Cosas de niños

Relato premiado con el 4º puesto en el II Concurso de Microcuentos El dinosaurio(Colombia).





COSAS DE NIÑOS













Cerró los ojos. Las puertas del armario, entreabiertas, dejaban paso a la temible oscuridad de su interior. Cosas de niños, pensaba, así que abrió los ojos de nuevo y decidió levantarse de la cama.
Sus pies descalzos le enviaron la primera señal de peligro: la segunda fue su corazón tembloroso. La tercera señal la dio su boca, que se abrió en forma de grito.
Alguien, bajo la cama, asía sus tobillos y, aterrorizado, miró de nuevo hacia las puertas del armario, entreabiertas. Cosas de niños, pensaba, pero los dedos extraños en sus pies no estaban de acuerdo.



Addenda Noviembre 2011: Relato seleccionado en el blog Mester de Brevería: http://eltriunfoarciniegas.blogspot.com.es/2011/11/marta-abello-cosas-de-ninos.html

Jueves

Relato publicado en la revista Impactes (año 2000)





JUEVES

Nubes de otoño atravesaban el pueblo. El viento, que viajaba a bastantes kilómetros por hora, barría todo lo que se ponía a su alcance.
El viejo John estaba como cada tarde en el porche de su casa, sentado en su eterna silla de ruedas, contemplando el baile de hojas secas. Saludó a dos niños que volvían de la escuela, agitando su mano, sonriéndoles, pero ellos no le hicieron caso y siguieron su charla.
Poco a poco, el sol se fue ocultando tras las montañas, y como el frío de la tarde se volvía cada vez más intenso, John giró en redondo su silla y empujó la pesada puerta de roble entrando en la casa. Tenía la cena preparada en la mesa; su mujer, Clara, estaba sentada en el sofá, tejiendo. Entre los labios sostenía un cigarrillo.
-¿No vas a cenar?
-No tengo hambre. -contestó ella secamente, sin levantar la vista de su labor. Y de un sólo trago, apuró la tercera lata de cerveza de esa tarde.
Él la contempló mientras se llevaba a la boca pedazos de carne estofada. Ya hacía años que había dejado de ser la criatura esbelta y proporcionada que conociera en la tienda de Isaac. El paso del tiempo y la dejadez la habían vuelto obesa y malhumorada. Abandonándose a los peores hábitos, fumaba continuamente y la cerveza nunca dejaba de estar a su lado, hiciera lo que hiciera, en el lugar que lo hiciera. Solamente los jueves abandonaba como por arte de magia sus malas costumbres: Salía de casa, temprano, y se iba a una de sus reuniones en el local social. ¿Qué trataban en aquellas reuniones? John nunca lo supo; tampoco le interesaba demasiado. Cuando Clara regresaba, preparaba una buena cena e incluso algún postre delicado; volvía a ser la mujer con la que John se casó. Él no entendía este cambio de actitud, pero sabía que su vida sería infinitamente mejor si pudiera ser jueves todos los días de la semana.


Aquella noche, John dormía tan profundamente que no oía al viento empujar contra su ventana. Pero sobre las once le despertaron los ruidos en la habitación contigua, la habitación de Clara. Con esfuerzo alcanzó su silla agarrándose a la barra que había instalado en la pared expresamente para ello, y se dispuso a averiguar qué ocurría.
Salió al pasillo; con las manos iba haciendo rodar las ruedas de su silla, que se deslizaban por el suelo de madera haciéndolo crujir. Enseguida vio la puerta entreabierta; desde su posición podía distinguir perfectamente a su esposa subida en un gran cajón de madera, rodeada de decenas de velas rojas encendidas. Le llegaba un olor nauseabundo que se iba impregnando en sus ropas, pero su voz no alcanzó a quejarse: Varios muñecos de vudú estaban dentro del círculo junto a Clara, que tenía el rostro iluminado y miraba hacia arriba con los brazos en alto. Cuando John se acercó un poco más y dirigió su vista al techo, pudo ver que allí había plasmada una reproducción de la Bestia, terrible, con su aspecto monstruoso, voraz, de piel rojiza y miembros poderosos; con ojos de fuego y boca de alimaña. La mujer pronunciaba plegarias herejes y desconcertantes para su marido.
-¡Clara, por Dios Santo!
Estas cuatro palabras provocaron un inesperado golpe de aire que hizo que el hombre se tambaleara y cayera de su silla. Dentro de la habitación, una de las velas encendidas prendió la alfombra y, rápidamente, las llamas rodearon a la mujer, que ahora gritaba, pero sin cesar de implorarle al Maligno. Un bloque de humo negro y espeso empezó a cubrir el pasillo donde John estaba caído, derrumbado boca abajo. Con toda la fuerza de que disponía fue arrastrándose por el suelo para salir de la casa. Llegó al porche cuando las llamas alcanzaban el salón: las tablas de madera, y todos los muebles parecían gemir, pasto del fuego.
Desde el jardín, John pedía auxilio, pero nadie parecía oírle. Las luces de todas las casas de alrededor estaban apagadas y no sabía porqué, pero no tenía esperanzas de que alguna ventana se iluminara y saliera algún vecino alarmado por el fuego. Continuó arrastrándose en dirección a la calle: su objetivo era ahora llegar a la cabina de teléfonos recién instalada en la esquina. Sus brazos estaban entumecidos, cansados de tanto soportar el peso de su propio cuerpo avanzando por entre el polvo del suelo.
Un estruendo hizo que volviera el rostro sudoroso hacia atrás: No había llamas ni humo ni nada que no fuera absoluta normalidad.
Volvió de nuevo a arrastrarse por donde lo había hecho antes, siguiendo el camino que él mismo había dejado marcado en la tierra, ahora arcillosa, por la lluvia que empezaba a caer.
Ya en la casa, vio a su mujer sentada tranquilamente en el salón, bebiendo un vaso de leche.
-¡John! Pero... ¿qué haces? ¿Dónde está tu silla de ruedas?
Clara se agachó para ayudarle a levantarse y lo sentó en el sillón.
-¡Cuéntame! ¿Qué te ha pasado? ¿Qué hacías ahí afuera?
-Tú...tú...-balbuceaba él- ...Estabas ahí subida... Y el fuego... Todo se quemó y....
Clara no dijo nada. Fue a la cocina, calentó más leche y se la dio a beber.
-Toma, te hará bien. -dijo ella dándole la taza humeante.-Seguro que has tenido una pesadilla, eso es todo.- Le pasó una mano por la cabeza y salió un momento del comedor para regresar empujando la silla de ruedas.
-Aquí la tienes. Estaba en tu habitación.
-¡No puede ser! ¡Oh, Clara, es todo tan confuso! ­se quejaba -¡No entiendo cómo ha podido sucederme esto!
-No insistas querido. Sólo ha sido una pesadilla que te ha hecho deambular un rato por la calle. ¡Con la humedad que hay! -exclamó arqueando las pobladas cejas. -Será mejor que te de tu medicina, John. No vaya a ser que ahora te vayas a poner enfermo.
John tomó sus pastillas después de lavarse y cambiarse de ropa, y se quedó el resto de la noche en el sillón; prefirió no dormir. Su esposa sí dormía, tranquila, y sólo el eco de unos truenos lejanos podía turbar un poco su sueño.
El reloj de pared dio la una y John sonrió, alimentándose una vaga esperanza en su interior.
-¡Gracias a Dios ya es jueves! -pensó, animado. Los jueves Clara va a su reunión. ¡Jueves, un día normal de la semana!
Jueves, sí... Ahora podía dormir descansado; podía incluso roncar sin pensar en el desagradable olor que el humo de aquellas velas había dejado en su ropa.