Así en el Cielo como en la Tierra



Relato finalista del Concurso Literario Internacional "Cada loco con su Tema".
México, 2013. Convocado por Grupo Editorial Benma. (Más de 1000 participantes)
Libro Cada loco con su tema
Cada loco con su tema. Grupo editorial Benma




Así en el Cielo como en la Tierra

El piramidión despedía un rayo azul que se disipaba entre las nubes que comenzaban a poblar la meseta. En aquella hora temprana, la actividad era frenética, y desde una faluka varada cerca de la Esfinge, el faraón observaba su potencia y luminosidad. Abandonando la espectacularidad del rayo, no pudo más que admirar al león del desierto, quizás por última vez: Sobresalía su cabeza orgullosa, se mantenía aún erguido su tocado, pero su boca ciega parecía pedir socorro sobre las aguas que lo cubrían, más peligrosas que las arenas que lo habían hecho hasta que llegó el diluvio; el castigo, lo llamaron algunos.


Todo eran falukas repletas y agua sobre la meseta antes arenosa; todo eran gritos y órdenes para trasladar objetos hasta las dos grandes dhahabeyas de velas ahora desplegadas. Ante todo debían preservarse los rollos de manuscritos científicos, las obras literarias, los estudios de los sabios, pero había sido una tarea difícil y hubo muy poco tiempo para ello. Quién sabe si la elección había sido la correcta…

El faraón elevó su rostro moreno de nuevo hacia el rayo azul que emitía su quejido a los cielos, su alarma, su dolor por la tierra perdida, y juntó sus manos en plegaria. No podían olvidarse de ellos: Habían activado el protocolo de emergencia tal y como rezaban los manuscritos primigenios.

En las crónicas escribió que fue difícil penetrar en los pozos oscuros de la Gran Pirámide donde el mecanismo debía iniciarse, y que se perdieron sin remedio tres vidas de obreros antes de llegar hasta él, pero era preciso ponerlo en marcha siguiendo las instrucciones, era preciso no perder tiempo, pues el nivel de las aguas subía y amenazaba cada vez más mientras las muertes se sucedían. El tiempo apremiaba.

En los ojos del faraón aparecieron las sombras de su incierto futuro en otro mundo, en otro lugar. En su mente acostumbrada a los asuntos terrenales, a las disposiciones políticas, no cabía la imaginación de un territorio nuevo donde vivir, donde refugiarse un tiempo incierto; un lugar donde quizás, morir, si ya no le fueran concedidos más días en aquel cuerpo.

Un rugido entre las nubes trajo la esperanza a su corazón: El carro llegaba. El carro irrumpía separando las nubes y mostrándose poderoso, con cascos de acero y ojos luminosos acoplándose al rayo de luz que emitía el piramidión.

El faraón sonrió: El Cielo y la Tierra ya estaban unidos. Y en el Carro de Ra, tal y como rezaban los manuscritos primigenios, todos serían salvos.

Marta Abelló