El inframundo

(Relato Finalista II Certamen de relatos de terror editorial Circulo Rojo-2010 de entre más de 800 participantes)
Publicado en el libro "32 motivos para no dormir". Editorial Círculo Rojo-



Esta es la historia que me contó mi abuelo Ming, quien estuvo en el Di Yu, el Inframundo. Me contó que fue enterrado vivo y que murió entre terribles dolores e insultos a sus familiares por haber permitido semejante afrenta. Él, el venerado anciano de nuestra estirpe, sufrió lo indecible por tratar de salir de su tumba; se retorció y empujó, pero fue inútil, pues el joven Wu Gao, el enterrador, era duro de oídos y no oyó sus gritos lanzados a la noche ni sus llantos abandonando su cordura.

El abuelo murió al fin porque a veces los dioses son clementes, pero los yaoguai, los demonios del averno, lo atraparon en su camino hacia la luz.

¿Por qué no salió a recibir su alma el buen dios, Dizan Wang? ¿Por qué no lo llevó al Paraíso?

Nadie tiene las respuestas, pero dejad que os cuente qué fue lo que relató mi abuelo Ming.

Sus ojos confirmaron que estaba en la prisión terrenal cuando tras abandonar el cementerio fue arrastrado hacia una caverna oculta bajo las raíces de un árbol seco, de tronco retorcido. Allí esperó a que otros demonios trajeran más hombres, otros paisanos que llegaban con los cuerpos putrefactos y las miradas extraviadas; algunos no sabiendo si estaban vivos o estaban muertos. Cuando se formó un grupo numeroso, uno de los demonios dio la orden de seguir y adentrarse en una gruta oscura como los pensamientos que mi abuelo tenía en ese momento, pues su corazón no presagiaba nada bueno. Y así, sin ver nada, sólo sintiendo la presencia de sus compañeros humanos delante y detrás de él, oyendo su silencio temeroso, sus respiraciones temblorosas, caminó entre plegarias olvidadas hacía tiempo ya.

Pronto encontraron una leve luz que les anunció un cambio de escenario, y así llegaron a un lugar donde unas plataformas accionadas por poleas los esperaban mientras los gritos de los demonios colocaban al grupo sobre ellas como el pastor cercaba a sus ovejas. Bajaron todos hacia las profundidades de la tierra, hacia la oscuridad, y mientras sentía bajo sus pies el traqueteo de la plataforma en descenso, mi abuelo comenzó a pensar que tal vez los llevaban a trabajar a las minas de cobre, y que, bendita ignorancia, su vida entera había sido un sueño del que había despertado ahora. Vida y muerte falsas: Tras el sueño regresaba la verdad. Y era ésta: Era un trabajador de las minas. Había soñado que era un señor feudal y que había sido enterrado vivo. Una pesadilla, al fin y al cabo; un mal sueño provocado por una indigestión. Quizás los últimos baozi estaban en mal estado…

Los delirios de mi abuelo cesaron cuando lo hizo también el movimiento de la plataforma. Ante todo el grupo apareció una gran verja custodiada por dos guardianes con cuerpo de hombre y cabezas de caballo y buey.

Pasaron entre ellos sin atreverse a mirarlos, no fuera a caerles alguna maldición lanzada desde sus ojos insanos, y entonces se encontraron con un laberinto de mazmorras malolientes en cuyo interior se retorcían seres que una vez fueron humanos. Mi abuelo lo supo porque sus lamentos hablaban de cosas terrenales, pero sus cuerpos hacía tiempo que habían dejado de serlo. No le pedí que me contara cómo eran esos seres porque oí en su voz el temor a verse convertido algún día en uno de ellos, por eso dejé que siguiera hablándome del nuevo guía que se unió al grupo de demonios, cuyo rostro estaba oculto por una máscara de dragón. Su voz le era familiar, pero nunca hubiera osado averiguar, nunca en aquel lugar. Las ínfulas de gran señor de mi abuelo desaparecían por momentos y yo sentía que su experiencia lo había llevado a comprender a los trabajadores de sus campos, siempre mal tratados, siempre mal alimentados.

Mi abuelo calló. Su rostro se apagó entre las sombras. Yo le dije: “Yé ye , sigue contando”. Él asintió, con un gesto vencido. Y su voz me habló así:

“Ascendimos por una estrecha gruta para alcanzar una rampa empedrada. Nuestros pies desnudos se topaban a cada paso con escarabajos que crujían aplastados a nuestro paso. Algunos de mis compañeros gritaban por no soportar el asco y enseguida éramos azotados por alguno de los demonios que nos rodeaban. Subimos un nivel, dos, tres, y válgame el cielo, nos detuvimos en el cuarto nivel: el número de la mala suerte. El número de la muerte. Ahí nos esperaban los chupadores de sangre, temibles seres de colmillos retorcidos que nos recibieron con una sonrisa. Eran los Kiang, que chupaban tu sangre de forma tan veloz que apenas te daba tiempo a emitir un suspiro mientras notabas la horrorosa calidez de sus labios sobre tu piel.”

“Recuerdo entonces que desperté sentado y rodeado de escarabajos muertos, rodeado de mis compañeros de ruta también, que bostezaban hambrientos y murmuraban sin comprender dónde estaban nuestros vigilantes. Nos hallábamos en una gran sala iluminada por antorchas, sin puerta alguna. Alguien comenzó a correr en torno al lugar, tratando de hallar una salida, pero pronto abandonó su búsqueda, pues del techo de la sala descendió una plataforma iluminada con diez seres en su interior. Alguien susurró: “Los diez jueces del infierno… ¡preparaos compañeros!” Y más aún cuando los demonios se hicieron presentes detrás de nosotros, extasiados ante la presencia majestuosa de los Diez, cuya presencia no inspiraba temor, sino veneración.”

“Los gritos de los demonios a nuestro alrededor removieron nuestros miedos más ocultos y alguno empezó a llorar mientras nos repartían en filas a la espera de ser atendidos, pues eran nuestros pecados los que esperaban una sentencia. Y un castigo.”

“Cuando las sentencias fueron dictadas, la mía también, fuimos conducidos hacia la gruta por donde aparecieron los demonios, negra como la muerte, repleta de olores nauseabundos y murciélagos que castigaban nuestros oídos y se agarraban de nuestros cabellos. La tortura terminó cuando salimos de allí y llegamos a una gran cueva con un lago de aguas hirvientes. Allí fueron lanzados los asesinos y los adúlteros entre grandes gritos de dolor, y su sufrimiento no terminaba porque no estaba entre los planes de los jueces la clemencia ni la muerte. Sufrirían así tiempo y tiempo y tiempo.”

“Vi decapitar a varios de mis compañeros, ladrones y violadores, y sus cabezas rodar hacia las fieras que esperaban atadas con cadenas a las rocas. Tuve que cerrar los ojos y presionar mis párpados para tratar de despertar. Ya lo había hecho una vez: Desperté de la muerte. ¿Por qué no otra vez?”

“Sólo quedaba yo para sufrir el castigo que correspondería a mis pecados. Muchos. Muchos pecados, hijo mío. Y delante de mí apareció Yama, el señor del infierno, con sus tres cabezas horripilantes y su lengua larga que se deslizó hasta acariciar mis pies.”



Mi abuelo fue enterrado vivo, murió, fue al Inframundo y regresó entre brumas y velos para explicarme lo que había vivido. Yo le escuché agarrado a mi almohada mientras le observaba sentado en una silla, dándome la espalda, hablando y hablando sin parar siendo su voz un susurro lleno de silbidos de serpiente.

-Ahora sirvo a Yama, pues mis pecados son tan grandes que igualan a los suyos. –dijo con voz cavernosa. –No visites mi tumba vacía, no ores por mi alma.

Esta es la historia de mi abuelo Ming, quien estuvo en el Di Yu, el Inframundo, después de haber sido enterrado vivo.



Marta Abelló