sobre todas las vidas posibles, inventando nuevos y viejos episodios. Y le ideo a él otro mundo, en el que no puede seguir trabajando y ha de vivir otra historia, y le creo en otras situaciones, ninguna igual a la otra. Invento nuevos acontecimientos y sueños, aventuras y accidentes. Escribo ahora mi Libro, el que a pesar de todo le seguirá perteneciendo a él, a su misma obra, porque me ha imaginado así, y sólo hago lo que está escribiendo en este momento. Escribo estas palabras porque él así lo hace y cesaré en cuanto él cese. Pertenecer a su Libro es como pertenecer a un Dios. Siempre bajo su poder, siempre bajo su influencia.

Marionetas en la cuerda, títeres en el gran teatro, en la gran orquesta sinfónica mundial cuyas partituras son ahora un capítulo más. Uno cualquiera. Tampoco tiene tanta importancia.