La última carta

Relato publicado en 1995, revista El Tot.




LA ÚLTIMA CARTA

Supongamos que me decidiera a permanecer una temporada contigo. Tú lo encontrarías descabellado, seguro. A fin de cuentas, creo conocerte bastante bien. Aunque nunca he llegado a comprender esa obsesión tuya por no dejarte seducir por ideas ajenas, por mucho que éstas te agraden o por intrascendentes que éstas sean. Siempre has querido establecer unos límites muy precisos a tus experiencias, y con el paso del tiempo y la seguridad que con éste vamos adquiriendo de nosotros mismos, paradójicamente, tú has ido estrechando estos límites hasta convertirte en prisionera de ti misma. Tú lo sabes y ésta idea te desespera, pero no lo reconoces. Te lo negarás a ti misma mil veces, y atribuirás tus tribulaciones a cualquier problema pasajero sin importancia. Pero cada vez que abres los ojos y miras a tu alrededor, comprendes cuán atada estás a ti misma y lo poco que has vivido y lo rápido que pasa el tiempo.

Pobre Mario, seguro que él no sabía lo que le esperaba cuando te conoció. No podía ni imaginar tu forma absurda de comportarte con él, tus continuos reproches y falta de comprensión, y eso que según tú, sólo pretendías poner una cierta barrera entre su atrayente personalidad y tus reticencias particulares.
Sé que a ésta altura de tu vida te preguntarás porqué quiero quedarme, porqué querer estar contigo ahora que dices no necesitar a nadie. Ni tan sólo yo sé la respuesta; últimamente me comporto irracionalmente, siguiendo la senda de mis primeros impulsos sin pensar nada más. No mido las consecuencias de mis actos y esto, tal vez, pueda acarrearme algún problema, pero, ¿y qué? ¿No son, acaso, mucho más importantes que los tuyos?
No, no nos pongamos límites ahora a nosotros también. Vendré pronto y hablaremos. Confiemos en nuestra vieja amistad. Además, creo que hay oportunidades en la vida que uno no debería dejar pasar, y tú y yo estamos predestinados a volvernos a encontrar, lo quieras o no.

Podría ser que hoy, a pesar del mal tiempo, intuyeras mi carta. ¿Acaso lo ves improbable? No tiene nada de malo que yo vaticine tus pensamientos, después de todo compartimos mucho más que una simple amistad, y ahora no puedes negarte a recibirme como si nada hubiera ocurrido. Debiste pensar antes lo que estabas haciendo, en que barrizal te estabas metiendo. Porque estar conmigo es adentrarse en el más espeso de los lodos; es imbuirse en el más profundo de los pantanos, en las más cenagosas arenas movedizas, esas que atraen y ahogan lentamente, segundo a segundo, hasta cubrir por completo la vida de la pobre víctima que se les ha acercado, atraída.
Supongo que deberías hacer un esfuerzo y tratar de leerme con más atención. Sé que ahora estarás distraída sosteniendo entre tus manos este papel, mirando por la ventana, dispersando tus ideas sin centrarte en ningún pensamiento concreto. Deberías sorprenderme y leerme de seguido como si yo fuera lo único que te importa de verdad. Yo o mi carta, puedes elegir. Y aunque la segunda sea parte de mí, en cierta manera puedes ponerle un coto y aislarla dándole el sentido que le quieras dar. Pero no te alejes de mí; no quiero que tus pensamientos divaguen en exceso llegando a un punto tan lejano que se olviden de mi existencia. Nunca deberías haberme despedido, haberme echado de tu casa de aquella manera, porque ese es un error que puedes pagar muy caro, ¿lo sabías?
Los errores se pagan caros porque es la única manera de aprender a no volver a cometerlos. Y tu error fue dejarme abandonado a la deriva de mi desbaratada personalidad. Tu equivocación fue desamparar mi atormentado corazón con tus gritos y tus recriminaciones. Pude aguantarlo en aquel momento en que cogía una bolsa de viaje y la llenaba con las pocas cosas que tenía en tu casa. Era horrible oír tus gritos detrás de mí y no poder decirte que te estabas equivocando conmigo; la tristeza me oprimía la garganta y no pude articular palabra. Pero ahora he tenido suficiente tiempo para recapacitar, para poder pensar en todo aquello que quise decirte y no me atreví. Ahora atiéndeme: has de decidir definitivamente. Yo o mi ausencia. Y espero que elijas la primera opción, porque ahora Mario no puede interponerse entre nosotros, no puede influir en tu decisión.
Ahora sólo quedan dos alternativas. Una es la que te devolverá la vida, la ilusión que mi devoción puede proporcionarte; la otra es el ocaso en el que culminarán todas nuestras noches juntos. Pero el asunto no quedará ahí si eliges esta segunda opción. No estoy dispuesto a renunciar tan fácilmente, y pienso luchar por lo que considero mío.
Sí, pienso volver a verte, pero creo que quizás deba aplazar la inmediatez que requiere mi impulso pues podría ser arriesgado; tal vez deba dejar pasar más tiempo, al menos hasta que sepa que la policía ha retirado la vigilancia alrededor de tu casa. Parece que están protegiéndote. ¿De mí? ¿Es de mí de quien quieres defenderte?
Esa idea no me gusta nada. Más bien me pone furioso y enerva mi carácter irascible, febril. No deseo que haya ningún tipo de muro entre nosotros, y menos aún ese muro infranqueable que ofrece la fuerza pública. No quiero enfrentarme a ellos. No quiero que estén rodeando tu casa flanqueando tu valla con esos perros terribles.

De veras que mi vida ha cambiado mucho desde que te conocí y sigo creyendo firmemente que deberíamos estar juntos y no volvernos a separar jamás; bajo ningún concepto. Juntos otra vez hasta que la muerte nos separe.
Pero antes de ir a verte he de acabar esta carta y con ella abolir muchos malos recuerdos que me agobian hasta lo indecible. Tuviste parte de culpa en ellos, lo sabes perfectamente, y por eso tratas de alejarte cada vez más. Odio tu manera de pensar en cuanto a mí. ¿Tú me querías, no es cierto? Y no creo que todo fuera falso, pues nunca nadie pudo manipular mis sentimientos de tal forma que ni yo mismo pudiera darme cuenta del daño que se me estaba causando.

Y cuando vuelva, volveremos a ser los de antes, aunque te niegues y me cierres la puerta. Aunque grites y supliques que te deje en paz. Ni siquiera podrás avisar a la policía porque ya hará días que habrán abandonado la vigilancia de tu casa y yo habré cortado los cables telefónicos. No tendrás escapatoria. El bosque de pinos que rodea tu casa será perfecto para la noche en que yo llegue. Sólo la luna en lo más alto de las montañas iluminará el camino, y nadie, absolutamente nadie, se dará cuenta de mi llegada. Sólo el susurro del viento entre el follaje será testigo de ello. Caminaré pisando las hojas muertas observando las madrigueras que construimos el año pasado para las ardillas. Tan felices los dos...
Y Mario tan ingenuo en cuanto a tu fidelidad. Confiaba en ti, pero le traicionaste. Lo mejor de todo fue cuando nos deshicimos de él. No me puedes negar que la idea fue tuya. -¡Todo sería tan fácil si Mario no existiera! -decías una y otra vez. Y lo hicimos, no lo olvides jamás. Lo hicimos juntos. Tú le preparaste aquel té con un poderoso somnífero mientras yo traía su coche hasta el porche. Lo sentamos allí, y conduje hasta una de las curvas de la montaña mientras tú esperabas impaciente en casa. Salí del coche, le coloqué a él en el asiento del conductor y empujé para que el vehículo saliera de la carretera y entrara en el reducido arcén que la separaba del abismo. No tuve que hacer mucha fuerza para que se precipitara hacia abajo, rodando sobre sí mismo una y otra vez, hasta que paró de dar vueltas y se detuvo entre dos grandes rocas. Quedó totalmente destrozado.
Te lo conté en cuanto volví de nuevo a la casa. Y tú, aunque trates de eludir la verdad, te alegraste de su muerte.

Pero a pesar de todo lo que hice por ti me abandonaste dejándome naufragar en este mar de contradicciones que soy ahora. Me han diagnosticado neurosis obsesiva, y tengo una marcada tendencia hacia las perversiones. He estudiado bien mi enfermedad y puedo decirte que mi frustración parte de la insatisfacción, la que tú me proporcionas descaradamente. El neurótico, se halla ligado a un determinado período de su vida pasada durante el cual se sentía feliz. Se limita regularmente a evitar el contacto con la realidad y protegerse de cualquier encuentro con ella. Desea cambiar esa realidad, para sustituirla por otra más conforme a sus deseos.

Ésta será mi última carta, y pretendo decirte que me esperes, pues pronto estaré ahí. No sé la hora, ni el día, ni en que preciso momento llegaré, pero será muy pronto, y espero que me recibas con una sonrisa. De esa manera sería capaz de olvidar la terrible tortura que te había preparado por haberme traicionado. Con este final confío avisarte de lo que te espera si no me tratas amablemente, si no me recibes como merezco. Has de saber que todo tiene solución: tus miedos, mi mal carácter, todo. Todo menos la muerte.